martes, diciembre 22, 2009

Berlin gülü


Hace ya algunos días me sentía como activista de cumbre mundial, con los pelos tan largos y a punto de enrastarse. Así que hice lo lógico: ir a la peluquería.

No sé si a alguien más le sucede, pero para mí ir a la peluquería es un gasto de tiempo. En estos días de multifuncionalismo exprés, ver cómo una persona te corta el pelo a tijerazos, lenta (y macabramente), me vuelve loco. Es como quedarse en una página de internet por casi una hora. Bueno, claro, hay sus facebookexcepciones.

El caso es que fui a la peluquería que está a un par de calles de la casa, aquí en el barrio de Kreuzberg. Ahí me atiende normalmente mi peluquera ossi, una chica de Alemania del Este, sólo que esta vez no estaba. En su lugar había una mujer que yo no había visto nunca.  Me aclaró que mi peluquera tuvo el día libre y me preguntó si quería hacer una cita para el día siguiente. Dije que no y le pregunté si ella tenía tiempo en ese momento. Me dijo que sí.

No me gusta confiarme a nuevos peluqueros, pero el sentimiento de tener que esperar al día siguiente fue peor. Me senté y me encomendé a sus tijeras. Empecé a hablar con ella para explicarle mi corte habitual. y ella sólo me veía con los ojos muy abiertos. Creo que notó mi impaciencia porque en un momento me dijo hey, hey, lento, lento, que no entiendo. La escuché decir más palabras y me quedó que era extranjera. Seguramente turca, pensé. No traía velo pero sí era de tez morena y nariz protuberantemente fuera del convencionalismo humano. Y creo que no me entendía bien. Corto de arriba, desvanecido por atrás, rapado por los lados, me dijo. No-no-no-no, rapado de los lados no, sólo un poco corto, le contesté y le expliqué que el pelo se me hace como erizo cuando está muy corto. Esa es mi herencia azteca, pelo lacio, pesado y picudo. Ella asintió. No se dio cuenta que estaba a punto de dejarme como esos jóvenes turcos de la esquina de mi casa que parecen militares con pantalones de hiphopero, na alter? U-Bahn fahren und schule gehen? Sonst Hartz IV kriegen.

Después de un largo silencio en el que pensé que no habría plática, la peluquera abrió la mini tertulia. ¿Vives cerca de aquí?, me preguntó. Pensé que era muy atrevida su pregunta, pero se la contesté. No había mucho más que hablar, ni ella me entendía a mí ni tampoco hablaba ella del todo fluido. Así que con la confianza creada le pregunté ¿y tú cuántos años llevas aquí? Y me contestó que 11.

¿11?

Demonios.

Y muchas de esas historias de turcos comienzan justo con una escena que me pasó ese mismo día de peluquería pero un poco antes, cuando fui a visitar a mi dentista. Pasé por el metro Hermannplatz, justo en el corazón del barrio de Neukölln, conocido por ser prácticamente un gueto turco. En el andén vi como un señor, de bigote poblado, barba de tres días y gorra de bésibol, se acercaba a otros como pidiendo limosna. Pasé cerca de él y vi que hablaba en turco y buscaba a otros que hablaran su idioma como para que le indicaran la dirección que buscaba. Podría haber sido un nuevo inmigrante que, unos años más tarde, se convertirá en papá y abuelo que no hablará el alemán. Uno de los decenas de miles de casos de estos días. Un bueno amigo que toma sus clases de alemán me dijo que entre sus compañeras cuentan chicas turcas que llevan hasta 16 años en la ciudad sin haber hablado nunca el alemán.

Con la peluquera el caso no es muy diferente. Al rato de cruzar nuestras primeras palabras, llegó una señora con velo. Se saludaron en turco. Me enseñó que a las mamás se las llama 'anne' y a las abuelas 'nene'. Turco fácil, me dijo, más fácil que el alemán. Y continuó: tú, uy no, rápido, mañana hablas. La señora que entró venía con su nieta. De la conversación ya sólo alcancé a escuchar un 'nene' de la pequeña. Unos minutos después llegó otra señora. También traía velo. Mi peluquera buscó una silla para ofrecérsela. La conversación ya parecía tertulia verdulera. Llegó otra señora. También con velo y también con ganas de sentarse. Mi peluquera me dejó con los pelos parados para ir a buscar la última silla. Yo me empecé a preocupar porque en cuanto llegara otra señora, yo tendría que pensar en ceder mi asiento.

Con mi peluquera ossi nunca, jamás, vi la peluquería así.

Me despedí, güle güle, y me salí. Atrás la peluquera cerró las persianas para cortar el cabello a una de las 'nene'. Ahí se quedó mi nuevo gueto turco.

martes, diciembre 08, 2009

La temible oscuridad berlinesa

Cómo recuerdo una de mis últimas noches de fiesta en México. Estaba por salirme de un nuevo café-bar. La fiesta seguía pero yo ya quería irme a casa. Quería caminar un rato, estaba en una de las renovadas partes del Centro Histórico. Tres cuadras por la noche al metro no me harían mal, aunque mucha gente me había advertido de que la zona todavía era peligrosa por asaltos. No hice caso, yo quería caminar.

Intento abrir la puerta del café-bar y está como trabada. El guardia de seguridad estaba recargada en ella. Le di un empujón fuerte y se abrió, pero el guardia me gritó y me ordenó meterme de nuevo: "¡¡¿qué no ves que nos están asaltando?!!"

Afuera escuché algunas amenazas. Parecía como si un par de personas estuvieran esperando la llegada de más refuerzos para atacar al guardia de seguridad. No se escuchaba nada de policía. "Estamos fritos", pensé. Nadie más que yo sabía lo que estaba pasando porque todo mundo estaba bailando, bebiendo y platicando con el ruido de la música de fondo. Y no había a donde ir. Si el guardia de seguridad fracasaba, aquella tribu que amenazaba con asaltar se habría apoderado muy fácil de ese café-bar. Ese era el renovado Centro Histórico, una especie de carnada social.

De eso me acordé cuando en estos días, ya en Berlín y varios años después de ese hecho, me llegó un correo a mi bandeja de entrada. Leí el titular: "La temporada de oscuridad es particularmente peligrosa para los peatones". Provenía de la Oficina Federal Alemana de Estadísticas. Y pensé que se trataba de una serie de estadísticas sobre atracos, violaciones y otras amenazas terroríficas en Berlín durante la temporada de invierno.

En la ciudad ha habido reportes en periódicos de cómo algunas pequeñas bandas asaltan a turistas, de cómo grupos de escolares violan a sus congéneres femeninos grabando toda la acción con teléfonos celulares, o de cómo algún viejo alemán retrógrada decide tomar un cuchillo y atacar al vietnamita que vende cigarros a las afueras de las estaciones de los trenes suburbanos.

Sí, era posible que fuera algo de eso. Pero tan pronto abrí el correo, vi que no. Se trataba sólo de una estadística sobre atropellos en las calles.

"Los días cortos con poca luz y mal tiempo nos muestran que el invierno se acerca". Hasta aquí yo no sabía si el correo era verdad o una broma. "Entre más cortos sean los días, el tráfico en las calles estará más sumido en la oscuridad. Los peatones son los que en este tiempo del años más amenazados estarán en las calles. Como lo reporta la Oficina de Estadísticas, en el 2008 murieron en las calles 653 peatones"… (¿se sabe cuántos atropellados y muertos por atropello hay en el DF?)… "y de ellos tan sólo 246 o el 38 por ciento murieron en los meses de noviembre, diciembre y enero".

Las razones son que muchos conductores no pueden ver bien en la oscuridad y el mal tiempo; que los peatones usan con frecuencia mucha ropa oscura; y que varios viejitos andan afuera de sus casas hasta altas horas de la noche (las 16:00 horas ya son altas horas).

Mi opinión: las tiendas de ropa son las culpables. Ellas deberían de vender ropa de primavera, colorida y llamativa, para estos meses. Así que si ven a un tipo vestido como Magnun P.I. en las calles de Berlín, ya sabrán quién es.

lunes, noviembre 09, 2009

Bueno, pero… ¿y quién ordenó la construcción del Muro?



La pregunta era ¿es el Este o el Oeste?, pero en realidad debió de haber sido ¿Moscú o Berlín?

¿Quién demonios mandó construir el Muro de Berlín?

En estos días sólo se ve una cicatriz que cruza la ciudad. A veces uno la cruza cuando atraviesa las calles, a veces cuando se camina por la banqueta. Otras veces ni se ve.

Quizás por eso los turistas que abarrotan ahora Berlín tratan de encontrar un fragmento del Muro. El Muro es una forma de justificar el viaje. Y si no lo ven, o si sólo ven que hay un pequeño tramo, maldicen a los alemanes por no preservar un pedazo de historia.

Joder. Un Muro reducido a pedazos de concreto.

¿Pero qué tal que en Berlín levantamos una encuesta de quién mandó erigir el Muro?

Una agencia encuestadora lo hizo en Moscú y dio datos reveladores: a 20 años de la caída del Muro de Berlín, el 50 por ciento de las personas manifestó no saber quién había construido semejante pared de concreto (155 kilómetros, una ciudad dividida).

En la misma encuesta, el 10 por ciento pensó que fueron los berlineses los autores, un 6 por ciento le echó la culpa a las potencias occidentales y otro 4 por ciento trató de balancear las cosas al pensar que se trataba de una iniciativa bilateral entre la Unión Soviética y Occidente.

Entre los historiadores ha habido un gran debate sobre si el autor intelectual de semejante frontera de concreto fue construida por el líder de Alemania del Este, Walter Ulbricht, o su similar ruso, Nikita Kruschev.

