martes, diciembre 23, 2014

La sociedad del click.


Estos días en Berlín y supongo que en más ciudades la gente se daba de codazos en las tiendas. Filas enormes. Cualquier producto se había convertido en regalo navideño. Por poco abren cajas para cobrar hasta en los cuartos de limpieza.

Pero esto es una ilusión óptica. Las tiendas llenas es algo que pasa en momentos como la Navidad. Y quizás una o dos fechas más en el año. En realidad Alemania se ha convertido en la sociedad del click.

Mucho se pide por internet. Es cuestión de algunos clicks con el mouse. Salir a una tienda y dejarnos sorprender por los productos es parte del pasado. Internet se materializa como una ventana a otra dimensión que nos da lo que queremos. Por falta de tiempo. Porque encontramos exactamente lo que queremos. Porque queremos evitar los codazos con la gente. O porque queremos evitar cualquier tipo de contacto humano.

Click. Click. Scroll down. Click. Pagar. Click. Listo.

En Alemania el consumo de productos por internet ha aumentado enormemente en los últimos años. Un artículo reciente del diario Süddeutsche Zeitung titulado "Geliefert", "Entregado", habló de este tema como una problemática. Frau Ihrig tendrá que cerrar su pequeña librería, y los negocios en internet florecen. Tanto ella como otros solo existen para recibir paquetes de Amazon. "Para el cambio de milenio, los alemanes habían comprado artículos en internet por mil millones de euros. En estos días la cifra es 40 veces más grande", se lee. Los negocios en internet van desde libros y CDs, pasando por comida, hasta ropa, zapatos y muebles. Aunque incluso se puede conseguir sexo por click. 

La actividad por internet parece tan explosiva que incluso el lenguaje ha tenido que reinventarse. En alemán no existe el gerundio como lo conocemos en español o en inglés, es decir de una sola palabra añadida con los ~ando o ~iendo. Y ahora la gran empresa internáutica que ha tenido mucho éxito se llama "Lieferando", "entregando" que es gerundio. Ya. Ahora. En este momento. "Wir sind beim Liefern" no hubiera funcionado. En estos días no hay un lugar en Berlín en donde Lieferando no tenga un anuncio.

Click. Listo.

Un dato interesante que se desprende del mismo texto del Süddeutsche Zeitung: entre más clicks, más queda afectada nuestra capacidad social. De acuerdo con un estudio del Monitor del Tiempo Libre, en 20 años ha cambiado la forma en que los alemanes aprovechan su tiempo libre. En 1994 la gente hacía más con los amigos que hoy en día. Antes se salía más con los amigos de compras o a merodear las tiendas (31% vs. 10% de hoy, al menos una vez a la semana), o se hacía cualquier cosa con los amigos (34 vs. 17%), o se invitaba a los amigos a la casa (34% de 1994 vs. 7% de estos días).

¿Los clicks están directamente relacionados con nuestra interacción con otras personas? Es la pregunta que queda para estos días de Navidad.

Finalizando. Click.

miércoles, septiembre 24, 2014

Entre Suburbans y el metro de Berlín

Niños en el metro © Pindactica

Un día escuché una plática entre dos mujeres mexicanas en Berlín. Madres. Casadas con diplomáticos. Por cierto, una muy buena especie a analizar por la sociología moderna.

Escuché que las dos estaban hablando de las cosas que odian en Alemania, una plática recurrente entre ellas. De repente, tocaron un punto que nunca había escuchado: las madres alemanas son malas con sus hijos. Malísimas. No merecían ser madres. La razón que dieron estas dos chicas venidas a señoras en operación "fast track", fue que las mamás alemanas son descorazonadas al dejar a sus hijos chiquitos solos.

Los dejan salir a la calle y andar en el metro solos.

El diálogo quedó en mi imaginario máomeno así:

- Ay, ¿qué crees comadre? Que la otra vez vi cómo la Petra mandó a sus hijos solos a la escuela.
- Nooooooo. ¿Neta?
- Neta. Los dos pobres peques salieron de la casa y que de repente la Petra les cierra la puerta. Los dos niñitos estaban temblando de frío y como que no sabían a dónde ir.
- ¿Y no les ofreciste un aventón?
- Noooo, ¿cómo crees? Y pa qué quiero que luego la Petra me esté gritando. O peor: que me mande a su marido a que me diga de cosas. No sé qué le ve a ese naco güero.
- Bueno, ¿y luego?
- Pues alcancé a ver que los niños se fueron hacia el metro. Pobres. Iban cargando esas mochilotas en la espalda. Apenas si pueden con ellas. Y luego tienen que irse solitos hasta la escuela en metro con todos esos extraños. Noo, pobres criaturas, de verdad. A esa mujer deberían de quitarle a sus hijos.

