lunes, mayo 12, 2014

“Ostdeutschland”, el hijo no deseado de Alemania


Hace unos días estaba hablando con una persona de Sajonia, un estado que está en lo que todavía se conoce Alemania del Este, u “Ostdeutschland”. Entre las cosas que platicábamos, no tardé en decirle que me fascinaba el dialecto de ese estado, algo que se tradujo en un estado de shock.

En Alemania se hablan varios dialectos y cada vez que hay estudios o se le pregunta a alguien, nadie, NADIE, dirá que el “Sächsisch”, o el dialecto sajón, se escucha bien.

“Es como de…, de…, proletarios”, me dijo esta persona, quien obviamente tenía un acento puro, algo que muchos sajones junto con otra gente de alguno de los estados del Este alemán se acostumbraron a hacer desde niños.

Proletarios. Así se clasifica el dialecto oriental porque es así como en general ve Alemania a su Alemania del Este.

Hace 25 años que el Muro de Berlín fue tirado –fueron los alemanes del Este quienes empujaron duro para tirarlo-. Los cinco estados de Alemania del Este regresaban a su viejo país. Tenían la carrocería y el motor de un coche que dio vueltas al mundo sin entrar a un taller ni a un centro de lavado, pero traía a los mismos pasajeros. Alemania Occidental se emocionó de volver a estar unida, igual que la Oriental. Los dineros fluyeron por torrentes, hasta la fecha lo siguen haciendo, para tratar de regresar a Alemania Oriental a su estado “normal”. Desgraciadamente muchas cifras no demuestran ese avance, y desde hace una década salen estudios, comentarios, comentaristas, medios de información occidentales y demás hablando del retraso de “Ostdeutschland”.

Pero, ¿por qué a tantos años se sigue marcando esta diferencia? ¿no somos los mismos en Alemania? Hablamos el mismo idioma matizado en dialectos; cruzamos sin visa a los diferentes estados; vacacionamos y / o trabajamos de un lado o del otro; producimos, exportamos e importamos, y todos, absolutamente todos queremos contribuir por el mismo objetivo: salir adelante como país en tiempos en que los bloques continentales y mundiales se están devorando todo.

En estos días la Fundación Bertelsmann publicó un estudio en el que destaca que los alemanes del Oeste se mantienen más fuertes que los del Este: “La cohesión social es más fuerte en todos los estados de Occidente que en los cinco de Oriente”, se dice en el estudio. Las razones para esto son poca fuerza económica y ocupación, alto riesgo de pobreza y un alto promedio de gente vieja. La diferencia con los estados occidentales sería más grande que hace 25 años, cuando la caída del Muro de Berlín.

El mismo estudio dice que cada vez hay más tolerancia contra los homosexuales y que hay escepticismo contra los inmigrantes, pero eso es otra historia.

¿De qué nos sirve esa información? ¿por qué no se destaca mejor el lado contrario y se dice lo que los alemanes del Oeste no han hecho por sus conciudadanos y sus países vecinos.

Si uno pone en Google tan sólo dos palabras, sale un mapa ilustrativo de lo que hablo: “Studie” y “Ostdeutschland”, estudio y Alemania del Este. Esto destaca:

“Los jóvenes alemanes del Este odian más a los extranjeros”.

“Cada tercer alemán del Este es ultraderechista”.

“Pobreza infantil, más alta en Alemania del Este”.

“Falta de fuerza laboral en Alemania del Este”.

Hice lo mismo con “Westdeutschland” y me dio gusto ver que salían muchas historias de dopaje: “Alemania del Oeste toleró el dopaje”. Una pequeña venganza googleana a cambio de todo lo que se encuentra de Alemania del Este. Pero al final, el dopaje es otra historia que se ancla en la vieja RDA del Este.

Ese muro que muchos alemanes llevan en la cabeza, los que ven desde arriba a sus conciudadanos y los que se sienten “proletarios”, es lo que sigue dividiendo a este país. Y esa división es uno de los lastres que tiene este país.

martes, mayo 06, 2014

Berlín analógica (o ¡deje de ver su teléfono!)


Hace poco estuve en México y me impresionó cómo uno puede estar conectado todo el tiempo. Cada negocio, incluyendo sencillas taquearías, tienen una red wi-fi de la cual colgarse.

Comer un taco y ver la única mención de Twitter a la semana, no tiene precio. Y de a gratis.

Y volteo a las calles de Berlín y veo que nada es igual. Los negocios que tienen w-lan (como se llama al wi-fi en alemán) son muchos, pero pocos o ninguno en varias cuadras a la redonda ofrece la red, ni siquiera a costo de un café.

"No, nuestra red es privada", dicen unos. "No. En este negocio buscamos fomentar que la gente hable", dicen otros. "No. No queremos que se nos llenen las mesas con computadoras donde sólo se consume un café por horas", dicen los más acertados. Al final los cafés y restaurantes son un negocio y de eso viven.

Algunos negocios berlineses -que sí ofrecen o han ofrecido w-lan- han sido incluso multados porque la gente descarga material ilegal de esas redes. En Alemania se vigila mucho cumplir con las reglas que establecen las grandes compañías acerca del quebrantamiento de derechos de autor. Las descargas ilegales son perseguidas por las autoridades.

Pero aunque no haya redes de las cuales colgarse, las personas juegan sin parar con sus teléfonos y computadoras. Los turistas son los que terminan siendo "afectados" porque no tienen planes de pago como los locales. Y ser turista sin acceso a Facebook, Twitter, Instagram o Google Maps, es no ser bien turista. 

Yo llevo días queriendo terminar este texto en algún café de Berlín. No había podido hasta hoy mismo que lo publico. Y es que no había encontrado un lugar de donde mandarlo al ciberespacio desde una red pública. Hoy iba caminando por la Friedrichstrasse rumbo a una conferencia en el Ministerio de Exteriores y se me cruzó un Starbucks, un lugar que me cobra 2.35 euros por un café de filtro pero que a cambio me permite quedarme dos horas en su red inalámbrica. 

Eso sí: en México Starbucks ofrece un poco más. Ahí uno encuentra en las mesas unas cadenas con candado para que no le roben la computadora.

¿Qué valor se le debe dar al w-lan?
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