lunes, julio 29, 2013

Personajes de barrio – Taquero de ley

Joaquín Robredo - Tá Cabrón
El barrio de Kreuzberg se ha multiculturalizado. De haber sido el lugar de residencia de la comunidad turca en Berlín cuando la ciudad, por medio de un programa federal, acogió a los inmigrantes turcos como “trabajadores invitados”, ahora es un hervidero de culturas.

Galerías, bares, clubes, salas de conciertos, granjeros alemanes que venden sus productos orgánicos o restaurantes de toda índole es lo que se encuentra. Entre estos últimos también entra la oferta de decenas de turcos, paquistaníes o vietnamitas que imitan las delicias italianas, mexicanas y asiáticas con tal de atraer a los cientos de turistas que cada día pasan por aquí.

Y que me ven en piyamas cuando voy a comprar pan.

Entre todos estos asentamientos está el restaurante de Joaquín Robredo, el Tá Cabrón.

El Tá Cabrón es todo movimiento. La cocina se escucha siempre como si la canciller Merkel estuviera ahí ordenando tortillas. En las mesas si no es el grupo de alemanes indeciso entre unos nachos o unos tacos, son los españoles que hablan como si discutieran, o los mexicanos que llegan como si fuera un club turco. “Aquí la gente se siente como en casa”, dice Joaquín.

Joaquín Robredo, 37 años de edad, mexicano de Sinaloa, está cumpliendo poco más de tres años con su Tá Cabrón, una frase mexicana que quiere decir “está muy difícil”, o “está muy bueno” (es ist verdammt schwer, en alemán). Él nunca imaginó abrir un restaurante en Berlín, pero el negocio va tan bien que ya abrió el segundo en un barrio aledaño, Friedrichshain, y que justo el fin de semana pasado cumplió un año de abierto.

El idioma alemán, como a muchos inmigrantes, no se le dio al principio a Joaquín: “Hay un don para los idiomas, y yo no lo tengo”, dice abiertamente. Eso le impidió estudiar una maestría en leyes en Alemania, la cual tenía en mente cuando llegó en septiembre del 2003.

Pero en realidad la única ley que necesitó entender Joaquín fue la del buen comer.

Identificó que faltaba un buen lugar para comida mexicana y se empeñó en encontrarlo. A diferencia de su vieja competencia mexicana, no se instaló en el viejo y ricachón Berlín Occidental. Ahí es donde estaban los primeros restaurantes mexicanos de Berlín, lugares abultados de muebles coloniales con platillos a precios incomibles para cualquiera que quisiera aventurarse en la comida mexicana.

Por eso no hizo un pretensioso restaurante, sino una taquería, algo chico, sencillo, barato y en un barrio donde la gente joven y de diferentes lugares (incluso alemanes de otras partes del país) era el público adecuado. “Y si todavía hubiera permisos, pondría un puesto en la calle, así como verdaderamente comen los mexicanos”, comenta.

Para la decoración rechazó lo que los paquistaníes tex-mex buscan reinventar como restaurante mexicano: palmeras en el interior, “tacos mexicana” y cocteles al dos por uno, de esos que tienen un azul fluorescente que uno preferiría usar para decoración de una lámpara de galería. Joaquín se fue por la variante decoradora de la casa de su abuela, luces cálidas, una cocina con azulejos y mesas de madera sencilla.

El Tá Cabrón quizás se quedará para toda la vida, pero Joaquín no. De eso está seguro. Y su esposa alemana y sus dos hijitas ya lo saben. Joaquín viene de una ciudad cerca de la playa en México. Y ahí es a donde tiene el sueño de regresar. Las playas del río Spree que cruza Berlín sólo le provocan carcajadas: “Yo necesito cocos que caigan de las palmeras y que haya langostas recién salidas del mar”.

Claro, y 45 grados a la sombra, algo muy difícil en una ciudad donde los climas otoñales e invernales son los que reinan.

“¿Cómo uno va a vivir en Berlín? si es la capital del país más poderoso del mundo. Aquí la vida pasa como un ciclón”, dice.

Eso, Berlín como una ciudad pasajera.

lunes, julio 22, 2013

Lugares secretos - Teufelsberg, las ruinas de la NSA en Berlín


“Desde aquí se podía escuchar todo lo que los rusos hacían, absolutamente todo”, dice Mehmet, el guía que hace el recorrido por la Teufelsberg.

Mehmet está en la azotea de uno de los edificios de la Teufelsberg, la vieja central de espionaje de los estadounidenses y británicos durante la Guerra Fría que está a las afueras de Berlín, sobre una colina.

