martes, febrero 14, 2012

La Bionade, una víctima del hipsterismo


 
Con una acción tan sencilla, como tomar una bebida refrescante, uno puede quedar marcado de por vida. Esto, claro, tiene que suceder en el barrio de Prenzlauer Berg y la bebida deberá ser una Bionade.

Hay mucha gente que dice que por pedir esta bebida en los restaurantes o comprarla en una tiendita, uno es un hipster. Está claro que por tomar este refresco, uno NO se vuelve hipster. No es una poción mágica. Pero beberla en masa es un acto de histeria que llevó al fin de la bebida.

A ver, vamos por pasos.

No, no sé qué es hipster. Cuando un amigo, periodista gringo del New York Times, preguntó en su Facebook qué era lo que verdaderamente la gente entendía por hipster, me quedó claro que ni los angloparlantes pueden definir esta palabra bien. Es un concepto subjetivo. Cada quien da una definición dependiendo del enojo que le causen los hipsters. Al parecer se trata de una gente que desarrolló la profesión de ser trendy y que por eso se hizo de varios enemigos que terminaron clasificándola, a esta gente, de hispter.

Hispterismo es un acto de histeria colectiva, pues.

Muchos de estos hipsters tomaron una bandera ecológica un poco por conciencia terrenal pero otro poco por ir en contra de los dictados imperialistas. Yo no tomo Coca Cola pero sí Bionade. Eso acabó con una empresa familiar que tenía tintes ecológicos verdaderos.

La Bionade tuvo una historia de ensueño. Todo comenzó en 1995 en la Selva Negra de Alemania. La cervecería de los hermanos Kowalsky está a punto de irse a la quiebra. De repente, su padrastro inventa en la cocina de su casa una limonada que, a diferencia de las que están en el mercado, no se mezclan ingredientes artificiales, sino que se fermentan y cuecen, como el proceso mismo de la cerveza. Además los ingredientes usados son de origen orgánico, algo que en alemán y otros idiomas se conoce como “bio”, por eso el nombre de la bebida, Bionade, limonada orgánica. El modelo de negocios es incluso sustentable.

Al principio nadie quería tomar la Bionade. Pero entonces fue descubierta por lo que ya se clasificó la “escena ecológica” de Hamburgo. En esa ciudad norteña, muy lejos de la Selva Negra, el movimiento ecologista es bastante fuerte. La bebida entra en los grandes antros y se vuelve algo que los medios de información han clasificado como “culto”.

Cuando yo llegué a Berlín en 2004 a mí simplemente me dio mucho gusto ver que los refrigeradores de las tiendas había una bebida que era diferente a lo que normalmente yo veía en México, un ejército de pepsis y de cocas, y sus derivados. Además los sabores eran deliciosos: saúco, jengibre-naranja, membrillo, hierbas y lichi. Yo mismo no paraba de presumirla como una bebida originaria de Alemania.

En ese año los Kowalsky le apostaron a expandir su negocio. Y es aquí donde empieza la decadencia. El grupo Schindel compra el 51 por ciento del grupo. Los precios de la bebida suben. En 2009 entra el grupo de cervezas Radeberger (anteriormente del Este), compra la parte de Schindel y se queda ya con 70 por ciento de la otrora empresa familiar. La Bionade empieza a existir en botellas de plástico. Ahora en 2012 los Kowalsky decidieron dejar su parte en la empresa.

Lo que había empezado como una empresa ecológica, terminó siendo un negocio más. Los se lo bebieron. Para quien lea alemán, aquí hay un gran ensayo sobre cómo ver la sociedad gentrificada del barrio de Prenzlauer Berg: Bionade-Biedermeier.

El “consumo con moderación” debería de aplicar también para los productos que no tienen alcohol.
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