martes, diciembre 28, 2004

Lo pequeño del ser humano

"Hoy creemos los humanos que dominamos el mundo en que vivimos. Podemos volar, viajar kilómetros en el espacio. Sabemos de las partículas que hay dentro de los núcleos de los átomos, sabemos de las galaxias más lejanas, creemos que conocemos el universo.

"Pero aunque viajamos hasta el interior de esos núcleos, no somos capaces de entrar dentro de nuestro propio planeta más que una decena de kilómetros. No podemos predecir cuando y cómo se producen las fracturas de su corteza. Desconocemos como predecir terremotos, tsunamis, huracanes. Somos grandes, pero somos muy pequeños frente a la naturaleza. Nos queda aún mucho por aprender."

Fragmento tomado de 'Tsunami: una ola a 700 por hora' de Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, en la edición de El País del 28 de diciembre del 2004.

lunes, diciembre 27, 2004

La familia de gansos

La tradición navideña de Alemania es comer ganso rostizado. La carne es más dura que la de cualquier ave, pero cocinada bien puede saber a un delicioso pichón. Se acompaña con col roja y albóndigas de papa con harina.

Este 24 y 26 comimos ganso. Así como nosotros, debió de haber unas 14 millones de familias que comieron uno en estos días, tomando en cuenta que Alemania es un país de 80 millones de habitantes y que las familias se reúnen para la cena de Navidad en conjuntos de unas cinco personas. Unos 14 millones de gansos.

Mi suegra compró uno en una tienda 'bio' y el 26 el tío de mi novia compró otro, también en una tienda 'bio'. Bueno, de hecho, era la misma tienda 'bio'. Los gansos sabían rico, no tenían mucha grasa como normalmente acostumbran tener (quizás por lo 'bio' de las tiendas, ya que seguramente fueron dos aves vegetarianas. Que contradcción, dos aves vegetarianas que son devoradas por carnívoros ávidos de tradiciones navideñas) y los disfruté.

Sigo pensando, bueno, seguimos pensando los que comimos ese ganso, que quizás ambos eran primos, o hermanos. De 14 millones, quizás nos tocó una familia de gansos. Qué terrible coincidencia.

Creo que hay algo que me molesta de ser carnívoro, y es pensar en los sentimientos de una familia, aunque sean unas pobres aves que alguien más se habría comido.

martes, diciembre 21, 2004

Siempre hay una primera vez

Después de seis meses de estar aquí y por primera vez después de dos años y medio de contacto con Alemania, alguien en la calle me habló en turco.

Mis amigos mexicanos y otros me habían preguntado ya si no me han confudido frecuentemente con turco, sobre todo ahora que estoy viviendo en el barrio turco de Berlín, Kreuzberg, pero yo les había contestado que no. Mis rasgos, aunque con cejas gruesas, piel morena y barba tupida podrían parecer de un turco, no lo son por dos sencillas razones, el cabello largo y lacio y los ojos más pequeños que los de los turcos.

Pero aún así pasó. Y en la calle un tipo me habló en turco y no entendí nada. Me preguntó si era de Turquía, Irán o de algún país árabe, y cuando le dije que hablo español se dio la media vuelta y se fue.

Chingueasu...

martes, diciembre 14, 2004

Las delicias del invierno alemán

Quarkkeulchen, kandierte Äpfel, Glühwein o Stollen, son palabras que cuesta mucho trabajo pronunciar, pero es algo que viene a menos cuando se descubre que más allá de su morfología se encuentra el rico olor que flota en los mercados navideños de Alemania.

Estos mercados se instalan a finales de noviembre y desaparecen hasta dos días antes de Navidad, a veces el mismo 24 de diciembre, y es cuando las semanas del Adviento se convierten en días de fiesta para salir entre familia o con amigos.

En las calles hay temperaturas de cero grados, a veces menos si un pequeño viento resopla, pero con los olores de la comida el tiritar del cuerpo empieza a desvanecerse.

Los Mercados Navideños se parecen mucho a las ferias de México, hay puestos de comida y artesanías típicamente alemanas o de otros países, hay locales del imposible tiro al blanco para ganarse muñecotes de peluche, y juegos mecánicos que van desde la casa de los espantos hasta la tranquila y romántica rueda de la fortuna.

La gente anda de arriba abajo divirtiéndose durante horas, sin dejar de visitar siempre alguno de los puestos de comida, y es ahí donde están las filas, el calor y, por supuesto, unas cuantas calorías. Pero, ¿quién se puede negar a comer lo que ya empieza a conquistar los ojos y la nariz?
Así, los impronunciables Quarkkeulchen (kuvark-koilshien), kandierte Äpfel (candirte epfel), Glühwein (gluvain) o Stollen (eshtolen) se transforman de repente en una bolitas de masa de requesón bañadas en azúcar glas, manzanas acarameladas, vino tinto caliente con especias y pan de frutas, respectivamente.

Siempre es difícil tomar una decisión sobre qué comer, porque cuando ya se tiene en mano una salchicha asada y aderezada con mostaza, aparece el puesto donde se ofrecen las papas fritas por 2 euros, o un pequeño tazón con hongos cocinados con algunas especias y gotitas de salsa Tabasco por la misma cantidad.

Cada puesto tiene un sabor diferente, cada uno seduce a su manera. En unos se ve cómo se asan las salchichas a la leña y en otros al carbón acompañadas de sendos trozos de carne de res o de cerdo que están desprendiendo su jugo.

A la hora del postre, la selección no deja de ser difícil. Por la mente empiezan a desfilar las imágenes de todos los puestos que se han recorrido, desde unas escondidas frutas secas, dulces y caramelos que se venden por gramos, hasta unas inevitables crepas de Nutella, frutas bañadas de chocolate, manzanas acarameladas o almendras garapiñadas que, indudablemente, atraen por su olor.

Los postres no se detienen ahí, pues faltan las típicas galletas de jengibre, el pan de frutas de diversas regiones de Alemania que en sabor podría asemejarse a una rosca de reyes mexicana o, finalmente, las bolitas de masa de requesón con azúcar glas, unas auténticas bombas al estómago que salen directamente de una olla de aceite y de las que es imposible degustar sólo una, claro, sin dejar de acompañarlas de un chocolate o vino caliente.

