lunes, diciembre 06, 2010

El precio de la impuntualidad


Nunca imaginé que llegar tarde cuesta caro. Contante y sonante. “Herr Botelo, ¿le podemos cobrar de una vez su cambio de cita?”, me dijo la recepcionista. En su mesa le dejé 24 euros, es decir unos 360 pesos.

Un día iba con retraso a mi fisioterapia. Es una clínica al norte de Berlín, a unos 40 minutos de donde vivo. Llegué 10 minutos tarde y Frau Schultz, mi fisioterapeuta, me dijo que no había tiempo para hacer nada más. “Lo siento mucho, pero usted llegó tarde y yo tengo mucho que hacer. Quizás la próxima vez puede llegar incluso unos 10 minutos antes de su cita”, me dijo Frau Schultz.

Cambié la cita y pagué, pero me quedé viendo a Frau Schultz para saber por qué me trató así. Mi cita consta de unos 40 minutos de fisioterapia, 20 de consulta y masaje, y 20 de electroterapia. Frau Schultz no me dio el resto.

“O es bien o no hay nada”, me respondió.

No es la primera vez que me pasa. Llegar con retraso a una cita en Berlín es una catástrofe. El mundo se va abajo, la rueda de la fortuna se queda atorada. Y hablo de 5 o 10 minutos. “El ministro ya se metió a junta”, “no le va a dar tiempo de hacer lo que necesita”, “mejor recalendarice su cita, no hay problema”. Una vez un tren me cerró la puerta en las narices, y eso que venía gritando “suben, suben”, y, ya ni se diga, unos amigos se fueron porque no llegué dentro de los 15 minutos acordados: teníamos planeado llegar a un bar 40 minutos antes para apartar lugares y ver un partido de futbol. ¡Ni el esparcimiento perdona!

Martes 12 del día. Tengo que apagar la computadora para ir a mi cita con la fisioterapeuta. Es a la 1, todavía hay tiempo suficiente. Una última checada al féis, otra al correo y una más a dos sitios de información. Nada nuevo. Apago. Estoy a punto de salir de casa, pero veo el reloj: 12:10 del día. Mmmm, ¿no me falta hacer algo? Podría bajar la basura, pero antes arreglo el cuarto. Cama, cuarto, botes de basura, cambio de bolsas. Algo me dice en la cabeza que la hora se me viene encima. La hora de salir. Siento… percibo… intuyo, que ya debería haber salido. Basura orgánica, basura inorgánica, cristal café, cristal transparente. Ah, el bote del cartón. En la cabeza siento una enorme presión. El reloj marca las 12:20 pasadas, apenas. Estoy en el andén del metro a las 12:30 (cuántas veces me tengo que repetir que la estación del metro no está a tres minutos caminando, wey, no son tres minutos, son 10, wey, son 10, diez, DIEZ).
Salgo de la estación y tomo un taxi. Los taxis siempre van rápido. Al menos esa es mi experiencia en México. Pero pronto descubro que en Berlín no. Aquí el taxi es subirse a un Mercedes Benz y pagar 10 veces más de lo que se paga en un vocho. Mi chofer turco respeta las señales de tránsito por más que le explico mi apuro, 30, 50 kilómetros por hora cuando mucho. “No señor, más rápido es muy peligroso”, me dijo. Tres o cuatro metros nos rebasaron, se podía escuchar por la línea elevada que nos pasaba encima.

Frau Schultz estaba en la recepción. Sin cruzar palabra me dejó el recibo por el cambio de cita. Lo tomé y lo puse en mi cartera. Junto con la factura de 20 euros del taxi.
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