martes, diciembre 18, 2012

¡Santos zorros y murciélagos rabiosos en Berlín!



En mi pueblo era normal ir al médico si un perro te mordía en la calle. Había más probabilidades de contagiarse de la rabia. Vacuna y listo. Pero en este pueblo berlinés no habría visto razón para ello… hasta que un perro me mordió.

Ahí en ese barrio de cepa izquierdista-turística llamado Friedrichshain vi un Jack Russell. El pobre estaba atado a su correa afuera de un supermercado. Y digo “pobre” porque ya había caído la noche invernal. El perro temblaba de lo que yo diría era frío e incluso levantaba una pata trasera, como para –yo diría—evitar tocar el suelo congelado. Todo el tiempo veía hacia adentro del súper en búsqueda de su dueño. Yo diría. Me dio tanta lástima que quise acariciarlo para tratar de transmitirle calma y calorcito. Ajá. ¡Error! El mostro me soltó dos mordidas, una que no le atinó a mis dedos acariciadores y otra que dio en la espinilla. En realidad no dolió, sólo fue el susto de ver cómo un pobre perrito podría transformarse en el mostro más grande del mundo.

En la noche me comenzó a doler un poco más la herida. Preocupación. Internet. Dos, tres lecturas. La rabia puede manifestarse hasta meses o años después. Una vez los síntomas, no hay vuelta atrás, muerte en un 99 por ciento. La única posibilidad: vacuna en las siguientes horas después de la mordida.

La Organización Mundial para la Salud de los Animales declaró a Alemania libre de rabia en 2008, eso fue lo que leí en internet. Pero ¿cómo estar seguro? ¿qué tal que el perro era importado? ¿o andaba de turista? ¿o acababa de contaminarse? ¿qué tal vivir por meses o años con la idea incubada de que la rabia afectará mi sistema nervioso en algún momento? La Wika se súper alteró y de una patada me sacó de la cama a la una de la mañana para mandarme al hospital.

El médico que me vio, como tres horas después (eso de “urgencias” es un pleonasmo en Berlín y en el resto del mundo) ni se inmutó. Lo primero que hizo fue preguntarme por la vacuna del tétanos; lo segundo fue navegar en internet e imprimirme una hoja donde dice que “la Organización Mundial para la Salud de los Animales declaró a Alemania libre de rabia en 2008”, o sea lo mismo que yo había leído; y lo tercero fue decirme que la única forma de contagiarse de rabia en Berlín es por medio de murciélagos y, más remotamente, por zorros. ¡Murciélagos!

Esta ciudad se está poniendo cada vez más gótica. Mientras tanto en el patio de mi casa merodean unos zorros. La idea de la rabia me persigue.

Buena idea proteger a los animales de abuso sexual, aquí un post en otro blog al respecto.

jueves, diciembre 13, 2012

Ultras alemanes reniegan el futbol "moderno"


El silencio de los fans duele mucho más que mil palabras, algo que los alemanes han podido comprobar en los estadios de futbol con una singular protesta conocida como "12:12".
 
Y es que la fanaticada ultra de Alemania está molesta. La política quiere instalar más seguridad en los estadios. Con ello el futbol alemán se estaría convirtiendo en un futbol "moderno", sin ambiente en los estadios, casi como en tenis.
 
“Quieren que prácticamente seamos un público como en el tenis, callados y viendo el balón de un lado a otro”, dice Philipp Markhardt, vocero de la iniciativa "12:12", que lleva el lema "Sin voz, no hay ambiente" (Ohne Stimme, keine Stimmung).
 
Todo comenzó por una propuesta de la Confederación Alemana de Ministros de Interiores que busca lograr más seguridad en los estadios de futbol de Alemania y que fue aprobada por la Primera y Segunda División de la Bundesliga este 12 de diciembre (por eso lo de 12:12).
 
“Además de la policía, los clubes deben de tener la responsabilidad completa de la seguridad en un estadio durante un partido de futbol”, señala la propuesta llamada “Experiencia segura en los estadios”. Con esto se daría a los policías mayores atribuciones y las barras verían reducidas muchas ventajas que tienen hasta ahora.
 
Por ejemplo, con el nuevo concepto de seguridad un fan podría ser desnudado en la entrada para evitar que pase objetos filosos, cristal, fuegos artificiales, o banderas con asta muy larga, entre otras cosas. Los policías también podrán vigilar los estadios con cámaras de seguridad y tendrán en general más "poder".
 
Además los clubes deberán de reducir los boletos en contingente para las barras así y comenzar a reducir las áreas donde se está de pie en un estadio, poniendo asientos con boletos más caros.
 
“Esto va en contra de los derechos y el valor humano de los fans. Ni los clubes serán verán beneficiados con ello. Y si un club reniega de las medidas, le comenzarán a quitar ganancias de sus transmisiones en televisión”, señala Markhardt.
 
Las autoridades se escudan en el hecho de que el futbol alemán está en peligro. Más de 11 mil aficionados serían violentos. En un año las agresiones habrían aumentado un 17.5 por ciento.
 
El experto en futbol alemán, el periodista Daniel Martínez, ve en la justificación una exageración. Las cifras estarían siendo manipuladas para "crear miedo en búsqueda de medida coercitivas".
 
“(Los 11 mil fans agresivos) no conforman ni siquiera la quinta parte de todo el aforo del Allianz Arena en Múnich (...) pero sin duda no hay que mirar a otro lado cuando los neonazis utilizan las tribunas de los estadios para su propaganda, tampoco se debe tolerar la agresión física, verbal o moral contra las aficiones contrarias”, dice Martínez en su blog Futbol Alemán.
 
Por ello, los ultras alemanes han anunciado que seguirán con la protesta del 12:12, que ya venían surtiendo efecto en los jugadores. La protesta tiene el objetivo de callar los primeros 12 minutos y 12 segundos. Originalmente era algo que sólo harían los ultras, las barras bravas, los fans de corazón, pero en realidad se fueron sumando todos los fans de los diferentes estadios de la Primera y Segunda División. Tribunas calladas, sin ruidos ni cantos. Sin ambiente.
 
¿Cómo actuar de cara al futbol vigilante, sigiloso, "moderno"?

viernes, diciembre 07, 2012

Burocracia: Alemania vs. México

 
 
La mujer es determinante: la carta que quiero obtener del Deutsche Bank me cuesta 42 euros. Se trata de una hoja con un párrafo donde se lea que la institución asegura que alberga una cuenta a mi nombre, acompañada de dos firmas.
 
Estoy en una sucursal del Deutsche Bank en Berlín. Por mi pregunta, la mujer tuvo que recorrer dos oficinas y hablar con cuatro personas. Todo el banco se enteró que un mexicano quería una carta donde se confirmaran los datos de su cuenta.
 
Después de unos minutos, la mujer llegó de nuevo a su púlpito de servicio al cliente. Sacó unos papeles, eran una especie de manual de uso. Encontró un párrafo, se ajustó los lentes a la punta de la nariz y me leyó en voz alta: “el costo de un documento expedido por el Deutsche Bank para confirmar datos personales es deeee… -deslizó el dedo hasta el extremo derecho del párrafo-- …de 42 euros”.
 
Me la quedé viendo. Le arqueé mis cejas y le mostré toda la órbita de mis ojos. ¿En serio? Le pregunté. ¿42 euros por una carta que me pueden hacer en dos minutos? Le dije. Ella se reajustó sus lentes, me miró y me dijo, claro, mire, se trata de una carta… ¡hay que escribir algo y eso no lo hace una máquina! Además, ¿sabe?, una vez escrita hay que buscar, no sé, una, seguramente dos firmas. ¡42 euros se justifican! Me replicó.
 