¿Quería Ulbricht erigir el Muro porque su pueblo estaba amenazado con una fuga de cerebros? ¿o Kurschev, como líder socialista, fue quien ordenó todo?

Hay nueva información (sí, 20 años después) que indica que Kruschev estaba muy preocupado por el futuro de Alemania del Este y estaba apostando a cualquier método para evitar que se vaya la gente.

Una grabación entre ambos líderes el 1 de agosto de 1961 que nunca antes había sido conocida fue revelada por el Instituto de Historia Alemana de Moscú. Y ahí se lee cómo Kurschev está completamente decepcionado de su contraparte alemán.

“Cuando fue a la convención de tu partido dos años antes”, le decía Kruschev a Ulbricht, “todo estaba bien. ¿Qué pasó ahora? Tú querías tomar la delantera de Alemania Occidental por ahí de 1961 o 1962”.

Y entonces Ulbricht se defendió y dijo que la población estaba haciendo demandas que no podían ser satisfechas. La gente estaba decepcionada del sistema y mucha se estaba yendo. En el supermercado no encontraban los víveres necesarios.

“Polonia y Bulgaria no estaban proveyendo suficiente acero ni carbón”, reviró Ulbricht, como para echar la culpa a los camaradas.

Y entonces Kruschev asestó: “Te daremos una o dos semanas para hacer los ajustes económicos necesarios. Entonces convocarás al parlamento y lanzarás el siguiente comunicado: ‘A partir de mañana se erigirán puntos de control y el tránsito será prohibido. Cualquiera que desee cruzar la frontera podrá hacerlo con el permiso de algunas autoridades de la República Democrática Alemana”.

¿Era esta la construcción del Muro? ¿se tendría que culpar a la URSS por haberlo sugerido o a Alemania del Este por haber materializado esa interpretación? ¿hasta dónde más lleva el hecho de establecer la culpa por un Muro si un sistema ya no estaba funcionando?

Me parece que habría que hacer un pensamiento fuerte al respecto aquí. No es cualquier cosa. El Muro tampoco son graffiti (“¡qué bonito pintaban en el Este!”, dicen algunos turistas que se pasean por la East Side Gallery).

Vi un comentario de un lector en algunos textos sobre el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín y me llamó mucho la atención su forma de pensar. Quizás así piensan otros lectores más. Él decía que nunca vio una especie de Juicio de Núremberg sobre los comunistas sobrevivientes. ¿Será cierto? ¿tendríamos que llegar hasta ese punto?

Este Muro puede ser como una idea de concreto en la cabeza. Llega y no es fácil retirarse. Y lo peor es que muchas veces, como los alemanes en tiempos de la división, caemos en el riesgo de ver sólo un lado. Y, todavía peor, podemos pensar que ese lado era el bonito.

viernes, noviembre 06, 2009

Alemanes no connacionales


La otra vez fui a una fiesta. Había alemanes y latinos, la plática era en español. Hablamos sobre profesiones, sobre cine, arte y periodismo. Comimos, levantamos las copas, ¡salud!

Llegó una alemana que no hablaba español y cambiamos todos al alemán. Seguimos hablando sobre varias cosas diferentes. Copas y ¡salud! Podría haber parecido una bacanal sino es porque nos topamos con un muro. Con EL muro. El Muro de Berlín.

Una de las alemanas era del Este, una ossi, una chica que venía de un país que ya no existe. Ni el conejo blanco nos podría llevar ahí aunque quisiera. Y esta chica empezó a hablar de su pasado, de cómo la pasó el día que se abrió la frontera. Su historia era muy interesante, pero algo me llamó la atención de otra forma: la plática se desarrollaba ya más bien como una entrevista, y no de los latinos, sino de los alemanes. Alemanes preguntando a alemanes. Wessis examinado a ossi, ossi conociendo wessis.

Que el día de la revolución pacífica, que el día de la apertura de fronteras, que la experiencia en el oeste, que el dinero de regalo del Oeste, etc.

Todo siguió en alemán y a pesar de ello ya no éramos los mismos. Los alemanes del Oeste, los wessis, se habían transformado en extranjeros. Hablaban el mismo idioma, vivían en el mismo país, en la misma ciudad y comparten la animosidad de poder cobrar el seguro del desempleo y de tener una vejez asegurada monetariamente. Yo, latino, me quedé a un lado, y creo que los otros de mi especie también.

Un estudio lo decía, pero en esta fiesta se comprobaba: los alemanes del Oeste no conocen, o conocen muy poco, el Este.

El Muro se cayó hace 20 años y el símbolo de la unidad no puede ser sólo perderse en una bacanal.

Vaqueros negros, punks y 68eros.


Esta escena no habría sucedido si no se hubiera caído el Muro de Berlín.

Me subo al metro. Lo primero que veo es a un hombre como de dos metros de alto. Él iba parado en el vagón pero con la cabeza gacha, no cabía. Traía puesta una playera y un montón de pelos. Parecía que desde el 68 no se había cortado los pelos ni las barbas, todos blancos y tan largos como esta historia de hippies. La panza que le salía podría haber desafiado a la de cualquier policía de tránsito de México. Y que mi madre me perdone, pero seguro que Jesucristo se vería así hoy en día.

Apenas vi la bolsa de mercado que llevaba este monstro 68ero, me distraje con un par de perros que estaban echados al lado. El dueño de los perros iba al lado. Estaba sentado, dando tragos de cerveza en cada estación y preguntándoles a sus canes cómo se encontraban. Alles wird gut, alles wird gut, todo está bien, les decía. Otro trago. Sus pantalones tipo piel de leopardo, sus botas negras con agujetas rojas y sus tantos piercings con los que seguro no puede dormir boca abajo lo delataban como un punk. Ah, sí, y su peinado de cepillo pule zapatos.

Estaba viendo su arete izquierdo en forma de signo de interrogación y lleno de diamantes, cuando otro tipo me hizo voltear súbitamente: era un hombre que dentro del vagón se colocaba sus lentes para sol. ¿Estará muy brillante la luz de neón?, me pregunté. Quizás él es más sensible. Era un hombre tan negro como los pensamientos que yo tenía. Y por alguna razón yo sentía que esos lentes de sol no hacían sino acentuar esos pensamientos. Esos lentes añadidos a su sombrero negro de vaquero, a su chamarra de cuero, a sus botas de montador de vacas y a los guantes negros que en ese momento se comenzó a colocar. Si yo lo habría visto en Texas, pensaría que se dirigía al partido de los Dallas Cowboys porque además iba acompañado de dos vaqueritas negras que, al contrario del frío que él sentía, ellas iban con unas minifaldas tan cortas como un sueldo de periodista.

Llegamos a Alexanderplatz y nos bajamos todos. Supongo que nos bajamos ahí para manifestarnos simbólicamente por la libertad de ser. Aquí se liberó un pueblo hace 20 años y ahora lo hacíamos nosotros.

Berlín: roto para siempre


El hombre se acerca a la oreja de su mujer y le dice algo. Ella baja su rostro y se apura a cubrírselo para que nadie la vea reírse. Inevitable, la risa explota en una carcajada discreta.

Vamos en el metro. La pareja descuadra un poco. En esta parte del vagón todos nos vemos como extranjeros. O todos somos extranjeros, pues los idiomas que se oyen son diferentes al alemán. La pareja, ambos como de 80 años, se visten además diferente. Él zapatos con brillo de comercial de televisión, bufanda de casimir bien anidada al cuello y boina tipo Franz Biberkopf. Ella con cabello gris en forma de canasta de frutas y con un moño al lado. Visiblemente, me atrevo a decir, alemanes.

Pero alemanes del Oeste.

Si algo he aprendido aquí en Berlín es a distinguir a la gente. Por la ropa se puede saber más o menos de qué parte de Berlín viene alguien. Un estudio me ampara, así que no estoy tan loco. Pero también se puede saber por la forma de comportarse.

El hombre veía al grupo de indios que ocupaba casi todo el vagón. Hombres de tez negra pero con rasgos finos, cejas marcadas y pelos cortos con peinados ochenteros. Y después de ver cómo se hablaban en hindi, con gestos y gritos, se volteaba y le secreteaba algo a su mujer. Ambos se reían. El hombre me volteaba a ver a mí, y hacía lo mismo. De cuando en cuando, la mujer también hacía lo mismo.

En estos casos, a mí me gusta desplegar mi periódico para que los alemanes vean que soy de aquí. Veo que les cambia la cara. Me ven de otra forma. Y algo así pasó porque la mujer le secreteó algo a su bienamado.

Pero en realidad, en esta ocasión no debí de haber hecho algo así. Me pareció que estos viejitos, replegados en una en una esquina del vagón, eran los que se autoexcluían como a veces hacemos los extranjeros. Y no sólo por secretearse, sino porque físicamente estaban retraídos. Sus miradas marcaban una frontera clara.

Este hombre y esta mujer vieron con seguridad una ciudad en ruinas, sino es que hasta a los ejércitos aliados entrar a la capital a disputársela. Seguro que ayudaron a levantar la ciudad. Después habrán visto como la ciudad se dividía, y habrán presenciado cómo se erigía un Muro. Quizás hasta fueron a uno de los miradores que había para ver cómo se veía la gente del Este. Después habrán vivido la apertura de fronteras, el picadero del Muro y la unificación, y habrán sido parte de otra restauración citadina.

Hoy llevarán ya algunos años disfrutando de su senectud y les toca vivir otra ruptura: la invasión de culturas, de idiomas, de caras, y de formas de ser. Sólo que esta vez ya no les tocará ser parte de la restauración.

jueves, octubre 22, 2009

Cortocircuito en el DF (y con Berlín)


Hace poco hablé con un empresario alemán que vive en México. Él promociona la energía solar ahí. Vende páneles solares y concientiza a la gente sobre los beneficios del sol. Bueno, intenta vender y concientizar. Me dice que después de casi una década de estar en México la gente no entiende qué es la energía solar, "ni siquiera los profesores de universidad", dice.