Es verdad que a los niños se los ve rondando así en Berlín. Y creo que en cada otra ciudad alemana. La otra vez me subí al metro muy temprano –normalmente no lo hago-, y había varios niños solos por todos lados. Niños de entre 8 y 15 años. Chiquitos y menuditos, y más grandes, pero todos niños. Como si fuera la hora pico infantil.

Niños en el metro es una imagen que hace ruido, sobre todo cuando uno viene de México. Personitas con las que hablas en casa de héroes y superhéroes, con quienes juegas al Xbox, cantas las nuevas bandas de música pop, y comes hamburguesas, de repente están solas en el metro conviviendo con algunos de los peores conceptos: anonimidad, porque uno se enajena en las hordas de gente; inseguridad, por asaltos, violaciones o secuestros; perversión, por los tocamientos de otros; suciedad, por todo lo que toca y exhala toda la gente; tentación, por todo lo que la publicidad trata de venderte, consciente o subliminalmente; y dependencia tecnológica, por un acentuado uso de los teléfonos o videojuegos portátiles al estar solo. Ese espacio vital que hasta ahora para mí había sido concebido para los adultos y usado sólo por ellos, estaba invadido por infantes.

En el momento que me tocó vivir, vi a niños jugando con sus teléfonos, escuchando música, encontrándose con otros amigos en cada estación de metro que pasábamos. Otros se quedaban con los ojos fijos a los pordioseros, a los adultos raros y estresados. Otros más se hacían mueble junto con el armario de mochila que cargaban en los hombros.

¿Es malo lanzar a un niño así al mundo real sin la mano de su mamá? ¿es malo que vayan por los caminos que alguna vez tendrán que recorrer por otros motivos? ¿es malo esto si se toma en cuenta que Berlín, ni ningún otro pueblo alemán no es igual de inseguro y mimado que México?

Cuando veía todo ese mundo infantil me llegaban las imágenes de esas señoronas mexicanas que se estacionan no en primera ni en segunda, ¡sino en tercera fila!, con sus camionetas tipo tanque con espacio para diez pero con sólo dos personas adentro para dejar a sus querubines en la escuela. Esas mamás que por ir manejando a prisas, mentándole la madre al de enfrente, pitando el claxon, no le ponen atención a sus hijos. Esas mamás que nunca irían caminando a la escuela porque o está lejos, o las calles son inseguras por el tráfico a toda velocidad de esa hora, o porque simplemente mover el cuerpo va en contra de sus rutinas.

Las diferencias son enormes, sí. Y en ambos lados hay ventajas y desventajas, pero si yo volviera a ser niño preferiría crecer como un rudo berlinés antes que un temeroso defeño.

domingo, julio 27, 2014

La ecuación antisemita


Unos 1,000 civiles palestinos muertos contra unos 40 soldados israelíes muertos. La estadística de este domingo 27 de julio dice mucho. Y con base en ella se puede hacer un juicio: Israel es una máquina de matar. Comete genocidio. No tiene piedad. Mata civiles y sobre todo niños sin cesar. Hacen lo que los nazis les hicieron.

Pero… ¿qué se lee más allá de la cifra?

El desequilibrio en la muerte de civiles de ambos bandos ha llevado prácticamente a un apoyo incondicional a los palestinos y a un rechazo generalizado a Israel. Y ahí es donde se encuentra una parte principal del problema al debatir sobre esta guerra: el apoyo a los palestinos es interpretado por muchos como un apoyo a Hamás, una organización terrorista que –paradójicamente- fue votada por su gente para liderar el país, y el rechazo a Israel es interpretado como un rechazo no sólo a los israelíes, sino a todos los judíos, cuando éstos representan el 75 por ciento de la población, y de ellos sólo una minoría es radical.

Es como si todos los mexicanos nos convirtiéramos en asesinos por la política de matar-sin-mirar-a-quién que comenzó el presidente Calderón hace un algunos de años.