En un nivel un poco más humano, la mujer me preguntó para qué quería esa carta, si para entrar a mi país o para qué. ((¿¿¿¿¿?????)) Y procedí a contestarle, pues mi respuesta era mucho más surrealista que su pensamiento:
 
Mire, le dije, como podrá notarlo, soy extranjero, y trabajo como periodista para medios de mi país. En estos ocho años que llevo en Alemania me ha ido bien con mis colaboraciones, últimamente con el tema de la crisis financiera. Pero ahora colaboré para una nueva editorial que para pagarme me pide no sólo los datos de mi cuenta en el extranjero, sino que una carta del banco al que pertenece esa cuenta para confirmar que ésta está a mi nombre.
 
¿Capito?
 
Ahora ella me arqueó sus delgadas –o pintadas- cejas y me enseñó el lado lunar de sus órbitas oculares.
 
La extrañeza por mi explicación nos unió y ambos pisábamos ahora el mismo suelo. ¿Qué, de verdad le piden eso? Me dijo, y continuó: Pues dígales que esa carta le cuesta 42 euros y que con eso usted perdería una gran parte del pago que espera. Muéstreles un estado de cuenta, ahí viene su cuenta, su nombre y nuestro logo, agregó. Y paso siguiente: me imprimió un estado de cuenta (sin costo alguno).
 
Entregué mi estado de cuenta a esta editorial mexicana para gestionar mi pago y les dije lo que esta mujer me recomendó. Y en la editorial no me hicieron más preguntas… de ese tema. El siguiente correo electrónico fue para pedirme mi número de impuestos (que no sirve para nada en un pago de México a Alemania).
 
El tercer correo fue para decirme que quieren un comprobante oficial donde se diga que se me asigna ese número de impuestos.
 
Mein Gott!

sábado, diciembre 01, 2012

De cómo un aguacate del narco podría llegar a Berlin



“Cuidado, ustedes podrían ser clientes del narco mexicano”, dice Ana Lilia Pérez a un público alemán en Berlín. La periodista y escritora mexicana no se refiere a que los jóvenes pudieran hacer algo tan obvio como fumar mariguana o inhalar cocaína. No. Se refiere al consumo de productos de los que –por su clasificación como productos básicos, quizás- no hay una conciencia de la proveniencia que pudieran tener, como el aguacate.

Ana Lilia Pérez está en una ponencia en la fundación Heinrich Böll, un “think tank” del partido político alemán Los Verdes. Es sábado por la mañana, el primer día de presidencia de Enrique Peña Nieto, pero el segundo día del congreso llamado “México: ¿Estado de Derecho?”, un congreso realizado justamente para pensar en lo que conlleva la transición de poder en México.

Además de la lapidaria frase sobre el primer día del nuevo presidente de México, que golpea a los mexicanos presentes, Ana Lilia Pérez hace que los berlineses presentes también se acomoden mejor en su silla al mencionar el posible clientelismo de alemanes que ayudaría a alimentar alguno de los varios negocios del crimen organizado mexicano.

“En Michoacán, la tierra de Felipe Calderón, el cártel de La Familia tiene dinero en empresas que venden minerales a Asia y en agropecuarias que venden frutas y aguacates a todo el mundo”, dijo Ana Lilia Pérez, mostrando documentos del Departamento del Tesoro de Estados Unidos en donde se ve una relación de los cárteles con las empresas mexicanas o estadounidenses con las que están ligados.

La periodista advirtió: “Así que cuidado con comprar aguacates de México la próxima vez, porque podrían ser de una mafia”.

El ejemplo de los aguacates es solamente uno. En Estados Unidos hay varias empresas que están acusadas penalmente de comprar hidrocarburos ilegales. Estos hidrocarburos son robados por los cárteles –Los Zetas y el del Golfo—y vendidos a las empresas estadounidenses. Los cárteles pasarían hasta centenas pipas cargadas de hidrocarburos por la frontera mexicano-estadounidense. Para muchos alemanes esto suena a ciencia ficción, pero Ana Lilia Pérez lo documenta todo en su libro “El cártel negro”, uno de los libros que han materializado sus investigaciones de 12 años sobre las ligas de corrupción de la paraestatal mexicana Petróleos Mexicano, PEMEX.

Entre las empresas acusadas penalmente la periodista mexicana encontró a una alemana, BASF. Ella muestra el documento de la demanda penal en una corte de Texas y dice que la misma empresa, como las otras, habrían admitido estas compras. Esto llevaría a pensar que tanto los productos de BASF como de las otras empresas estarían siendo fabricados con productos del crimen organizado mexicano.

“Y atrás de cada acto ilegal de los grupos organizados hay decenas de secuestros, torturas y muertes”, dice Ana Lilia Pérez.

Lo que dice la periodista mexicana la ha llevado a tener persecuciones y amenazas de muerte, por lo que ahora vive temporalmente en Alemania. Y sin embargo esto no es nuevo en el mundo. El Libro Negro de las Marcas, hecho por dos periodistas alemanes, documenta cómo organizaciones transnacionales --como Nestlé-- se hacen de materia prima con métodos ilegales y que atropellan los derechos humanos. El Choco Milk no sabe de la misma forma después de leer este libro.

Quizás el caso más ejemplar y actual es también el de los teléfonos celulares. Hechos con coltán, entre otros materiales, los teléfonos celulares de ahora tienen la base en un mineral que se consigue sobre todo en la República del Congo y que ha llevado a la pelea entre mafias, a la explotación de personas y a la muerte de muchas otras.

“En la reciente visita de Enrique Peña Nieto a Alemania como parte de su trabajo de transición, vino a hablar de dos temas con la canciller Merkel: uno es el mencionado acuerdo de seguridad entre los dos países, pero el otro es el de la posibilidad de invertir en PEMEX. Y los alemanes ya deben de saber cómo funciona la paraestatal”, dice Ana Lilia Pérez.

Habrá que mantener un ojo abierto en la próxima Fruit Logistica en Berlín, la feria de productos agropecuarios del mundo, donde están presentes muchos de México... y de Michoacán.

domingo, noviembre 18, 2012

Desaparición y muerte de Selene Graciano

Aquí está un texto que investigué y escribí con mi amigo y colega Aníbal Santiago. Se trata de la muerte de Selene Graciano, una turista mexicana que estaba en Split, Croacia, cuando desapareció de manera misteriosa. Un par de días después, su cuerpo fue encontrado inerte en los matorrales de un parque muy concurrido en este destino turístico de Croacia.

Su hermano --con quien Selene viajaba-- fue considerado sospechoso, los medios croatas creían que se trataba de un asesinato "al estilo narco", y hasta un serbio, eternos enemigos de los croatas, fue considerado culpable.

En el PDF que está aquí abajo se encuentra toda la historia.

viernes, noviembre 09, 2012

"El Muro cayó y seguían interrogando"


A Jorge Luis García Vázquez los sonidos de las puertas que se cierran le causan un temblor en todo el cuerpo. "Clac-clac-clac. Son sólo tres pequeños ruidos pero son inolvidables. Cuando los escucho revivo los momentos en la cárcel", recuerda.

Se trata del cierre de puertas de la cárcel de Hohenschönhausen, un complejo que estuvo en funcionamiento en tiempos de la República Democrática Alemana, la RDA o "Alemania comunista", donde este investigador cubano estuvo encerrado.

Jorge Luis García Vázquez tiene 53 años de edad. Las ansias por contar su historia se adelantan a su voz. Habla, muestra documentos, camina por los rincones de la cárcel como si todavía estuviera tratando de reconocer el lugar al que fue llevado en secreto.