La tertulia alrededor de un vino caliente es otra de las paradas importantes en el mercado, pues aquí es donde uno se puede entusiasmar un poco más si el vino se pide con ‘piquete’.
Aparte de los juegos mecánicos o las artesanías, algunas traídas incluso de América Latina, hay que estar dispuesto a gastar entre 5 y 20 euros en promedio para poder disfrutar la variedad de alimentos de un mercado navideño. Y quizás esa cuota está corta, depende de los antojos, las calorías necesitadas o de lo que digan otras personas.

“Usted tiene las mejores castañas que yo haya probado jamás”, le dice a lo lejos una marchante a la joven atiende un pequeño puesto a la salida de uno de los mercados navideños de Berlín. Ella sonríe, da las gracias y explica que la única diferencia entre otras castañas y las de ella radica en saber tostarlas. “Hay que dejarlas suavecitas por dentro, se comprueba con este pequeño cuchillo y después adquieren un sabor como de nuez”, dice. ¿Y cómo saber si es cierto? Hay que hacer una última compra y probarlas.

viernes, diciembre 10, 2004

El sol.

Después de casi cuatro semanas, salió el sol.

Ese gran astro que estaba detrás del cielo de acero logró franquear por un día la barrera. Todos, alemanes y extraños estábamos en las calles. Hace más frío, pero había luz. Salimos de nuestras cuevas para hacer algo para recibir en la cara esa luz que las plantas utilizan para crecer.

Quién sabe si mañana lo veremos.

lunes, diciembre 06, 2004

Sin rayos de esperanza.

El único lugar donde no se puede saber dónde está el sol es en Berlín. O, bueno, en los países nórdicos. Amanece y el cielo está gris. Llega el mediodía y sigue gris. Y, para hacerlo peor, anochece a las 16:00. Y nunca vimos dónde quedó el astro rey.

Una fotografía de la ciudad de Berlín, y seguramente de Londres, París, Ámsterdam y las demás, sería con seguridad la misma a cualquier hora del día, así que no hay que apresurarse a salir con la cámara.

Es verdad, las nubes no se mueven, parece que vivimos dentro de una pintura. No hay sombras, no hay contrastes fuertes, no hay vida. Si tan sólo los árboles conservaran sus hojas para salpicar con tonos diferentes el ambiente...

La luz artificial de la casa no basta, es sólo una forma de acentuar que afuera está gris.

No hay energías para hacer nada.

Contradicción: los países del trópico y donde está el sol, sobre todo en África, no tienen que comer, aunque sus tierras son fértiles. Ahí se podrían aprovechar las bondades del clima. Y en los países europeos, en los nórdicos, ésos que están en los primeros lugares del Índice de Desarrollo Humano de la ONU, ésos que se llaman Primer Mundo, donde no hay sol durante seis meses, donde está esa falta de vida, siempre hay que comer, siempre hay trabajo.

Parece que hay que aprender a vivir con lo que sabemos que nos hace falta.

El mundo está lleno de injusticias.

Yaotzin (desde la camita).

lunes, noviembre 08, 2004

Sauna en Berlín - Preámbulo: ¡Fuera toallas!


 
El otoño llegó a enfriar Berlín. Las hojas de los árboles se cayeron y con ellas mi inspiración para escribir más cosas.
 
Me instalé en un estado depresivo y me quedé en la cama sin poder hacer nada.
Sólo algo me empezó a levantar el ánimo, ir a la sauna. Me convenció porque los alemanes dicen que es una forma de mantenerse saludable en las épocas de los bruscos cambios de temperatura.
 
Pero ir a la sauna también tiene algo de travieso y divertido.
Las saunas en Alemania se visitan desnudo. Los baños de vapor que visité en México no se comparaban en nada. Uno tenía que estar siempre en toallita y entre hombres. ¿Estar en pelotas en México, un lugar ultraconservador? Ni pensarlo. Sólo una vez lo hice --y muy sorprendido y avergonzado-- cuando visité un pueblo "ecológico" en la Sierra de Juárez en Oaxaca --al sur del país--. Ahí tomé un temazcal (la sauna de los pueblos prehispánicos) y la curandera que me lo aplicó me dijo: "joven, quítese el traje de baño, aquí no vinimos a juzgarnos".
Por lo demás, en Alemania: ¡fuera toallas!
 
Uno se tiene que desnudar al entrar a las cabinas de la sauna, que son normalmente del tipo sauna finlandés. Las toallitas se ponen ahí sólo donde uno coloca su trasero en la madera, y no sólo porque ésta está caliente, sino por higiene. "Kein Schweiß auf Holz", nada de sudor en la madera, dicen los letreros de las cabinas.
 
En un principio me daba mucha pena entrar así y enseñar mi cuerpo a todo mundo. Pero poco a poco se convirtió en un placer estar al natural y que nadie, de verdad, nadie te pueda juzgar. La curandera oaxaqueña tenía razón. Y quizás alguien juzga, pero lo mismo pasaría con ropa.
 
Eso sí, es un poco deprimente ver a los viejos con el pubis con pelos de alambre y las carnes flojas como gelatina sin cuajar. Algún día seremos así todos, el cuerpo terminará por ceder, el placer por mostrarse al natural, no.



Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.

domingo, octubre 17, 2004

Encuentro con un Oso de Berlín

Para poder asimilar la idea del siguiente texto hay que tomar en cuenta esto:

---> El oso es la mascota oficial de Berlín. Su símbolo, su animal, su referente.

Una vez dicho esto, aclaro que el verdadero título de esto sería algo como Encuentro con el tiernamente falso oso de la loca ciudad de Berlín. Lamento haber ocultado unos cuantos adjetivos...

El artista inglés Mark Wallinger vio de niño una película que fue producida en 1957 en la Alemania del Este, llamada Das singende, klingende Bäumchen (El arbolito que canta y suena). La película no era más que un cuento de hadas en el que un príncipe se convertía en oso porque su princesa no lo amaba, pero lo impactó tanto que 47 años después él transformó esa historia en una realidad, e hizo más loca a la ciudad de Berlín.



Así que Mark Wallinger llegó a Berlín con una beca de artista y logró que le prestaran la Nueva Galería Nacional para hacer su montaje. Se vistió con un traje de oso y se encerró por casi una semana en las paredes de cristal de la galería.