Él tiene intereses comerciales, claro, pues quiere vender sus páneles solares.

Pero más allá de la parte comercial hay una preocupación que parece no existir: el petróleo se acabará. Si los cálculos son correctos habría menos de 7 años para su fin, ¡7 años! No es nada si se piensa en incursionar en nuevas energías. Cualquier planta energética que se construya no toma menos de 5 años en hacerse realidad.

México es un enfermo energético terminal.

México, un país tropical, con gran porcentaje de sol durante todo el año para páneles solares, con áreas desérticas para plantas termosolares, lugares de viento para energía eólica, ríos para hidráulica, e incluso uranio para la energía nuclear, y está a punto de quedar en stand by.

¿Cómo es posible que no se piense en otro tipo de energías?

La única respuesta a la que llego ahora es por la subvención.

La gente que vive en el DF tiene la energía subvencionada, casi en un 50 por ciento, lo cual se ve claramente en los recibos de la ahora extinta Compañía de Luz y Fuerza bajo la leyenda de "apoyo al hogar".

Esto no sólo ha fomentado la metamorfosis del defeño en un ente neutrónico ávido de energía, que gasta cuanto le place, que se compra refrigeradores del tamaño de un clóset, que calienta con microondas hasta el aire, que deja las computadoras encendidas durante la noche y que no promueve la investigación, y quizás el cambio, del uso de energías.

Esto aplica también para la gasolina barata.

Pero claro, si uno paga poco, piensa igual.

Cuando llegué a Berlín vi que todo mundo usaba refrigeradores del tamaño de los hornos de microondas, que no usaba hornos de microondas, que se compran focos nuevos, de los que gastan menos watts; que siempre hay una opción para gastar -o pagar- menos energía.

Algo así debería de haber en México.

La compañía de Luz y Fuerza, la distribuidora de energía en México, fue cerrada a la fuerza, a manera de golpe de Estado, sí, no lo niego, pero si regresa, ya sea por vía de la demanda popular o a manera de otra administración, tiene que cambiar su concepto energético en forma y precio.

miércoles, octubre 14, 2009

Pronóstico para mañana: dolor de cabeza, tirándole a migraña


A veces siento que no pasa nada en Berlín.

Digo, nada importante para el mundo.

Parecía que tendríamos un atentado terrorista, pero no llegó. Gracias a Dios, dirán los religiosos (aunque en realidad el atentado se realizará en nombre de Dios, algún Dios, no sé cuál).

Unos días antes de las elecciones federales del 30 de septiembre apareció un video en la red. Era un islamista llamado Bekkay Harrach y decía que habría atentados en Alemania. Que primero dos semanas después de las elecciones, que después el día de las elecciones, que luego antes de las elecciones. Todo fue una cuestión mediática. El mismo Bekkay se vistió con traje y corbata, se relamió sus chinos de oveja y se presentó como moderador de los premios Oscar, delante de una cortina roja. Lo divertido después fueron los análisis del video, que si seguía en un país musulmán o que si ya había salido de éste y lo quería hacer saber con su nuevo atuendo, que si una amenaza verdadera o falsa de Al Qaeda, etc.

Nada pasó. Ya son más de dos semanas del anuncio y no ha habido un estallido. Ni social. Truenan más fuerte las bombas de tiempo de los Premios Nobel de la Paz, de las estatizaciones en Venezuela (con el hotel Hilton) o en México (con la Compañía de Luz), o del gobierno de facto en Honduras.

O los servicios secretos de Alemania son tan buenos como para nunca recibir un atentado o nadie en verdad tiene contemplado atacar un país como este. Desde que estoy aquí hemos recibido una cantidad ya casi innumerable de amenazas terroristas y ninguna es realidad. Me parece que los de Al Qaeda juegan sólo con la hipocondría de los alemanes. Aquí la gente tiene tanto miedo de tantas cosas que con estornudar en el metro ya están todos en el médico y desangrando los seguros sociales.

Sí, hace cuatro años logramos tener una mujer canciller. Ahora un ministro de exteriores gay. Esto quizás habla de un país primermundista en términos de tolerancia social. Aunque después de las fuertes oportunidades de Hillary Clinton en Estados Unidos y de la victoria de Obama, Alemania ya no es noticia. Quizás en cuatro años podríamos serlo si se cumple la profecía política, pues tendríamos a dos gays concurriendo por la cancillería, ambos con varias posibilidades de serlo si sigue esta corriente de igualdad de votos para todos los cinco principales partidos políticos.

Pero eso será en cuatro años.

Ahora estamos congelados. Después de que hace dos semanas ganaron los conservadores y liberales las elecciones federales, entró el frío. Justo al día siguiente. Un frío invernal. En una semana de 27 grados a -4 (MENOS CUATRO, ssssí). Y dado este cambio climático, lo mejor hasta ahora ha sido estar hablando del cambio climático. ¿Alargará Alemania el periodo de las centrales nucleares? ¿causan grandes deudas los "molinos" de viento, ergo un futuro desastroso para las energías verdes? Pero lo mejor de las cosas climáticas es ¿de verdad son necesarias las predicciones "bioclimáticas"?

Este fin de semana pasado salió en las noticias el pronóstico del "biowetter", el clima biológico, por decirlo de otra forma. Se trata de decirnos cuánto nos dolerá la cabeza por el clima del día siguiente, cuántas reumas sufriremos, calambres, problemas de sueño, presión alta o baja, problemas del corazón, de circulación, angina de pecho y, claro, resfriados. Alemania es un país donde uno puede faltar al trabajo --ojo, con justificante médico-- porque su circulación sanguínea no está bien, pero donde te pueden despedir por cargar tu teléfono celular en tu oficina (robo de energía), por comerte una albóndiga (que estaba destinada para alguien más) o por un faltante de 1.30 euros en la caja, unos 25 pesos mexicanos (porque una vendedora se lo quedó para sí).

Hipocondría total.

Oiga, mañana tendré dolor de cabeza, no podré escribir nada.


Lo peor es que después de ver el pronóstico biológico del clima, al día siguiente sí tuve dolor de cabeza. No sé si me influenció ver las noticias (sobre todo el Nobel a Obama), o qué.

Berlín está bajo las nubes. Se vuelve gris y frío. Ventusco en algunos días. Todo se vuelve más secreto. Parece que no pasa nada. Y encima de todo La Ley (La Ley es un personaje imaginario en Alemania, como un alter ego) anuncia que las tiendas en la Estación Central de trenes ya no abrirán en domingos. Válgame, más provincianismo. Algo me habrá querido decir ese conejo que me encontré suelto la otra vez en las calles de Berlín.

Estamos en la capital de Alemania y de acuerdo con el discurso intelectual, político y religioso, en una de las capitales más importantes del mundo, pero, ay, ay, ay… loas deodss se me estA´{n coneglando.

lunes, septiembre 28, 2009

Querido joven alemán (neoliberal):


Hoy lunes es como un día de cruda en Alemania. Y no necesariamente por fiesta. Las elecciones de ayer me dejaron con dolor de cabeza. El resultado de las elecciones, quiero decir: Angie seguirá gobernando pero ahora con los liberales del FDP.

No sé, parece que el FDP es un buen partido. Estuvo varios años en el poder con el conservador Helmut Kohl. Y supongo que estos 11 años en la oposición también le habrán dejado algún aprendizaje. Mi desconfianza es que en el poder ahora está un partido que quiere privatizar el sistema de salud (que, dependiendo de cómo se haga, podría no ser tan malo), que quiere sortear el resto de esta crisis financiera y económica de una forma liberal y que además es peor de arrogante que aquel ex canciller alemán Gerhard Schröder.

Cuántas veces no rebajó a sus oponentes ayer en un programa de televisión, justo después de los resultados, diciéndoles que los votantes habían ya hecho el cambio. "La Gran Coalición ya se acabó", "Los votantes nos prefirieron a nosotros", "Señor Lafontaine, deje de hacer campaña, nosotros ya ganamos", así como un niño testarudo que consiguió lo que quería y ahora no lo quiere soltar. Y, bueno, no dista mucho de la realidad. Este es el mejor resultado de los liberales de Guido Westerwelle en unas elecciones federales, 14.6 por ciento.

Un resumen de algunos comentarios alemanes: "¡¿qué es esta mierda?! El capitalismo nos come y los alemanes (no incluidos los que gritaron esto) votan por esta coalición entre conservadores y liberales".

Sí, yo repito, ¿por qué?

Los expertos dicen que en los siguientes cuatro años de gobierno esto no cambiará mucho, que Angie, la querida y mujer más poderosa del mundo Angie, seguirá siendo una canciller socialdemócrata.

Veremos.

Lo que me intriga es este sector de jóvenes que votó a los liberales. Al parecer, la mayoría de los electores del FDP son jóvenes. Además varias encuestas entre jóvenes ya revelaban una cifra de intención de voto del FDP similar a la oficial.

El elector del FDP es un joven de clase media alta y de nariz respingada. Me queda claro. Entre sus ataques de arrogancia, Westerwelle rebatía ayer en la televisión que el elector del FDP es del FDP y no del CSU (el partido hermano del CDU, el de Merkel), así que se trata de jóvenes políticamente vírgenes. Jóvenes que heredaron grandes fortunas y están comenzando a administrar sus empresas (no habrá impuestos a herencias ni a ricos), jóvenes que podrán poner sus plantas en el extranjero (liberalización de mercados) y jóvenes que ya se atienden en hospitales privados y han demostrado que el servicio de salud privado es mucho mejor.