Él fue capturado como disidente político por la Policía secreta de la RDA, la Stasi. De eso se cumplen ahora 25 años. Él fue encarcelado en 1987. Dos años después, el Muro de Berlín ya había caído y tanto la cárcel como la RDA comenzaron a ser historia.

"El Muro se cayó...", hace una pausa y corrige: "no, no es cierto, lo tiraron, el 9 de noviembre. Con eso se derrumbó la dictadura comunista. Pero no todo fue inmediato, era diciembre (de 1989) y algunos compañeros (ex prisioneros) cuentan que los seguían interrogando", dice. Los uniformados seguían sintiendo que debían de cumplir con un deber y, como apegados al régimen, no creían que el Muro había caído.

La cárcel de Hohenschönhausen es actualmente un museo que se encuentra en un barrio del este de Berlín. Cada año que pasa llegan más y más personas a visitarlo. No sólo alemanes, sino gente de varias nacionalidades y, sobre todo, aquellos para quienes la memoria histórica es en estos días muy importante, como españoles y argentinos.

García Vázquez comenzó a trabajar ahí en 2009. Es el único guía ex prisionero que hace recorridos en español. La mayor parte de los guías son ex prisioneros alemanes. Para muchos, incluido García Vázquez, estos recorridos son una forma de continuar con procesos terapéuticos: "Las huellas de esta dictadura comunista no se pueden ver, están todas en la sien".

Corría el año de 1987 cuando fue capturado por la Stasi en un café de la ciudad alemana donde vivía, Karl-Marx-Stadt, hoy Chemnitz. Llevaba cinco años trabajando allí para el Gobierno cubano como guía y traductor de los estudiantes que llegaban a la RDA desde la Isla caribeña. Y entonces el gobierno cubano le había pedido espiar a unos colegas. Se rehusó y trató de escapar del país. Contactó a la Embajada estadounidense. Pero la Stasi se dio cuenta de ello y comenzó a espiarlo minuciosamente. Esa forma de operar la ha ilustrado muy bien mundialmente la afamada película "La Vida de los Otros". En el acta de García Vázquez se puede leer, por ejemplo, la hora a la que tomaba un transporte público y si llevaba o no boleto para el transporte.

En la actualidad, García Vázquez carga consigo algunos extractos de su acta mientras hace los recorridos guiados. Los muestra a su grupo para que testifiquen lo que el sistema hacía con los disidentes políticos: "No se trata de demonizar al sistema, pero sí hay que reconocer que la RDA era una dictadura. Yo no robé, no violé, no cometí ninguna falta contra la ley, sólo pensaba diferente y tuve contacto con la Embajada de Estados Unidos, por eso me apresaron". Jorge Luis García Vázquez fue acusado de "intento de abandono de las funciones públicas cubanas", algo que se puede interpretar como traición a la patria.

Así que estuvo prisionero en Hohenschönhausen. Fueron siete días. En ese tiempo fue torturado sicológicamente, como se hacía con todos los prisioneros. Se les quitaba el sueño haciéndoles ruido,  encendiendo la luz, negándoles servicios y hasta pasándoles revistas de viajes para que se imaginaran en destinos paradisiacos. Después de su tiempo ahí fue trasladado a la cárcel de Villa Marista en Cuba, donde estuvo cinco años.

"Comparada con la cárcel en Cuba, la de Berlín era como un hotel en sus instalaciones, pero la tortura sicológica (en Berlín) era inaguantable", afirma.

En Hohenschönhausen, hubo más de 11 mil prisioneros entre 1959 y diciembre de 1989, casi el tiempo que duró en pie el Muro de Berlín, entre agosto de 1961 y el 9 de noviembre de 1989.

El complejo, usado previamente por el Ejército ruso como una cárcel de prisioneros políticos, el cual todavía existe y por el que García Vázquez da también un recorrido a pesar de que ni él ni sus compañeros estuvieron ahí. Por su apariencia con puertas de metal herméticas a este complejo se le apoda el "submarino".

Hasta la caída del Muro, la Stasi tenía 91 mil empleados y 350 mil colaboradores en un país de 17 millones de habitantes. 

García Vázquez regresó a vivir a Alemania en 1992. Recibió su acta de la Stasi, con sus movimientos vigilados detallados, en 1996, pero inmediatamente la escondió. Tomó un par de años de terapia y fue hasta 2007 cuando se permitió visitar la cárcel sin temores.

Ahora, además de su trabajo como guía, tiene el puesto de educador político en escuelas berlinesas, a cuyos grupos también les da un paseo en alemán por la cárcel.

Jorge Luis García Vázquez se detiene en una de las celdas. La cierra y repite el sonido de tres candados y cerrojos. Clacl-clac-clac. Los abre y repite todo de nuevo. Y una vez más. “No me imagino lo que es haberse quedado aquí mucho más tiempo”, dice.


martes, noviembre 06, 2012

Máquina cuentavotos: alemana y encontrada en Google

Schrittenlocher y su máquina cuentavotos

Una búsqueda y un poco de suerte. Ese es el lema que usa Google para encontrar algo y es un principio que aplicaron los estadounidenses para hacerse de las máquinas de conteo de votos de la elección número 57 de su país.

Después del desastroso conteo del 2000 en las elecciones de Estados Unidos que dio por ganador –en corte—a George W. Bush, se discutió cómo se podría evitar una situación de empate como esa.

Primero se pensó en discutir sobre el cambio de sistema de votación, sin embargo a éste se lo dejó impoluto y las energías se enfocaron en hacer que los votos sean contados de manera confiable.

Se creó el marco regulatorio que propició el cambio. Se hizo la Ley HAVA, Help America Vote Act (Ley Ayude a Estados Unidos a Votar) que dictaba sustituir las viejas máquinas de tarjetas perforadas por modernos escáneres.

Fue así como las autoridades estadounidenses dieron con Peter Schrittenlocher, un ingeniero alemán de 64 años de edad que tiene la empresa llamada Datawin.

La empresa es pequeña, apenas cuenta con unos 20 empleados, y está escondida entre algunos poblados boscosos del sur de Alemania.

“Nos encontraron por medio de Google. Google y un poco de suerte”, señala Schrittenlocher a un medio de información alemán.

De acuerdo con el ingeniero alemán, el mercado de Optical Mark Readers (OMR, o reconocimiento óptico de marcas) es fácilmente alcanzable.

La empresa Datawin recibió así un contrato de un millón de dólares para construir máquinas lectoras de votos que deben de cumplir con tres tareas: cada máquina debe tener la capacidad de contar grandes cantidades de papeletas dobladas; debe poder contar 300 papeletas por minuto, al derecho y al revés; y debe poder sortear las papeletas en tres depósitos diferentes, voto válido, voto no válido y votos para otros candidatos.

Por si fuera poco, las máquinas no podían ser más grandes que una fotocopiadora portátil. Y todo esto sólo lo ofrecían los alemanes.

“Para nosotros fue como un clavado en agua fría. Pero estoy convencido de que lo podemos lograr”, dice Schrittenlocher al medio alemán en una entrevista publicada a principios de noviembre.

Para esta elección están ya las primeras 75 máquinas alemanas con 500 escáneres en funcionamiento.

“Y cada uno fue hecho a mano”, presume Schrittenlocher sin dar a conocer el precio de cada una de ellas.

sábado, octubre 06, 2012

Ideas de negocio en Berlín: peluquerías (amables)



Hay días como un sábado lluvioso por la tarde en el que uno quiere hacer varias cosas como desayunar tarde, leer periódicos, ir de compras o ir a cortarse el cabello.

Pero cortarse el cabello de manera espontánea es lo más difícil que se me pudo haber ocurrido, y podría ser una empresa que alguien con más vocación podría hacer.