Con toda la perspectiva de Berlín desde aquí, Mehmet señala el centro de la capital alemana, distinguible por la Torre de Televisión de Alexanderplatz. Su mano hace círculos en el aire para indicar el más allá.

“Los estadounidenses podían escuchar todo lo que los comandantes rusos planeaban en Berlín. Se podía escuchar hasta Rusia”, cuenta Mehmet con la fascinación de un niño que repite historias epopéyicas.

Lo cierto es que tanto no se podía escuchar. La central de espionaje de Teufelsberg tenía cinco torres de radar que podían tener un alcance de hasta 500 kilómetros a la redonda. La entonces frontera soviética estaba a 700 kilómetros, Moscú a 2 mil.

Teufelsberg era una de las centrales más modernas de la época, entre los años 1950 y 1990, ya con equipo digital que podía hacer escuchas a teléfonos satelitales, facsímiles e incluso internet.

“La gente sabía lo que era este complejo, sabían que se espiaba, pero no sabían cuán moderno era”, explica Mehmet.

***
Teufelsberg es en realidad una colina al suroeste de Berlín, ya casi saliendo de la capital.

Su nombre en español significa la “colina del diablo”, un nombre que le queda bien para su pasado histórico pero que en realidad lo tomó del lago avecinado llamado Teufelssee.

Es el punto más alto de Berlín con 115 metros de altura, una colina creada artificialmente con los escombros que dejó la devastadora Segunda Guerra Mundial. Está en medio del bosque de Grunewald y la colina misma, en su plan de construcción, fue naturalizada sembrándole más de un millón de árboles. Ahora se ve como una colina natural.

El conteo oficial dice que hay unos 26 millones de metros cúbicos de escombros, una tercera parte de las casas y departamentos de Berlín que quedaron destruidos por la guerra. A eso se añaden los restos de complejos industriales, calles y diversos objetos.

Era un sitio ideal para dejar los escombros. Aquí Hitler estaba planeando la Facultad de Defensa Tecnológica del Tercer Reich. La idea era que, junto con el arquitecto Albert Speer, la facultad fuera parte de la ciudad imperial que Hitler estaba planeando, Germania.

Pero los costos de la Segunda Guerra Mundial se elevaron y la construcción de la facultad tuvo que ser interrumpida. Columnas gigantes, bloques de concreto enormes, como todavía se puede apreciar en el Estadio Olímpico de Berlín, el Ministerio de Finanzas o el cerrado aeropuerto de Tempelhof, todas construcciones de esa Germania, tuvieron que ser empleados en cosas que los nazis consideraron en ese momento más útiles. Lo poco que quedó de la facultad fue demolido. Así comenzó el depósito de historia de la Teufelsberg.

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Mehmet es uno de los cuidadores del lugar. Trabaja para el dueño del lugar, un inversionista privado que tiene planes turísticos a futuro. Él es uno de los varios que realizan las guías turísticas dentro del complejo, que hoy en día está en ruinas. Sin las visitas guiadas, uno no puede entrar al lugar.

“Los gringos se llevaron todo. Cada tornillo, cada cable, cada computadora, no dejaron nada cuando abandonaron el lugar. No querían que nadie supiera sus secretos”, dice Mehmet.

Las visitas guiadas se realizan cada día y casi a cada hora. El interés de los locales y de turistas, sobre todo durante el verano, es muy alto. Y ahora más que en estos días de julio está un gran debate en Alemania por la revelación de los programas de espionaje de Estados Unidos y Gran Bretaña.

El complejo consta de unos cinco edificios y de cinco torres radar que parecen grandes micrófonos blancos al aire libre.

Algunos edificios están llenos de escombro y con techos resquebrajados, por eso uno necesita los consejos de un guía para no correr ningún riesgo.

“Hay habido casos de muertos y lastimados por no respetar las condiciones de seguridad”, acota Mehmet.

La visita guiada sólo permite entrar a un edificio y a la torre más alta. El edificio, de unos cuatro pisos, ha sido tomado –con permiso del dueño- por artistas graffiteros “de Berlín y toda Europa” que han pintado piezas que tienen hasta un valor de 20 mil euros. Y todo está ahí al aire libre para goce de los visitantes.

La torre que está sobre el edificio de los graffiteros, otrora el principal de las escuchas, se eleva otros cinco pisos para alcanzar los 115 metros que le dan el reconocimiento de ser el punto más elevado de Berlín. Tanto en la azotea del edificio como en la torre se pueden apreciar las estructuras que quedaron de los radares, forrados con tela blanca y que le dan una acústica nítida a cada sonido que ahí se presenta.