Con esas cifras arriba mencionadas, quien trate de defender un poco a Israel o a su población, comete un error a ojos de muchos. Aquí los comentarios de Facebook de un alemán que lo hizo:

--> “Quisiera que Hitler estuviera vivo todavía para que metiera al resto de los judíos a la cámara de gas”.
--> “Infanticidas”.
--> “Pedazo de mierda asocial. Métete tu libertad de opinión por donde mejor te quepa. ¿Y qué con los bebés de Palestina que están matando?”.
--> “Muérete hijo de judíos”.
--> “¡Cállate! Eres igual que tu pinche pueblo asesino de Israel”.

¿Está todo mal con Israel como para empezar a odiar a su gente? ¿Como para revivir ánimos como los del Holocausto? Desde el punto de vista alemán, la repetición de este odio es un error histórico. La gente debería de estar viendo con detalle lo que pasa y no dejarse llevar por fotografías o titulares de algunos medios de información (sí, para protestar contra la guerra; no, para generar un odio a los judíos). Los periodistas también tienen una gran responsabilidad al estar informando de este conflicto. En este sentido, Hamás está ganando la batalla. “Apenas” han muerto unos 40 soldados israelíes desde el inicio de la última ofensiva, pero en varias partes del mundo el antisemitismo se amplía y se hacen protestas donde los israelíes, principalmente los judíos, son agredidos con palabras y patadas.

Estas agresiones tienen un contexto histórico: se basan en cómo a Israel le fue dado un lugar para crear un Estado y cómo, después de su fundación, se hizo de más tierra hasta dejar a los palestinos arrinconados. Hasta la fecha se ve claramente con esa política de ocupar y construir para seguir ganando más espacio, una política por demás reprobada por la comunidad internacional. Sólo Alemania y Estados Unidos callan. Pero basándose en este principio histórico, todos nosotros, incluidos los que protestan a favor de la liberación de Gaza, deberíamos sentir un poco de responsabilidad de que un pueblo como el israelí haya tenido que ser obligado a arrinconarse en un lugar desértico. Ese odio a los judíos, que va desde el “pinche judío” en partes tan lejanas como México, hasta el exterminio masivo en Europa, ha hecho que lleguen barcos a punto de hundirse por el peso hasta la costa palestina. ¿Y ahora para dónde?

Hace poco estaba comunicándome con una amiga israelí por correo electrónico y me dijo, entre muchas cosas, que lamentaba mucho que la gente en el mundo haga manifestaciones a favor de Gaza, y manifestaciones en contra de Israel, pero ninguna a favor de la paz. A favor de la igualdad.

Aquí es donde hay que criticar la política de algunos gobernantes (como Netanyahu), y de Hamás, y no demonizar a un pueblo ni glorificar a otro. Cualquier muerte, cualquiera, es una de más. Y cada una de ellas se vuelve un punto de argumentación de los activistas pro palestinos con las fotos y videos que, sobre todo de niños muertos, hacen circular en internet y medios de información. Esa es la batalla que gana Hamás.

Grandes preguntas quedan: ¿por qué los palestinos votaron por Hamás para ser la autoridad en la Franja de Gaza? ¿por qué no salen a protestar para que dejen de lanzar misiles desde hospitales, centros de discapacitados, escuelas o casas para evitar que esos lugares se conviertan luego en blancos? ¿por qué no se les exige que en lugar de utilizar el dinero en túneles, lo gasten en algo más beneficioso para la comunidad?

Pero mientras las cifras de palestinos inocentes muertos aumenten, la ecuación parece estar -no sólo con justa razón en contra de Netanyahu y compañía-, sino en contra de todos los israelíes, principalmente los judíos.

miércoles, julio 16, 2014

Los gauchos, la danza que hunde a la Mannschaft




Si los alemanes hubieran movido las caderas como los colombianos, la historia habría sido otra.

Pero no.

El equipo alemán de futbol salió encorvado y cantando "así van los gauchos". Después se levantaron, caminando enderezados, cantaron "(mientras) así van los alemanes".

Esta escena ha causado indignación y malestar. De repente los jugadores alemanes dejaron de ser los dignos ganadores de la copa. "Qué mal gusto", "se burlan de los argentinos", "racistas", etc. Y muchos críticos aprovecharon para montarse en el tren.

