miércoles, julio 14, 2010

Bestiario veraniego berlinés

Espero el metro en el andén habitual. La serpiente férrea se desliza de Warschauer Str. hacia Schlesisches Tor, con un rechinido que para los pelos, y esta vez la viene manejando un toro. Esos pocos segundos que uno ve la cabina del domador duraron novelas. Una calva brillante, lentes de sol y un piercing en la nariz con un pendiente como de toro de encierro, casi más grande que una herradura. Por eso tenía bien domada a esa serpiente berlinesa amarilla. No dudo que España nos anda mandando imágenes de su triunfo en la Copa Mundial de Futbol. A ver dónde más aparecen toros.

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Otro día. Otro metro. Otra espera. Ese minuto que marcan las pantallas electrónicas para indicar el tiempo en que pasará se convierte en 5 minutos. Pero siempre marca el número uno. Quizás es una forma de medir el tiempo en Alemania. En el aire puede haber más tiempo, pero si un reloj o una pantalla hace la marcación oficial, se podrá argumentar que uno es puntual. El uno comienza a parpadear. El aire del túnel se siente más fresco. Ahí viene de nuevo esa serpiente mecánica. Pero otro sonido se mezcla. Agua cayendo. Un chorro. Constante. Volteo y un perro está meando el poste de las llamadas de emergencia. Más agua y el uno sigue parpadeando. Es como una pipí de cinco minutos. La correa del perro la sostiene un homo berlinus extremis, con pelos pintados, tirantes sin camisa y una cerveza a medio acabar en la mano. Observa algo en el reloj mientras su cuadrúpedo acompañante exhala caninamente. El chorro culmina con el rechinido de la serpiente. Es el fin del tiempo.

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Una amiga me dice "yo no me subo a las bicis con minifalda, no voy a andar enseñando toda la cola". Y está bien así, cada quien sus asuntos. Pero el resto de las mujeres berlinesas no se sirven de ese pensamiento. Es más, yo creo que ni lo piensan. Simplemente se ponen una falda o una minifalda y se suben a la bicicleta. Es verano, la gente quiere transportarse en bicicleta, y la gente quiere estar fresca y bonita. Por eso las mujeres se ponen sus faldas. Cuando pasan un crucero parece el Tour de France, un contingente que pasa a toda velocidad y que suelta una bofetada de aire al peatón que espera cruzar. Y ahí viene una chica que traía la cola de fuera. Minifalda casi arriba del cinturón y algo que se ve como unos calzones. Venía comiéndose todo el aire. ¿Y qué importó? El show duró igual, unos segundos novelescos. Es más, quizás hasta lo que traía era un traje de baño, mucha gente se va a nadar después de su trabajo. O quizás quería liberar a la bestia que traía dentro de sí. Quién sabe.

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Un fin de semana en un lago. Lleno, parece balneario del IMSS en México, sólo que calladito, así es por acá. De un lado unos que llegan se cambian enfrente del resto, sin hacerse "casita" y sin ponerse toalla. Segundos porno. Otros que llegan en grupo, jóvenes, tatuados y musculosos, cervezas en la mano, oh, no, peligro de problemas. Por otro lado unas familias con tiendas de campaña a medias, de esas que sólo protegen del viento. Ahí en una esquina dos niñas como de 11 años cada una, solas, que llegaron en sus bicicletas al lago y que al final recogen sus cosas y las ordenan cuales adultas. En uno de los primeros lugares de la playa del lago, ahí donde sólo puede llegar un alemán que se despierta a las 6 de la mañana con las toallas en mano, está un señor con una niña que parece su hija. Él flaco, de tez blanca pero con pelos negros. Pelos, vellos, pelambre, parece de un bañista de película de los años 80. Su bikini rojo visto de frente no deja nada a la imaginación, todo pegado al tallo. Se da la vuelta para ir a nadar y tiene, cómo decirlo, las nalgas más peludas que mi cabellera. Su tanga no deja mentir, un hijo rojo que sale de lo oscurito hacia la cintura. Abraza a su hija y se va al agua. El pulpo Paul se habría puesto los ocho tentáculos sobre sus ojos para evitar ese paisaje.

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En uno de mis blogs dos comentaristas se pelean. Una mujer mexicana que vive en alguna parte de Alemania escribe recientemente que a los alemanes no les gusta que les digan que no saben bailar o divertirse. Entonces llega un comentarista que se hace llamar El Teutón que dice que los alemanes saben divertirse más que los disque divertidos latinos. La verdad es que sí, cada quien trae su pedo. A continuación una escena en un bar en el barrio berlinés de Friedrichshain. Un grupo de "latinos" entra a este bar. En realidad es una farmacia convertida en cervecería, creo que es mejor que un bar. Tres mexicanos y un argentino. Hablan fuerte, como aprendimos en las protestas contra el presidente en turno. En una esquina una mujer nos mira con ojos de luz y no espera a pasarse su trago cuando grita: "son latinos ¿verdad?". Pone su mano en la rodilla del que después nombró como su marido, le pide permisito a los amigos rubios que estaban ahí con ella y se muda a  donde los latinos. "Ay es que esos alemanes nos saben divertirse, aquí está el calor, salú", dice la señora que se identifica como venezolana. Pide más tragos al bartender. Despotrica más contra su marido, "ay es que ahí no se hace más que hablar serio", "ay es que aquí son bien raros", "ay es que no hay respeto por una dama". El marido se acerca. Le quiere decir que ya se va pero que si se quiere quedar, que lo haga. Con sus amigos latinos de hace 10 minutos. Que ella tendría que pagarse el resto de sus bebidas porque ya no trae más dinero consigo. Ella interrumpe y traduce el mensaje de la siguiente manera, "ya se va el aguafiestas", "miren, no le importa que me quede con nuevos amigos", "miren, no se quiere sumar a la fiesta", "ay, y es bien codo, no me va a pagar el resto de las bebidas", "no sabe divertirse". La hembra latina salió de caza.

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De nuevo en el andén del metro. La serpiente amarilla nos escupe de sus adentros, todos nos hacemos uno y nos alejamos con parsimonia. El tiempo no pasa, sólo existe la cadencia de los pasos. Somos como una corriente de río que se abre paso entre piedras hacia donde apunta la gravedad. Y de repente aparece un salmón. Viene en sentido inverso. Se alcanza por dónde va rompiendo la corriente. Se ve como estela mas no se ve nadie. Cuando pasa junto a mí veo a un niño. Quizás 10 o 12 años. Gordo, como alimentado por Bimbo y Coca Cola toda su vida y con una cara que se estira así cuando uno pierde el tren de la vida. Cuando uno ve partir esa última oportunidad. Como un espermatozoide que se quiere lograr. Las fauces comienzan a cerrarse y este niño salmón espermatozoidal no puede librarse de mí. Yo soy parte de todo en ese momento y me siento como bloque. La imagen de un ser humano con esas características me dejó como agua estancada. Quisiera ayudarle, pero no a montar esta serpiente amarilla, sino a montar una nueva línea de vida.
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