viernes, noviembre 06, 2009

Alemanes no connacionales


La otra vez fui a una fiesta. Había alemanes y latinos, la plática era en español. Hablamos sobre profesiones, sobre cine, arte y periodismo. Comimos, levantamos las copas, ¡salud!

Llegó una alemana que no hablaba español y cambiamos todos al alemán. Seguimos hablando sobre varias cosas diferentes. Copas y ¡salud! Podría haber parecido una bacanal sino es porque nos topamos con un muro. Con EL muro. El Muro de Berlín.

Una de las alemanas era del Este, una ossi, una chica que venía de un país que ya no existe. Ni el conejo blanco nos podría llevar ahí aunque quisiera. Y esta chica empezó a hablar de su pasado, de cómo la pasó el día que se abrió la frontera. Su historia era muy interesante, pero algo me llamó la atención de otra forma: la plática se desarrollaba ya más bien como una entrevista, y no de los latinos, sino de los alemanes. Alemanes preguntando a alemanes. Wessis examinado a ossi, ossi conociendo wessis.

Que el día de la revolución pacífica, que el día de la apertura de fronteras, que la experiencia en el oeste, que el dinero de regalo del Oeste, etc.

Todo siguió en alemán y a pesar de ello ya no éramos los mismos. Los alemanes del Oeste, los wessis, se habían transformado en extranjeros. Hablaban el mismo idioma, vivían en el mismo país, en la misma ciudad y comparten la animosidad de poder cobrar el seguro del desempleo y de tener una vejez asegurada monetariamente. Yo, latino, me quedé a un lado, y creo que los otros de mi especie también.

Un estudio lo decía, pero en esta fiesta se comprobaba: los alemanes del Oeste no conocen, o conocen muy poco, el Este.

El Muro se cayó hace 20 años y el símbolo de la unidad no puede ser sólo perderse en una bacanal.

Vaqueros negros, punks y 68eros.


Esta escena no habría sucedido si no se hubiera caído el Muro de Berlín.

Me subo al metro. Lo primero que veo es a un hombre como de dos metros de alto. Él iba parado en el vagón pero con la cabeza gacha, no cabía. Traía puesta una playera y un montón de pelos. Parecía que desde el 68 no se había cortado los pelos ni las barbas, todos blancos y tan largos como esta historia de hippies. La panza que le salía podría haber desafiado a la de cualquier policía de tránsito de México. Y que mi madre me perdone, pero seguro que Jesucristo se vería así hoy en día.

Apenas vi la bolsa de mercado que llevaba este monstro 68ero, me distraje con un par de perros que estaban echados al lado. El dueño de los perros iba al lado. Estaba sentado, dando tragos de cerveza en cada estación y preguntándoles a sus canes cómo se encontraban. Alles wird gut, alles wird gut, todo está bien, les decía. Otro trago. Sus pantalones tipo piel de leopardo, sus botas negras con agujetas rojas y sus tantos piercings con los que seguro no puede dormir boca abajo lo delataban como un punk. Ah, sí, y su peinado de cepillo pule zapatos.

Estaba viendo su arete izquierdo en forma de signo de interrogación y lleno de diamantes, cuando otro tipo me hizo voltear súbitamente: era un hombre que dentro del vagón se colocaba sus lentes para sol. ¿Estará muy brillante la luz de neón?, me pregunté. Quizás él es más sensible. Era un hombre tan negro como los pensamientos que yo tenía. Y por alguna razón yo sentía que esos lentes de sol no hacían sino acentuar esos pensamientos. Esos lentes añadidos a su sombrero negro de vaquero, a su chamarra de cuero, a sus botas de montador de vacas y a los guantes negros que en ese momento se comenzó a colocar. Si yo lo habría visto en Texas, pensaría que se dirigía al partido de los Dallas Cowboys porque además iba acompañado de dos vaqueritas negras que, al contrario del frío que él sentía, ellas iban con unas minifaldas tan cortas como un sueldo de periodista.

Llegamos a Alexanderplatz y nos bajamos todos. Supongo que nos bajamos ahí para manifestarnos simbólicamente por la libertad de ser. Aquí se liberó un pueblo hace 20 años y ahora lo hacíamos nosotros.

Berlín: roto para siempre


El hombre se acerca a la oreja de su mujer y le dice algo. Ella baja su rostro y se apura a cubrírselo para que nadie la vea reírse. Inevitable, la risa explota en una carcajada discreta.