De siete peluquerías que visité, ninguna me pudo atender. La visita a la primera: un pequeño local con dos sillas vacías. La mujer, aparentemente la dueña, habla por teléfono. Sale a la calle, se sienta en el escalón de la entrada y sigue llamando. Yo paso por ahí, hago algo en otra tienda y a la peluquería. En ese momento la mujer se mete, pero sigue hablando. Abro la puerta y se retira el iPhone de la oreja. Amablemente me escucha: ¿me podría corar el pelo ahora? Y ella murmura si puedo regresar en 30 minutos, se pone el iPhone de nuevo en la oreja, se da media vuelta y sigue hablando.

La siguiente peluquería: a unos pasos de la anterior. Seis lugares disponibles, uno ocupado. Una mujer se hace pintar el cabello y el peluquero que la atiende me voltea al verme entrar. ¿Usted cree que me podría cortar el cabello ahora? No, me dice lapidario. ¿No? No, ahora estoy ocupado, si quieres regresa en una media hora.

La siguiente, una que parecía segura. Eran casi las 6 del sábado, hora en que muchos negocios cierran, pero por internet encontré una que cerraba a las 8. Voy ahí, relativamente cerca de la casa. Estoy a punto de abrir la puerta y veo que tienen un letrero: “excepcionalmente hoy cerramos a las 6, esperamos su comprensión”. Eran las 5:50. Adentro 8 lugares, sino es que más, y una sola mujer atiende a un solo cliente, a quien ya lo está terminando. ¿Usted cree que me puede cortar todavía el cabello? No, lo siento, hasta el lunes trabajamos de nuevo.

Debo decir que lo único que yo quería era una despuntada. Ya más o menos me acostumbro a estos cortes de cabello exprés. Si me lo hacen seco, en 15 minutos estoy listo. Habría esperado que alguno de los peluqueros me preguntara por lo menos eso, por curiosidad o para ver si se ganan unos 15 euritos extra (algunos hasta 20).

Me voy a la peluquería de al lado que, ya de entrada, dice que cierra a las 6. Eran las 5:53. Adentro 5 sillas para atender, una sola mujer atiende a su último cliente. También parece que ya van a terminar. ¿Cree que me podría cortar el cabello? No, ya voy a cerrar, pero el lunes trabajamos de nuevo, sólo hay que esperar un día.

Un gran problema es que yo la siguiente semana no tenía tiempo y que antes había estado enfermo, por eso la prisa del sábado. Pero a esa hora ya era casi imposible encontrar algo, así que llegué a un estado de resignación. Yo seguiría teniendo estos cabellos tipo José Luis Rodríguez, el “Puma”.

De regreso a casa me acordé de tres peluquerías más que estaban por el camino. Paso a la primera: 5 sillas vacías y un hombre detrás de la caja. ¿Pued…? No, a esta hora ya no.

La siguiente: 6 lugares y una mujer que, de verle la cara, parecía ya la mujer más pesada del mundo. ¿Ustedcreequemepuedecortarelpelorápido? Uy, no. Tendrías que sacar cita y la próxima semana ya está toda llena. Mejor llama.

Voy camino a la última. La resignación se había transformado curiosamente en una tozudez. Entonces llego al local, luces prendidas y un letrero en la puerta que dice que cierran a las 8. Perfecto. Hay 7 u 8 lugares vacíos, uno ocupado por un cliente. El que corta el cabello se va detrás del mostrador. ¿Todavía me puede cortar el cabello? I’m sorry, I don’t speak German (uh que la chingada, además comprobando los clichés de Kreuzberg). Y entonces le pregunto en inglés si todavía me puede atender. Me dice que no, que el lunes. Le digo que yo no puedo el lunes, y que lo mío sería rápido. No, I can’t, sorry, me dice.

Me haré unas trenzas tipo Heidi para protestar.

domingo, agosto 26, 2012

Costumbres ossis... ¡en Croacia!

Playa nudista en la isla de Jerolim
en Hvar, Croacia.

Cuando la Wika me dijo que había una playa nudista en la isla de Jerolim, me dieron ganas de ir. Creo que eso fue la principal motivación. Así que tomamos la lancha y nos lanzamos. Son unos 15 minutos de travesía desde el centro de Hvar, Croacia.

El viaje cuesta unos 35 Kunas (5 euros) ida y vuelta, y se puede hacer prácticamente a cualquier hora del día. Llegas a una isla diminuta que cruzas de lado a lado en dos minutos a pie. Las playas son igual de rocosas como en el resto de la costa croata. La diferencia con esta playa es, precisamente, que a la entrada a la isla hay un letrero en madera que dice "bienvenidos nudistas".

Yo me imaginaba una playa llena de cuerpos viejos con pubis canosos expuestos a los rayos del sol, como suelo verlas en las que hay en los lagos del Este Berlinés o en los mares del Este alemán. Gente jugando al voleibol con las tetas y los testículos brincando; otros viejos comiéndose una salchicha o tomando sus cervezas de a medio litro mientras debajo de las mesas se ven quintas patas a las sillas; o algo así. En realidad todo mundo estaba con ropa. Fue una decepción. Había muchos italianos peludos con trajes de baño tipo retro, de esos diminutos en forma de calzón. Había una o, cuando mucho, dos mujeres en "topless".

Los nudistas habían sido desplazados a partes imperceptibles. Estaban alejados de la playa, tostándose en otras zonas rocosas lejos de la frescura del agua. A la Wika, muy alemana del Este u "ossi" ella, y a mí, yo un mexicano con afinidades ossis, nos molestó el asunto. Era una especie de profanación en tierra propia. ¿Qué hacía toda esa gente en una playa nudista sin estar desnudos? ¿por qué parecía que habían corrido a los nudistas? ¿querían ir expresamente a la isla a ver cómo es el nudismo pero no practicarlo?

La Wika tomó cartas en el asunto. Se puso topless. Yo me quedé pensando en qué hacer. Para mí como mexicano no es tan fácil despojarme de mis trapos sin sentirme observado, juzgado, sin sentir esa vergüenza posiblemente católica de desnudarme ante algo o alguien.

Pocas veces he estado en una playa nudista, pero las veces que lo he estado pienso mucho sobre la naturalidad del cuerpo. El sexo, la sexualidad y los defectos físicos pasan a un segundo, sino es que a un tercer plano. Desnudo, sin prendas sensualmente comerciales como los bikinis, uno no cae en los juegos de seducción y de intriga. Esta vez yo quería practicar el nudismo. Tomar el sol por completo, sentirlo en partes del cuerpo donde casi nunca se siente, esas partes que envejecerán así de blancas como siempre han estado.

Así que me quité mi short.

(Miré a un lado, miré al otro. Volví a mirar a un lado, y luego al otro).

Nada cambió.

Bueno, sí, una pareja de señores italianos que estaba a nuestro lado se fue a otro lado de la playa. Hasta la otra orilla. Estaban visiblemente molestos por nuestra actitud.

Yo no tengo nada que presumir pero tampoco nada grotesco que mostrar. Tengo lo mismo que todos los hombres. Lo mismo que nuestros padres, lo mismo que los hijos, lo mismo que los colegas de trabajo y con los que nos vamos al bar. Nadie me tiene que ver ni yo tengo que ver a nadie, pero aún así el nudismo parece ser agresivo para muchos.

Nadie está a gusto con su cuerpo y un pequeño pedazo de tela como lo es el traje de baño no oculta nada. ¿Por qué tener vergüenza? ¿por qué aberración?