Esta representación tiene todavía más peso porque hace unos cuantos días, la Nueva Galería Nacional fue ocupada durante siete meses por la exposición de algunas obras del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MoMA, a la que acudió un total de un millón 200 mil personas, rompiendo todo tipo de récords. Había filas de 11 horas de espera para entrar y el museo llegó a abrir las 24 horas para atender a todo el público amante de las artes efímeras. Así que ahora la galería cuenta con el sopor de tantas almas culturales y con el prestigio de haber sido el centro de Europa por unos meses. Y ahora que está vacía se convirtió en lugar ideal para instalar el bosque encantado, consistente en nada, bueno sí, las columnas de la galería, los guardarropas vacíos y el piso. Y ahí es donde vive el oso durante esta semana entre las diez de la noche y las primeras horas de sol del siguiente día. En ese tiempo, Mark Wallinger se acuesta en el piso, se rasca la espalda en las columnas y corre a los cristales a asustar a la gente, como un oso de verdad.

Podría parecer algo ridículo, pero en esta ciudad que se aprovecha cualquier alternativa para desviar el estrés del trabajo o echar a volar la imaginación, un oso falso en una jaula de de cristal que fue el centro del mundo es algo tan tierno como chistoso, y no hay que hacer fila para verlo.


miércoles, octubre 13, 2004

Sinfonía en tres movimientos (diferencias entre el Primer Mundo y el Tercero, parte 2)

Primer acto: Luz del peatón roja. La gente se aglomera en las esquinas de ambos lados de la calle.

Segundo acto: Algunos autos pasan, sobre todo cuando se acaba de poner la luz verde para ellos y la roja para los peatones. Atrás de la primera estampida, nada, sólo desolación.

Tercer acto: Las luces de los semáforos mantienen su color. Ya no pasan autos. Pero la gente sigue de pie en la esquina. Muchos, muchos que bajaron del metro o que van a la estación, que van al restaurante de al lado o a comprar pan. A la escuela, al trabajo. Con prisa seguramente, pero nadie se inmuta. Como mexicano, yo no tengo que observar a la derecha ni a la izquierda de la calle, sólo percibo (está en mis genes citadinos) que no vienen más autos. Aún así, los que vinieran serían toreados por un servidor. Esta vez sí observo de derecha a izquierda para ver la cara de todos. Turcos, alemanes, latinos, niños, niñas, vagos, bicicletas, carriolas. Todos esperando a que se ponga el monito verde que no llega. Los autos siguen sin pasar. Y yo me paso. Algunas señoras abren los ojos, como si fueran señoras latinoamericanas oyendo sacrilegios. Algunos hombres mayores fruncen el ceño en señal de desaprovación de las costumbristas reglas urbanas. Los demás rompen filas y me siguen.

Tras bambalinas: El monito rojo se queda solo y el próximo auto que quiere pasar (con la luz verde para él) tiene que detenerse para no atropellar a la gente, y aún así no suena el claxon.

Qué calamidad.

lunes, octubre 04, 2004

Buscando a las Águilas de Filadelfia, un viaje al Oeste de Berlín.

Soy fan del futbol americano.

Al buscar un lugar donde ver los partidos de futbol americano en Berlín, en internet me encontré con algunos foros de discusión en los que las respuestas eran "¿para qué quieres ver el futbol americano en Europa?" o algo como "oye, estás en Berlín, ¿cómo diablos es que quieres ver el futbol de Estados Unidos? aprovecha tu visita y aprende otras cosas".

Que quede claro que no eran respuestas para mí, sino para algunos Amis (la forma corta en alemán de la mal usada palabra "americano" en lugar de estadounidense) que estaban a punto de viajar a Europa.

En mi caso, mientras se vive en Berlín, las cosas cambian. Sobre todo si ya van cuatro semanas de temporada regular y las Águilas de Filadelfia han estado ganando todos sus partidos.

La gran colonia de estadounidenses en Berlín, los que se quedaron por la ocupación de los aliados al final de la Segunda Guerra Mundial, han heredado a la ciudad y a sus habitantes la pasión por el futbol americano. En la ciudad no sólo existe el Thunder de Berlín, el equipo de la NFL Europa, sino otros equipos que pertenecen a una liga nacional como el Adler, con entrenamientos regulares y competencias contra otros de diferentes estados delpaís.

Sin embargo, tener pasión por este deporte y verlo por televisión son dos cosas diferentes. Como muchas cosas en Europa, esta pasión se remite a cosas locales. Quizás es por la diferencia de horario o por el hecho de que a nadie le gusta pagar un canal por cable, que es por el que se transmiten los partidos. Los bares que abren en domingo con pantallas para ver deportes no son muchos, de hecho, hasta el momento yo diría que son dos, tres cuando mucho y, peor, no son muy conocidos. Pero preguntando se llega a cualquier lugar.

Así que después de no haber encontrado nada en internet se me ocurrió preguntarle al corresponsal estadounidense. Sin dudarlo, me dijo de un lugar al sur de la ciudad, cerca de lo que era el territorio estadounidense, la Schlossstrasse, en el Berlín del Oeste.

Resulta que esa zona está ahora pasada de moda. La calle, la Schloss-ésa, está llena de tiendas, restaurantes y un camellón a medio pavimento que le da o le daba un cierto aire eliseosano. Era la zona para salir cuando todavía estaba el Muro de Berlín, cuando todavía no había un Kreuzberg, un Mitte o un Prenzlauerberg, los barrios más populares para vivir, salir y trabajar, pero que están en el Este de la ciudad.

No puedo hablar mucho más de la calle. Yo llegué ahí a las 7 de la noche y ya no había nada abierto. O quizás el hecho de que ya no haya habido nada abierto significa una de sus decadencias. Ya veremos después.

El bar, el Picker's, estaba lleno. No sólo transmiten partidos de futbol americano, sino cualquier deporte que haya en ese momento. Es un sportsbar. Entré sin estar seguro de que podría ver partidos que yo había estado acostumbrado a ver a las 12 del día o 3 de la tarde, cuando muy tarde, pero ahora eran las 7 y en domingo, y no sabía si era cierto o no. Vi a un mesero, un hombre negro con cabello en trencitas, brazos esculpidos a la griega y una altura que lo hacía ser visto en cualquier lugar del restaurante. No podía estar equivocado, este tipo no era berlinés y no se dedicaba al arte contemporáneo o a la arquitectura. Las meseras tenían también brazos de competencia y nalgas que debieron haber entrado con calzador a sus pantalones de mezclilla. Así que pregunté por la transmisión del día y para mi sorpresa no sólo había futbol americano, sino que jugaba mi equipo, las Águilas de Filadelfia.