Los alemanes venían de ganar la cuarta estrella para su equipo. Se bajaron del avión e inmediatamente se fueron a festejar con los alemanes, con su gente, los fans que los apoyaron desde el principio. La euforia era grande. Algunos dicen –sólo de ver las imágenes de la televisión- que Müller y otros deberían de haber estado ya en su enésima cervezota. ¿Por qué no? Cualquiera que hubiera ganado el Mundial de futbol se habría inducido en un estado de éxtasis de cualquier forma.

Y no eran los únicos que estaban así.

La compañía Lufthansa le puso apellido a su avión: "El avión de la victoria". El nombre ya lo tenía desde el viaje de ida, era el Fanhansa. Fanhansa Siegerflieger. Y a su regreso a Berlín hizo lo que nadie: el nada pequeño jumbo 747 sobrevoló bajo el barrio gubernamental de la capital alemana, el "Regierungsviertel", donde está el Bundestag y la Cancillería de Merkel. En esa zona no hay permiso de vuelo para nadie. Y lo hizo para “saludar” a los fans que ya esperaban frente a la Puerta de Brandeburgo.

Después de 11 horas de viaje. Los jugadores aterrizaron en Berlín y nada más bajar del avión tomaron los micrófonos. Después los subieron a un autobús sin techo para hacerlos saludar al pueblo que los esperaba ansiosos. Las calles con hordas de gente. Pasiones desenfrenadas. Innumerables "selfies", desde el autobús o hacia el autobús. Las emociones no hacían más que crecer.

Al final llegaron a la meta: la Puerta de Brandeburgo y la "Fanmeile", o Milla del Aficionado, con unas 400 mil personas que se formaban desde las 4 de la mañana y que venían incluso de otras ciudades. Aguantaron hasta las dos horas de retraso que traía la selección.

Y aquí es donde vino el más grande de los errores.

El equipo tuvo que pasar del autobús sin techo a un gran escenario construido frente a la Puerta de Brandeburgo. Era un escenario de festival, con moderadores, luces, música, hielo seco. Fiesta pura. En ese lugar y con ese público y todo lo que he contado de contexto, cualquier persona se transforma. La gente sobre un escenario adquiere otra categoría de ser humano. Y más o menos eso fue lo que pasó a los jugadores de la selección alemana.

Durante más de una hora los jugadores tuvieron que gritar “Alemania” decenas de veces, cantaron, volvieron a gritar, hicieron bailes, aceptaron agradecimientos, patearon balones que regalaron al público, todo lo que uno hace cuando le dan espacio al exhibicionismo. En algún momento salió el baile de los gauchos y además un desfile de los alemanes, uno tras otro, tocándose los hombros con la mano derecha así como cuando Brasil salió al terreno de juego cuando perdieron 1 a 7. Ambos eventos una clara burla a sus contrincantes derrotados.

¿Pero debemos sentirnos lastimados por esto? ¿quién no hace estas cosas en un éxtasis de felicidad y victoria (y quizás de alcohol)? ¿quién no las ha hecho? ¿debemos inmediatamente ponernos los lentes de la historia y decir “son unos nazis modernos”? ¿debemos ponernos los lentes de jueces y decir “con esto no son merecedores del título”?

Hay personas que han sido atacadas por neonazis que inmediatamente vieron en esos bailes una denigración del Otro y por lo tanto el equipo alemán no es más que un reflejo de lo que “es” la sociedad alemana.

Hay personas que no hablan alemán y que no llevan más de dos años en este país y se dan la autoridad para comentar esto de manera negativa como si conocieran todo por lo que han pasado las nuevas generaciones de alemanes después de la guerra.

Hay personas que no se identifican con el equipo alemán para nada y aprovechan esto para descalificarlo a uno y al resto de los jugadores.

En la Fanmeile había alemanes de todos colores y sabores. Y no sólo alemanes, sino extranjeros. De haberse sentido ofendidos, alguno de los 400 mil habría abucheado. ¿O de plano NADIE entendió "de qué" se trató? Tampoco creo que Khedira, Özil, Podolski, Boateng o el mismo Mustafi que bailó, hubieran hecho algo así, que han sufrido ellos mismos la discriminación. 

Los argentinos cantaron que “Müller es un hijodeputa” y denigraron a Brasil con sus cánticos durante el mundial todo el tiempo. Los mexicanos cantamos todo el tiempo "putoooooooo" al contrario. Pero ahora todo va en contra del baile. Algunos medios argentinos dijeron que es una mala broma, una provocación, un acto en que los alemanes ven del hombro para abajo. Ajá. ¿Y ahora todos los argentinos se sienten gauchos?

