miércoles, enero 24, 2007

Recuerdos enterrados

Después de 20 años de trabajar como guía de turistas, Pietro, un italiano de nacimiento, pero berlinés de corazón, atendió a un visitante que le exigió algo sin igual: ir al Búnker de Hitler.

No es que nunca antes nadie haya pedido verlo, pues todo mundo pregunta por él, sino que haya habido alguien que llegó a exigirlo de esa manera. “Mi hijo es historiador, y él me dijo que en Berlín no podía perderme la visita del Búnker de Hilter”, dijo el turista italiano, con un dejo de amenaza. Piero dudó por un momento y después le dijo: “bueno, si usted asegura que hay un Búnker de Hitler, por favor lléveme ahí porque es lo único de Berlín que no conozco”.

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Si todavía existiera, el Búnker de Hitler sería con seguridad el atractivo más visitado en Alemania. Pero en diciembre de 1947, tan sólo dos años después de que terminó la Segunda Guerra Mundial, miembros del ejército soviético lo hicieron explotar una y otra vez. Y como no lograron hacerle mucho daño, pues esta construcción estaba diseñada para retener fuertes ataques aéreos con un techo de concreto reforzado de 4.2 metros, procedieron a rellenarla de tierra. Mucha tierra. Hasta formar una pequeña colina. Y fue así como el Búnker de Hitler, donde se suicidó de un balazo en la cabeza, quedó enterrado y casi a punto del olvido.

Durante la Guerra Fría, el búnker quedó del lado de Berlín del Este. El gobierno comunista lo destapó para documentarlo fotográficamente y lo volvió a enterrar. Pasaron los años y se perdió la ubicación. Para el momento de la Reunificación Alemana, en 1989, se eligió el lugar para erigir unos horripilantes edificios multifamiliares que todavía siguen en pie. Más tarde se añadiría a la zona los edificios de las representaciones de algunos estados de Alemania. Fue en este momento cuando unos obreros encontraron rastros del búnker y cuando se levantó el debate de si el edificio que albergó a un personaje endemoniado debía ser desenterrado.

Los campos de concentración se han conservado y rescatado. Otros búnkeres han sido rescatados y sirven como museos o como centros culturales. Las huellas del nazismo no están del todo borradas en Alemania, pero el Búnker de Hitler no. Así se determinó. Al menos, ya se sabía donde estaba y para no dejarlo en el olvido, el presidente de la asociación Berliner Unterwelten, Mundos Subterráneos en español, Dietmar Arnold, que ahora se sabe con exactitud el sitio correcto del búnker. Arnold luchó por poner una placa justo en el sitio donde se encontraba el Búnker de Hitler, donde se puede ver una crónica de su construcción y destrucción, además de unos gráficos que muestran cómo debían de haber estado distribuidas las habitaciones. Más no hay.

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La esquina de las calles Gertrud-Kolmar-Straße e In den Ministergärten parece la de un vecindario normal. Ahí están esos edificios multifamiliares de la época comunista, con fachadas entre café y gris. Por ningún lado se ve señal de lo que hubiera sido un búnker, tan sólo la placa que logró poner Dietmar Arnold. Y si él está en lo correcto, el que lee la placa está parado justo en lo que fuera la entrada del Búnker de Hitler. Con un poco de imaginación vamos ocho metros bajo tierra y vemos un poco lo que rescató un periódico de Berlín del Oeste de aquella época, Der Telegraf, justo unas semanas antes de que los rusos lo hicieran explotar:


Cuarenta escalones llevaron hacia el búnker que estaba ocho metros bajo la superficie (…) Todavía hay unos 20 centímetros de un agua negruzca, llena de aceite. El camino hacia delante se ve inseguro. Mucha suciedad, alambres y basura por todos lados. Justo al lado de la entrada principal había una escalera de mano que llevaba a una torre de observación. En la pared hay nombres escritos en ruso. Un perchero se ve solo en una esquina y dos tanques cobrizos de agua bloqueaban una puerta. Al fondo del búnker de 30 metros por 30 se ve un respiradero. Adentro el aire es muy bueno, cada cuarto del búnker está muy bien aireado. No se puede ver nada más. Incluso los interruptores de luz han desaparecido.


En la gráfica de la placa se puede ver que el Búnker de Hitler era apenas una décima parte de todo el complejo antiaéreo. Estos 30 metros por 30 todavía podrían ser rescatables porque justo arriba hay sólo un estacionamiento, pero lo demás no. A diestra y siniestra se ven los multifamiliares y nadie se ofrecerá a derribarlos para destapar un lugar que ahora es identificado como un lugar de odio. Nadie quiere rescatar a Hitler en cualquier forma. Incluso el lugar del Führer trató de ser opacado porque ahí, casi encima, fue construido a principios del 2006 el Holocaust Mahnmal, el monumento a los judíos asesinados más grande de Europa. Está ahí, en dirección a la Puerta de Brandeburgo, es del tamaño de un estadio de futbol y sólo hay que dar un par de pasos para llegar a él.

La necesidad por recordar prevalece. Esa esquina de la Gertrud-Kolmar-Straße e In den Ministergärten nunca podrá ser olvidada. Y un gran apoyo para ello, además de la visita al lugar, podría ser el nuevo libro del periodista francés Nicolas Bourcier, J'étais gard du corps d'Hitler (Yo era guarda del ejército de Hitler), una recopilación de historias del último soldado alemán que dejó el búnker después del asesinato de Hitler.

Quizás este viaje al pasado es el que interesaba a los turistas italianos. Y a los de todo el mundo.

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