jueves, junio 10, 2004

Poseer Berlín a lo lejos.

Debes de tomar en cuenta que para el viaje sólo tienes dos estrellas, me dijo Andrés, uno de mis consejeros más vívidos y quien me ha tomado también por alterego. Estas estrellas son Berlín y W.

Berlín es fascinante per se. W personaliza una razón principal de este viaje. Los miedos, la aventura, el escepticismo quedan todos fuera dado que la idea de Andrés es mantener viajar para vivir, poseer y disfrutar a estos dos elementos. No hay nada más.

Viajar a Berlín es una idea que se plantó en mi cabeza desde hace un año, cuando yo vivía en México con W. En noviembre del año pasado ya había casi hecho un plan para que, en algún momento del 2004, yo estuviera tomando mi vuelo hacia el país de las salchichas y la cerveza. Tomó tiempo, dinero y esfuerzo, pero al fin ya es más una realidad. Todavía me encuentro en el limbo porque no estoy ya en mi trabajo, pero tampoco en Berlín. Es uno de los tantos limbos que se viven en la Ciudad de México.

Andrés es un escritor que vivió ya en Alemania. Su idea de radicar allá para hacer una novela y dejarse poseer por la ciudad siempre se quedó en sus textos y en las pláticas inundadas de whisky. Su novia mexicana, sus proyectos en la Aztlán moderna y su fascinación a lo lejos de Berlín lo han hecho nunca materializar su decisión. Razón del alterego. Él nunca ha dicho esto, pero oportunidades, amores platónicos y viajes a Alemania siempre los ha tenido, así como amigos, apoyos del gobierno alemán y un lugar donde vivir. Creo que la idea de poseer Berlín a lo lejos es todavía más atractiva para él que estar inmiscuido en ella.

Él me habla de la capital alemana como un lugar que por sí mismo me hará sentir bien, sin tomar en cuenta que el ritmo de esa ciudad puede ser tan caótico o más que el de la Ciudad de México. ¿Cuántas veces no nos sentimos atraídos por México cuando estamos lejos, cuando no vivimos sus problemas en carne propia, cuando no estamos presentes para sentirnos vulnerados por cada detalle? Pues bien, esto es lo mismo que piensa Andrés pero sobre Berlín.

Igual de fascinantes son París, Londres, Nueva York, Buenos Aires o Montreal, porque sentimos una engañosa atracción por sus monumentos, su dinámica y la forma en que destacan en cualquier guía de viajes o en las noticias de los periódicos, la televisión o la radio. Todo mundo querría estar en la urbe donde está la Torre Eiffel y una pareja de enamorados se habla en francés al oido bebiendo una botella de vino en algún jardín para después visitar uno de los museos más grandes del mundo. La realidad diferente se muestra cuando, por ejemplo, uno está frente a la Mona Lisa del Louvre y descubre que es más pequeña que un retrato de familia colgado en la estancia de una lujosa casa de la Condesa o de la Roma, y que los mares de gente y los disparos de flash no dejan disfrutarla como se la ve en los libros o revistas. Lo mismo pasa con cualquier otra ciudad chic.

Berlín ostenta como secreto a voces el hecho de ser la capital europea de la cultura, de estar a la mitad de la nueva Europa ampliada, de ser una ciudad reconstruida después de haber sido parcialmente destruida por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, o de ser el lugar donde cayó física y moralmente el muro del comunismo. Es atractiva por su multiculturalidad, por la gente joven, por ser una capital, por tener edificios de los Siglos 14 a 18 reconstruidos y por presentar una cantidad inimaginable de óperas, obras de teatro y exposiciones de arte visual alternativo y de diseño que no hay en ningún otro lugar. Todo esto se ve, se lee muy bien desde lejos, pero la verdad es que la ciudad está casi declarada en quiebra por las ayudas económicas que el país tiene que reorientar a la reconstrucción de toda Alemania del Este, al punto de que los estudiantes se han quedado sin profesores o sin servicios en sus universidades por falta de presupuesto. Las obras del estadio Olimpia, futura sede de la final del Mundial de Futbol del 2006, no pueden ser terminadas por falta de presupuesto. La seguridad social está aumentando el porcentaje de cuotas de sus contribuyentes, es decir, de todos sus ciudadanos, incluido próximamente yo, por falta de subvenciones.

Y por si fuera poco, el ayuntamiento canceló para este verano uno de los festivales que más gente atraía a la ciudad, el Loveparade, porque no hay dinero para pagar a la gente que hace la limpieza o la reparación de las zonas que quedan lastimadas por los ríos de personas. Peor, el invierno dura seis meses y en ese tiempo toda la gente se viste de negro o gris, acorde con el clima, por lo que toda la ciudad adquiere una tonalidad deprimente.

Mi estancia está programada para dos años. Quién sabe cuánto pueda aguantar.

miércoles, junio 02, 2004

La antesala

Después de leer Berlín también se olvida de Fabio Morábito, me quedó claro que la observación anclada al sentimiento de lejanía de su patria y la fascinación por las diferencias culturales de otro país, provocan escribir y publicar las memorias de un viaje, por más privado que éste haya pretendido ser.

Hay viajes que vale la pena contar y otros que no, pero yo quiero ver con los ojos de Morábito y por eso la razón de este 'blog'.

Hoy es mi primer día fuera de la institución que tanto tiempo me albergó. Cinco años y medio que para mí fueron una vida. Amigos, conocidos, trabajo, profesionalismo, reconocimiento, fracasos, exclavismo, libertades, todo, todo lo que conforma una vida y que ayer dejó de existir de golpe. Aire viciado del passado, aires contaminados de la ciudad, aires inciertos del futuro.

Este 1 de junio me encuentro en el limbo. Todavía no estoy en Alemania, pero ya estoy fuera de la institución. Trabajo pero no percibo salario, estoy a punto de quedarme sin casa pero sigo con los muebles, escribo mis memorias pero todavía no vivo el futuro. Estoy, de manera llana, en la antesala de mi viaje culminante.
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