lunes, agosto 23, 2010

“Nos mudamos”: Gentrificación en Berlín


Ayer que estaba caminando por el barrio, me encontré con esta vieja tienda de pinturas. Era domingo y estaba cerrada, pero en su aparador tenía colgado este letrero: "nos mudamos".

Quizás no es frecuente ver este tipo de letreros, pero con amigos, conocidos y notas de periódico uno se entera que el barrio cambia de habitantes para dar lugar a gente y negocios que quieren otro estilo de vida, muchas veces también más caro.

Lo que dice el texto: "Un aumento de la renta del 132 % + 'X' obliga a la empresa Herman Sachse a cambiarse de lugar. Lo lamentamos mucho. Esta mudanza forzada es otro paso más en la monocultura que los bares, restaurantes, y discos están creando en la Falckensteinstrasse. Para nosotros habitantes de la zona lamentablemente no es ningún placer, sino una disminución en nuestra calidad de vida. Cada vez es más difícil para los habitantes y negocios de la zona pagar las rentas que se están pidiendo y tienen que mudarse. Con esto se impulsa la destrucción de una comunidad vecinal más grande y unida. Usemos la imaginación para defendernos de la gentrificación."

¿Pero qué es la gentrificación? Ya alguna vez toqué un ejemplo de Prenzlauer Berg, otro barrio que ya vivió esta transformación. El tema me llama mucho la atención por varias razones. Me confronta con mi propio estilo de vida, porque yo soy un extranjero y no llegué hace mucho tiempo a este barrio, y también porque escribo, hablo, difundo información de Berlín de muchas formas, en medios corporativos y en blogs. Pero al mismo tiempo rechazo el fenómeno del cambio cultural completo, agresivo y efímero, o de capitalismo devorador, como se podría simplificar ahora el concepto de gentrificación. Yo creo que hay muchas formas en que los extranjeros sean parte de la vida diaria de una nueva ciudad, como Berlín en este caso.

El punto es que al ver esta tienda de pinturas en una calle del barrio sentí un dolor terrible. Leer ese mensaje en el aparador de la tienda me hizo imaginar que ahí pronto habría un tercer restaurante de comida india operado por inmigrantes paquistaníes que también tienen restaurantes mexicanos, "mexicanos", con palmeras y pirámides de plástico en su interior. También podría caber ahí el cuarto negocio de una familia turca que en esa calle, y uno junto del otro, abrió una heladería, una pizzería y un restaurante de pasta italiana. Y si no, pues un puesto de tallarines chinos llamado McThai o China Box algo así.

Como me planteaba en la otra entrega sobre gentrificación: no sé si el fenómeno es bueno o malo para la ciudad. Yo le veo tantas ventajas como desventajas. Es simplemente que el fenómeno me interesa muchísimo y refleja de alguna forma ese instinto depredador que tenemos los seres humanos, un instinto o una actitud o un deseo inevitable hasta que el corazón deja de palpitar.

sábado, agosto 14, 2010

La ¿maldición? del backpack.

Desde que no tengo apéndice estoy más ligero. Casi 10 kilos más ligero. Cuando salgo a la calle ahora vuelo como una pluma.

Así salí la otra vez de mi edificio en el barrio de Kreuzberg. El Spree soltaba su brisa de la mañana. El sol alumbraba a los pajaritos chifladores. El cartero comenzaba la entrega de las epístolas que vienen a emocionar un día. Hasta que llegué a la esquina de la calle y lo vi. Fue como si de repente hubiera llegado una nube con rayos y truenos. El peso pluma se transformó en peso plomo.

Ahí estaba ese símbolo de la decadencia. Ese concepto de la contradicción. Ese personaje provocador: el turista. Un tipo sujetado a un backpack y con un mapa de la ciudad extendido al aire. A su lado un amigo desesperado por tener la siguiente coordenada.

Rayos y centellas.