De repente el buen futbol alemán, el trabajo de 8 años de Löw, el respeto profesado ante el 7 a 1 a Brasil, la visita de la selección a escuelas rurales brasileñas, y la herencia de Campo Bahía (el cuartel de los alemanes construido ex profeso para el Mundial) para dar algunas fuentes de trabajo en el país, todo quedó tapado por ese baile.

Sí. Yo hubiera preferido el movimiento de cadera de los colombianos (y eso no significa que sean menos tontos que otros futbolistas), pero mover las caderas no es una habilidad de los alemanes. Además de los futbolistas no podemos, no deberíamos esperar otra cosa que futbol.

lunes, mayo 12, 2014

“Ostdeutschland”, el hijo no deseado de Alemania


Hace unos días estaba hablando con una persona de Sajonia, un estado que está en lo que todavía se conoce Alemania del Este, u “Ostdeutschland”. Entre las cosas que platicábamos, no tardé en decirle que me fascinaba el dialecto de ese estado, algo que se tradujo en un estado de shock.

En Alemania se hablan varios dialectos y cada vez que hay estudios o se le pregunta a alguien, nadie, NADIE, dirá que el “Sächsisch”, o el dialecto sajón, se escucha bien.

“Es como de…, de…, proletarios”, me dijo esta persona, quien obviamente tenía un acento puro, algo que muchos sajones junto con otra gente de alguno de los estados del Este alemán se acostumbraron a hacer desde niños.

Proletarios. Así se clasifica el dialecto oriental porque es así como en general ve Alemania a su Alemania del Este.

Hace 25 años que el Muro de Berlín fue tirado –fueron los alemanes del Este quienes empujaron duro para tirarlo-. Los cinco estados de Alemania del Este regresaban a su viejo país. Tenían la carrocería y el motor de un coche que dio vueltas al mundo sin entrar a un taller ni a un centro de lavado, pero traía a los mismos pasajeros. Alemania Occidental se emocionó de volver a estar unida, igual que la Oriental. Los dineros fluyeron por torrentes, hasta la fecha lo siguen haciendo, para tratar de regresar a Alemania Oriental a su estado “normal”. Desgraciadamente muchas cifras no demuestran ese avance, y desde hace una década salen estudios, comentarios, comentaristas, medios de información occidentales y demás hablando del retraso de “Ostdeutschland”.

Pero, ¿por qué a tantos años se sigue marcando esta diferencia? ¿no somos los mismos en Alemania? Hablamos el mismo idioma matizado en dialectos; cruzamos sin visa a los diferentes estados; vacacionamos y / o trabajamos de un lado o del otro; producimos, exportamos e importamos, y todos, absolutamente todos queremos contribuir por el mismo objetivo: salir adelante como país en tiempos en que los bloques continentales y mundiales se están devorando todo.

En estos días la Fundación Bertelsmann publicó un estudio en el que destaca que los alemanes del Oeste se mantienen más fuertes que los del Este: “La cohesión social es más fuerte en todos los estados de Occidente que en los cinco de Oriente”, se dice en el estudio. Las razones para esto son poca fuerza económica y ocupación, alto riesgo de pobreza y un alto promedio de gente vieja. La diferencia con los estados occidentales sería más grande que hace 25 años, cuando la caída del Muro de Berlín.

El mismo estudio dice que cada vez hay más tolerancia contra los homosexuales y que hay escepticismo contra los inmigrantes, pero eso es otra historia.

¿De qué nos sirve esa información? ¿por qué no se destaca mejor el lado contrario y se dice lo que los alemanes del Oeste no han hecho por sus conciudadanos y sus países vecinos.

Si uno pone en Google tan sólo dos palabras, sale un mapa ilustrativo de lo que hablo: “Studie” y “Ostdeutschland”, estudio y Alemania del Este. Esto destaca:

“Los jóvenes alemanes del Este odian más a los extranjeros”.

“Cada tercer alemán del Este es ultraderechista”.

“Pobreza infantil, más alta en Alemania del Este”.

“Falta de fuerza laboral en Alemania del Este”.