Durante un tiempo no lo pude creer, pero con unas cervezas y al ver que toda la gente coreaba a Chicago, el contrincante, me di cuenta que estaba en lo cierto, pues nadie más en el mundo, más que Aníbal y yo, le vamos a las Águilas de Filadelfia. Estaba disfrutando un cachito de mi vieja realidad, pero en mi nueva ciudad.

miércoles, septiembre 29, 2004

Berlin, the eco-city.



Reflexiones sobre ecoturismo urbano y Berlín como un ejemplo para ello, una participación que tuve en un foro en inglés.


After having read some texts on urban ecotourism in a forum held at the internet (http://forum.planeta.com) I went outside and smoked a cigarette. What could be an eco-city?, said to myself, so I put off the rest of my no-eco attitude in an ashtray I found in a trashcan. I didn’t pollute the area where I live and with this unconscious movement I realized that Berlin has in almost every corner this kind of modern trashcans. Ok, they don’t look modern at all because they’re as ugly as every trashcan in every city with this orange blinding color, but they have this little spot where one can put off a cigarette and then dispose it with the rest of the garbage. If the ashtray in question is not filled up, one can let the butt there.

Trashcans in Berlin are part of one of the campaigns of the city to keep the environment clean. The government has even put some advertisement in every orange disposal where one reads “use me, it’s not complicated”, “this is one of a 245,000 subsidiaries around the city” or “open 24 hours”, as though they were ATM or 7 eleven stores.

Of course not everybody use them and one find sometimes areas such as metro stations’ entrances where there are thousands of cigarette butts all over the floor in an exaggerated way that one could speak of a new form of art. In Berlin everything is art, by the way.

Eco city, I thought, it’s this consciousness somebody, i.e. a person, a group of persons or the government itself, is trying to inject with little actions that are not necessarily related to the use of green areas, but to keep the whole urban area as a good place to live.

In this vague concept comes as well the use of bicycles, which in Berlin are as important as in Asia or Canada, but don’t appear to be a huge contemporary-art-installation full of metal wheels with no direction. In other words, there are no bicycle traffic jams. Not yet. Every city tend to grow up and Berlin is still a livable urban area, the biggest in Germany by the way.

Paths for bicycles are as important as streets for motorized vehicles, metro lines and sidewalks. They are running along every avenue and, where not, the government has set them within the streets with a special line as the one buses have. There are even special traffic lights for cyclists. This has come into a situation where a strong regulation is needed, because cycling has gone far beyond of making a promenade or touring the city, and they feel themselves with even more rights than everybody else in the street, even more than chauffeurs. It’s more likely to see a bicycle running over bicycles, pedestrians or bicycles crashed by cars or trucks (cyclist included).

The partially state/privat Deutsche Bahn, the enterprise managing regional trains, has set up an innovative way of moving around Berlin. It put in service some bicycles one can lease outside a metro station without signing or talking to anybody. One comes up from the metro station, grabs a bicycle and send an SMS to unlock it. The charge goes to the bank account related to the person who is sending the SMS (mensaje de dos vías, en México) and the code to unlock it comes right away in a reply the company send to the same cell phone.

Of course there are easier ways to grab a bike and these are hailing bicycle taxis, located as we see in Mexico City in the main tourist areas such as Potsdamer Platz or Brandenburger Tor here in Berlin.

Eco city, I kept wondering during my times off away from the forum, could be not only a means of transportation or disposing the garbage in right places, but also hearing classical music in metro stations, because that’s the right form to reduce or take away the epidemical stressful rhythm of the city… and to think clearly of what eco means in ones environment.

lunes, septiembre 20, 2004

Escape

El que podría haber sido mi gran amigo fuera de casa, fuera de México quiero decir, Ricardo, se fue. Se va hoy. Deja el país. Busca una nueva vida y se fuga hacia las esperanzas de cambiar su vida.

Todavía no sé cómo escribir de él, pero algo se me ocurrirá.

Yaotzin.

lunes, septiembre 13, 2004

Otro cambio de vida: mudanza dentro de la ciudad.

Después de una mudanza mundial, digo, así quiero llamar al movimiento que hice entre México y Berlín, vino la mudanza local. No son cosas diferentes, en las dos hay que empacar y cargar.

Primero llegué a un barrio de neonazis, al este de la ciudad, y después de tres meses logramos Wiebke y yo cambiarnos a una zona más tranquila, más llena de extranjeros, de restaurantes, de vida: Kreuzberg.

Yo ya había vivido ahí dos años antes por un par de meses, pero como esa vez aprendí más español que alemán por haber compartido casa con una española, llegó la hora de reivindicar todos los valores que tiene el barrio de la Montaña de la Cruz (bah, así sería literalmente en español).

En Kreuzberg están los turcos de Berlín. Sin temor a equivocarme, creo que ahí se encuentra la parte más normal de la ciudad. Las tiendas abren hasta muy tarde o las 24 horas, hay calles sucias, impera una ley de la calle que, dentro de todo, no significa inseguridad. En la avenida Kottbusser Damm hay venta de autos usados como podría existir en cualquier ciudad normal. Y si digo esto es porque a los alemanes les gusta tanto el orden que por él pierden su personalidad. Berlín podría estar al punto de no tener personalidad si no fuera por los extranjeros o por los mismo berlineses que van más allá de sus límites. Pienso: quizás los alternativos, los viajeros, los que han tenido contacto con el exterior.

En fin, Kreuzberg es cada vez más popular no sólo por los turcos, sino porque hay diferentes zonas dentro del barrio con bares y restaurantes a los que muchos quieren ir. Las calles Maybachufer, Am Schlesisches Tor o del otro lado del parque Görlitzer Park, todas son zonas que invade el resto de los habitantes de Berlín. Chido, el barrio es chido.

Y eso que podría ser más conservador que Estambul o Anakara. Aquí las mujeres musulmanas están vestidas hasta las uñas, mientras, según me dicen y he leído, en Turquía no. No me extrañaría que si Alemania decreta como Francia la prohibición del velo en las escuelas, todos los turcos van a salir a protestar a las calles.

Nuestra calle, la Pfuelstrasse, es muy pequeña pero con mucha historia. Principia en una avenida transitada y termina a orillas del canal Spree. Aquí fue donde se ocuparon las primeras casas del oeste después de la unificación y también a una cuadra de aquí estuvo el primer antro que inició el movimiento tecno de hace ya algunos años. Quien hoy escucha esa música es considerado un naco.