Quizás algunos viejos habrán votado al FDP por nostalgia de aquellos gobiernos con el ex canciller Kohl, pero la verdad es que no creo que este grupo de electores represente más de una tercera parte del total de los nuevos liberales.

Eso sí, quien sea el elector es un elector que está por un gobierno moderno y cambiante: ya no sólo tenemos a una mujer como canciller, sino que ahora habrá un ministro de Exteriores gay. Guido Westerwelle se ha hecho reconocer públicamente como gay, así como nuestro alcalde berlinés Klaus Wowereit.

Pero, insisto, ¿quiénes son estos liberales alemanes?

Yo llevo poco más de cinco años en Alemania y no he escuchado a nadie hablar de los liberales, nada, ni a favor ni en contra. Dicen que ignorar es peor que odiar a alguien. No conozco a alguien que alabe al FDP. Puede ser que yo esté en la ciudad equivocada, porque Berlín, una ciudad sin empresas, es una ciudad donde la pobreza y los movimientos sociales reinan. Artistas, periodistas, artistas y más artistas. Berlín es una ciudad símbolo de la lucha social y nunca habría votado por la coalición que ahora gobierna a todo el país.

En un programa de televisión un día antes de las elecciones vi cómo el partido La Izquierda había escalado casi al segundo lugar entre los televidentes. Había habido votos por teléfono y mensajes de texto. Era una sorpresa total, llena de emoción. Parecía que la izquierda era tomada en serio después de ser demonizada de pertenecer al viejo comunismo. Pero no fue así en la realidad.

O los jóvenes alemanes, claros electores decisivos en esta contienda, siguen sin creer en un buen izquierdismo, o creen que el neoliberalismo sacará a este país de sus crisis.

viernes, septiembre 18, 2009

Instrucciones para reconocer a un berlinés (y tratar de platicar con él)

Periodista irlandés: ¿pasa por Hallesches Tor?

Chofer de autobús (sin voltear a ver): (gruñe afirmativamente).

Periodista irlandés: Es que estaba pensando en que algunos periodistas podríamos bajar antes de llegar al destino final.

Chofer (con las manos al volante y medio volteando la cara. Contacto visual): (gruñe de nuevo. Su bigote de morsa se mueve un poco).

Periodista irlandés (ya más bien como con un pensamiento en voz alta): Quizás yo me podría bajar antes, ahí por la sede del SPD.

Chofer (con su mirada de regreso a la nada): Pusí, como quiera.


== 0 == == 0 == == 0 ==

10 minutos de viaje. Hora de salida de muchos trabajos. Mucho tráfico.

== 0 == == 0 == == 0 ==


Yo: oiga, chof, ¿si cree que algunos nos pudiéramos bajar en Hallesches Tor?

Chofer: Mmmmmmmmm, pus de poder, no sé si puede.

(Cruzamos Hallesches Tor).

(Ningún intento de detener el autobús).

(Medio minuto después).

(Ya pasamos Hallesches Tor).

Yo: Oiga, ¿pasa por ahí al lado del SPD?

Chofer: Sí.

Yo: ¿Nos podemos bajar algunos ahí?

Chofer: Pues de verdad no sé si puedan.

Chofer: Yo me puedo detener y ustedes ven si se bajan.

Yo: Uy, perdón, OK, ya entendí, le reformulo mi pregunta, ¿sería posible que bajemos ya? ¿podría detenerse ahí al lado de la sede del SPD, abrir la puerta y dejarnos bajar a algunos?

(Entonces se siente que el autobús empieza a frenar un poco. La calle es de un solo carril. El tráfico sigue pesado).

Chofer: Eso sí puedo hacerlo.

Chofer: ¿Y no se pueden bajar todos de una vez? Así ya no tengo que llegar hasta el destino final y me voy a mi casa. Mi mujer ya me está esperando para la comida.

Yo: ¿Y qué va a comer?

Chofer: No sé, pero mi mujer siempre cocina rico.

Yo: Mmm, como que ya hace hambre. ¿Y cómo ve si de aquí todos nos vamos a comer? ¿cómo ve si vamos directo a su casa?

Chofer: Pues yo los llevo, pero no creo que mi mujer haya cocinado demasiado.

(El autobús hace alto total. Tapa el único carril de circulación).

Yo: Oiga, pero ¿no está prohibido bajar aquí?

Chofer: Bah, no importa. Servidos.

(Abre la puerta. Nos despedimos algunos colegas y nos bajamos).

Yo: Gracias.

Chofer: (gruñe).

Yo: Buen día.

Chofer: Hm.

viernes, agosto 28, 2009

Vellito, vellito, ¿sin ti soy más bellito?


Una vez en el pueblito de Llano Grande, en la Sierra de Juárez (Oaxaca), una mujer me dijo algo que desde entonces no olvido: "aquí no estamos para juzgarnos".


Ella era mi guía temazcalera esa noche. Yo estaba a punto de entrar a un temazcal cuando mi guía me dijo esa frase. La razón fue que yo traía puesto un traje de baño (y por el pudor de ese momento sentí que el traje medía más de tres metros de largo) y se suponía que debía quitármelo para que mi cuerpo respirara mejor los aires herbales.


"Aquí no estamos para juzgarnos", fue la frase que se me activó en la cabeza cuando hice mi primer sauna en Berlín. Aquí todo mundo hace sauna desnudo y en una cabina uno se puede encontrar entre hombres y mujeres, jóvenes o viejos, bonitos y feos, pero siempre libres de ropa, así se cumple con lo saludable del baño sauna.


Varios años después de ambas experiencias, esa frase se me vuelve a activar. Esta vez por una encuesta que leí en los medios alemanes.

Resulta que los alemanes se rasuran el vello púbico. Casi 90 por ciento de las mujeres declara hacerlo contra casi un 70 por ciento de los hombres. Adolescentes y adultos, aunque más los adolescentes.


No se trata sólo de una rasurada, sino de una depilada, ¡ouch! Nada más de imaginar el dolor de alguien depilándose las zonas del bikini, ya es suficiente. Y ahora hay un dolor peor: ¿cómo demonios se depila el vello íntimo un hombre?


Y aquí la gente lo está haciendo. Hay varios centros de depilación en Berlín y en otras ciudades de Alemania. Parece un boom. Haces cita, llegas y te ponen algún mejunje de extracto de miel con alguna cera traída de no sé dónde. Y como en una peluquería, te hacen varios cortes, que si el Brazilian Waxing, el Landing Strip, las Bikini Lines, o Freestyle. De todo. Seguro habrá un estilo rasta. Dicen que la primera duele, que las demás ya no. Pero que uno se acostumbra. Ajá.


Entre los que se lo hacen y por lo que vi en los medios alemanes, unos argumentan que es por cuestiones de belleza. Que se ve más sexy. Que los arbustos dan asco. Qué sé yo. Y hay otros que argumentan cuestiones de higiene.


Me estaba costando trabajo creer esto hasta la semana pasada. Estaba en un lago y una mujer se cambió delante de mí. Ya ven, así es aquí de libre, nada de baños ni de cabinas. De reojo alcancé a ver que no tenía nada. Era una señora que se veía como bebé.

Aquí no estamos para juzgarnos, aquí no estamos para juzgarnos, me repetí.

Sé que Scarlett Johansson lo hace, salió en las noticias. Sé que Eva Longoria también. Nomás faltó yo.
¿De dónde sale esta moda de no tener pelo?

Yo vengo de un país en donde las mujeres decían que les encantaba enredar sus dedos en el pecho de un hombre. Que se viera como hombre, pues. Y ahora estoy en un país en donde dicen que les gusta todo lisito.
¿De qué se trata?

miércoles, agosto 19, 2009

Tarantino no lo dudó: acribilló a Hitler al muy estilo Pulp Fiction

Muchos directores han traído al ex dictador austríaco, Adolf Hitler, a la pantalla grande, y de varias formas. Algunos han tratado de burlarse de él y a veces funciona. La mejor de las que he visto aparece en el musical The Producers.

Pero la mayoría de las veces, si no me equivoco, con todo y la parodia, son apariciones apegadas a la realidad: hay que tratar de mostrar al demonio como es.

Ahora en su nueva película, Inglourious Basterds, Quentin Tarantino también le da un papel, sólo que a diferencia de los otros directores, de la historia, de las formalidades, hace lo que nadie se había atrevido (y que quizás muchos habrían querido hacer), lo acribilla, y con el estilo de sangre fría que lo caracteriza.

La escena es así: Hitler está en un palco en lo alto de un cine de París. Está presenciando la première de una película nazi en tiempos en que la Segunda Guerra Mundial todavía no se acaba. Es un momento en que los nazis querían regocijarse por medio de una película de los éxitos que habían tenido hasta entonces. En el cine está la crema y nata de ellos, Goebbels abajo, Goering por ahí, y Hitler arriba en su balcón, asistido por dos guardias de seguridad. Entonces aparecen dos personajes similares a los que recrearon Samuel L. Jackson y John Travolta en Pulp Fiction en 1994, pistolas en mano, y sorprenden a los guardias de seguridad y los matan. El Führer se levanta y se da la vuelta para ver qué pasa y es entonces cuando una ronda de balazos lo acribillan. Sangre por todos lados.

Hitler no es el personaje principal de la película y en realidad no hay que prestar mucha atención a lo que hace o no hace, pero es justo por esa razón que la escena de su muerte me llama más la atención. Esa necesidad de mostrar el asesinato de Hitler. Pura burla, puede ser; pura vanagloria para dejar bien claro el estilo de sus películas, puede ser; o tan sólo portavoz de los deseos de todos, también puede ser. No sé, quizás ni hay que pensar mucho sobre esto, pero la escena me sigue cosquilleando la cabeza.