Hice lo mismo con “Westdeutschland” y me dio gusto ver que salían muchas historias de dopaje: “Alemania del Oeste toleró el dopaje”. Una pequeña venganza googleana a cambio de todo lo que se encuentra de Alemania del Este. Pero al final, el dopaje es otra historia que se ancla en la vieja RDA del Este.

Ese muro que muchos alemanes llevan en la cabeza, los que ven desde arriba a sus conciudadanos y los que se sienten “proletarios”, es lo que sigue dividiendo a este país. Y esa división es uno de los lastres que tiene este país.

martes, mayo 06, 2014

Berlín analógica (o ¡deje de ver su teléfono!)


Hace poco estuve en México y me impresionó cómo uno puede estar conectado todo el tiempo. Cada negocio, incluyendo sencillas taquearías, tienen una red wi-fi de la cual colgarse.

Comer un taco y ver la única mención de Twitter a la semana, no tiene precio. Y de a gratis.

Y volteo a las calles de Berlín y veo que nada es igual. Los negocios que tienen w-lan (como se llama al wi-fi en alemán) son muchos, pero pocos o ninguno en varias cuadras a la redonda ofrece la red, ni siquiera a costo de un café.

"No, nuestra red es privada", dicen unos. "No. En este negocio buscamos fomentar que la gente hable", dicen otros. "No. No queremos que se nos llenen las mesas con computadoras donde sólo se consume un café por horas", dicen los más acertados. Al final los cafés y restaurantes son un negocio y de eso viven.

Algunos negocios berlineses -que sí ofrecen o han ofrecido w-lan- han sido incluso multados porque la gente descarga material ilegal de esas redes. En Alemania se vigila mucho cumplir con las reglas que establecen las grandes compañías acerca del quebrantamiento de derechos de autor. Las descargas ilegales son perseguidas por las autoridades.

Pero aunque no haya redes de las cuales colgarse, las personas juegan sin parar con sus teléfonos y computadoras. Los turistas son los que terminan siendo "afectados" porque no tienen planes de pago como los locales. Y ser turista sin acceso a Facebook, Twitter, Instagram o Google Maps, es no ser bien turista. 

Yo llevo días queriendo terminar este texto en algún café de Berlín. No había podido hasta hoy mismo que lo publico. Y es que no había encontrado un lugar de donde mandarlo al ciberespacio desde una red pública. Hoy iba caminando por la Friedrichstrasse rumbo a una conferencia en el Ministerio de Exteriores y se me cruzó un Starbucks, un lugar que me cobra 2.35 euros por un café de filtro pero que a cambio me permite quedarme dos horas en su red inalámbrica. 

Eso sí: en México Starbucks ofrece un poco más. Ahí uno encuentra en las mesas unas cadenas con candado para que no le roben la computadora.

¿Qué valor se le debe dar al w-lan?

miércoles, enero 29, 2014

Scarlett y las burbujas


Una de mis pasiones en Alemania es el agua con gas. No es que no haya en ninguna otra parte del mundo, pero el acercamiento al agua con gas en Alemania es diferente.

En todos los lugares está disponible. Así como la cerveza, el agua simple, o los jugos, el agua con gas nunca puede faltar en los días de campo, en las fiestas, o en otros lugares.

Y como todas las pasiones, uno se las quiere llevar hasta los lugares más privados y cómodos. Para mí uno de esos lugares es la cocina. Así que un buen día empecé a cargar litros y litros de agua con gas. Alguna vez llegué del supermercado como con 12 botellas de litro y medio. Quería tener reservas para no cargar más durante mucho tiempo… hasta que descubrí una gran invención del ser humano.

Se trata de la adaptación casera de un proceso industrial: la máquina para hacer gas. Así cada quien puede tener agua con gas en casa, en cada momento. Primero pensé que era la típica máquina que sólo existe en las familias cuadradas. Luego me quité prejuicios: el ahorro de esfuerzos, de dinero y de uso de plástico sería mucho mayor.

Lo que no pensé es las cuestiones políticas del asunto, como mi querida Scarlett Johansson tampoco.

Yo me compré una máquina de la marca SodaStream. Preciosa la cosa esa, te deja las bebidas burbujeantes o extremamente burbujeantes, dependiendo de cuánto tiempo te quedes prendado del botón. La marca es conocida, pero en los últimos días lo es más. Scarlett Johansson firmó un contrato para promocionarla y ya hay videos y fotos circulando en internet.