Adelante de nosotros llegó una pareja de ingleses, hombre y mujer, en sus 30 años. La mujer se puso inmediatamente topless, pero después de un rato de observar a su derredor, de hablar con su novio, zas, que se quita el ¿cómo se llamaría? ¿el "bottomless"? Ni si quiera hay un nombre para ello. Y que le digo a la Wika. Zas, que se anima. El novio inglés parecía leer nuestros pensamientos y pronto se animó y se quitó su largo traje de baño. Su cuerpo estaba tan blanco como una sábana de hotel, no parecía ser un nudista asiduo, su novia tampoco.

Al poco rato otras tres mujeres --muy cerca de la pareja de italianos que nos rehuyó--, y una familia alemana con sus dos hijos, estaban completamente desnudos.

No me pregunten cómo fuimos a nadar, que esa es otra historia.

miércoles, agosto 08, 2012

Un medallista dorado con temple de ossi en Londres


Cuando llegué por primera vez a Berlín le pregunté a una alemana lo que muchas personas tienen en la cabeza: ¿son diferentes los ossis de los wessis? Es decir, los alemanes del Este de los del Oeste.

Esta mujer, entonces una guía de visitantes en el Instituto Goethe, me dijo –ella misma del Oeste--: “sí, los ossis son más sencillos, más abiertos, más sonrientes; los wessis son un poco más cerrados”. Una respuesta muy general y que, sobre todo, suena a clichés. Sin embargo he podido comprobar muchas de esas frases en mis ocho años de vida aquí.

Este miércoles me pasó con Robert Harting, el alemán que había ganado un día antes el oro en lanzamiento de disco en los Juegos Olímpicos. Él es de la ciudad de Cottbus, en lo que era el Este de Alemania. Vive en Berlín. Y después de que ganó el oro, se fue a festejarlo. Al regresar a la villa olímpica en la noche, no le dejaron entrar: le habían robado su acreditación junto con la playera que tradicionalmente rompe después de ganar.

Primero: qué cuadrados resultaron los vigilantes esos; y segundo, qué fácil es salir avante de un mundo de reglas y comodidades. Esto fue lo que pasó después: Como Harting no pudo entrar a dormir, se tuvo que buscar un lugar fuera de la villa. Fue hasta las 8:10 de la mañana que pudo regresar cuando ya hubo tramitado otra acreditación. “Antes estuve en el metro, me dormí en un asiento y luego en un tapete”, declaró a un diario alemán.

Inmediatamente pensé en él como un ossi, como una persona sencilla, sin inhibiciones, sin inseguridad y con la valentía para estar en cualquier lugar. Podría ser, como dije, un cliché, sobre todo en Harting, quien tiene 27 años de edad y habrá visto la caída del Muro de Berlín a los 5 de edad, cuando mucho. Pero la forma de vida en la ex República Democrática Alemana no sólo la vivió una generación. Fueron casi tres décadas de fraternidad, ayuda y complicidad ante la opresión que muchos experimentaron. Eso no se olvida tan fácil entre familias. Yo lo percibo con algunos colegas y amigos que conozco ahora.

El gen ossi ronda las calles de Londres y franquea los protocolos.

sábado, agosto 04, 2012

Funcionario de nacimiento

"Burócrata (2007)", Diego Loayza, técnica mixta
Más obras de Diego aquí
El primer correo que me mandó Herr Schmidt no dejaba duda: “Señor Botello, necesitamos una copia de la renovación de su permiso de estadía en Alemania. Saludos”.

Directo. Claro. Incluso seco. Así fue el correo electrónico de Herr Schmidt de diciembre pasado. En realidad el mensaje no me sorprendió por las maneras, que ya más o menos tengo dominadas, me sorprendió por su anticipación. Mi permiso se renueva cada mayo, y Herr Schmidt podía verlo en el papel que tenía en la mano –asumo— al momento de redactarme el mensaje.

La seriedad del funcionario me hizo actuar. Fui a hablar con gente de la Oficina de Extranjería para tratar de renovar mi permiso. Quería cumplir con los mandamientos alemanes, de los alemanes. Aunque sumisa, esa ha sido una estrategia para integrarme al menos en el mundo de la burocracia alemana. La respuesta que yo recibí a cambio fue “Señor Botello, usted no tiene por qué renovar su permiso ahora. Tiene todavía casi seis meses de validez y si renueva ahora, éstos se desperdiciarán, pues su nuevo permiso tendrá la fecha del proceso de renovación”.

Le escribí de vuelta a Herr Schmidt y le expliqué lo anterior. Me pareció razonable. Inmediatamente aceptó lo que le dije, pero no dejó de insistir: “Por favor, en cuanto tenga una copia de su nuevo permiso, no deje de enviarla”.

Los meses pasaron. Yo me olvidé de Herr Schmidt. Trabajé, viajé, y trabajé más. Después llegó la fecha para tramitar mi permiso y, de hecho, casi se me pasa. A Herr Schmidt no. Mientras yo realizaba el trámite, él estaba apretando la tecla “enter” de su computadora.

Unas complicaciones hicieron que el proceso tardara. Dentro de lo que cabe Herr Schmidt era paciente, pero en cada mensaje recordaba los límites de las reglas y la funcionalidad de su trabajo. Herr Schmidt era un funcionario con letra mayúscula.

Cuando me llegó mi permiso, no lo dudé e inmediatamente le hice una foto con el celular y se la mandé a Herr Schmidt. Diciéndole que todo estaba en orden, que no había habido problema y que puedo estar en una situación legal en Alemania por otro año más. Creo que hasta le dije que la vida era bella y le mandé una carita en el mismo mensaje. Pero unas horas después recibí un mensaje que acabó con toda esa felicidad. Era Herr Schmidt, me decía algo así: “Muchas gracias por su correo de la fecha tal. Pero usted no tiene derecho a recibir pagos por honorarios ni a trabajar hasta que en su permiso diga ‘permiso de trabajo asalariado’”. Herr Schmidt paró el mundo con un dedo.

Mi permiso estaba renovado, cierto, pero decía “permiso de trabajo autónomo”. Era un error de la Oficina de Extranjería porque yo tenía ya el otro estatus, pero en mi caso no hacía, o no debía hacer, una diferencia. El único trabajo que hago en Alemania es como autónomo, freelancer en inglés o freier en alemán. Nada más. Así que me encabroné. Menos no pude. Y sin sacar una cita, fui a ver a Herr Schmidt. Yo necesitaba escuchar explicaciones y, sobre todo, desahogarme con algún cabrón, y él era el indicado. 

Al llegar a su oficina, lo primero que vi fue a un hombre sentado, gordo y barbón, con un acento berlinés como casi todos los funcionarios tienen. “Wat suchen Sie den hier”, me dijo, pidiéndome qué es lo que yo quería ahí. “¿Herr Schmidt?”, le respondí. “No”, me dijo, y me señaló a la computadora de al lado. Volteé la cabeza y sentado a esa computadora vi a un tipo blanco, casi transparente, delgado, mejillas rosadas y anteojos. Si alguien me hubiera dicho que era un practicante lo habría creído. También me imaginé que si terminó una carrera, ésta habría sido técnica y él uno de esos nerds que hacen un año de estudios en seis meses.

“¿Este cabrón es Herr Schmidt?”, pensé. La chingada me llevaba y me recontrallevaba. Este cabrón podría haber ganado el mundial de Nintendo pero no ser ese odiado funcionario burócrata de los estereotipos centenarios. Herr Schmidt pasó en segundos a ser Thorsten, o Thomas, o Juan de las Peras, cualquier cosa menos “señor” y mucho menos un apellido seco e imponedor.

“¿Herr Schmidt?”, le repetí, y él asintió sin querer hacerlo: “Herr Schmidt, le agradezco el seguimiento que ha hecho a mi información. Hace un buen trabajo. Espéreme un par de días más y le consigo lo que necesita”.

viernes, julio 13, 2012

El precio de la pobreza en Berlín



Querido lector, querida lectora: lamento las ausencias. El futbol, la cerveza y el trabajo me han tenido fuera de la blogósfera. Ideas no me faltan, pero últimamente las energías de escribir algo personal tardan en llegar.

