martes, diciembre 22, 2009

Berlin gülü


Hace ya algunos días me sentía como activista de cumbre mundial, con los pelos tan largos y a punto de enrastarse. Así que hice lo lógico: ir a la peluquería.

No sé si a alguien más le sucede, pero para mí ir a la peluquería es un gasto de tiempo. En estos días de multifuncionalismo exprés, ver cómo una persona te corta el pelo a tijerazos, lenta (y macabramente), me vuelve loco. Es como quedarse en una página de internet por casi una hora. Bueno, claro, hay sus facebookexcepciones.

El caso es que fui a la peluquería que está a un par de calles de la casa, aquí en el barrio de Kreuzberg. Ahí me atiende normalmente mi peluquera ossi, una chica de Alemania del Este, sólo que esta vez no estaba. En su lugar había una mujer que yo no había visto nunca.  Me aclaró que mi peluquera tuvo el día libre y me preguntó si quería hacer una cita para el día siguiente. Dije que no y le pregunté si ella tenía tiempo en ese momento. Me dijo que sí.

No me gusta confiarme a nuevos peluqueros, pero el sentimiento de tener que esperar al día siguiente fue peor. Me senté y me encomendé a sus tijeras. Empecé a hablar con ella para explicarle mi corte habitual. y ella sólo me veía con los ojos muy abiertos. Creo que notó mi impaciencia porque en un momento me dijo hey, hey, lento, lento, que no entiendo. La escuché decir más palabras y me quedó que era extranjera. Seguramente turca, pensé. No traía velo pero sí era de tez morena y nariz protuberantemente fuera del convencionalismo humano. Y creo que no me entendía bien. Corto de arriba, desvanecido por atrás, rapado por los lados, me dijo. No-no-no-no, rapado de los lados no, sólo un poco corto, le contesté y le expliqué que el pelo se me hace como erizo cuando está muy corto. Esa es mi herencia azteca, pelo lacio, pesado y picudo. Ella asintió. No se dio cuenta que estaba a punto de dejarme como esos jóvenes turcos de la esquina de mi casa que parecen militares con pantalones de hiphopero, na alter? U-Bahn fahren und schule gehen? Sonst Hartz IV kriegen.

Después de un largo silencio en el que pensé que no habría plática, la peluquera abrió la mini tertulia. ¿Vives cerca de aquí?, me preguntó. Pensé que era muy atrevida su pregunta, pero se la contesté. No había mucho más que hablar, ni ella me entendía a mí ni tampoco hablaba ella del todo fluido. Así que con la confianza creada le pregunté ¿y tú cuántos años llevas aquí? Y me contestó que 11.

¿11?

Demonios.

Y muchas de esas historias de turcos comienzan justo con una escena que me pasó ese mismo día de peluquería pero un poco antes, cuando fui a visitar a mi dentista. Pasé por el metro Hermannplatz, justo en el corazón del barrio de Neukölln, conocido por ser prácticamente un gueto turco. En el andén vi como un señor, de bigote poblado, barba de tres días y gorra de bésibol, se acercaba a otros como pidiendo limosna. Pasé cerca de él y vi que hablaba en turco y buscaba a otros que hablaran su idioma como para que le indicaran la dirección que buscaba. Podría haber sido un nuevo inmigrante que, unos años más tarde, se convertirá en papá y abuelo que no hablará el alemán. Uno de los decenas de miles de casos de estos días. Un bueno amigo que toma sus clases de alemán me dijo que entre sus compañeras cuentan chicas turcas que llevan hasta 16 años en la ciudad sin haber hablado nunca el alemán.

Con la peluquera el caso no es muy diferente. Al rato de cruzar nuestras primeras palabras, llegó una señora con velo. Se saludaron en turco. Me enseñó que a las mamás se las llama 'anne' y a las abuelas 'nene'. Turco fácil, me dijo, más fácil que el alemán. Y continuó: tú, uy no, rápido, mañana hablas. La señora que entró venía con su nieta. De la conversación ya sólo alcancé a escuchar un 'nene' de la pequeña. Unos minutos después llegó otra señora. También traía velo. Mi peluquera buscó una silla para ofrecérsela. La conversación ya parecía tertulia verdulera. Llegó otra señora. También con velo y también con ganas de sentarse. Mi peluquera me dejó con los pelos parados para ir a buscar la última silla. Yo me empecé a preocupar porque en cuanto llegara otra señora, yo tendría que pensar en ceder mi asiento.