***
Ubicada en el viejo Berlín Occidental, la parte que ocuparon algunos de los países aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) después de vencer en la Segunda Guerra Mundial, la central de Teufelsberg comenzó a funcionar como tal en 1957, en el clímax de la Guerra Fría.

Occidente temía que la URSS y los países orientales y comunistas estuvieran desarrollando secretamente planes para otra guerra mundial. 

Las grandes trituradoras de papel,
para no dejar huellas
Así que estadounidenses y británicos decidieron transformar una recién inaugurada central de monitoreo del tráfico aéreo entre Berlín y Alemania Occidental. Berlín Occidental estaba entonces inmersa como una isla dentro del territorio ocupado por los soviéticos.

Desde 1957 se instalaron ahí agencias de servicios secretos de Estados Unidos y Gran Bretaña. La Agencia de Seguridad de Estados Unidos, la NSA, fue una de ellas. El programa se espionaje que realizaban se identificó con el nombre de ECHELON, del que sólo se supo oficialmente algo hasta mediados de los años 1980.

El complejo de Teufelsberg estaba equipado con un edificio donde sólo se encontraban –y todavía se pueden ver- dos grandes trituradoras de papel. Un edificio contiguo era para uso exclusivo de la incineración de todo ese papel triturado.

“No se podía tener ni una sola huella de lo que hacían los espías aquí pero sí queda la gran huella de esa gran red de espionaje, y estamos parados en ella”, dice Mehmet.

En octubre de 1992, tres años después de la caída del Muro de Berlín, estadounidenses y británicos abandonaron el área, que ahora se conoce como las “ruinas de la NSA”.




jueves, julio 11, 2013

Personajes de barrio – Tendero turco

Bahattin U.
Empezaré ahora con el proyecto de perfilar a los personajes que habitan en mi barrio o en las cercanías de éste. Son las personas que lo hacen y que me han llevado a entenderlo de una forma, también a arraigarme en él. No sé cada cuándo pueda entregar una nueva historia, pero ni yo me voy esta gente dejará de moldear el barrio.


Se trata de Kreuzberg, un barrio que durante la Guerra Fría hacía frontera con Berlín Oriental. En los años 1960 la situación económica de Alemania Occidental era tan buena que faltaba personal para continuar con el modelo. Una solución fue traer a los llamados “Gastarbeiter”, trabajadores invitados, turcos que venían con permisos temporales. Y el barrio de Kreuzberg, que entonces tenía espacio que ofrecer, se convirtió en la casa de muchos de ellos.

Hoy ya hay hasta tres generaciones de esos turcos y algunos de nueva generación que siguen llegando, como Bahattin U., un tendero turco que trabaja cerca de mi casa.

Bahattin proviene de un pueblito cerca de Anatolia, Turquía. Llegó como inmigrante a Berlín en el 2001, quería lograr lo que en su país se ve como “el sueño alemán”. Quería dinero, dinero, dinero.

A sus 45 años de edad, Bahattin trabaja en una tienda de abarrotes en Berlín, justo a la salida del metro Schlesisches Tor, una parada recurrente de muchos jóvenes y turistas que buscan diversión y comida en el barrio. Bahattin nunca supo lo que iba a hacer en Alemania, pero quiso salirse de Turquía porque su trabajo como chofer de camiones no le dejaba dinero para vivir.

“Le hacemos como los mexicanos, cruzamos la frontera para ganar más dinero. Veo esas historias muy seguido en la tele”, comenta.

La diferencia es que Turquía no está en la frontera con Alemania y para llegar aquí se necesitan varios días en tren. O dinero para abordar un vuelo directo de avión. Y también a diferencia de México, no hay un río que cruzar para estar ya “del otro lado”. Tuvo que solicitar una visa de trabajo que le costó mucho trabajo obtener. Era algo temporal. Pero cuando llegó a Alemania se casó con una mujer alemana y ahora ostenta un permiso permanente de residencia con el que puede trabajar sin problemas.

Su alemán es básico. Dice que lo aprendió en la calle, en el negocio de la venta de abarrotes. En Berlín no fue difícil encontrar trabajo. Simplemente se paseó por Kreuzberg y preguntó en los diferentes negocios de turcos por un puesto.

“No podía buscar un trabajo que no fuera de vendedor porque (para otros trabajos) siempre te piden alguna formación”, dice.

En Alemania viven cerca de un millón 600 mil turcos, de los cuales cerca de la mitad ya nació aquí (aunque conservan su pasaporte turco, por eso no se los reconoce como alemanes). En Berlín son unos 110 mil. En la capital de Alemania es la minoría más grande.

