jueves, enero 28, 2010

Sauna en Berlín - Capítulo 2: Miradas centrífugas.

La otra vez estaba descansando en un camastro. Así se hace entre sauna y sauna. Terminas una sesión de caliente, frío, más frío, caliente, y te recuestas para que el cuerpo trate de retomar su ritmo. Yo estaba envuelto en mi bata de baño, tenía una capa de toallas encima, además de la cobija que te ofrecen. Parecía un tamal.

Traté de leer el periódico, pero era imposible. Con el vulgo que visita el sauna es imposible no distraerse. El hombre que te imaginas de traje, la mujer de pelo morado y anteojos que bien podría estar detrás de una oficina de gobierno, el joven ecológico que está más flaco que la anoréxica de a su lado y esa chica que le fascinaba pasar de un lado a otro. Pasaba enfrente de mí. Y cuando pasaba, abría su toalla a lo ancho. Parecía Batman queriendo suavizar su caída de un edificio. Una y otra vez. Debió de haberle gustado caminar aireándose. Estaba como disfrutándose y, al mismo tiempo, disfrutándonos.

Sus pasos parecían los de un árbitro midiendo la distancia del tiro libre. Era imposible no voltear a verla. Pelo suelto, pechos pequeños, cuerpo delgado y, claro, también vi su pubis, tenía vellos que crecían desenfrenadamente hacia el ombligo y las ingles. Yo quería leer noticias, pero entre la formalidad del idioma alemán y la fauna saunífera que ahí se encontraba, era imposible concentrarme. Tatuajes, burocracia, arrugas, mesera, lunares, artista, vellos, jubilados, una y otra vez. Es como una película de Woody Allen pero con desnudos.

Pero la batichica seguía pasando. Seguía haciendo ruido. Seguía atrayendo las miradas. En una de las ocasiones que la volteé a ver, me vio, quiero decir, me castigó con la mirada. Yo me avergoncé y traté de concentrarme en voltearla a ver.

Vergüenza, sí, eso puede pasar en un sauna.

La gente llega a un establecimiento donde la convención es el desnudismo, pero a la gente en realidad no le gusta estar desnuda o no le gusta que la vean desnuda, o las dos. Bueno, ¿y por qué llega entonces alguien a ir a un sauna? Bueno, a veces alguien que no le gusta acompaña a alguien que le gusta. A veces alguien a quien le gusta mucho, jala a alguien a quien no le gusta. Yo creo que ese era el caso de la batichica, porque a sus colegas parecía no gustarles nada, mucho menos cuando ella pasaba extendiendo su capa.

Sobre la vergüenza: el otro día estaba en otro sauna cuando llegó una pareja, hombre y mujer. El hombre, como sucede muchas veces, con la toalla como torero; la mujer con la toalla como vestido sin escote. Yo estaba dentro del cuarto de sauna y pude ver al par, la puerta era de cristal transparente. Ambos tenían que pasar enfrente del cuarto para ducharse, y ambos se dieron cuenta que nosotros estábamos adentro. El hombre colgó su capa y la mujer se metió con toalla a las duchas. Después vi cómo, desde las duchas, sólo sacó el brazo para colgar su toalla. Pero no podía. Con un brazo de basquetbolista lo habría hecho fácil. Yo seguí todo el acto porque me llamó más la atención que si hubieran llegado los dos desnudos. Cuando salieron de las duchas agaché la cabeza para que la mujer no se sintiera tan intimidada.

Eso pasa: la desnudez evidente no se nota tanto como la que se trata de ocultar.

Aunque también hay prejuicios, y ahí está el mito del negro.

Una amiga tenía como pareja a un negro. No lo digo despectivo, es como usaría las palabras moreno o blanco, aunque pudiera leerse de otra forma. El punto es que mi amiga contaba en fiestas sus aventuras de sauna, y decía que se le hacía incómodo ir con su pareja porque toda la gente, TODA, así como lo contaba, se le quedaba viendo a él, como si quisieran comprobar algo que viene ¿en los libros de historia?

Entonces un día, otro, en un sauna, que veo a un negro. Él iba saliendo del cuarto de sauna y justo se estaba quitando la toalla para ponerse la bata. ¿Dónde demonios aterrizó mi mirada?



Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.

lunes, enero 11, 2010

Sauna en Berlín - Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.



Estoy sobre el muelle. Tengo el río Spree debajo de mí. Está transformado en grandes placas de hielo que se amontonan las unas a las otras. A las orillas se ven los árboles como tarántulas, con sus ramas desnudas tratando de equilibrarse sobre el río. La nieve les da una cobertura glas. Yo estoy rodeado de humo, humo que sale de mí, no sólo de mi boca, sino de mis hombros, de mis brazos, de mi torso. No sé si es una especie de desintegración o si mi cuerpo se quiere ser simplemente parte de este paisaje blanco y nebuloso.