A la vuelta de la esquina tenemos la estación de la línea más vieja de metro. La estación misma es de principios de 1900, creo que de 1910, si no me falla la memoria. Es como una parada de tren elevado con dos techos a dos aguas, uno en cada andén.

El barrio nos llena de mucha vida a Wiebke y a mí, y ha sido un cambio de vida. No sólo para ella, sino para mí, porque una mudanza no sólo implica cargar cosas (y pagar 200 dólares a Lufthansa por maleta de cualquier tamaño como extra peso), sino entrar a una nueva mentalidad, a una nueva forma de planear y vivir las cosas.

No sé qué tanto cambiaré yo, pero sí tengo una vida diferente.

lunes, agosto 30, 2004

À Berlin on joue comme ça!

Definitivamente no me pasó lo que a mi amigo Andrés.

Aunque vivo en una zona de grupos neonazistas y creo ya haberme topado con algunos, nadie me ha hecho daño. Nadie excepto el tipo con el que jugué basquetbol por primera vez.

Salí el domingo por la tarde a buscar una cancha de básquet. Ya habían pasado más de dos meses sin hacer nada de deporte más que ping pong, badminton o correr para alcanzar el metro o el autobús. Para mí es nada si recuerdo que antes jugaba futbol rápido cada semana y básquet casi cada día.

El verano estaba terminando y con ello las posibilidades de jugar en el parque, al aire libre. Yo no iba a jugar por miedo a tener que hablar en otro idioma que no conozco, por miedo a jugar con extraños, por miedo quizás a ser rechazado de lo que más me gusta, el básquet. Pero también me invadía una necesidad inmensa con cada día que pasaba. Ya era casi incontenible vestirme con ropa deportiva e ir a cualquier cancha. Había buscado información en internet sobre "básquet en Berlín" y me aparecieron algunas páginas de internet, entre ellas la de unos aficionados que montaron la ubicación de cada una de las canchas de la ciudad con sus indicaciones para llegar y la descripción del ambiente. Una ciudad hecha para ser disfrutada. La información se consigue donde sea (bueno, ahora mejor gracias al tío Google).

Salí en un día lluvioso para ver si había algún loco como yo tratando de luchar contra las inclemencias del clima para divertirse un poco. Fui a un parque, uno muy grande en la ciudad llamado Friedrichshein, y no había nada. Al menos nada que valiera la pena esa gran caza que yo estaba haciendo. Sólo unos niños jugando tras un balón que rebotaba como loco.

El día se compuso. Salió el sol y con ello cambió un poco mi suerte. Fui a otro parque y encontré a una persona jugando. 'Le canté la reta' y me la aceptó. La cancha estaba un poco mojada pero ya no podía hacer nada, ya estaba a punto de jugar. Él es un negro de Angola que me dio una bienvenida inimaginable. ¿Hablas español, inglés, francés, alemán, portugués?, fue lo que me dijo. Tuvo paciencia para explicarme algunos tipos de juego. "Yo quiero jugar como tú juegas aquí", le dije, así que me respondió: OK, à Berlin on joue comme ça! y me explicó algunas reglas y quemamos bola.

Me cansé, me gustó, me desahogué de dos meses de no jugar y por los que no jugaré en invierno.

Ojalá no me muera de soledad basquetbolera.

martes, julio 27, 2004

Desesperación (diferencias entre el Primer Mundo y el Tercero, parte 1)

Hace unos 10 minutos recibí una llamada del Bundespresseamt (Ministerio de Prensa): "¿Sr. Botello? Ah, sólo llamo para decirle que su pasaporte está listo para recogerlo. Puede pasar por él en la tarde, eso sí, antes de las 16:00 horas por favor". Parece una cita cualquiera, un trámite burocrático cumplido, pero significa más que eso.

Hace dos semanas dejé mi pasaporte en esa institución con un linda señora latinoamericana encargada de la prensa extranjera, Marion Smith. Ella me tramitaría mi residencia como corresponsal en Alemania y para ello necesitaba algunos documentos, entre ellos mi pasaporte. La semana pasada que la encontré para otro trámite, me dijo que hoy estaría listo: "Yaotzin, ya sólo te debo tu pasaporte, con tu permiso de residencia en él. Te lo doy, mmmm, déjame pensar, ah sí, el próximo martes 27".

Parecía empero que Marion (porque ya hay un poco de confianza, por eso la llamo por el primer nombre) me lo decía con palabras que podría llevarse el viento o, tan sencillo, sin estar segura de si ese día estaría listo. No importaba mucho, la verdad, pues aunque necesito mi pasaporte para abrir una cuenta de banco, la verdad es que no es una gran urgencia. De hecho estaba yo más tranquilo con el hecho que ellos lo tuvieran antes de imaginar que en casa se podría perder más fácil. Con esa frase tan sencilla de Marion imaginé que quizás podría abrir mi cuenta de banco esta semana. Claro, después de ese dicho martes, es decir, de hoy. Así que le comenté a Wiebke de la posibilidad de que ella me podría acompañar porque mi alemán no es lo suficiente burocrático como para hacer esos trámites. Ella lo consideró y me dijo que el miércoles por la mañana podríamos ir al Berliner Volksbank. Bah, era sólo un pequeño plan. Pero con esta llamada veo que se volvió realidad. Quizás Wiebke lo vio de verdad de una forma seria y ella sí estaba haciendo un plan real, no como yo.

La historia no queda ahí. Esa llamada detonó una serie de malestares que me llevaron a un viaje de ira y del que hasta estas líneas no regreso todavía.

Desde hace dos semanas, casi cuando yo fui a hacer mi trámite de residencia al Bundespresseamt, he estado mandando correos a México a diferentes personas para que:

  1. me paguen un artículo en una revista de turismo I,
  2. me paguen dos artículos en otra revista de turismo II,
  3. me contesten si necesito un recibo de honorarios en la revista de turismo II,
  4. me digan cuánto me van a pagar en la sección de turismo de un periódico,
  5. me acepten una propuesta de artículo en la misma sección,
  6. me acepten dos propuestas de artículos en otra editorial, y
  7. para que me den razones de porqué no han publicado un artículo en otra sección del mismo periódico.

¿Cuántas respuestas he recibido? Ninguna. Bueno, sí, he recibido correos pero sin respuestas específicas. Típico de México.

Creo que por eso la Real Academia de la Lengua aceptó en su haber el verbo cantinflear.