¿Qué ha pasado en el barrio para merecer esta especie humana depredadora? Entre los visitantes de una ciudad el turista es el más salvaje de ellos. Llega como manada a donde le dicen que hay comida. Devora para satisfacer un instinto precario de satisfacción, en lugar de planear el terreno de caza haciendo simbiosis con él descubriendo cautelosa y sigilosamente lo que necesita para alimentarse. El turista como animal depredador y cadena ulterior del capitalismo salvaje.

Ahí estaban los dos seres en la esquina de mi calle, una calle que en un tiempo no lejano fuera un recoveco de paz, incluso en el ya de por sí revoltoso barrio.

Muchos me dirán que los dos podrían haber estado perdidos y que en realidad no habría que encontrar una quinta pata al gato. Que no habría problema alguno ahí. Pero no. Quien vio el Berlín de hace 10 años y puede ver el de ahora podrá distinguir que el turismo ha tomado la ciudad como un fenómeno de masas y que ha transformado la economía de la ciudad. Por un lado le hace bien a la ciudad, pero por otro lado los productos de esta nueva economía, los hoteles baratos; los hoteles uno encima del otro; las 'bier bikes'; el 'Muro de Berlín para rascar, oler y llevar'; los empleos baratos; los restaurantes 'nice' que fomentan la división de clases y disparan las rentas de los barrios otrora humildes y baratos; etc., son conceptos de decadencia tan pesados como los backpacks de los dos turistas en la esquina de mi casa.

A la vuelta de mi casa, hacia el otro lado de los turistas, abrió un nuevo restaurante. Un restaurante 'nice'. Ocupa el espacio que antes tenía un muelle público. Uno podía pasearse por ahí gratis respirando la brisa del Spree y apreciando el Muro de Berlín del otro lado. Hoy se sientan ahí personas con trajes bien planchados y corbatas hasta el pescuezo. ¡En Kreuzberg! En lo que fuera el corazón de un barrio industrial, luego de migrantes y luego de luchas izquierdistas. Ahí está el editor de una famosa revista, de traje y corbata, quien a la pregunta de si ahora 'su gente' por fin osará venir a este barrio contesta "sí, aquí pronto estará todo Mitte y Prenzlauer Berg".

En otras palabras: gentrificación, wessi y backpackera, por ponerle adjetivos.

lunes, agosto 02, 2010

Hola, ¿tú eres neonazi?

Un día serví como camarógrafo. Y de a gratis. Sólo a un periodista mexicano como yo se le ocurriría hacer semejante acción en su tiempo libre. Digamos que fue verdadero amor al arte.

Esta artista mexicana me pidió ayudarle en su proyecto. Sonaba tan bien lo que quería hacer que inmediatamente me convenció. Yo me ofrecí. Ella sólo estaba unos días en Berlín y no tenía a quien más acudir, y además le podía ayudar con el idioma y con la forma de torear a los alemanes. El proyecto constaba de entrevistas en la calle.

Después nos fuimos a comer una pizza. Ella me invitó. Hicimos la fila para ordenar y de repente vi que sus ojos se quedaron clavados en una persona. Eran unos ojos como de miedo pero también de inocencia. Me la quedo viendo y me pregunta, ¿es él un neonazi?, y me señala al tipo que había estado viendo, un hombre como de dos metros de altura, corpulento, de tez blanca y con una pelona que se reflejaba el foco del mostrador de la pizzería. Sonreí a mis adentros y le dije que no se preocupara, que él no era un neonazi.
Su inocencia me dejó pensando en los estereotipos. Y en los medios de comunicación. Y en los neonazis que viven entre nosotros.

Y digo "su inocencia" porque no por el hecho de que alguien tenga la cabeza rapada va a ser inmediatamente un neonazi. Pero, claro, ¿cómo lo iba a saber ella si sólo está unos días en Berlín, la capital alemana, y desde el extranjero sólo recibe quién sabe qué tipo de información sobre este país. Quizás puros estereotipos que yo más bien ya catalogaría de arquetipos.