Aunque esta no la podía dejar pasar y va dirigida sobre todo a la gente que ha vivido en México o América Latina a los “limpia-parabrisas”, esos niños o adultos que están en las calles tratando de ganarse una monedas al echar jabón y limpiarlo en los parabrisas de los autos. Pues bien, ellos también existen en Berlín pero, con todo lo alternativo e izquierdista y fiestera que es esta ciudad, también se enfrentan a las reglas alemanas.

El Senado de Berlín acaba de informar que en 2011 expulsó de las calles a 130 limpiaparabrisas y a 175 pordioseros agresivos. En 2010 habían sido, en total, 185 expulsiones y en 2009 tan sólo 90. Primero, exactamente con “expulsiones” no sé a qué se refiere el Senado. La palabra en alemán es “Platzverweis”, la cual es utilizada casi exclusivamente en el futbol para hablar de la tarjeta roja. ¿A dónde van a parar estas personas?

La mayor parte de la gente indicada en estos números, un 90 por ciento, es de origen rumano y polaco. Y la cifra crece exponencialmente. La pobreza al margen de la Unión Europea es real y cada vez es más inminente su llegada en masa al centro del continente. Algo así le pasó a los capitalinos del DF, sólo que en Berlín se combate con la fuerza del orden.

Primero se les saca la mencionada tarjeta roja. Ya me imagino a un oficial del orden (suena como de libro para aprender español, pero así se llaman estas personas, Ordnungsamt-Mitarbeiter) llegando al crucero a decirle al rumano “por favor desaloja”. Aquí no usan macanas ni gas, ni esposas, mi métodos de extorsión, tan sólo la fuerza de las palabras y la confianza en el cumplimiento de la ley. Perdón, La Ley.

Si el limpiaparabrisas se portó mal echándole jabón en la cara a lo que él o ella verá como un cerdo capitalista que no tiene la capacidad de dar ni siquiera 20 centavos de euros, esta persona (así fue un caso en 2011) se hace sujeta a una sanción. En México es como si la enviaran a los separos, una cárcel de algunas horas para cumplir con la pena, además de pagar una multa.

Las siguientes multas están previstas para estas personas que alteran el orden en un crucero: molestar y obstruir (me imagino que es obstruir la circulación vehicular), 10 euros; no usar la acera como peatón para caminar (¡¡¡!!!), 5 euros; ofrecer mercancías y servicios en la calle, 25 euros.

Aguas con ofrecer una sonrisa en la calle.

viernes, mayo 18, 2012

Vocabulario de futbol


Para que no suceda algo como lo que está en el minuto 3:10 de este video, donde el comentarista dice "Suenteiger... cuidaaadoooo... goooool", y uno pierda el detalle de quién demonios hizo el gol, he aquí una guía para experimentar con una mejor pronunciación  los nombres de los jugadores del Bayern de Múnich, que este sábado se enfrentan al Chelsea en Múnich en la final de la Champions League.

Por cierto, como aprendí también por un colega por ahí, no es que haya dos equipos "Bayern" en Alemania, uno es Bayer Leverkusen, asociado por completo a la marca (de hecho el equipo es una empresa hija del consorcio farmacéutico), y el otro es este Bayern de Múnich, que debe su nombre a la forma alemana del nombre del estado de Baviera, lugar donde se encuentra la ciudad de Múnich.

Dicho esto, paso a la lista, tomada por completo de la entrada de blog Ayuda fonética para la Champions League de mi colega Daniel Martínez

JUGADORES
Manuel Neuer = Manuel No i a
Philipp Lahm = Fi lip Lam
Jerome Boateng = Yerom Boa ten
Holger Badstuber = Jolga Bad es tu ba
David Alaba = David Álaba
Bastian Schweinsteiger = Bas ti an Ech bain es ta y ga
Luiz Gustavo = Luís Gustavo
Arjen Robben = Ar yen Roben
Toni Kroos = Toni Cros
Franck Ribery = Fran Ri be ri
Mario Gomez = Mario Gómez

BANCA
Thomas Müller = Tomas Mi ula
Anatoliy Tymoshchuk = Anatoli Ti mo chuc
Ivica Olic = Ibicha O lich

ENTRENADOR
Jupp Heynckes = Yup Ja in ques

martes, mayo 15, 2012

Una ciudad de segunda clase

El alcalde de Berlín, Klaus Wowereit,
el día que se enteró que se atrasaría la apertura
del nuevo aeropuerto de Berlín.
Hasta hace poco no me hubiera imaginado que vivía en una ciudad de segunda clase.

Normalmente si viajo en tren lo hago en segunda clase. Si salgo en la noche, voy a antros de mala muerte, y si llego a estar en un bar de cocteles me pido una cerveza, la más barata. También voy a comprar con el turco de la esquina y a los supermercados de descuento.

Pero, ¿Berlín una ciudad de segunda clase? Vaya, yo creo que ni los mexicanos piensan así del DeEfe.

En días recientes por ahí se empezó a acuñar ese término de “segunda clase” porque en la ciudad no se cumplen las aspiraciones que se tienen planeadas para ella. Berlín es una capital europea que debería de estar a la altura de las más importantes. Y algo ha logrado. Por lo menos los turistas ya la ponen en sus planes de viaje desde, digamos, el 2006. Antes Hamburgo (¡Hamburgo, hágame el favor!), Colonia (Dios santo) y Múnich (jijo) eran parte del circuito turístico de Alemania. Hoy lo es Berlín, Berlín y Berlín. Ya es la tercera ciudad con más pernoctas después de París y Londres.

Pero el turismo, y sobre todo el barato, no lo es todo. Falta más. Y entre tanto llegó un titular de ocho columnas del Bild Zeitung que decía “¿Por qué un país de primera tiene una capital de segunda?”. El titular circuló por la sociedad como un fantasma, revelando las inseguridades.

En días pasados se anunció que la inauguración del nuevo aeropuerto internacional de Berlín sería pospuesta. Fue la tra-ge-dia. La obra arquitectónica de este decenio en Berlín. El proyecto más importante de los políticos. La fusión, por fin más de 20 años después, de los tres aeropuertos que de alguna forma seguían haciendo referencia a la Berlín dividida por un muro. Claro que es una vergüenza para los que planean y hacen las relaciones públicas. Por todos lados desde hace más de un mes había carteles más grandes que los de “McDonald’s a 2 cuadras” diciendo que el 3 de junio los aviones despegarían de la nueva terminal llamada Willy Brandt. Pues ni al ex canciller y ex alcalde de Berlín se le hizo estrenar pronto su nombre en una obra monumental, ni a Schinkel ni a la Bauhaus se les hizo presentarse mezclados en un nuevo estilo arquitectónico.

Y esta era la segunda vez que se posponía la apertura. Las razones han sido muchas, creíbles o no, poco importa. Lo que pasa detrás es lo que habla de esa actitud que se vive en Berlín.

Acto I. El lunes pasado (7 de junio) durante el día el alcalde de Berlín Klaus Wowereit se entera que habrá un retraso en la tan anunciada apertura del gran aeropuerto.

Acto II. Por la noche se lo capta infraganti en una fiesta, acá con camisa semiabierta y copa en mano.

Acto III. El martes, con micrófono en mano, hace el anuncio público del retraso: “Estoy enojado (ich bin Sauer)”. Esto no sería, continúa, un buen día para el aeropuerto ni para los berlineses ni las berlinesas.