La justificación de la película es excelente porque en Inglourious Basterds Tarantino recrea la historia de un grupo de judíos estadounidenses conocido bajo el nombre homónimo (Bastardos Mediocres, en español). Este grupo busca vengar a los judíos y eliminar a cuanto nazi les sea posible en la Francia ocupada. La sátira nazista está dividida en cinco capítulos donde Brad Pitt interpreta al líder de esos judíos que cazan a los nazis y coleccionan sus cabelleras. Los dos que logran llegar hasta el balcón de Hitler son dos de la decena de 'Basterds' que participan en el grupo.

"Tarantino no sólo quiere historias muy particulares, sino que quiere escribirlas para la posteridad, y hace su propio atentado contra Hitler", escribió un crítico de cine alemán, Dieter Oßwald.

Un crítico francés va un poco más hacia la reivindicación judía por medio de la ficción: "¿Es posible vengar a los judíos en la ficción, por medio del cine, con este cineasta que reclama su fé iconoclasta en el séptimo arte? ¿puede el cine salvar al mundo? Tarantino cree en todo caso que puede vengar a los judíos haciendo un filme en donde los cerdos judíos son exterminados y expuestos como marionetas", escribió Jean-Luc Douin.

La película ya fue presentada en Cannes, donde recibió el galardón al mejor actor por el papel del austriaco Christoph Waltz, el típico nazi despiadado que está logrando desenmascarar a los 'Basterds' y tratando de detenerlos. Tarantino fue nominado a la Palma de Oro, pero no la recibió.

Y aunque la historia tiene mucho de sátira, la realidad por ahí se sigue asomando. A casi 65 años de terminada la Segunda Guerra Mundial un hombre francés recibió la nacionalidad alemana. En todo este tiempo no lo habían reconocido como alemán aunque su padre lo era. En su infancia siempre fue el "hijo bastardo" o el "hijo de una puta francesa", según cuenta.

También parece que en realidad existió un grupo de tropas judías que trató de cazar a líderes de la SS y de la Gestapo. Esta semana la editorial de Der Spiegel transmitió un documental al respecto, el cual yo no vi porque fue por televisión por cable. Me gustaría saber qué tan grande y exitoso fue este grupo y si en verdad estuvo accionando en Francia también. Habrá que averiguarlo.

domingo, agosto 02, 2009

Tomatillos invaden Berlín

Creo que este post está más dirigido a los colegas mexicanos. Sobre todo a los que viven en Berlín.

Ayer que iba caminando por las calles de Kreuzberg, pasé con Hannes, un agricultor berlinés que tiene un puesto de frutas y verduras en la calle. Son las cosechas de sus parcelas y en verano siempre le voy a comprar flor de calabaza. Me parece que nadie más las compra, sólo yo. Y esta vez que andaba seleccionando mis florecitas, me llamó la atención una canasta con unas frutas. Tenían una hoja por cáscara y eran verdes.

"¿Serán tomatillos?", pensé. Pero inmediatamente me dije que no. "Debe ser alguna otra fruta exótica de su invernadero. El tomatillo no existe aquí y ya estaba más que comprobado con mis cinco años de existencia", pensé.

El tomatillo o tomate verde (no sé si exista en España o incluso en otros países de América Latina) lo ocupamos en México para hacer salsas verdes deliciosas pa echarle a los tacos o unas salsas menos o nada picantes para 'entomatar' carne de cerdo o de res.

Y yo ya estaba seguro que no se podían conseguir aquí. Busqué en todas las tiendas latinoamericanas y pregunté a varios mexicanos. Encontré chile habanero, granos para pozole, ate, hot cakes, jamaica, chile guajillo seco, en fin, todas esas cosas raras de la cocina mexicana que no siempre se hallan en otros lados, pero el tomatillo no. Ese y el epazote son dos cosas que nadie más en el mundo conoce.

Y en el puesto de este agricultor Hannes, a decir verdad pensé que se trataba de la Kapstachelbeere (en español capulí, uchuva o uvilla), una fruta amarilla que tiene también por cáscara una hoja y que es muy dulce. Al fin y al cabo tanto el tomatillo como la Kapstachelbeere son del género Physalis.

Hannes se acerca y dice "no, no es Kapstachelbeere, son unos tomatillos que me trajo una mexicana". Resulta que una mujer mexicana le dio unas semillas de tomatillo, Hannes las sembró en sus parcelas, dijo que crecen como una selva, y ahora cosechó los tomatillos.

"Ten, llévate algunos. Ve qué puedes hacer con ellos y trae unas recetas", me dijo.

Hannes no sabe qué hacer con ellos y si no tiene recetas, dejará de plantarlos. Así que, colegas de Berlín, llevémosle recetas (martes viernes y sábados en la esquina de la Lübbener Str. y la Wrangelstr.). Yo ya ando viendo en casa cómo los preparo.

¿Alguna idea?

viernes, julio 24, 2009

Pájaros en el alambre 2… o Mata Hari en Alemania

Hay una persona que me odia. Bueno, debe de haber más, pero ésta es especial: se trata de una linda chica mexicana que vive en algún lugar de Alemania.

Yo no la conozco, sólo he visto sus textos en su blog y algunas fotos y videos de ella. Ahora uno puede saber más o menos cómo es un potencial amigo o un potencial enemigo gracias al escenario de internet.

Una vez mandó una carta a mi periódico por un error que cometí en una nota. Fue cierto y ofrecí disculpas, pero en realidad ella quería abrir un canal de comunicación para quejarse de mi labor informativa. Me mandó un pergamino. De acuerdo con su visión, yo sólo reporto de nazis y hago amarillismo alemán.

Unos meses después, en el blog que sostengo en el periódico para el que trabajo, también apareció un comentario de ella. Fue contundente. Fulminante. Yo me sentí malo por días porque era un ataque personal y no una crítica constructiva. Escribió así de llano: "este corresponsal no sabe nada de la realidad alemana, mejor vean XXX página". Me sorprendió mucho porque la chica me parece muy inteligente y muy informada. Y hasta parece que tiene buen sentido del humor.

Lo que veo peor todavía es que ese último comentario lo escribió bajo un post que se titulaba "Pájaros en el alambre" (la liga lleva al post original en el otro blog y no se ve el comentario de la chica, no porque lo hayamos borrado, sino porque hubo un rediseño que lamentablemente no lo importó). Esta chica constitucionalista obvió de plano el post. Le pareció amarillismo puro porque comparé las actuales prácticas de espionaje de varias empresas con los comportamientos de la policía secreta de la RDA. Y a mí me parece importante rescatarlo ahora porque la portada de la revista Stern de esta semana es el espionaje de las empresas. Y otro periódico nacional importante, el Süddeutsche Zeitung, también le dedica un gran espacio hoy al tema.

Las empresas alemanas están contratando a agentes privados para seguir a empleados, dentro o fuera de las empresas o instituciones, para seguir a sus empleados y verificar comportamientos inadecuados. El fin de estos reportes es llegar a mayor productividad (es decir, mayor explotación), y tener argumentos para despedir a la gente en caso que hayan hecho algo malo. Los reportes de las empresas son igualitos a los que hacía la Stasi, paso por paso, respiración por respiración, y creo que vale la pena ventilar los casos. Si está bien la comparación que hago con el comportamiento de las personas, eso es algo que se puede discutir más rico, pero lo otro tiene que salir al aire.

El caso más fuerte ahora, de todos los que han salido a la luz, es el de una agente que contrataron los servicios secretos del Deutsche Bank. Así al estilo Mata Hari. Esta bella chica se metió en un bufete de abogados para sacar documentos de una demanda que se le hace al banco, aunque no logró su cometido porque no logró ser contratada como la asistente que se buscaba.

Pero así andan los casos a la orden del día.

Esta chica mexicana está enojada conmigo. Para ella yo soy el responsable directo de lo que se publica sobre Alemania, como si en verdad yo pudiera serlo. Tan sólo me parece que ella no entiende de medios. Cada medio de información tiene determinado espacio y determinados intereses. Si bien el mío me da muchas libertades de publicar, en las dos páginas diarias de información internacional, definitivamente no se puede privilegiar la información de Alemania, y mucho menos la especializada, como la que esta chica hace en su blog. Por eso el periódico ha optado también por los blogs.

Yo también estoy seguro que mi mujer me espía, pero ya no importa porque entre nosotros no hay secretos.

jueves, julio 23, 2009

En busca de una licencia de manejo alemana. Apéndice 1. ¿No que sí?

Al hacer una licencia de manejo uno espera manejar, ¿no? Digo, eso sería lo más lógico. Pero sólo en Alemania puede pasar todo lo contrario.

La escena fue más o menos así, algún día de julio:

Llego al mostrador de Robben & Wientjes, una arrendadora de autos y camionetas para las mudanzas. Aquí en Alemania la gente acostumbra hacer sus mudanzas solo y para eso se organizan entre amigos, rentan una camioneta y cargan las cosas ellos mismos. Yo iba a hacer lo mismo con Christiano.

Como yo soy el único de la familia que maneja, yo fui elegido para manejar la carcacha esa. Llego al mostrador de la empresa. En punto de las 3, claro, no quería que me quiten la reservación. ¿Y cuál fue mi sorpresa? "Su licencia no tiene dos años de antigüedad, no puede manejar", me dijo una de las recepcionistas, con ese malhumor berlinés que se ha hecho estereotípico entre los visitantes de la capital.

