viernes, noviembre 06, 2009

Berlín: roto para siempre


El hombre se acerca a la oreja de su mujer y le dice algo. Ella baja su rostro y se apura a cubrírselo para que nadie la vea reírse. Inevitable, la risa explota en una carcajada discreta.

Vamos en el metro. La pareja descuadra un poco. En esta parte del vagón todos nos vemos como extranjeros. O todos somos extranjeros, pues los idiomas que se oyen son diferentes al alemán. La pareja, ambos como de 80 años, se visten además diferente. Él zapatos con brillo de comercial de televisión, bufanda de casimir bien anidada al cuello y boina tipo Franz Biberkopf. Ella con cabello gris en forma de canasta de frutas y con un moño al lado. Visiblemente, me atrevo a decir, alemanes.

Pero alemanes del Oeste.

Si algo he aprendido aquí en Berlín es a distinguir a la gente. Por la ropa se puede saber más o menos de qué parte de Berlín viene alguien. Un estudio me ampara, así que no estoy tan loco. Pero también se puede saber por la forma de comportarse.

El hombre veía al grupo de indios que ocupaba casi todo el vagón. Hombres de tez negra pero con rasgos finos, cejas marcadas y pelos cortos con peinados ochenteros. Y después de ver cómo se hablaban en hindi, con gestos y gritos, se volteaba y le secreteaba algo a su mujer. Ambos se reían. El hombre me volteaba a ver a mí, y hacía lo mismo. De cuando en cuando, la mujer también hacía lo mismo.

En estos casos, a mí me gusta desplegar mi periódico para que los alemanes vean que soy de aquí. Veo que les cambia la cara. Me ven de otra forma. Y algo así pasó porque la mujer le secreteó algo a su bienamado.

Pero en realidad, en esta ocasión no debí de haber hecho algo así. Me pareció que estos viejitos, replegados en una en una esquina del vagón, eran los que se autoexcluían como a veces hacemos los extranjeros. Y no sólo por secretearse, sino porque físicamente estaban retraídos. Sus miradas marcaban una frontera clara.

Este hombre y esta mujer vieron con seguridad una ciudad en ruinas, sino es que hasta a los ejércitos aliados entrar a la capital a disputársela. Seguro que ayudaron a levantar la ciudad. Después habrán visto como la ciudad se dividía, y habrán presenciado cómo se erigía un Muro. Quizás hasta fueron a uno de los miradores que había para ver cómo se veía la gente del Este. Después habrán vivido la apertura de fronteras, el picadero del Muro y la unificación, y habrán sido parte de otra restauración citadina.

Hoy llevarán ya algunos años disfrutando de su senectud y les toca vivir otra ruptura: la invasión de culturas, de idiomas, de caras, y de formas de ser. Sólo que esta vez ya no les tocará ser parte de la restauración.

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