Vamos en el metro. La pareja descuadra un poco. En esta parte del vagón todos nos vemos como extranjeros. O todos somos extranjeros, pues los idiomas que se oyen son diferentes al alemán. La pareja, ambos como de 80 años, se visten además diferente. Él zapatos con brillo de comercial de televisión, bufanda de casimir bien anidada al cuello y boina tipo Franz Biberkopf. Ella con cabello gris en forma de canasta de frutas y con un moño al lado. Visiblemente, me atrevo a decir, alemanes.

Pero alemanes del Oeste.

Si algo he aprendido aquí en Berlín es a distinguir a la gente. Por la ropa se puede saber más o menos de qué parte de Berlín viene alguien. Un estudio me ampara, así que no estoy tan loco. Pero también se puede saber por la forma de comportarse.

El hombre veía al grupo de indios que ocupaba casi todo el vagón. Hombres de tez negra pero con rasgos finos, cejas marcadas y pelos cortos con peinados ochenteros. Y después de ver cómo se hablaban en hindi, con gestos y gritos, se volteaba y le secreteaba algo a su mujer. Ambos se reían. El hombre me volteaba a ver a mí, y hacía lo mismo. De cuando en cuando, la mujer también hacía lo mismo.

En estos casos, a mí me gusta desplegar mi periódico para que los alemanes vean que soy de aquí. Veo que les cambia la cara. Me ven de otra forma. Y algo así pasó porque la mujer le secreteó algo a su bienamado.

Pero en realidad, en esta ocasión no debí de haber hecho algo así. Me pareció que estos viejitos, replegados en una en una esquina del vagón, eran los que se autoexcluían como a veces hacemos los extranjeros. Y no sólo por secretearse, sino porque físicamente estaban retraídos. Sus miradas marcaban una frontera clara.

Este hombre y esta mujer vieron con seguridad una ciudad en ruinas, sino es que hasta a los ejércitos aliados entrar a la capital a disputársela. Seguro que ayudaron a levantar la ciudad. Después habrán visto como la ciudad se dividía, y habrán presenciado cómo se erigía un Muro. Quizás hasta fueron a uno de los miradores que había para ver cómo se veía la gente del Este. Después habrán vivido la apertura de fronteras, el picadero del Muro y la unificación, y habrán sido parte de otra restauración citadina.

Hoy llevarán ya algunos años disfrutando de su senectud y les toca vivir otra ruptura: la invasión de culturas, de idiomas, de caras, y de formas de ser. Sólo que esta vez ya no les tocará ser parte de la restauración.

jueves, octubre 22, 2009

Cortocircuito en el DF (y con Berlín)


Hace poco hablé con un empresario alemán que vive en México. Él promociona la energía solar ahí. Vende páneles solares y concientiza a la gente sobre los beneficios del sol. Bueno, intenta vender y concientizar. Me dice que después de casi una década de estar en México la gente no entiende qué es la energía solar, "ni siquiera los profesores de universidad", dice.

Él tiene intereses comerciales, claro, pues quiere vender sus páneles solares.

Pero más allá de la parte comercial hay una preocupación que parece no existir: el petróleo se acabará. Si los cálculos son correctos habría menos de 7 años para su fin, ¡7 años! No es nada si se piensa en incursionar en nuevas energías. Cualquier planta energética que se construya no toma menos de 5 años en hacerse realidad.

México es un enfermo energético terminal.

México, un país tropical, con gran porcentaje de sol durante todo el año para páneles solares, con áreas desérticas para plantas termosolares, lugares de viento para energía eólica, ríos para hidráulica, e incluso uranio para la energía nuclear, y está a punto de quedar en stand by.

¿Cómo es posible que no se piense en otro tipo de energías?

La única respuesta a la que llego ahora es por la subvención.

La gente que vive en el DF tiene la energía subvencionada, casi en un 50 por ciento, lo cual se ve claramente en los recibos de la ahora extinta Compañía de Luz y Fuerza bajo la leyenda de "apoyo al hogar".

Esto no sólo ha fomentado la metamorfosis del defeño en un ente neutrónico ávido de energía, que gasta cuanto le place, que se compra refrigeradores del tamaño de un clóset, que calienta con microondas hasta el aire, que deja las computadoras encendidas durante la noche y que no promueve la investigación, y quizás el cambio, del uso de energías.