De alguna forma he aprendido a distinguir a los alemanes. Ya sé quién pide su ayuda social. Ya sé quién vive por completo de la ayuda social. Ya sé quién es artista. Ya sé quién odia a los artistas. Ya sé quién es del Este y quién del Oeste. Ya sé quién es neoizquierdista. Ya sé quién es un joven berlinés con trasfondo de migración árabe, como se conoce en la bonita jerga burocrática alemana. Y, por supuesto, que ya sé quién es neonazista.

A estos últimos yo, en lo particular, no los veo muy seguido. La otra vez casi siento que se me desprende el alma cuando me di cuenta que yo iba sentado al lado de uno en el metro. Sólo nos separaba el periódico que yo había puesto a mi lado.

El tipo iba con un camarada. Él sentado enfrente, ambos quizás en sus treinta años. Vi cuando se subieron al vagón pero no los identifiqué en mi zooteca mental porque, de hecho, abanderaron uno de mis deseos: gritarle a unos jóvenes berlineses con trasfondo de migración árabe. Esta especie de fauna se la pasa en bandadas en el metro, cambiando de vagón en cada estación y lanzando escupitajos a diestra y siniestra en los andenes. Detienen las puertas de los metros, se gritan de metro a metro, corren dentro de los vagones y siempre parece que andan tramando algo. Y cuando se salieron de mi vagón estos dos neonazis que entraban en ese momento les gritaron algo.

Uf, silencio, calma por un rato. Sigo leyendo el periódico. Pero en un momento, por el hueco que dejaba mi periódico hacia el piso, veo que el tenis de mi vecino de asiento, el que acababa de entrar, era un "New Balance". No. Alarma. Interrumpo de nuevo la lectura para auscultar a mi vecino. Esos tenis, que traen una "N" enorme bordada, son uno de los identificativos que usan, en muchos casos, los "N"eonazis. Veo que ambos son blancos, no traen el pelo rapado pero sí corto, y que se la pasaban viendo al otro vagón a donde estaban los jóvenes berlineses con trasfondo de migración árabe. Y entonces me doy cuenta que hablan de ellos, que los maldicen, que dicen puras cosas incoherentes que yo mismo no recuerdo por los nervios y que hicieron que una chica, otra vecina de asiento que ya estaba ahí antes que ellos, volteara a verlos y a reírse de lo que decían, como una forma de descalificarlos.

Después traté de calmarme. Pensé que no me iban a hacer nada. Que no tenían porqué hacerme algo. Dejé de mirarlos sociológicamente, pero entonces ellos ya me habían empezado a observar. Agarré más fuerte mi periódico y fingí concentrarme en mi lectura, así por lo menos podrían ver que leo en su idioma. Pero después cambié de opinión y no quise ocultarme en el periódico. Quise ser un berlinés normal. Uno de esos que, como la chica vecina de asiento, confronta una situación en la calle con inocencia y juicio a la vez, con temple y valor, así como las mujeres no se dejan de los hombres, así como los jóvenes le gritan a los adultos, así como los viejos se meten con los jóvenes, todos con el afán de marcar, remarcar o hacer respetar las mínimas reglas de convivencia.

Y así me puse yo. Pensé también como el periodista que soy y me dieron ganas de entrevistar a uno de mis vecinos. Quería hacerle preguntas y ver si podía entablar una plática "normal" con el tipo sobre sus motivos. Eso lo pensé porque, según dice la leyenda, un antiguo jefe mío, un editor en México, una vez estaba siendo asaltado en un taxi y en lugar de ser despojado de sus pertenencias, él terminó entrevistando a los ladrones. Eso quería hacer yo, pero si hay un código de conducta que no puedo determinar bien es el de los neonazis.
Decidí no hacer nada y me bajé del metro. Ellos venían calientes con y por los jóvenes berlineses con trasfondo árabe, y yo no quería hacer la cosa más ardiente. Aunque quizás en otra oportunidad tendré que quitarme mis estereotipos y arquetipos y actuar con toda la inocencia de aquella artista mexicana para acercarme un día a un neonazi y preguntarle "hola, ¿tú eres neonazi? ¿por qué?"
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