Yo estoy desnudo. El pronóstico había reportado siete grados bajo cero para este día. El paisaje más o menos lo deja ver, pero yo no lo puedo confirmar. Mi cuerpo no siente nada. Estoy sin frío, tampoco tengo calor. Acabo de salir de un cuarto que estaba a 80 grados de temperatura y me enfrento a la intemperie. Mi cerebro trata de interpretar como frío lo que veo. Yo mismo trato de sentirlo, quizás por costumbre, pero sólo consigo el mismo efecto que logra una fotografía del polo ártico en la pantalla de una computadora.

Estoy tomando aire fresco, es una de las partes que componen la sauna. El muelle está congelado, con hielo debajo de la nieve, y si no trajera sandalias, mi única prenda, seguro que ya me habría quedado pegado al hielo. La chica que está sentada en una banca a mi lado me ve disfrutar, ve al río, y al árbol, y se ensimisma en sus pensamientos. ¡Un moreno desnudo en Berlín!, debe de pensar.

¿Qué demonios hago aquí? Este no es mi hábitat natural. Yo podría estar conservando mi alma pudorosa en el trópico mexica en lugar de parecer un exhibicionista en el metro Hidalgo. Pero estoy aquí haciendo las mismas actividades que los güeros, parado sin nada más que mis pensamientos. Pienso en que el oso Knut debe de estarse dando la divertida de su vida en el zoológico; pienso en el cambio climático y en que el dios Enlil nos dio chance de disfrutar un último invierno antes de la catástrofe apocalíptica de los 2 grados centígrados. Pienso en que la sauna me gusta mucho.

Además de saludable y terapéutica, es estimulante. La sauna no es cosa del otro mundo y podría ser como ir a nadar a la alberca municipal, sólo que aquí, ejem, no se usa traje de baño.

Y aquí estoy, mostrándome a la naturaleza el cuerpo que me dio. Bueno, un poquito cambiado, pero esa es la idea.

Recuerdo que la primera vez que hice algo similar a la sauna fue un temazcal, un baño indígena caliente como la sauna en donde mi temazcalera, la mujer que me lo aplicó, me dio de latigazos con unas hierbas y me regañó por no quitarme el traje de baño.

En otra ocasión sí hice una sauna, fue en Singapur. Estaba en un viaje de trabajo (mis amigos dirán que no es trabajo lo que hacía) y quedó un hueco en el horario, así que pedí que me prepararan el sauna. Debió de haber sido inusual la temporada o la hora porque no había nadie. Estaba yo y mi toallita. Creo que di vueltas en ese cuartito de dos por dos como tigre enjaulado. Me quité la toallita de la cintura para jugar con mi desnudez y me la volvía a poner. Quitar poner, quitar poner. Creo que me hubiera dado un susto terrible si alguien más entra en ese momento.

Y ya después la hice en Berlín. La Wika me dijo que aquí se hacía desnudo. ¿Cómo que desnudo? le reviré. ¿Cómo puede uno estar desnudo enfrente de más gente? cuando tiene su equipo deportivo y se ducha con sus compañeros, o compañeras, según sea el caso, no hay problema. En los gimnasios. Cambiarse enfrente del doctor. O todavía en un temazcal solo o con amigos. Pero ¿con desconocidos? ¿en un lugar público? Pues sí, ¿por qué no? Al fin y al cabo nadie te vuelve a ver, y si te ve, no te reconocerá. Así que todo valientote le dije a la Wika que sí, que me encantaría hacer uno. Y ahí vamos.

En el sauna… bueno, hago una pausa para explicar cómo uso la palabra. Es que a mí mismo me hace ruido el género de la palabra por no estar acostumbrado a usarla. La sauna es la actividad del baño caliente, y el sauna es el lugar del baño. Hago una sauna, pero voy al sauna en Kreuzberg, por ejemplo. Listo. Así que estoy en mi primer sauna en Berlín y siento cosquillas en la panza. No me queda claro cuándo quitarme la toalla y la bata, pero la primera vez no pasa nada porque en el cuartito al que queremos entrar, uno de 65 grados y con aromas orgánicos, no hay nadie. Adentro sólo estamos la Wika y yo con nuestras toallas, que no usamos para taparnos, sino para sentarnos y no dejar que caiga el sudor a los asientos de madera. Es raro estar desnudo en un lugar público, por un lado se siente el temor de la vergüenza de mostrar el cuerpo y por otro la valentía de decir 'así soy y qué', y en un sauna todavía mejor porque sientes cómo tu cuerpo comienza a transpirar, a sentirse vivo. Cuando alguien sale de un cuartito de sauna se ve todo rojo, rojo, sale haciendo muecas para jalar oxígeno y restregándose el cabello de sudor, como cuando alguien termina un round de lucha grecorromana.

La gente que se haya desnudado en los experimentos del artista fotógrafo Spencer Tunick conocerá más o menos la sensación de la que hablo.

Comienza a sentirse el frío. Es hora de regresar al sauna. La chica que estaba a mi lado ya no está. Por la puerta transparente veo cómo otros quieren salir al muelle donde yo estoy. Yo trataré de hacer otras entregas sobre esta experiencia nudista para tratar de conformar otra blognovela. Espero no inhibirme en el camino.


Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.

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