“No tengo familia aquí, ya me divorcié, pero la vida es mejor aquí y hacemos trabajos que los alemanes no hacen normalmente”, dice Bahattin.

En algo coincidimos este hombre y yo.

viernes, julio 05, 2013

Nacionalización alemana - La farsa del examen


Pasé mi examen de nacionalización, pero que no haya confusión: todavía no soy alemán.

El nombre en alemán, Einbürgerungstest, dice mucho: “examen de nacionalización”. Las palabras llevan a pensar que es la prueba más importante y definitiva para volverse alemán. Y la intención es buena: la condensación del conocimiento político, cultural y social acerca de Alemania sometido a una prueba tipo escolar –con solemnidad, puntualidad, presión de tiempo, etc.- que, de ser aprobada, podría dar el derecho de declararse propio del país.

Asumo que esa fue la idea del tintero. Buena. Pero esa prueba no es más que otro procedimiento burocrático que no vale mucho más que otros documentos a mostrar, como las declaraciones de impuestos. Y lo siento si decepciono a algún burócrata alemán pero –explicit lyrics- el examen para la licencia alemana de manejo fue todavía más difícil.

El Einbürgerungstest consta de 33 preguntas de opción múltiple. Para poder responderlas hay que estudiar un cuadernillo de 300 preguntas. Después de repasar el cuadernillo dos o tres veces, uno se convierte en un autómata. El bolígrafo dirige. El examen de la licencia de manejo constó de 30 preguntas para las cuales hubo que estudiar un cuadernillo de 790, mucho más del doble. Una gran diferencia. Pero también hay otra diferencia mucho más grande: para aprobar el examen de nacionalización basta contestar correctamente 17 preguntas (¡¡DIECISIETE!!), mientras que en el examen de la licencia si uno contesta mal tres preguntas de gran puntaje ya está fuera.

El Einbürgerungstest es una farsa de examen. Está más bien dirigido a personas que han sido convertidas en el símbolo de una mala política de integración en el país: musulmanes, árabes, gente de una cultura de cercano, medio y lejano Oriente. Y eso se puede ver en las preguntas que se plantean. Pongo abajo unos ejemplos.

- En Alemania las personas pueden decir públicamente algo contra el Gobierno, porque... A) aquí vale la libertad de religión B) las personas pagan impuestos C) las personas tienen derecho de voto D) aquí vale la libertad de expresión.

Otro excelente ejemplo, mi favorito:

- ¿Cuál de estos derechos pertenece a los derechos básicos en Alemania? A) posesión de armas B) derecho de puño C) liberad de expresión D) justicia por la propia mano.

O este:

- Una joven mujer en Alemania, 22 años de edad, vive junto con su novio. A los papás de la mujer no les gusta porque el novio no les cae bien. ¿Qué pueden hacer los papás? A) deben respetar la decisión de su hija mayor de edad B) tienen el derecho de traer a su hija a vivir con ellos C) pueden ir a la Policía y denunciar a la hija D) buscan otro hombre para la mujer.

Las preguntas podrían estar bien formuladas para dejar en claro el pensamiento libre y democrático de este país, pero en las opciones de respuestas se puede leer entre líneas lo que este país no quiere: personas que se han criado en países donde las tradiciones familiares y religiosas imperan sobre el respeto a la ley es común. Es decir: no salvajes, bitte

Si hubiera una traducción del examen a varios idiomas, podría servir para saber a qué tipo de país se va a enfrentar uno: Alemania es un Estado de Derecho, ¿qué significa eso?, o: ¿Con qué financia el Estado alemán la seguridad social?, o: Maik y Sybille quieren junto con sus amigos hacer una manifestación, ¿qué deben hacer antes?, o: ¿A qué hora comienza la reglamentada paz nocturna (hasta la frase en alemán es difícil de traducir a un lenguaje amistosamente comunicativo, gesetzliche Nachtruhe)?

Hay otras preguntas de historia alemana, de política alemana actual, pero también de la ciudad donde uno está viviendo (nombres de alcaldes o escudos), y de la Unión Europea.

El encargado de aplicar el examen dice que uno no debe tomar más de 60 minutos para resolver todo. Los primeros postulantes entregan sus exámenes a los 12 minutos. La prueba es fácil. Y los que no lleguen a pasarla no serán deportados ni metidos a cursos especiales, tan sólo tendrán que esperar más tiempo hasta poder volver a inscribirse.

Mientras tanto a entender la forma de pensar alemana.

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