Esto aplica también para la gasolina barata.

Pero claro, si uno paga poco, piensa igual.

Cuando llegué a Berlín vi que todo mundo usaba refrigeradores del tamaño de los hornos de microondas, que no usaba hornos de microondas, que se compran focos nuevos, de los que gastan menos watts; que siempre hay una opción para gastar -o pagar- menos energía.

Algo así debería de haber en México.

La compañía de Luz y Fuerza, la distribuidora de energía en México, fue cerrada a la fuerza, a manera de golpe de Estado, sí, no lo niego, pero si regresa, ya sea por vía de la demanda popular o a manera de otra administración, tiene que cambiar su concepto energético en forma y precio.

miércoles, octubre 14, 2009

Pronóstico para mañana: dolor de cabeza, tirándole a migraña


A veces siento que no pasa nada en Berlín.

Digo, nada importante para el mundo.

Parecía que tendríamos un atentado terrorista, pero no llegó. Gracias a Dios, dirán los religiosos (aunque en realidad el atentado se realizará en nombre de Dios, algún Dios, no sé cuál).

Unos días antes de las elecciones federales del 30 de septiembre apareció un video en la red. Era un islamista llamado Bekkay Harrach y decía que habría atentados en Alemania. Que primero dos semanas después de las elecciones, que después el día de las elecciones, que luego antes de las elecciones. Todo fue una cuestión mediática. El mismo Bekkay se vistió con traje y corbata, se relamió sus chinos de oveja y se presentó como moderador de los premios Oscar, delante de una cortina roja. Lo divertido después fueron los análisis del video, que si seguía en un país musulmán o que si ya había salido de éste y lo quería hacer saber con su nuevo atuendo, que si una amenaza verdadera o falsa de Al Qaeda, etc.

Nada pasó. Ya son más de dos semanas del anuncio y no ha habido un estallido. Ni social. Truenan más fuerte las bombas de tiempo de los Premios Nobel de la Paz, de las estatizaciones en Venezuela (con el hotel Hilton) o en México (con la Compañía de Luz), o del gobierno de facto en Honduras.

O los servicios secretos de Alemania son tan buenos como para nunca recibir un atentado o nadie en verdad tiene contemplado atacar un país como este. Desde que estoy aquí hemos recibido una cantidad ya casi innumerable de amenazas terroristas y ninguna es realidad. Me parece que los de Al Qaeda juegan sólo con la hipocondría de los alemanes. Aquí la gente tiene tanto miedo de tantas cosas que con estornudar en el metro ya están todos en el médico y desangrando los seguros sociales.

Sí, hace cuatro años logramos tener una mujer canciller. Ahora un ministro de exteriores gay. Esto quizás habla de un país primermundista en términos de tolerancia social. Aunque después de las fuertes oportunidades de Hillary Clinton en Estados Unidos y de la victoria de Obama, Alemania ya no es noticia. Quizás en cuatro años podríamos serlo si se cumple la profecía política, pues tendríamos a dos gays concurriendo por la cancillería, ambos con varias posibilidades de serlo si sigue esta corriente de igualdad de votos para todos los cinco principales partidos políticos.

Pero eso será en cuatro años.

Ahora estamos congelados. Después de que hace dos semanas ganaron los conservadores y liberales las elecciones federales, entró el frío. Justo al día siguiente. Un frío invernal. En una semana de 27 grados a -4 (MENOS CUATRO, ssssí). Y dado este cambio climático, lo mejor hasta ahora ha sido estar hablando del cambio climático. ¿Alargará Alemania el periodo de las centrales nucleares? ¿causan grandes deudas los "molinos" de viento, ergo un futuro desastroso para las energías verdes? Pero lo mejor de las cosas climáticas es ¿de verdad son necesarias las predicciones "bioclimáticas"?

Este fin de semana pasado salió en las noticias el pronóstico del "biowetter", el clima biológico, por decirlo de otra forma. Se trata de decirnos cuánto nos dolerá la cabeza por el clima del día siguiente, cuántas reumas sufriremos, calambres, problemas de sueño, presión alta o baja, problemas del corazón, de circulación, angina de pecho y, claro, resfriados. Alemania es un país donde uno puede faltar al trabajo --ojo, con justificante médico-- porque su circulación sanguínea no está bien, pero donde te pueden despedir por cargar tu teléfono celular en tu oficina (robo de energía), por comerte una albóndiga (que estaba destinada para alguien más) o por un faltante de 1.30 euros en la caja, unos 25 pesos mexicanos (porque una vendedora se lo quedó para sí).