Cohibí cualquier sentimiento de reclamo (sí, sobre todo por el idioma) y me salí a ver a Christiano, quien me esperaba afuera. Christiano, con una tos terrible, apenas se rió del desajuste. El plan de ir por un mueble a una casa, llevarlo a otra y luego llevar otros muebles al centro de reciclaje se estaba desmoronando frente a nuestras caras.

"¿Sabes?", me dijo, "lo peor es que a mí sí me dejarían manejar si muestro mi licencia".

Christiano hizo su licencia poco después de la caída del Muro. Ahorita debe ser un papel en plena senectud que habría que tratarlo con pinzas. El punto es que desde que sacó su licencia, Christiano no ha manejado nunca. Seguro que no podría encontrar el clutch para encender el auto. Pero él sí podría manejar.

Yo tengo mi experiencia de 10 años de manejo en México (que se asienta en mi licencia alemana), y además ya tengo un año con esta nueva licencia. Es cierto, casi nunca manejo, pero tengo mi experiencia e hice mis costosos y tortuosos exámenes.

Mejor el año pasado en Italia, que me dejaron rentar un auto para dar la vuelta por Catania y los alrededores del volcán Etna. O Nairobi, donde además se maneja del lado izquierdo.

Este mundo está loco, loco, loco, ¿o será sólo este país?

Capítulo 1. Una verdadera prueba de alemanidad.
Capítulo 2. La ¿aceptación?
Capítulo 3. La carta.
Capítulo 4. Un rescate de discoteca.
Capítulo 5. El temor de los lentes.
Capítulo 6. La terapia de los lentes.
Capítulo 7. El último trámite de la primera etapa.
Capítulo 8. El hoyo veraniego.
Capítulo 9. Fin de la primera parte.
Capítulo 10. Fuera la ira.
Capítulo 11. El medio ambiente y el auto.
Capítulo 12. Be-Gut-Achtung!
Capítulo 13. Señales de tránsito.
Capítulo 14. Bestanden teórico. Fin de la segunda parte.
Capítulo 15. Reflexiones interexámenes.
Capítulo 16. Bestanden práctico.
Capítulo 17. ¡Recibida!

lunes, julio 06, 2009

Aguacates Testículo

Ayer estábamos en casa disfrutando del domingo. Calorcito, buen desayuno, todavía nada de elecciones en México y algunas lecturas. De repente, en la revista Neon, descubrimos algo que ni mi familia en México me había dicho: los aguacates son testículos.

En la revista venía un suplemento de "saber inútil" y claro que me lo eché. Es más chido el saber inútil que tratar de entender el sistema parlamentario alemán (hay elecciones en septiembre). Y en la frase 120, de 200, encontré esa del aguacate: "Das Wort Avocado stammt aus dem Aztekischen, und bedeutet so viel wie Hoden". Es decir: "La palabra aguacate viene del náhuatl y significa testículo".

Primero: fui por el diccionario de Guido Gómez da Silva sobre mexicanismos para darle un sentido etimológico a la imagen que acababa de ver de mí en el espejo. Aguacate, del náhuatl ahuacatl 'aguacate; testículo', de ahuatl 'encino, roble', o de ahuacacuahuitl, literalmente = 'árbol de los testículos', debido a que se usaba como afrodisíaco.

Segundo: entré a internet y descubrí que en inglés, por ahí de mediados del Siglo 18 se decía alligator pear, es decir: pera lagarto. El náhuatl se usa desde el Siglo 15.

Y tercero: fui por dos aguacates al horno (ahí los pongo envueltos con periódico para que se maduren) y me los colgué para ver cómo se veían. Pasaron la prueba.

Bueno, la verdad es que el tercer punto lo hice en primer lugar, pero el orden de los factores no altera el producto.

¿Alguna receta testicular?

jueves, julio 02, 2009

La profecía no se cumplió

Después de aquel dramático día, el día de los Siete Durmientes, el verano entró de lleno a Berlín. Al parecer la profecía no se cumplió.

Ese 27 de junio estuvo todo el día nublado. Algunos pronósticos decían que llovería y contra todos ellos nos salimos a hacer una parrillada a un parque al lado del Muro. Enfrío un poquito pero no llovió. Los días siguientes y hasta hoy el verano entró de lleno con calores de hasta 30 grados. ¡Nos estamos rostizando!

Lunes, martes, todos los días la gente aprovecha para salir a comer en las terrazas. El calor nos vuelve locos. Y lo único que no soporto es que nos den la cerveza al tiempo. Esa idea alemana de tomar la cerveza no tan fría para disfrutar mejor su sabor me vuelve a mí loco.

Mi vecino aprovecha estos días para abrir su ventana y orear su casa. Todo su aroma entra por mi ventana. Es el Señor No, de quien ya escribí una vez. Un día tendremos que exigirle que cambie su alfombra. O su casa.

Lo bueno es que no estoy en casa todo el tiempo. He tenido que cubrir una feria de moda. Moda para la calle, Streetwear, moda para Berlín, ideal para este verano, y ahí es donde me encontré a este tipo de abajo que hace una publicidad excelente para Kellog's:

viernes, junio 26, 2009

Los Siete Durmientes: el día del juicio alemán

En Alemania mañana es como el día del juicio final.

Es el 27 de junio, el día de los Siete durmientes, los Siebenschläfer, un día en el que se supone que se determina el clima para las siguientes semanas. Y esto es importante. Estamos en verano y es la temporada que todo mundo espera. Todo mundo quiere sol, quiere salir temprano del trabajo e ir a las playitas del Spree, cenar afuera, tomar una cerveza en la calle.

Yo soy de esos.

Por eso estamos temblando casi. Una vez que veamos cómo amanece mañana estaremos más tranquilos. Las predicciones meteorológicas indican que estará bien, que no lloverá. Ya es ganancia. Pero para las predicciones, mi papá, quien se asomaba a la ventana, veía una nube y decía que iba a llover. Y llovía.

Se dice que si en el día de los Siete Durmientes llueve, las siguientes siete semanas lloverá: Siebenschläfer Regen - sieben Wochen Regen.

Así las cosas.

Estos últimos días ya estamos sufriendo un poco porque cada domingo vemos las predicciones de la semana que nos dicen "parcialmente nublado", "nublados", "lluvia", "tormentas" o, peor, "frío y tormentas". Algo que se llama Schafskälte, frío de ovejas (aquí un bonito texto en francés de una colega). Cuando alguien ha pasado un otoño ventusco y lluvioso, un invierno frío y tapado de nubes, y una primavera que entra que no entra, el verano es la única esperanza que queda.

Más allá de un fenómeno meteorológico, es religioso.

La leyenda dice que los Siete Durmientes datan del Siglo 5. En la tradición latina eran Constantino, Dionisio, Juan, Malco, Martiniano, Maximiano, y Serapio. Fueron perseguidos por el Káiser Decio y encerrados en una cueva. Durmieron por 195 años hasta que un 27 de junio fueron despertados por casualidad y presenciaron la resurrección de los muertos.

En Alemania el tema ha sido tema del todavía creíble semanario Der Spiegel, que hace más o menos una década investigó el tema de los Siete Durmientes y llegó a la conclusión estadística de que ocho de cada diez veranos se cumple la profecía. Es un día de juicio, pues. Más exacto (como se acostumbra por acá): un 67 por ciento de los veranos es mal clima.

Y yo, como extranjero, más o menos puedo atestiguar algo. Llegué en 2004 y ese verano, así como el del 2005, llovió. El 2006, cuando tenía que decidir si me quedaba en este país más tiempo, fue un verano espectacular. Copa mundial de futbol, 39 grados estables durante más de un mes, multiculturalidad, todo. Me quedé. Desde entonces, cada verano ha llovido.

Las corrientes polares del norte y del Mediteráneo sólo se reconcilian una vez cada ocho años, así que si mañana no está bien el clima, tendré que esperar seguramente hasta el 2014 para que, de acuerdo con la estadística, me toque un buen solecito.

Pero igual me voy a tomar mi cerveza a la calle.

martes, junio 23, 2009

¿Por qué estudiar menos?

Podría parecer una protesta estudiantil normal: "educación para todos", "alto a las cuotas", "más profesores". Eso se ve en muchos países casi todos los años. Pero en Alemania esas demandas se atan a una menos común: "más años de estudio".

La semana pasada, se armó en todo el país un movimiento que, durante cinco días consecutivos, llevó a cientos de miles de estudiantes alemanes a las calles; la protesta central tiene que ver con un regreso a la educación tradicional.

Para un alemán, la educación tradicional, con estudios universitarios concluidos, termina a los 28 años de edad en promedio, una edad en la que, por lo menos en México y Estados Unidos, mucha gente ya lleva unos seis años trabajando. Claro, suponiendo que tomaran un posgrado y que encontrara inmediatamente un puesto de trabajo.

Pero debido a unas reformas educativas, los alemanes ya no pueden terminar su universidad a una edad mayor.

Se instauraron las modalidades de bachelor y master, que implican menos años de estudio y más pago de cuotas, además de que se está recortando el periodo de la escuela preparatoria en un año.

El nuevo sistema busca unificar los criterios educativos de la Unión Europea y del mundo entero en general. Ahora, los alemanes estarían terminando la universidad dos, sino es que más, años antes.

"Nos están quitando nuestras libertades, ¿qué pasó con la educación gratuita?", decían los alemanes que salieron a manifestarse.

Quizás para el mundo no es bueno que un alemán termine a tal edad su educación, pero con ello se está privando a los alemanes de una formación educativa y personal completa.

A sus 28 años, un alemán no terminaba sólo una carrera universitaria, sino que también había logrado acomodar sus materias de tal forma que terminaba con una carrera y dos especializaciones, viajaba hasta un año por varios países para conocer otras culturas y, si mal le iba, terminaba hablando a la perfección sólo un idioma extranjero.

