domingo, enero 29, 2012

Impuesto perruno

El "Hundesteuer" o mejor impuesto perruno


“Queridas berlinesas, queridos berlineses: el perro es el acompañante más fiel del ser humano, es un compañero de juego de nuestros niños, y acompañante de nuestros ciudadanos y ciudadanas de edad más avanzada. Y los berlineses tienen un gran corazón por los animales”.

Así empieza una carta abierta del Departamento del Orden de Berlín, una dependencia policial que se encarga del orden y de las multas en las calles de la capital alemana. Y así sigue:

“Cerca de 107 mil perros al día se mueven en calles y plazas, pero los cuadrúpedos no sólo traen felicidad a las personas de nuestra ciudad. Y para ser sinceros, a nadie le encanta pisar de repente una gracia en la banqueta o ser husmeado por un perro o incluso ser mordido”.

Esta es la introducción que llama a los ciudadanos de la capital alemana a colaborar para mantener una mejor convivencia con el perro. ¿Cómo? Pagando impuestos, el llamado impuesto canino o perruno. Las arcas de ese resultado le pagan su sueldo a varios empleados que se dedican entonces a limpiar las calles y a administrar perreras y centros de adopción animales.

Esas son las sorpresas con las que uno se encuentra cuando uno visita el fisco berlinés. Yo iba a pagar mis impuestos común y corrientes pero de repente me encontré con una puerta que decía “Impuesto eclesiástico” y con otra que decía “Impuesto canino”.

Si la siguiente puerta hubiera dicho “Impuesto por respirar”, me hubiera creído en un sueño.

Ahora, la puerta para pagar los impuestos perrunos estaba cerrada. Me atrevo a decir que incluso no había nadie ahí. Me parece que los cuadrúpedos andan cometiendo evasión fiscal. Yo veo y piso cacas en la calle todo el tiempo y cuando estoy en restaurantes y tiendas la gente está con sus perros ahí.

Quizás la autoridad no anda actuando bien en este caso. Y se les va mucho dinero.

Un perro en Berlín (porque hay diferentes tasas dependiendo de la ciudad y hasta del código postal) causa impuestos por 120 euros. Tener un segundo perro son 180 euros extra. Las cantidades son anuales, claro. Que no panda el cúnico.

Eso no es todo: se muere el canino, tons hay que proceder a desregistrarlo.

Ay, si los perros superan cuán complicada es su vida.

martes, enero 03, 2012

Sauna en Berlín - Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.



Cuando estoy en el sauna trato de ser alegre. Con tanta desnudez lo único que uno no puede ocultar, creo, es una sonrisa. Aunque ésta sea tímida, así nomás, pelando los dientes.

En una de mis más recientes visitas a un sauna hice eso. Estaba yo a punto de entrar al cuarto de sauna cuando le pelé los dientes a un alemán. Normalmente la gente responde, él no me contestó. Estábamos en la puerta de entrada del cuarto y él, lo admito, se veía un poco perturbado. Le cedí el paso para que entrara primero. Y en lugar de sentarse como hacíamos los que entrábamos, él se paró enfrente de todos y, mostrándonos su bigotazo, lanzó la pregunta: “¿alguien vio mi toalla? Yo tengo una equivocada”. Algunas personas voltearon a ver sus toallas, una tarea difícil porque el cuarto es oscuro. En estos momentos el arder de los carbones parecía escucharse más fuerte.

El bigotazo, digo, el alemán no tuvo éxito con su pregunta y se salió llevando la toalla con la punta de sus dedos, como la hubiera acabado de sacar de la basura.

Un rato después, todavía dentro del cuarto de sauna, me pareció que una pareja de italianos llegaba a la conclusión de que tenían la toalla en cuestión. El hombre de entre ellos dos es quien se estaba sentando en ella. Si sus mímicas me dejan interpretar bien (y por esto agradezco mucho que la gente se exprese más corporalmente al hablar), el hombre decía que efectivamente esa no era su toalla, y se acercaba a los ojos una de sus puntas con las dos manos. Redondeando los ojos y haciendo círculos de viento con una mano, la mujer reconocía que había que regresar la toalla a su dueño. El hombre, tocando más profusamente la toalla, contestaba que estaba ya muy sudada y que no valía la pena dársela, que ya era muy tarde para eso.

Afuera del cuarto de sauna el hombre del bigote caminaba a nalga desnuda. En el sauna uno está desnudo al estar en el cuarto de sauna, pero al caminar entre el bar, los camastros, ir de sauna en sauna, uno lo hace normalmente con bata o una toalla. En otro momento lo volví a ver y otra vez le pelé los dientes, esta vez en señal de compasión. Ninguna reacción, y había razón para estar enojado conmigo porque mi toalla era azul, quizás la única azul de todo el sauna.

El güero del bigote no fue el único. Después me puse a descansar los pies. Estaba sentado en la zona donde hay cubetas para meter los pies en agua caliente o fría. Enfrente está uno de los cuartos de sauna, y justo al lado un perchero, y en el perchero, sí, una serie de toallas blancas. Me quedé pensando en cómo reconoce cada quien su toalla. En eso llegó una pareja. No querían meterse al cuarto de sauna, se quedaron checando el perchero. Y después de dudarlo un rato, el hombre tomó una de las toallas.

Ya no me quedé más tiempo ahí pero claramente estaba viendo a una persona buscar su toalla después de salir del cuarto de sauna. Ojalá, sólo, que no haya sido una de esas turistas que últimamente invaden el sauna y que con mucho temor acceden a quitarse las prendas para estar desnudas.


Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.
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