No me gusta hacer quedar mal a mi país sobre todo por la confianza que me ha dado a través de diversas empresas para poder hacer un trabajo desde acá, pero estas diferencias van más allá de todo pensamiento positivo que yo pueda tener por México y su trabajo institucional. Sí, lo vuelvo a admitir, ha habido mensajes constantes pero no una comunicación, de esa que es retroactiva y que me permita estar en calma o satisfecho por lo que necesito saber. Wiebke me ve con una actitud pasiva ante eso. Me dice que nada tiene que ver con las diferencias culturales y que la presión, la insistencia y, sobre todo, la presencia son valores esenciales de toda persona que trabaje de libre (como 'freelance'), como estoy yo ahora. Si bien he estado preguntando por medio de diferentes correos a esas diferentes personas, parece que no ha sido suficiente porque me quedo preocupado yo mismo. Y al fin y al cabo no he obtenido lo que deseo y lo que debería ser natural: una razón de porqué o porqué no se hacen las cosas.

No sé si soy demasiado 'pasivo' o si de verdad creo que a los mexicanos se los debe tratar de otra forma. "Hay que esperar", "no quiero cacerles mal preguntando tanto", "prefiero tenerlos de mi bando y tratar de entenderlos con los pocos mensajes que me dan". Claro que ahora tengo la duda de si debo insistir más, y creo que no pierdo nada con eso.

Y las diferencias son muchas porque ante preguntas claras no hay respuesas del mismo tipo. "Oye Pepe --uno de los editores a quien le llegó uno de mis correos--, ¿cuáles artículos me van a pagar? ¿cuánto me van a pagar? ¿y cuándo necesito mandarles el recibo de honorarios, si es que debo hacerlo?". La respuesta no pudo ser más incorrecta: "Tu artículo de la Tarahumara apenas lo cerré hoy (ayer lunes). Y sí aceptamos los recibos de honorarios de otra persona". Es obvio que a la distancia y con correos que me contestan después de cuatro o cinco días de la misma forma que explico aquí arriba no puedo llegar a estar tranquilo con nada.

Apenas llevo aquí seis semanas. Hoy exactamente seis semanas. Creo que no tengo que alarmarme. Todavía no veo ningún pago por los siete textos que he mandado ni tengo una respuesta para las otras dos propuestas que hice, pero al menos ya tengo mi credencial de periodista de la Asociación Alemana de Periodistas, tenemos el contrato de una nueva casa a donde nos mudaremos en septiembre, la policía me acreditó como ciudadano berlinés, conozco a otro corresponsal mexicano que ya casi podría ser mi cuate y tengo mi residencia por al menos un año más en esta ciudad de Primer Mundo, la cual, por cierto, debo salir volado a recoger antes de que me den las 4 de la tarde.

martes, julio 20, 2004

Cine al aire libre

No todos los días se va al cine, y mucho menos cuando es al aire libre.

Antes en México y en otros países existían los autocinemas, lugares donde uno podía ir en familia o con su nuevo ligue a disfrutar de una película. Palomitas y bebidas al auto. Silencio por favor.

Unas pequeñas bocinas o altoparlantes estaban al lado de cada cajón de estacionamiento para no tener alguna distorsión entre tanto auto. Asimismo, en cada cajón había un pequeño techo por si llovía.

Tratar de recrear la escena ahora resulta un poco absurdo. Cuántos autos estaban ahí parados como en un oleaje de tráfico ordenado y expectantes a lo que hiciera King Kong o Flash Gordon con sus princesas.

Los nuevos empresarios mexicanos seguramente exclamaron algo como "Cuánto espacio desperdiciado", así que construyeron hasta 20 salas de cine más un centro comercial en lo que antes era un autocinema. No es un dato correcto este que acabo de dar, pero sólo hay que hacer cuentas sobre el número de personas sentadas en butacas que caben en el espacio de un Ford Malibú de los años 70. Antes no había mini Chevy ni Smart.

La versión moderna y sin embargo humana de estos autocinemas son los cines al aire libre que hay en Berlín durante el verano. Esto podría pasar en México casi en cualquier época del año, menos en la época de lluvias, pero no hay ningún empresario tan humano que se atreverá a soñarlo siquiera. Algunos jardines de instituciones son revestidos con camastros y sillas, además de una mega pantalla dotada de bocinas que garantizan un sonido espectacular. Algunas películas son nuevas pero regularmente se presentan las que ya estuvieron en cartelera.

Los centros de reunión son Kreuzberg o Friedrichshain, dos barrios populares y de moda en Berlín. La gente llega en bicicletas o en metro, casi nadie lleva auto, así que no hay problemas de congestionamiento en las calles aledañas. Al pasar, cada quien toma un camastro y lo instala donde quiere. De entrada podría paracer una playa porque todos los camastros apuntan a un solo lugar, pero en este caso es la pantalla a donde miran no hacia el sol. Y esto puede ser igual o mejor que estar en casa, porque estás en medio de más gente pero al aire libre, con algunos árboles encima o al lado, y pasto en todo el piso. La gente fuma mota, otros toman cerveza, otros se pasan una botella de vino para tomar directamente y otros degustan las deliciosas y tradicionales palomitas de maíz. En Berlín se habitúa comerlas dulces, aunque yo sigo con las saladas, porque también las venden.

He pensado que ir a estos cines puede ser muy relajante, pero todavía quedan días en los que llueve por la noche, así que habrá que atinarle para ir a la próxima función.

viernes, julio 16, 2004

Carta a mi mejor amigo

Amigo mío:

Hoy viernes es mi mañana. No es mi último día de trabajo porque debo de hacer algunas cosas para mañana sábado, así que no puedo empezar a oler el fin de semana como cualquier persona haría después de levantarse. Escucho la radio, una combinación de noticias con música contemporánea: "Radio Eins, 95.80, nur für Erwachsene (sólo para adultos)". No sé si sentirme viejo o agradecido porque es exactamente el tipo de radio que anhelaba escuchar. Cuando empecé a escribir este correo, dijeron que viene un grupo del lejano Canadá, así que no lo dudé más y me imaginé que ése era el momento de la conexión para escribirte.