Ésta es la forma en que la globalización está afectando la educación alemana, la única gran materia prima de este país.

jueves, junio 18, 2009

El estigma del país tropical

Supongo que mucha gente califica esto de racismo o denigración, para mí sólo es ignorancia.

Fui al dermatólogo por una mancha roja en el tobillo. Comenzó antes de mi último viaje a México y se lo dije, pero creo que no me escuchó. Me dijo que todo estaba bien con mi sangre, "un chico súper sano", pero a mí me interesaba sólo una cosa: "oiga, ¿y la mancha del tobillo?"

Se levantó de su escritorio y me dijo que la quería ver. Me levanté el pantalón. Se puso sus anteojos y se acercó más. La tocó. Regresó a su asiento. Se acomodó la cabeza viendo a la nada, supongo que eran los nervios de su siguiente frase. Sonrió y me dijo "mmm, eso se ve mexicano".

Es decir: ¿México país de la gripe porcina y de cualquier otro virus? ¿en los libros de la escuela estará México como productor de enfermedades? Si los asistentes de dentistas piensan que pagamos con huevos, no me sorprendería.

Así que al dermatólogo le repetí, con la voz más clara y mi mirada fija en la suya: "la mancha la tengo antes de mi viaje".

Creo que puedo sacar varias conclusiones porque no se trata de una persona cualquiera, sino de un médico. Un profesional. Él tiene mis análisis de sangre en la pantalla de su computadora y podría haber establecido otro veredicto antes que un "se ve muy mexicano". Por favor. Quizás el hombre no ha viajado a esos países "del tercer mundo" donde sólo hay virus y malestares. O quizás simplemente no puede establecer buenos análisis a partir de su información, lo cual sería preocupante.

Y esto lo ligo con una información que recientemente se dio a conocer en Alemania sobre los médicos. Pronto una de las aseguradoras más grandes pedirá a sus clientes, más de 20 millones, que califiquen el servicio de los médicos que visitan. La idea es muy buena porque así uno podrá saber quiénes son los buenos y los malitos, pero claro que desató la furia de los grupos de médicos, porque, claro, ¿quién quiere que lo juzguen y, sobre todo, que lo expongan?

Yo haría mi evaluación ahora mismo.

miércoles, mayo 20, 2009

Gringos, rusos y stormtroopers


En algún momento llegaron a Berlín, pero todavía no me queda claro cuándo. ¡Y además le está robando cámara a los aliados!

jueves, abril 30, 2009

De cuando mandé el virus al caño

Thomas no lo supo, pero después de despedirme de él me fui a lavar las manos durante cinco minutos.

Estaba en el aeropuerto de Berlín, Tegel. Uno de mis empleadores me mandó a una misión kamikaze: entrevistar a viajeros provenientes de México. Buuuaa. Nunca me dieron la corresponsalía de guerra que alguna vez pedí pero ahora sí me envían a buscar y entrevistar a gente proveniente de México. ¿Qué habrá pasado por las cabezas de los editores al momento de asignarnos esta tarea?

Primero traté de zafarme de esta tarea por una cuestión de logística, pues a Berlín no llegan vuelos directos de México. Cualquier pasajero que venga del país de la gripe puerca tiene que llegar con una conexión de París, Madrid, Barcelona, Londres o Ámsterdam. De cada una de estas ciudades hay más de un vuelo de conexión. En teoría yo tenía unos 20 vuelos para examinar.

En el primero de los vuelos no vi a nadie. Me pasé a la otra llegada. De París. Vi salir a un tipo alto como una torre y moreno. No cuadraba mucho con la definición de un mexicano, pero al ver la pirámide de maletotas que traía estuve casi seguro (si era como yo, una de esas maletotas estaba llena de latas, tlacoyos, tortillas y todas esas cosas que a una madre le gusta que su hijo se lleve de viaje). "¿Hablas español?", le pregunté. "Sí, claro", me dijo, con el tono de "a güevo". No había duda, era un compatriota. Me había sacado la lotería con el segundo vuelo. Lo vi de reojo para ver si no se notaba enfermo y le pregunté directamente, antes que su nombre, "¿cómo sé que no estás enfermo?". "Pus qué no me ves?", me dijo, "¿acaso me veo enfermo?". No, pus no.

¿Cómo se distingue el virus de la influenza porcina? Mi amigo Eduardo tendrá que hacer un manual de instrucciones.

Tons le hice las preguntas y me fui.

Todo parecía normal y me dejó con el gusanito de saber más. ¿Qué carajos puede pasar en un vuelo trasatlántico donde mucha gente usa tapabocas? Son unas 10 horas de vuelo. ¿No se hablan los unos a los otros o qué? Quería saber un poco más y me fui a buscar a otro. En el mismo vuelo había llegado otro tipo de México. Era güero, traía tatuajes por todos lados, pero sombrero y botas texanas. No podía venir solo de París.

Se llama Thomas y es alemán. Me dijo que todo era todavía más normal que lo que me había contado el colega mexicano. Thomas no usó ni siquiera un tapabocas en el avión y me reprochó que los medios dan miedo. Ese es el verdadero pánico. Así fue con el SARS, me dijo. Así que detuve la entrevista. Se relajó y me platicó de sus tres meses en México. En la Costa del Golfo (el epicentro del virus puerco, pensé), el norte (donde se han descubierto otros casos, volví a pensar), el Pacífico y hasta la Península de Yucatán. Me hizo entrar en su plática diciéndome cuánto amaba a mi país y que regresaría en cualquier momento. Pero yo tenía que reportar la situación en el aeropuerto y me despedí de él. Le estreché la mano y me fui.

Le estreché la mano, me quedé pensando.

¡Le estreché la mano!

Me descontrolé, no lo pensé, me cayó bien y me quise despedir de él.

Thomas no creía en el virus, pero yo sí. Corrí al Starbucks con la mano colgando, como si me la hubiera lastimado (simplemente quería evitar contacto con el resto de mi cuerpo. Si me da el virus puerco, que sea en la manita nomás). Me quedé en el lavabo unos cinco minutos. El cliente que llegó después habrá pensado que estuve haciendo otra cosa.

Me sequé y me volví a lavar.

Si alguna vez hubo un virus en Tegel, yo lo mandé a la cañería.

Ojalá que Thomas no haga noticia.

miércoles, abril 29, 2009

No achú, pero como si achú

Siempre he sido como un bicho raro.

Hoy más.

Estoy sentado a mi escritorio y pronto debo salir a una entrevista con varios colegas. Antes tuve que reportar sobre el primer caso de la gripe puerca en Alemania. Ya nos llegó. Y antes de que nos llegara, nos llegó un pánico como el que no se vive en cualquier otro lado.

Me parece.

Ya había dicho yo en algún post que los alemanes son re-temerosos. Compran seguros de todo tipo. La vida se asegura, literalmente. Y desde que está la gripe puerca aquí se han estado elevando los niveles de alerta desde mucho tiempo antes que los decrete la Organización Mundial de la Salud. Alemania podría hacer buena defensa al virus (en la foto se ve que los alemanes no sólo usan tapabocas, sino unos trapitos de más).

Sin embargo, por ahí un medio de información hizo ya hasta el cálculo de cuántos muertos habría en Alemania en caso de una pandemia: unos 100 mil. Matemática pura. Sigo sin entender cómo se llegó a este resultado.

Mientras tanto, hay pánico. Me da incluso temor decir que soy mexicano. Se corrió el rumor de que uno de los probables casos de virus puerco en Alemania era un tipo que había estado hace mucho más de un mes en México. Yo no sé si alguien pueda incubar el virus por tanto tiempo. Y ahora me puse a pensar que YO estuve en México también 

hace poco más de un mes. Oficialmente, antes de que se descubriera el virus.

Y me puse a pensar: ¿será bueno que vaya a la entrevista que tengo planeada? Mis colegas saben que soy mexicano y la gente de protocolo también. Y muchos saben que acabo de estar en mi país de vacaciones.

Pero lo he decidido: iré a ver qué cara ponen. A ver qué tan hipocondriacos son. Después de todo yo estoy seguro que no estoy enfermo.

miércoles, abril 15, 2009

Mesjenet al manubrio y Baco subterráneo

O… ¿cómo chingaos le hago para no caerme de la bicicleta?

Voy caminando por la banqueta. El día está otra vez muy iluminado. Los pájaros cantan como para quedarse afónicos y las calles están llenas de prisas. Gente que va al trabajo. Yo iba por una leche para el desayuno. En eso escucho como una mujer que viene detrás de mí saluda a alguien más. Me llamó la atención porque me pareció escuchar un saludo jaloneado: ella iba en bicicleta.

¿Cómo le hizo para dar los buenos días a los turcos que estaban ya en la esquina tomando su té?Es algo que me sigue intrigando.

La mujer, una alemana a primeras luces, iba haciendo eses con su bicla después del saludo. Y no era para menos. En su vehículo rodante llevaba consigo a un niño en la canasta del frente y a otro niño medio dormido en la sillita de infantes adaptada para la parte trasera. Pero eso no era todo: cuando me rebasó vi que traía un morral de lap-top colgando del hombro derecho (y debió haber sido un monstruo de lap-top, porque en ese morral estoy seguro que cabía hasta una Remington); y su bolsa del hombro izquierdo (estoy también seguro que por la noche iba a hacer yoga porque de otra forma no me explico toooodo lo que pudo haber metido en esa bolsita de mujer).

¡Esta mujer estaba encarnando a la diosa Mesjenet!