Con mi peluquera ossi nunca, jamás, vi la peluquería así.

Me despedí, güle güle, y me salí. Atrás la peluquera cerró las persianas para cortar el cabello a una de las 'nene'. Ahí se quedó mi nuevo gueto turco.

martes, diciembre 08, 2009

La temible oscuridad berlinesa

Cómo recuerdo una de mis últimas noches de fiesta en México. Estaba por salirme de un nuevo café-bar. La fiesta seguía pero yo ya quería irme a casa. Quería caminar un rato, estaba en una de las renovadas partes del Centro Histórico. Tres cuadras por la noche al metro no me harían mal, aunque mucha gente me había advertido de que la zona todavía era peligrosa por asaltos. No hice caso, yo quería caminar.

Intento abrir la puerta del café-bar y está como trabada. El guardia de seguridad estaba recargada en ella. Le di un empujón fuerte y se abrió, pero el guardia me gritó y me ordenó meterme de nuevo: "¡¡¿qué no ves que nos están asaltando?!!"

Afuera escuché algunas amenazas. Parecía como si un par de personas estuvieran esperando la llegada de más refuerzos para atacar al guardia de seguridad. No se escuchaba nada de policía. "Estamos fritos", pensé. Nadie más que yo sabía lo que estaba pasando porque todo mundo estaba bailando, bebiendo y platicando con el ruido de la música de fondo. Y no había a donde ir. Si el guardia de seguridad fracasaba, aquella tribu que amenazaba con asaltar se habría apoderado muy fácil de ese café-bar. Ese era el renovado Centro Histórico, una especie de carnada social.

De eso me acordé cuando en estos días, ya en Berlín y varios años después de ese hecho, me llegó un correo a mi bandeja de entrada. Leí el titular: "La temporada de oscuridad es particularmente peligrosa para los peatones". Provenía de la Oficina Federal Alemana de Estadísticas. Y pensé que se trataba de una serie de estadísticas sobre atracos, violaciones y otras amenazas terroríficas en Berlín durante la temporada de invierno.

En la ciudad ha habido reportes en periódicos de cómo algunas pequeñas bandas asaltan a turistas, de cómo grupos de escolares violan a sus congéneres femeninos grabando toda la acción con teléfonos celulares, o de cómo algún viejo alemán retrógrada decide tomar un cuchillo y atacar al vietnamita que vende cigarros a las afueras de las estaciones de los trenes suburbanos.

Sí, era posible que fuera algo de eso. Pero tan pronto abrí el correo, vi que no. Se trataba sólo de una estadística sobre atropellos en las calles.

"Los días cortos con poca luz y mal tiempo nos muestran que el invierno se acerca". Hasta aquí yo no sabía si el correo era verdad o una broma. "Entre más cortos sean los días, el tráfico en las calles estará más sumido en la oscuridad. Los peatones son los que en este tiempo del años más amenazados estarán en las calles. Como lo reporta la Oficina de Estadísticas, en el 2008 murieron en las calles 653 peatones"… (¿se sabe cuántos atropellados y muertos por atropello hay en el DF?)… "y de ellos tan sólo 246 o el 38 por ciento murieron en los meses de noviembre, diciembre y enero".

Las razones son que muchos conductores no pueden ver bien en la oscuridad y el mal tiempo; que los peatones usan con frecuencia mucha ropa oscura; y que varios viejitos andan afuera de sus casas hasta altas horas de la noche (las 16:00 horas ya son altas horas).

Mi opinión: las tiendas de ropa son las culpables. Ellas deberían de vender ropa de primavera, colorida y llamativa, para estos meses. Así que si ven a un tipo vestido como Magnun P.I. en las calles de Berlín, ya sabrán quién es.
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