Por mi escritorio definitivamente no pasan mujeres ni gays como por el tuyo en Montreal. Trabajando en casa estoy lejos del contacto personal que podría hacerme sentir más vivo. No me siento extraño como tú, pero sí creo que estoy en unas largas vacaciones. A veces creo que tantos viajes que hice por trabajo me quitaron la emoción de estar en un nuevo lugar, con otra gente, con otro idioma. Si fuéramos de un país del Primer Mundo, o loco como Estados Unidos, podría poner una demanda contra daños psicológicos por haber expuesto mi sistema nervioso a un trabajo de explotación que le suprimió la capacidad de sentir. Pero no, ni somos del Primer Mundo ni estamos locos.

Esta mañana ha sido como las demás, y como las de Canadá, según he escuchado: Nublada y con lluvia. Mi desayuno con Schoko Müsli y un plátano me hicieron sentir apenas un poco mejor. Pero fue tu correo el que me levantó por completo. Todas las noches le preguntaba al aire si habrías llegado bien o si, incluso, habrías llegado ya a Canadá. Marqué una vez tu celular en México pero entró el buzón, estaba apagado al parecer, y no quise dejar un mensaje a algo que yo identifiqué como un vacío.

¿Cómo han sido tus sueños desde que duermes en Montreal? De las cuatro semanas que yo llevo aquí, la mayor parte de los días sueño algo relacionado con México, con su estrés, con su comida, con mis amigos, con mi familia, con mi casa, con la casa de mis papás, etc. El sueño más loco fue cuando me desperté sacudiendo la cabeza porque tenía todavía el estrés de alcanzar el avión que salía de México a Berlín. En mi sueño yo me había permitido viajar un fin de semana a México y después estaba pagando las consecuencias con tanto tráfico, lluvia y el delirio de alcanzar el avión que salía a una hora exacta, como todo el transporte público aquí en Berlín. ¿No te ha pasado que has tenido que correr para alcanzar un autobús porque pasa a una hora exacta? Yo lo he tenido que hacer en un par de ocasiones.

Mi casa está al extremo oriente de Berlín. En una zona que tiene un parque del tamaño de Chapultepec al lado y algunos grupos neonazistas, revoltosos y extranjeros por la calle. No hay pobres tirados en las banquetas, pero sí gente que por su forma de vestir podrías decir que llevan una semana con la misma ropa y que no quieren nada de la vida. De vez en cuando pasa alguien con su auto con la música a todo volumen. En la esquina de mi cuadra hay un restaurante que se llama Veracruz y que siempre tiene mucha gente. No sé exactamente qué se vende, pero algún día lo averiguaré. La estación del metro, más tren que metro, está enfrente del restaurante, y siempre hay horarios para tomarlo hacia el centro de Berlín, el pedo es que a mí algunas veces me falla y los dos tranquilos minutos que me tomaría llegar caminando los transformo en 30 segundos para llegar cuando la voz grabada dice "zurückbleiben bitte (retroceda por favor)" justo antes de cerrar las puertas.

Amigo, hermano: hay muchas semanas que nos separan ya de distancia. Hay mucho tiempo y hay dos culturas muy diferentes, pero nunca nada nos mantendrá unidos como estar en contacto seguido y saber que nos sentimos de alguna forma, telepática, memorial, fotográfica o textual. Aquí estoy para lo que necesites y con miles de historias o pedacitos de historias que contarte. Ya sabrás del día que decidí que las salchichas alemanas debían cocinarse con salsa macha y de cuando me puse a hacer tortillas sin aplanadora.

Hasta la próxima.

martes, julio 06, 2004

Tardanzas

El tiempo de adaptación a una ciudad diferente, con una comida, horarios y gente diferente me ha requerido tiempo que no he podido escribir a gusto.

He estado casi tres semanas fuera de línea, es el tiempo que llevo aquí en Berlín.

He debido dedicarme a atender otros asuntos y no he tenido el tiempo, el placer de escribir como yo quisiera. Ya me lo había dicho Jesús, otro compañero de mis viajes mentales, debo soltarme esta vez que tengo más tiempo para escribir más. Debo dejar de ser güevón y soltar la pluma (bueno, las teclas) en este largo, largo viaje.

viernes, julio 02, 2004

Ciudadano de papel, berlinés de corazón.

Este día me convertí, oficialmente, en berlinés.

Aunque esa fue la frase que dijo el burócrata alemán, se queda muy lejos de ser verdad porque no soy ni rubio, ni hablo buen alemán, ni, para colmo de males, nací aquí como muchos extranjeros hoy en día. Cierto es que quedé registrado en la delegación de la policía y tanto mi nombre como mi dirección aparecen ahora en un padrón ciudadano y electoral que me ubica perfectamente en el espacio geográfico e informático de Berlín.

En otras palabras, si cometo un delito soy perfectamente identificable. No sé si me gusta ser berlinés.

El otro lado es, claro, la ciudadanía de corazón. Mi amigo, el periodista escritor, bueno, más hisoriador y cuentista que lo anterior, Andrés, me hizo un señalamiento obvio pero entonces cegado para mí por el papelito sellado que yo traía:

"Querido amigo, -escribe desde México- te felicito por la oficialización de tu ciudadanía, pero es menester que sepas que más importante que el sello que estampan los hombres, es la marca que deja una ciudad en el corazón. Luego entonces, quiero que sepas que yo también soy berlinés y siempre lo seré."

Y es cierto. ¡Cuántos hombres y mujeres no hemos caído enamorados de esta ciudad desde la primera vez que la visitamos!

Berlín se queda impregnado en muchas personas, primero, por la diferencia cultural que representa ante la mente latinoamericana, muchas veces fascinada por el encuentro del Primer Mundo y desarrollada con una ideología y teoría de la libreación y opresión de dictaduras y subdesarrollo humano. Segundo, por las vivencias que a cada quien le hayan tocado durante la estancia vacacional, de trabajo o de estudio por un tiempo 'x' en esta ciudad.

Saber donde se come la mejor salchicha asada en la calle (y disfrutarla), estar en el metro y entender el matemático y poético lenguaje de Goethe para llegar a la parada correcta, o encontrar el más recóndito café o bar para observar como extranjero local el mundo alemán al natural, son cosas que sólo a uno se le quedan en el corazón. Y aunque haya ciertos peligros en las calles como encontrarse con neonazis o lidiar con los punks dizque socialistas, uno siempre se puede sentir tan aceptado socialmente como retado para tratar de entender lo que pasa en este Estado de bientestar social.

