domingo, noviembre 28, 2010

Sauna en Berlín - Capítulo 3: Aufguss, el soplido del dragón.


"Buenas, soy el Thorsten, y yo soy quien les hará el golpe de vapor. Esta vez les traigo unas hierbas finlandesas. Sería ideal que nadie se saliera en este momento pero, claro, si para alguien es muy caliente, puede salirse en todo momento. Espero que lo disfruten". Y entonces Thorsten, que antes que un maestro del golpe de vapor alemán parece más bien un dios griego, se echa su toallita en el hombro derecho, coloca su cubeta en la orilla del horno y echa la primera cucharada.

 
El aire se calentó más. El olor de las hierbas se esparció. Y Thorsten retoma su toallita y como si fuera un arte marcial, empieza a agitarla en el aire para redistribuir el vapor que se estaba levantando del horno. Con cada toallazo Thorsten nos echaba a cada uno de nosotros su golpe de vapor, eso que en alemán se llama Aufguss y que se siente como si un dragón te soplara en la cara.
 
El termómetro marcaba 95 grados y parecía que subía más. Los cabellos se sentían arder. Y uno de los saunistas encontró todo tan fuerte desde la primera vez que de la banca de más arriba se pasó a la de más abajo, donde no se siente tan fuerte el soplido del dragón. Pero se pasó en el lugar debajo de mí, con lo que rompió un poco el recogimiento de la ceremonia.
 
En ese cuartito de sauna de no más de 25 metros cuadrados habíamos logrado meternos 27 personas. Las conté. Y querían entrar más para la función del golpe de vapor, pero ya no encontraron lugar. El vecinito que se pasó debajo de mí prácticamente se abrió su lugar con sus dos músculos glúteos, lo único que le quedaba en ese espacio nudista. Quité mis dedos gordos para que no sintiera confusión.
 
El golpe de vapor es uno de los momentos más concurridos en la sauna. Es como una función de video en un museo educativo. En la pared dice algo como "próxima función, 13:00 horas". Como todo un mexicano en metamorfosis alemana llegué 15 minutos antes. Pero en lugar de quedarme afuera, me metí al cuarto para apartar mi lugar, quería ser más alemán que la salchicha. Aunque los verdaderos alemanes esperaban afuera, haciendo fila.
 
A los tres minutos para la hora, la gente se empezó a meter. Fuera toallas. A buscar su lugarcito. Arriba para los machines que aguantan los más fuertes soplidos de dragón, abajo para los que no están acostumbrados a ello.
 
Unos minutos pasadita la hora, algunos, entre ellos yo, estábamos viendo por la ventana que da al pasillo para ver si el maestro saunista se acercaba ya. Se hacía tarde. Y yo ya llevaba un rato asándome en la sauna.
 
Cuando Thorsten hizo su aparición, todavía intentó entrar una pareja. Desnudos buscaban un lugar entre todos los que estábamos ya sentados, pero por más que nos apretábamos ya no dábamos un hueco. Otro poco más y le estaría recogiendo su sudor a la vecina.
 
Para el segundo golpe de vapor que hizo Thorsten uno ya no podría sentirse como de este mundo, pensé. Y efectivamente. Eché la mirada hacia el fondo del cuarto y ahí estaba una mujer con los brazos abiertos dirigidos al cielo, ojos cerrados, como si estuviera recibiendo al sol el 21 de marzo en la Pirámide de Teotihuacan. Ella misma presumía sus dos grandes pirámides.
 
Yo seguía sintiendo mi cabellera arder y me dio envidia una chica que parecía bien preparada. En la cabeza llevaba un gorro tejido que le cubría los cabellos. Se veía como un antiguo gorro playero y se veía chistoso porque era la única prenda que tenía.
El golpe de vapor en una sauna es como una sauna extrema. Es elevar de golpe la circulación sanguínea y aumentar de la misma forma la temperatura corporal. Hay que respirar con la boca porque las fosas nasales se queman. La piel comienza a dar comezón. Los poros se abren y sacan todas las sustancias tóxicas.
 
Thorsten rocía por tercera y última vez las piedras incandescentes que están sobre el horno. Ese aroma a hierbas finlandesas me recuerda los vapores de Vick Vaporub que me hacía hacer mi madre cuando tenía un resfriado. Thorsten redistribuye el aire con su toallita y, por error, le da a un hombre que se estaba reacomodando.
 
Yo ya quiero salir. Es lo único que pienso. La gente que pasa por fuera nos ve por la ventana como si fuéramos pollos rostizados. Sólo pienso en agua fría, pero Thorsten sigue con su toallita. Yo no sé cómo aguanta. Él es el único que está vestido, ligero, pero vestido en este cuartito de ya unos 100 grados.
 
Cuando el ritual termina, yo quiero seguir la regla de la sauna. Levantarse lentamente, reacostumbrarse a la circulación como está. Pero todos los alemanes se aprestan para ir a la piscina de agua fría y a la de temperatura normal para descansar.
 
Yo me quedo solo aplaudiendo ahí y pienso en una cita que acababa de leer al respecto de la sauna: "Eine Untersuchung aus dem Jahre 1998 hat gezeigt: Wenn ein Mensch einen angenehmen Geruch wahrnimmt, dann vermehren sich seine Antikörper deutlich messbar. Das hilft ihm, sich vor Krankheiten zu schützen. (Una investigación del año 1998 mostró que cuando una persona percibe un olor agradable, los anticuerpos aumentan de una forma mesurable. Esto le ayuda a protegerse de enfermedades)".


Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.


2 comentarios:

marihertta dijo...

Oye Yaotzin, y ese Thorsten, en que sauna echa sus vapores??? .jajajajaja

A propósito,
Gute REise!
:S

Andy dijo...

Me daria miedo entrar allí Yaotzin, o pudor no se...
Mucha gente y poco espacio...

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