Acto IV. Por la noche Wowereit vuela a París.

En el intermedio se dio a conocer que el gerente del nuevo aeropuerto, Manfred Körtgen, comenzó a hacer su doctorado mientras construía el aeropuerto.

El nuevo BER es el primer aeropuerto internacional que se construye en una capital europea en unos 40 años después del Charles de Gaulle de París, y si se sigue atrasando, ¿qué más da?

A mí me gusta vivir en una ciudad donde en los inviernos nevados, de repente se congela el piso y la gente se resbala como Bambi; porque el desempleo es de un 13 por ciento, más del doble de la media alemana; y porque el Hertha se va a la segunda división.

Todo esto habla de una ciudad donde hay gente que improvisa, que vive, que se queda dormida en su casa, que quiere que un día dure 36 horas para, además de planear el más grande aeropuerto de Europa, hacer su doctorado, y porque siempre hay una razón para querer salir adelante y festejar.

Si no, pregúntenle a Adrián Ramos del Hertha, que con un autogol mandó a su equipo a la realidad que todos vivimos.

jueves, marzo 15, 2012

El Puente de Oro de Berlín


El Golden Gate en Berlín

El otro día terminé dentro de este local y estoy tratando de hacer memoria sobre el cómo. Por dentro se ve todavía más derruido que por fuera. Si no hubiera habido gente esa noche, podría pensar que se trata de una casa abandonada en algún barrio de mala muerte: graffitis, ventanas rotas o mal parchadas, sillones como los que se encuentran arrumbados en una esquina cualquiera.

Pero había gente y había música. Y había Yaotzin bailando electro beats, tecno y toda esa música que jamás me habría imaginado bailar. Bien lo dijo una persona que no llevaba más de una hora de conocerme: “¿tú bailando eso? No te imagino”. Los que me conocen más, pueden afirmar eso pero con decenas de  fundamentos.

Recuerdo que eran las dos de la mañana cuando llegué ahí. Yo tenía que trabajar a las 8 de la mañana pero andaba mostrando Berlín a una prima y su amiga. Sus 22 años fueron los culpables de estar ahí. Yo con gusto me habría regresado al Tresor, ese legendario antro tecno de Berlín del que recién acabábamos de salir y donde nos la estábamos pasando bien. Un par de tragos más, un poco de música más, y a dormir. Pero en cinco segundos de oscurantez cerebral yo mismo cambié el curso de la historia: “¿todavía les gustaría ver cómo está el antro que me recomendó un amigo?”

Yo creí que al preguntar con el “todavía” ya estaría mandando el mensaje de “yo me quedaría un rato más aquí y me voy a dormir”. Apelé, en todo caso, a que el DJ que escuchábamos siguiera tocando bien para satisfacernos. Pero no. Fueron esos 22 años los que tenían hambre de más. Y de pronto recordé que yo también habría contestado que sí.

Unas horas antes le había preguntado a un gran amigo por recomendaciones de antros para hacer algo en un jueves por la noche en Berlín. Él fue muy claro y dijo sin dudar “Golden Gate”. El nombre yo jamás lo había escuchado. Admito que mi negocio no son los antros, que tengo más de 22 años, que en los recorridos que hago para mostrar Berlín he incluido cinco veces un campo de concentración y nunca un antro de música electrónica, y que soy responsable para el trabajo y consideraba de verdad dormir lo suficiente para levantarme temprano y lleno de sana obsesión laboral.

Y ahí estaba yo con la prima y la amiga llegando al Golden Gate a las 2 de la mañana. Ya otros amigos que había consultado después de obtener esta recomendación me habían dicho que la onda ahí comienza “a eso de las cuatro” (entre semana, ¿guatdefok?), por lo que no veía mucho futuro a nuestra excursión. Yo me estaba divirtiendo demasiado con la visita de la prima (era su primera vez en Berlín después de que la había invitado desde hace años) pero pensé que nos regresaríamos al Tresor a echar un último baile y a regresar a la casa. Incluso la prima se salió sin llaves considerando que todos regresaríamos juntos, lo cual demuestra que no sólo yo tenía pocas expectativas de la noche.

Fast-forward: Yo me levanté para trabajar a las 7:30 y mi prima y su amiga no estaban en casa.

Lo que pasó entre las 2 y las 7:30 ocurrió más o menos así: Pasamos el primer obstáculo del Golden Gate, que es el cadenero. Ahora que redacto esto leí que el tipo es un irrespetuoso. Que no permite entrar a gente con camisa. Que selecciona tú sí, tú no, tú sí, ustedes dos no. y que es un mamón en general. Yo no percibí nada de eso quizás porque iba con mi prima y su amiga. Y aún así, porque si el mentao cadenero las hubiera puesto a hablar, ellas le habrían contestado con su dulce acento vienés y todo habría estado en orden.

Entramos y lo primero que veo es una especie de cloaca como guardarropa, los sillones abandonados y un lugar en el que los Goonies habrían podido filmar 20 secuelas de su película. Avancé dos pasos hacia adentro y pregunté: “¿entonces cómo ven…?” Y cuando me volteé hacia atrás, las chicas ya se estaban quitando los abrigos. Nos quedábamos ahí. Ni siquiera el baño las espantó, que es lo primero que visitamos y por lo que mi mamá habría preferido ir a un arbolito lo más rápido posible.

Lo más valioso de este lugar eran las bocinas, y eso es un decir. Pedimos bebidas, entramos a la pista, la amiga se ligó a un hombre, y yo me fui a bailar con la prima. Ahí descubrí que yo también podía bailar esa música. Bueno, eso digo yo. Mi pantorrillas eran dos resortes, me le quería abalanzar al DJ, le quería pedir un joint a las chicas de junto, me pasaba la botella de cerveza como dibujándome halos alrededor del cuerpo (mami: lo católico lo sigo llevando dentro). Mi prima sólo me veía y veía, nunca supe si fue admiración o lástima.

Sólo sé que a eso de las 5 mi caja negra se apagó. ¿Cómo llegué a casa? no lo sé, pero debí  de haber estado dos veces porque la prima después tuvo su propio manojo de llaves.

Con esta vivencia se hizo otra capa de graffiti en las paredes del Golden Gate.

martes, febrero 14, 2012

La Bionade, una víctima del hipsterismo


 
Con una acción tan sencilla, como tomar una bebida refrescante, uno puede quedar marcado de por vida. Esto, claro, tiene que suceder en el barrio de Prenzlauer Berg y la bebida deberá ser una Bionade.

Hay mucha gente que dice que por pedir esta bebida en los restaurantes o comprarla en una tiendita, uno es un hipster. Está claro que por tomar este refresco, uno NO se vuelve hipster. No es una poción mágica. Pero beberla en masa es un acto de histeria que llevó al fin de la bebida.

A ver, vamos por pasos.

No, no sé qué es hipster. Cuando un amigo, periodista gringo del New York Times, preguntó en su Facebook qué era lo que verdaderamente la gente entendía por hipster, me quedó claro que ni los angloparlantes pueden definir esta palabra bien. Es un concepto subjetivo. Cada quien da una definición dependiendo del enojo que le causen los hipsters. Al parecer se trata de una gente que desarrolló la profesión de ser trendy y que por eso se hizo de varios enemigos que terminaron clasificándola, a esta gente, de hispter.

Hispterismo es un acto de histeria colectiva, pues.

Muchos de estos hipsters tomaron una bandera ecológica un poco por conciencia terrenal pero otro poco por ir en contra de los dictados imperialistas. Yo no tomo Coca Cola pero sí Bionade. Eso acabó con una empresa familiar que tenía tintes ecológicos verdaderos.

