jueves, marzo 15, 2012

El Puente de Oro de Berlín


El Golden Gate en Berlín

El otro día terminé dentro de este local y estoy tratando de hacer memoria sobre el cómo. Por dentro se ve todavía más derruido que por fuera. Si no hubiera habido gente esa noche, podría pensar que se trata de una casa abandonada en algún barrio de mala muerte: graffitis, ventanas rotas o mal parchadas, sillones como los que se encuentran arrumbados en una esquina cualquiera.

Pero había gente y había música. Y había Yaotzin bailando electro beats, tecno y toda esa música que jamás me habría imaginado bailar. Bien lo dijo una persona que no llevaba más de una hora de conocerme: “¿tú bailando eso? No te imagino”. Los que me conocen más, pueden afirmar eso pero con decenas de  fundamentos.

Recuerdo que eran las dos de la mañana cuando llegué ahí. Yo tenía que trabajar a las 8 de la mañana pero andaba mostrando Berlín a una prima y su amiga. Sus 22 años fueron los culpables de estar ahí. Yo con gusto me habría regresado al Tresor, ese legendario antro tecno de Berlín del que recién acabábamos de salir y donde nos la estábamos pasando bien. Un par de tragos más, un poco de música más, y a dormir. Pero en cinco segundos de oscurantez cerebral yo mismo cambié el curso de la historia: “¿todavía les gustaría ver cómo está el antro que me recomendó un amigo?”

Yo creí que al preguntar con el “todavía” ya estaría mandando el mensaje de “yo me quedaría un rato más aquí y me voy a dormir”. Apelé, en todo caso, a que el DJ que escuchábamos siguiera tocando bien para satisfacernos. Pero no. Fueron esos 22 años los que tenían hambre de más. Y de pronto recordé que yo también habría contestado que sí.

Unas horas antes le había preguntado a un gran amigo por recomendaciones de antros para hacer algo en un jueves por la noche en Berlín. Él fue muy claro y dijo sin dudar “Golden Gate”. El nombre yo jamás lo había escuchado. Admito que mi negocio no son los antros, que tengo más de 22 años, que en los recorridos que hago para mostrar Berlín he incluido cinco veces un campo de concentración y nunca un antro de música electrónica, y que soy responsable para el trabajo y consideraba de verdad dormir lo suficiente para levantarme temprano y lleno de sana obsesión laboral.

Y ahí estaba yo con la prima y la amiga llegando al Golden Gate a las 2 de la mañana. Ya otros amigos que había consultado después de obtener esta recomendación me habían dicho que la onda ahí comienza “a eso de las cuatro” (entre semana, ¿guatdefok?), por lo que no veía mucho futuro a nuestra excursión. Yo me estaba divirtiendo demasiado con la visita de la prima (era su primera vez en Berlín después de que la había invitado desde hace años) pero pensé que nos regresaríamos al Tresor a echar un último baile y a regresar a la casa. Incluso la prima se salió sin llaves considerando que todos regresaríamos juntos, lo cual demuestra que no sólo yo tenía pocas expectativas de la noche.

Fast-forward: Yo me levanté para trabajar a las 7:30 y mi prima y su amiga no estaban en casa.

Lo que pasó entre las 2 y las 7:30 ocurrió más o menos así: Pasamos el primer obstáculo del Golden Gate, que es el cadenero. Ahora que redacto esto leí que el tipo es un irrespetuoso. Que no permite entrar a gente con camisa. Que selecciona tú sí, tú no, tú sí, ustedes dos no. y que es un mamón en general. Yo no percibí nada de eso quizás porque iba con mi prima y su amiga. Y aún así, porque si el mentao cadenero las hubiera puesto a hablar, ellas le habrían contestado con su dulce acento vienés y todo habría estado en orden.

Entramos y lo primero que veo es una especie de cloaca como guardarropa, los sillones abandonados y un lugar en el que los Goonies habrían podido filmar 20 secuelas de su película. Avancé dos pasos hacia adentro y pregunté: “¿entonces cómo ven…?” Y cuando me volteé hacia atrás, las chicas ya se estaban quitando los abrigos. Nos quedábamos ahí. Ni siquiera el baño las espantó, que es lo primero que visitamos y por lo que mi mamá habría preferido ir a un arbolito lo más rápido posible.

Lo más valioso de este lugar eran las bocinas, y eso es un decir. Pedimos bebidas, entramos a la pista, la amiga se ligó a un hombre, y yo me fui a bailar con la prima. Ahí descubrí que yo también podía bailar esa música. Bueno, eso digo yo. Mi pantorrillas eran dos resortes, me le quería abalanzar al DJ, le quería pedir un joint a las chicas de junto, me pasaba la botella de cerveza como dibujándome halos alrededor del cuerpo (mami: lo católico lo sigo llevando dentro). Mi prima sólo me veía y veía, nunca supe si fue admiración o lástima.

Sólo sé que a eso de las 5 mi caja negra se apagó. ¿Cómo llegué a casa? no lo sé, pero debí  de haber estado dos veces porque la prima después tuvo su propio manojo de llaves.

Con esta vivencia se hizo otra capa de graffiti en las paredes del Golden Gate.
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