Hipocondría total.

Oiga, mañana tendré dolor de cabeza, no podré escribir nada.


Lo peor es que después de ver el pronóstico biológico del clima, al día siguiente sí tuve dolor de cabeza. No sé si me influenció ver las noticias (sobre todo el Nobel a Obama), o qué.

Berlín está bajo las nubes. Se vuelve gris y frío. Ventusco en algunos días. Todo se vuelve más secreto. Parece que no pasa nada. Y encima de todo La Ley (La Ley es un personaje imaginario en Alemania, como un alter ego) anuncia que las tiendas en la Estación Central de trenes ya no abrirán en domingos. Válgame, más provincianismo. Algo me habrá querido decir ese conejo que me encontré suelto la otra vez en las calles de Berlín.

Estamos en la capital de Alemania y de acuerdo con el discurso intelectual, político y religioso, en una de las capitales más importantes del mundo, pero, ay, ay, ay… loas deodss se me estA´{n coneglando.

lunes, septiembre 28, 2009

Querido joven alemán (neoliberal):


Hoy lunes es como un día de cruda en Alemania. Y no necesariamente por fiesta. Las elecciones de ayer me dejaron con dolor de cabeza. El resultado de las elecciones, quiero decir: Angie seguirá gobernando pero ahora con los liberales del FDP.

No sé, parece que el FDP es un buen partido. Estuvo varios años en el poder con el conservador Helmut Kohl. Y supongo que estos 11 años en la oposición también le habrán dejado algún aprendizaje. Mi desconfianza es que en el poder ahora está un partido que quiere privatizar el sistema de salud (que, dependiendo de cómo se haga, podría no ser tan malo), que quiere sortear el resto de esta crisis financiera y económica de una forma liberal y que además es peor de arrogante que aquel ex canciller alemán Gerhard Schröder.

Cuántas veces no rebajó a sus oponentes ayer en un programa de televisión, justo después de los resultados, diciéndoles que los votantes habían ya hecho el cambio. "La Gran Coalición ya se acabó", "Los votantes nos prefirieron a nosotros", "Señor Lafontaine, deje de hacer campaña, nosotros ya ganamos", así como un niño testarudo que consiguió lo que quería y ahora no lo quiere soltar. Y, bueno, no dista mucho de la realidad. Este es el mejor resultado de los liberales de Guido Westerwelle en unas elecciones federales, 14.6 por ciento.

Un resumen de algunos comentarios alemanes: "¡¿qué es esta mierda?! El capitalismo nos come y los alemanes (no incluidos los que gritaron esto) votan por esta coalición entre conservadores y liberales".

Sí, yo repito, ¿por qué?

Los expertos dicen que en los siguientes cuatro años de gobierno esto no cambiará mucho, que Angie, la querida y mujer más poderosa del mundo Angie, seguirá siendo una canciller socialdemócrata.

Veremos.

Lo que me intriga es este sector de jóvenes que votó a los liberales. Al parecer, la mayoría de los electores del FDP son jóvenes. Además varias encuestas entre jóvenes ya revelaban una cifra de intención de voto del FDP similar a la oficial.

El elector del FDP es un joven de clase media alta y de nariz respingada. Me queda claro. Entre sus ataques de arrogancia, Westerwelle rebatía ayer en la televisión que el elector del FDP es del FDP y no del CSU (el partido hermano del CDU, el de Merkel), así que se trata de jóvenes políticamente vírgenes. Jóvenes que heredaron grandes fortunas y están comenzando a administrar sus empresas (no habrá impuestos a herencias ni a ricos), jóvenes que podrán poner sus plantas en el extranjero (liberalización de mercados) y jóvenes que ya se atienden en hospitales privados y han demostrado que el servicio de salud privado es mucho mejor.

Quizás algunos viejos habrán votado al FDP por nostalgia de aquellos gobiernos con el ex canciller Kohl, pero la verdad es que no creo que este grupo de electores represente más de una tercera parte del total de los nuevos liberales.