No pude evitar lamentar el trabajo de sastrería al que tendría que enfrentarse después porque su saco no saldría vivo de esta. Al menos no para las primeras horas de la mañana.

La volví a alcanzar en el alto antes de cruzar la calle y le sonreí: "¿mucho equilibrio, no?" Me devolvió la sonrisa y sólo eso, porque ipso facto se puso el verde y tenía que concentrarse en poner todo su peso en un solo pie para arrancar de nuevo.

Cajón de sobras.

El otro día estuve en el metro. Para no variar. Y me tocó ver un encontronazo.

Tal cual.

El metro se frena de golpe. El hombre que estaba preparando su salida, entrega su ser a una linda joven que estaba en el tubo que da a la puerta de salida. Si no hubiera habido enfrenón, la veleidad de ese ser viejo podría haber sido interpretada como un arrimón. Arrimón de camarón, como se dice en México. La chica ya hubo sentido algo porque, para ella, el enfrenón duró un par de milésimas de segundo de más. Y se escabulló haciendo caras.

Se abren las puertas y el hombre se escapa con todo y su vergüenza.

Me enajeno de nuevo con mi música.

Suena el timbre del metro, se van a cerrar las puertas y, ¡zas!, de un brinco entra de nuevo ese viejo. Me ve y me dice algo. Me quito los audífonos y le pido que repita. "Esta no era mi estación, jeje", me dice.

Me quedé pensando en el arrimón. Me pareció que se buscó una excusa para tratar de acercarse a la chica. La chica también se percata que el viejo entró de nuevo y lo ve frunciendo el ceño.

Me llega un olor a licor y hago hablar de nuevo al viejo para cerciorarme. ¿Dónde se quería bajar?, le pregunto. En la que sigue, me contesta. Entonces se hizo evidente que el viejo estaba tomado. Seguro por eso no pudo contener el camaronazo.

Entonces me pregunta que de dónde soy. Ajá, viejo pederasta, hasta se quiere meter conmigo. Bueno, ya no soy tan niño. Pero le seguí el juego. Teníamos una estación de duración, no más. Yo no me bajaría donde él. Así que le digo: "soy de Berlín", "¿De Berlín, Berlín?", me repite, y me ve mis pelos negros y, seguramente, mi tez de sol, mis cejas paraguas y mi boca de come tacos. "Sí, de Berlín, ciento por ciento", le contesté. En realidad no le estaba mintiendo porque me siento parte de esta ciudad y un documento de la Policía me registra como berlinés. Entonces le pregunté de dónde venía y me dijo que de Pankow: "Paaancob, Pancob", repitió. Pankow es un viejo barrio del Este, donde una minoría alemana se resguarda todavía en una bandera de purificación de nacionalista.

Las puertas del metro se abren, el viejo murmura 'cuánto han cambiado las cosas', y se va.

Se cierran las puertas.

Me sonrío y me pongo los audífonos.

miércoles, abril 08, 2009

El sheriff del metro de Berlín

Después de estar en México unos días y toparme con personajes extraños, regresé a Berlín y me quedé en un estado límbico: me imaginé una vida prusiana donde nada se sale de las reglas, ergo sin personajes extraños.

A mi cabeza llegaba una y otra vez la imagen de ese taxista que usaba un casco de minero. Amarillo. Ya era demasiado largo para el vochito que manejaba, como una tarántula gigante al volante, y además traía ese casco que ya había dejado huella en el techo. Su explicación fue sencilla: "lo traigo para evitar romper el parabrisas", dijo. Hace más de 30 años que manejaba taxi y al principio el cinturón de seguridad no era necesario. Una vez, él dice que por ahí de los años 70, chocó y su cabeza fue a dar contra el parabrisas. Lo rompió. ¿La solución? Un casco de minero, el cual porta desde entonces.

Me imaginé a los taxistas de Berlín y no recuerdo haber encontrado a uno así. Además, platicar con un taxista en Berlín es una odisea: o no les entiendo porque muchos son extranjeros, o son 150 por ciento berlineses y hablan con un acento enraizado en la localidad que todavía me es difícil de comprender.

Pero, bueno, ayer iba en el metro haciendo unos apuntes. De pronto alzo la vista y en el asiento de enfrente había un sheriff. O algo que se le parecía. Traía un sombrero de ala ondulada y de copa pinzada que le sombreaba su cara rosada. Al frente de éste una insignia de sheriff. En su chaleco de piel negra también traía una insignia de sheriff. Y decía así "Sheriff". Por su pantalón de piel, negra también, pensé que podría ir a una fiesta de pieles, de esas donde la gente se pone bozales, usa látigos y, buaj, mejor ahí le paro. Pero ayer era martes, eran las 2 de la tarde y nos bajamos en el barrio turco de Kreuzberg. Nada cuadraba para una fiesta.

Pero nada cuadraba en el metro tampoco.

En una estación se subió guitarrista amateur a pedir dinero. Era alemán. A diferencia de muchos, alemanes o extranjeros, éste no traía harapos ni olía mal. Parecía un joven que quería financiarse algún viaje de verano. Yo no le di dinero. Una alemana a mi lado sí le dio un par de monedas y una señora turca de enfrente de mí, y sentada al lado del sheriff, le tronó la boca y le dio una pincelada con los ojos. Dejé de sentirme en Alemania.

Nomás faltaba el gigante de la U1.

La señora turca se bajó y debajo de su gran cabuz descubrió una revista de mujeres. Parece que ya estaba cuando ella se sentó. La dejó ahí. El sheriff la oteó, la tomó y la hojeó. ¡Mi dios!, con ese sombrero y esa revista en mano ya podría haber completado el trío para Brokeback Mountain.

Nos bajamos en la misma estación y como no podía terminar de aprehender esa imagen, me quedé viendo al sheriff alejarse. Se fue en dirección de los puestos de döner kebabs. Iba caminando como vaquero con los huevos hinchados y sólo alcancé a ver cómo su trenza bifurcada de cabello gris se meneaba de un lado al otro. Anagnórisis pura.

viernes, abril 03, 2009

Gentrificado por el sol

Después de un viaje, traté de retomar mi paso berlinés. Un poco difícil. El clima estaba para llorar. O, no, más bien, el clima lloraba. Creo que los seres humanos estamos para llorar. Pero, bueno, el sol salió y Yaotzin tejió su telaraña.

Destino: Prenzlauer Berg. Sí, ahí viven todos mis amigos. Es el barrio de moda. La comparación con México es La Condesa, un barrio popular que ha cambiado su giro por uno más comercial. Brad Pitt y Angelina Jolie encuentran chido ir a pasear a su prole ahí.

Y ahí yo estaba.

Me vi con un amigo para tomar un café. La verdad es que no lo pensamos mucho. Queríamos tomar los rayos de sol que por esa tarde todavía alumbraban. Él más que yo, pues yo venía de estar en un lugar de sol. Platicamos rico, vimos pasar gente y me encontré amigos en la calle. Ya dije que todos viven ahí y, como en la Condesa, muchos de ellos gozan pasear por ahí, pavoneándose. Yo les jalé una pluma.

Recuerdo que el café estaba muy rico. Esa vez no tenía ganas de café, pues ya era muy tarde, pero no quise cerveza o aperitivo porque la garganta me molestaba. El cambio de climas. Pedí un café y me abrió los ojos. No lo olvido.

Un día después, ayer, me puse a investigar sobre la gentrificación del barrio, Prenzlauer Berg. Desde la caída del Muro, las rentas han subido al doble, los negocios han aumentado y la gente es otra. De las personas que vivían aquí, apenas queda un 17 por ciento, el resto se ha tenido que mudar por las altas rentas y porque, según me dicen algunas personas locales, el estilo de vida es otro. Hay diputados que se quejan en nombre de los vecinos por la cantidad de ruido.

Fui a comprar algo de comer. Camino por el barrio y hablo con una mujer en la calle. Le pregunto por los cambios en su barrio. Se me queda viendo la comida y me dice, bueno, mira lo que comes, un Subway. Mejor ve con los turcos a pedir un döner o con los italianos por una pizza, las cadenas son malas. Los explotan, me dice. Esa cadena acaba de llegar aquí, qué horrible, continúa. Aquí enfrente quieren poner un McDonald's también, agrega. Suficiente. Me hace sentir mal. Pero le debato que los turcos y los italianos no son mejor que los gringos. Ellos también llegaron a instalarse y también pueden pagar malos salarios. Subway son franquicias que administran nuevos empresarios berlineses y ofrecen una comida diferente a las decenas de döner que ya están, y de las que también se duda la procedencia de la carne. ¿Quién tiene la razón?

Al final todo es parte de la gentrificación del barrio. Hace 15 años, después de la caída del Muro, había espacios vacíos y alguien tenía que ocuparlos. Berlín se ha encargado de que sean sobre todo personas pudientes, con dinero, artistas, jóvenes, padres de familia. Y así se ve el barrio ahora.

Esta mujer me dice en la banqueta, después de la confrontación por mi comida, que quería ir a tomar un helado con una amiga, pero que esta amiga la invitaba a Ben & Jerry's. ¿Por qué ahí si hay otros muy buenos y locales, refunfuña. Después recuerdo y era ahí donde yo me había tomado el café con mi amigo. Yo llegué ahí por el sol, pero salí amando el café. Y ya no le dije nada.

Los berlineses me hablan del barrio de Prenzlauer Berg de antaño. Gris, sin áreas verdes, con aire contaminado, sin ganas para salir a caminar. Creo que tampoco me habría gustado estar ahí.

¿Es la gentrificación un fenómeno urbano bueno o malo?

No lo sé, pero yo soy un ser criado en una ciudad y no llegué ayer a este barrio ni sé si estaré mañana en él.
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