martes, julio 17, 2007

En busca de una licencia de manejo alemana. Capítulo 6. La terapia de los lentes.

¿Qué demonios hago en Berlín?

Esa fue la pregunta que me hizo la mujer encargada de practicarme el examen de la vista. Para ella era inconcebible que yo, mexicano, proveniente de un país tropical, rico en comidas y en climas, estuviera haciendo un trámite para obtener un documento alemán que me garantizaría una de mis raíces en este país europeo y frío y feo --según su punto de vista--.

"Mé-ji-co, ¿verdad?", me dijo antes de disparar la gran pregunta. Por su pronunciación se ve que la mujer hablaba español y que se había quedado fascinada con alguna historia latina. Quizás ya había estado en el país del nopal y probó unos tacos de rajas verdes con crema, o bailó unos huapangos en una tarima y sebañó en las aguas hirvientes --y sucias-- del Pacífico. O qué sé yo. Pero la mujer se quitó su alemanidad y se atrevió a preguntarme eso. Qué demonios hago en Berlín.

Bueno, aclaro, el "demonios" lo añado yo, pero la verdad es que si la mujer se hubiera tomado otra aspirina de confianza, seguro que me quita mi pasaporte y hasta me deporta a mi país. Se le notaba en los ojos. Tenia una curiosidad endemoniada por saber lo bueno de su país. "Quédese allá, donde lo rico", me habría dicho. Pero no, conservó un poco de decencia y sólo me preguntó qué hago en Berlín.

Yo quería contestarle varias cosas. Estaba muy emocionado porque ella misma me acababa de informar que estoy perfecto para manejar sin lentes. Ella no lo sabía, pero para mí, el hecho de estar pasando las pruebas para obtener mi primer documento alemán, me motiva a querer más a Alemania y a los alemanes. Si lo recibo algún día, será algo parecido a una graduación. Así que sólo le contesté que a los mexicanos siempre nos llama la atención estar en el extranjero y conocer el viejo mundo y, en particular con Alemania, aprender un idioma e integrarse con la gente. Sentirse alemán sin serlo. Mientras que a los alemanes les pasa exactamente lo mismo pero visto desde acá. Y me atrevería a decir incluso que hasta les gustaría sentirse mexicanos --o latinos, o lo que sea de latinolandia-- dejando de ser alemanes. Muchos no tienen de qué estar orgullosos de su patria, o al menos no pueden contestar esta última pregunta.

Al final me cobró 6.07 euros. Y no sé si fue por el coraje de que no estoy disfrutando mi país o porque tengo la vista tan chida que ya no pudo ganar un cliente más.

(Y la verdad es que sí necesito lentes, con trabajos puedo ver lo que escribo en este blog).

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