La Bionade tuvo una historia de ensueño. Todo comenzó en 1995 en la Selva Negra de Alemania. La cervecería de los hermanos Kowalsky está a punto de irse a la quiebra. De repente, su padrastro inventa en la cocina de su casa una limonada que, a diferencia de las que están en el mercado, no se mezclan ingredientes artificiales, sino que se fermentan y cuecen, como el proceso mismo de la cerveza. Además los ingredientes usados son de origen orgánico, algo que en alemán y otros idiomas se conoce como “bio”, por eso el nombre de la bebida, Bionade, limonada orgánica. El modelo de negocios es incluso sustentable.

Al principio nadie quería tomar la Bionade. Pero entonces fue descubierta por lo que ya se clasificó la “escena ecológica” de Hamburgo. En esa ciudad norteña, muy lejos de la Selva Negra, el movimiento ecologista es bastante fuerte. La bebida entra en los grandes antros y se vuelve algo que los medios de información han clasificado como “culto”.

Cuando yo llegué a Berlín en 2004 a mí simplemente me dio mucho gusto ver que los refrigeradores de las tiendas había una bebida que era diferente a lo que normalmente yo veía en México, un ejército de pepsis y de cocas, y sus derivados. Además los sabores eran deliciosos: saúco, jengibre-naranja, membrillo, hierbas y lichi. Yo mismo no paraba de presumirla como una bebida originaria de Alemania.

En ese año los Kowalsky le apostaron a expandir su negocio. Y es aquí donde empieza la decadencia. El grupo Schindel compra el 51 por ciento del grupo. Los precios de la bebida suben. En 2009 entra el grupo de cervezas Radeberger (anteriormente del Este), compra la parte de Schindel y se queda ya con 70 por ciento de la otrora empresa familiar. La Bionade empieza a existir en botellas de plástico. Ahora en 2012 los Kowalsky decidieron dejar su parte en la empresa.

Lo que había empezado como una empresa ecológica, terminó siendo un negocio más. Los se lo bebieron. Para quien lea alemán, aquí hay un gran ensayo sobre cómo ver la sociedad gentrificada del barrio de Prenzlauer Berg: Bionade-Biedermeier.

El “consumo con moderación” debería de aplicar también para los productos que no tienen alcohol.

domingo, enero 29, 2012

Impuesto perruno

El "Hundesteuer" o mejor impuesto perruno


“Queridas berlinesas, queridos berlineses: el perro es el acompañante más fiel del ser humano, es un compañero de juego de nuestros niños, y acompañante de nuestros ciudadanos y ciudadanas de edad más avanzada. Y los berlineses tienen un gran corazón por los animales”.

Así empieza una carta abierta del Departamento del Orden de Berlín, una dependencia policial que se encarga del orden y de las multas en las calles de la capital alemana. Y así sigue:

“Cerca de 107 mil perros al día se mueven en calles y plazas, pero los cuadrúpedos no sólo traen felicidad a las personas de nuestra ciudad. Y para ser sinceros, a nadie le encanta pisar de repente una gracia en la banqueta o ser husmeado por un perro o incluso ser mordido”.

Esta es la introducción que llama a los ciudadanos de la capital alemana a colaborar para mantener una mejor convivencia con el perro. ¿Cómo? Pagando impuestos, el llamado impuesto canino o perruno. Las arcas de ese resultado le pagan su sueldo a varios empleados que se dedican entonces a limpiar las calles y a administrar perreras y centros de adopción animales.

Esas son las sorpresas con las que uno se encuentra cuando uno visita el fisco berlinés. Yo iba a pagar mis impuestos común y corrientes pero de repente me encontré con una puerta que decía “Impuesto eclesiástico” y con otra que decía “Impuesto canino”.

Si la siguiente puerta hubiera dicho “Impuesto por respirar”, me hubiera creído en un sueño.

Ahora, la puerta para pagar los impuestos perrunos estaba cerrada. Me atrevo a decir que incluso no había nadie ahí. Me parece que los cuadrúpedos andan cometiendo evasión fiscal. Yo veo y piso cacas en la calle todo el tiempo y cuando estoy en restaurantes y tiendas la gente está con sus perros ahí.

Quizás la autoridad no anda actuando bien en este caso. Y se les va mucho dinero.

Un perro en Berlín (porque hay diferentes tasas dependiendo de la ciudad y hasta del código postal) causa impuestos por 120 euros. Tener un segundo perro son 180 euros extra. Las cantidades son anuales, claro. Que no panda el cúnico.

Eso no es todo: se muere el canino, tons hay que proceder a desregistrarlo.

Ay, si los perros superan cuán complicada es su vida.

martes, enero 03, 2012

Sauna en Berlín - Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.



Cuando estoy en el sauna trato de ser alegre. Con tanta desnudez lo único que uno no puede ocultar, creo, es una sonrisa. Aunque ésta sea tímida, así nomás, pelando los dientes.

En una de mis más recientes visitas a un sauna hice eso. Estaba yo a punto de entrar al cuarto de sauna cuando le pelé los dientes a un alemán. Normalmente la gente responde, él no me contestó. Estábamos en la puerta de entrada del cuarto y él, lo admito, se veía un poco perturbado. Le cedí el paso para que entrara primero. Y en lugar de sentarse como hacíamos los que entrábamos, él se paró enfrente de todos y, mostrándonos su bigotazo, lanzó la pregunta: “¿alguien vio mi toalla? Yo tengo una equivocada”. Algunas personas voltearon a ver sus toallas, una tarea difícil porque el cuarto es oscuro. En estos momentos el arder de los carbones parecía escucharse más fuerte.

El bigotazo, digo, el alemán no tuvo éxito con su pregunta y se salió llevando la toalla con la punta de sus dedos, como la hubiera acabado de sacar de la basura.

Un rato después, todavía dentro del cuarto de sauna, me pareció que una pareja de italianos llegaba a la conclusión de que tenían la toalla en cuestión. El hombre de entre ellos dos es quien se estaba sentando en ella. Si sus mímicas me dejan interpretar bien (y por esto agradezco mucho que la gente se exprese más corporalmente al hablar), el hombre decía que efectivamente esa no era su toalla, y se acercaba a los ojos una de sus puntas con las dos manos. Redondeando los ojos y haciendo círculos de viento con una mano, la mujer reconocía que había que regresar la toalla a su dueño. El hombre, tocando más profusamente la toalla, contestaba que estaba ya muy sudada y que no valía la pena dársela, que ya era muy tarde para eso.

Afuera del cuarto de sauna el hombre del bigote caminaba a nalga desnuda. En el sauna uno está desnudo al estar en el cuarto de sauna, pero al caminar entre el bar, los camastros, ir de sauna en sauna, uno lo hace normalmente con bata o una toalla. En otro momento lo volví a ver y otra vez le pelé los dientes, esta vez en señal de compasión. Ninguna reacción, y había razón para estar enojado conmigo porque mi toalla era azul, quizás la única azul de todo el sauna.

El güero del bigote no fue el único. Después me puse a descansar los pies. Estaba sentado en la zona donde hay cubetas para meter los pies en agua caliente o fría. Enfrente está uno de los cuartos de sauna, y justo al lado un perchero, y en el perchero, sí, una serie de toallas blancas. Me quedé pensando en cómo reconoce cada quien su toalla. En eso llegó una pareja. No querían meterse al cuarto de sauna, se quedaron checando el perchero. Y después de dudarlo un rato, el hombre tomó una de las toallas.

Ya no me quedé más tiempo ahí pero claramente estaba viendo a una persona buscar su toalla después de salir del cuarto de sauna. Ojalá, sólo, que no haya sido una de esas turistas que últimamente invaden el sauna y que con mucho temor acceden a quitarse las prendas para estar desnudas.


Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.
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