Así como Andrés, yo también tengo mis propias experiencias y me ha gustado mucho ser aceptado por la familia de mi novia, salir solo al cine, entender cómo lograr el mejor descuento al pagar un boleto del metro o caminar de la mano del amor al lado de las zonas más desconocidas como los canales de Treptow.

Y aunque este burócrata de Alemania del Este no sabía exactamente dónde se encontraba mi país, su sonrisa fue más fuerte que el sello que estampó para hacerme sentir un ciudadano más de esta metrópolis que vive en constante reconstrucción económica y social.

jueves, junio 10, 2004

Poseer Berlín a lo lejos.

Debes de tomar en cuenta que para el viaje sólo tienes dos estrellas, me dijo Andrés, uno de mis consejeros más vívidos y quien me ha tomado también por alterego. Estas estrellas son Berlín y W.

Berlín es fascinante per se. W personaliza una razón principal de este viaje. Los miedos, la aventura, el escepticismo quedan todos fuera dado que la idea de Andrés es mantener viajar para vivir, poseer y disfrutar a estos dos elementos. No hay nada más.

Viajar a Berlín es una idea que se plantó en mi cabeza desde hace un año, cuando yo vivía en México con W. En noviembre del año pasado ya había casi hecho un plan para que, en algún momento del 2004, yo estuviera tomando mi vuelo hacia el país de las salchichas y la cerveza. Tomó tiempo, dinero y esfuerzo, pero al fin ya es más una realidad. Todavía me encuentro en el limbo porque no estoy ya en mi trabajo, pero tampoco en Berlín. Es uno de los tantos limbos que se viven en la Ciudad de México.

Andrés es un escritor que vivió ya en Alemania. Su idea de radicar allá para hacer una novela y dejarse poseer por la ciudad siempre se quedó en sus textos y en las pláticas inundadas de whisky. Su novia mexicana, sus proyectos en la Aztlán moderna y su fascinación a lo lejos de Berlín lo han hecho nunca materializar su decisión. Razón del alterego. Él nunca ha dicho esto, pero oportunidades, amores platónicos y viajes a Alemania siempre los ha tenido, así como amigos, apoyos del gobierno alemán y un lugar donde vivir. Creo que la idea de poseer Berlín a lo lejos es todavía más atractiva para él que estar inmiscuido en ella.

Él me habla de la capital alemana como un lugar que por sí mismo me hará sentir bien, sin tomar en cuenta que el ritmo de esa ciudad puede ser tan caótico o más que el de la Ciudad de México. ¿Cuántas veces no nos sentimos atraídos por México cuando estamos lejos, cuando no vivimos sus problemas en carne propia, cuando no estamos presentes para sentirnos vulnerados por cada detalle? Pues bien, esto es lo mismo que piensa Andrés pero sobre Berlín.

Igual de fascinantes son París, Londres, Nueva York, Buenos Aires o Montreal, porque sentimos una engañosa atracción por sus monumentos, su dinámica y la forma en que destacan en cualquier guía de viajes o en las noticias de los periódicos, la televisión o la radio. Todo mundo querría estar en la urbe donde está la Torre Eiffel y una pareja de enamorados se habla en francés al oido bebiendo una botella de vino en algún jardín para después visitar uno de los museos más grandes del mundo. La realidad diferente se muestra cuando, por ejemplo, uno está frente a la Mona Lisa del Louvre y descubre que es más pequeña que un retrato de familia colgado en la estancia de una lujosa casa de la Condesa o de la Roma, y que los mares de gente y los disparos de flash no dejan disfrutarla como se la ve en los libros o revistas. Lo mismo pasa con cualquier otra ciudad chic.

Berlín ostenta como secreto a voces el hecho de ser la capital europea de la cultura, de estar a la mitad de la nueva Europa ampliada, de ser una ciudad reconstruida después de haber sido parcialmente destruida por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, o de ser el lugar donde cayó física y moralmente el muro del comunismo. Es atractiva por su multiculturalidad, por la gente joven, por ser una capital, por tener edificios de los Siglos 14 a 18 reconstruidos y por presentar una cantidad inimaginable de óperas, obras de teatro y exposiciones de arte visual alternativo y de diseño que no hay en ningún otro lugar. Todo esto se ve, se lee muy bien desde lejos, pero la verdad es que la ciudad está casi declarada en quiebra por las ayudas económicas que el país tiene que reorientar a la reconstrucción de toda Alemania del Este, al punto de que los estudiantes se han quedado sin profesores o sin servicios en sus universidades por falta de presupuesto. Las obras del estadio Olimpia, futura sede de la final del Mundial de Futbol del 2006, no pueden ser terminadas por falta de presupuesto. La seguridad social está aumentando el porcentaje de cuotas de sus contribuyentes, es decir, de todos sus ciudadanos, incluido próximamente yo, por falta de subvenciones.

Y por si fuera poco, el ayuntamiento canceló para este verano uno de los festivales que más gente atraía a la ciudad, el Loveparade, porque no hay dinero para pagar a la gente que hace la limpieza o la reparación de las zonas que quedan lastimadas por los ríos de personas. Peor, el invierno dura seis meses y en ese tiempo toda la gente se viste de negro o gris, acorde con el clima, por lo que toda la ciudad adquiere una tonalidad deprimente.

Mi estancia está programada para dos años. Quién sabe cuánto pueda aguantar.

miércoles, junio 02, 2004

La antesala

Después de leer Berlín también se olvida de Fabio Morábito, me quedó claro que la observación anclada al sentimiento de lejanía de su patria y la fascinación por las diferencias culturales de otro país, provocan escribir y publicar las memorias de un viaje, por más privado que éste haya pretendido ser.

Hay viajes que vale la pena contar y otros que no, pero yo quiero ver con los ojos de Morábito y por eso la razón de este 'blog'.

Hoy es mi primer día fuera de la institución que tanto tiempo me albergó. Cinco años y medio que para mí fueron una vida. Amigos, conocidos, trabajo, profesionalismo, reconocimiento, fracasos, exclavismo, libertades, todo, todo lo que conforma una vida y que ayer dejó de existir de golpe. Aire viciado del passado, aires contaminados de la ciudad, aires inciertos del futuro.

Este 1 de junio me encuentro en el limbo. Todavía no estoy en Alemania, pero ya estoy fuera de la institución. Trabajo pero no percibo salario, estoy a punto de quedarme sin casa pero sigo con los muebles, escribo mis memorias pero todavía no vivo el futuro. Estoy, de manera llana, en la antesala de mi viaje culminante.
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