Eso sí, quien sea el elector es un elector que está por un gobierno moderno y cambiante: ya no sólo tenemos a una mujer como canciller, sino que ahora habrá un ministro de Exteriores gay. Guido Westerwelle se ha hecho reconocer públicamente como gay, así como nuestro alcalde berlinés Klaus Wowereit.

Pero, insisto, ¿quiénes son estos liberales alemanes?

Yo llevo poco más de cinco años en Alemania y no he escuchado a nadie hablar de los liberales, nada, ni a favor ni en contra. Dicen que ignorar es peor que odiar a alguien. No conozco a alguien que alabe al FDP. Puede ser que yo esté en la ciudad equivocada, porque Berlín, una ciudad sin empresas, es una ciudad donde la pobreza y los movimientos sociales reinan. Artistas, periodistas, artistas y más artistas. Berlín es una ciudad símbolo de la lucha social y nunca habría votado por la coalición que ahora gobierna a todo el país.

En un programa de televisión un día antes de las elecciones vi cómo el partido La Izquierda había escalado casi al segundo lugar entre los televidentes. Había habido votos por teléfono y mensajes de texto. Era una sorpresa total, llena de emoción. Parecía que la izquierda era tomada en serio después de ser demonizada de pertenecer al viejo comunismo. Pero no fue así en la realidad.

O los jóvenes alemanes, claros electores decisivos en esta contienda, siguen sin creer en un buen izquierdismo, o creen que el neoliberalismo sacará a este país de sus crisis.

viernes, septiembre 18, 2009

Instrucciones para reconocer a un berlinés (y tratar de platicar con él)

Periodista irlandés: ¿pasa por Hallesches Tor?

Chofer de autobús (sin voltear a ver): (gruñe afirmativamente).

Periodista irlandés: Es que estaba pensando en que algunos periodistas podríamos bajar antes de llegar al destino final.

Chofer (con las manos al volante y medio volteando la cara. Contacto visual): (gruñe de nuevo. Su bigote de morsa se mueve un poco).

Periodista irlandés (ya más bien como con un pensamiento en voz alta): Quizás yo me podría bajar antes, ahí por la sede del SPD.

Chofer (con su mirada de regreso a la nada): Pusí, como quiera.


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10 minutos de viaje. Hora de salida de muchos trabajos. Mucho tráfico.

== 0 == == 0 == == 0 ==


Yo: oiga, chof, ¿si cree que algunos nos pudiéramos bajar en Hallesches Tor?

Chofer: Mmmmmmmmm, pus de poder, no sé si puede.

(Cruzamos Hallesches Tor).

(Ningún intento de detener el autobús).

(Medio minuto después).

(Ya pasamos Hallesches Tor).

Yo: Oiga, ¿pasa por ahí al lado del SPD?

Chofer: Sí.

Yo: ¿Nos podemos bajar algunos ahí?

Chofer: Pues de verdad no sé si puedan.

Chofer: Yo me puedo detener y ustedes ven si se bajan.

Yo: Uy, perdón, OK, ya entendí, le reformulo mi pregunta, ¿sería posible que bajemos ya? ¿podría detenerse ahí al lado de la sede del SPD, abrir la puerta y dejarnos bajar a algunos?

(Entonces se siente que el autobús empieza a frenar un poco. La calle es de un solo carril. El tráfico sigue pesado).

Chofer: Eso sí puedo hacerlo.

Chofer: ¿Y no se pueden bajar todos de una vez? Así ya no tengo que llegar hasta el destino final y me voy a mi casa. Mi mujer ya me está esperando para la comida.

Yo: ¿Y qué va a comer?

Chofer: No sé, pero mi mujer siempre cocina rico.

Yo: Mmm, como que ya hace hambre. ¿Y cómo ve si de aquí todos nos vamos a comer? ¿cómo ve si vamos directo a su casa?

Chofer: Pues yo los llevo, pero no creo que mi mujer haya cocinado demasiado.

(El autobús hace alto total. Tapa el único carril de circulación).

Yo: Oiga, pero ¿no está prohibido bajar aquí?

Chofer: Bah, no importa. Servidos.

(Abre la puerta. Nos despedimos algunos colegas y nos bajamos).

Yo: Gracias.

Chofer: (gruñe).

Yo: Buen día.

Chofer: Hm.