Con la promoción que hace esta actriz salió a la luz, por lo menos para mí, que SodaStream produce sus máquinas en los territorios ocupados por Israel y con obreros palestinos. Organizaciones internacionales como Oxfam se han posicionado manifestando su rechazo a todo tipo de comercio en los asentamientos israelíes que son ilegales bajo la ley internacional.

Mi querida Scarlett dice en su defensa que la empresa está ayudando a construir un puente entre israelíes y palestinos.

Y yo, yo me siento cada vez peor: mi ropa de H&M hecha con gente explotada en Bangladesh, mi celular con cobalto trabajado por niños del Congo, y mis viajes a México a costa de la vida del planeta.

viernes, enero 03, 2014

Bilingüismo, o transtornos de la personalidad

Ilustración: Luis Parejo en El Mundo

Las ausencias en internet a veces pueden ser interpretadas como silencios. Y esos silencios tienen tantos significados como horas tiene el día. El mío ha sido uno de esos momentos negros en que una persona se ve alguna vez en la vida pero, como dirían los autores de esos libros de que se venden como pan caliente: hay luz al final del túnel.
Y mi silencio pasó a ser un momento de reflexión, ergo de iluminación.
Ahora lo rompo porque un querido colega en Berlín me dejó pensando con un tema que me pareció prudente compartir.
Mi querido colega lleva viviendo algunos años en Alemania. Tiene dos hijos ya grandes. Ambos nacieron y crecieron aquí. Y los decidió educar de una forma peculiar: en un solo idioma: el alemán. ¿Dónde vivimos? En Alemania. ¿Qué idioma hablamos? Alemán. Me dijo. Mi colega es hispanohablante, uno de los mejores que he conocido que, con tantos años en Alemania, domina muy bien su idioma materno. Pero que también habla el alemán mejor que algunos alemanohablantes (yo lo he visto corregir a alemanes que luego le han dado la razón).
Él llegó a hablarme sobre la importancia de crecer a sus hijos en un solo idioma. No es la primera vez que lo hablamos. Crecer en un solo idioma evitaría conflictos sicológicos. Transtornos, vaya. Daría una mejor idea de identidad y pertenencia, y facilitaría la concentración. En otras palabras, sería como tener los pies en la tierra. Para fundamentar su argumento, mi colega cita estudios de sicólogos.
Encontré en internet los estudios a los que se refiere. Son todos de entre los años 1950 y 1970, es decir del siglo pasado.
Pero ¿quién no ha querido crecer bilingüe? ¿quién no envidia a esos hijos de migrantes o parejas binacionales que crecen hablando dos, tres o hasta cuatro idiomas? ¿quién, sobre todo, quién ha visto que las personas que hablen más de un idioma desde el principio tengan algún problema sicológico y, de tenerlo, que éste sea significativamente perjudicial?
De ser así, los québécois deben de estar sufriendo montones. Los catalanes también. O quizás por eso quieren sus independencias. Pero también están los suizos o muchas otras regiones donde se llegan a hablar al menos dos idiomas. Y yo creo que para este caso los dialectos también se pueden tomar de ejemplo: esos alemanes que vienen de Suabia (por poner una región de ejemplo) y que cuando se desplazan a otras partes del país tienen que hablar “bien” alemán.
Si en México habláramos alguna, tan sólo una, de las lenguas indígenas que se hablan, quizás podríamos alcanzar otro nivel de pensamiento que nos haga cuestionarnos nuestra identidad como los locos de los québécois, los catalanes, los suizos, o de los alemanes con dialecto. Cuestionarse, y tener más elementos lingüísticos y culturales para hacerlo, creo, es una forma de avance.
Es cierto que tratar de ser bilingüe a una edad tardía, como yo, puede traer ciertos conflictos. E incluso creo que conflictos de identidad todavía mucho más fuertes que los estudiados el siglo pasado. Pero también trae muchas satisfacciones. Yo hubiera querido no usar 20 años de mi vida en aprender otros idiomas y haberlos dedicado a leer más libros o ver más películas.
Por eso me cuesta trabajo entender cómo había académicos que trataban de demostrar el siglo pasado que una educación unilingual era la base de una buena personalidad.
Hoy en día, y esto me lo dijo mi colega, su hija adolescente le recrimina no haber aprendido el idioma materno de su padre.
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