sábado, agosto 04, 2012

Funcionario de nacimiento

"Burócrata (2007)", Diego Loayza, técnica mixta
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El primer correo que me mandó Herr Schmidt no dejaba duda: “Señor Botello, necesitamos una copia de la renovación de su permiso de estadía en Alemania. Saludos”.

Directo. Claro. Incluso seco. Así fue el correo electrónico de Herr Schmidt de diciembre pasado. En realidad el mensaje no me sorprendió por las maneras, que ya más o menos tengo dominadas, me sorprendió por su anticipación. Mi permiso se renueva cada mayo, y Herr Schmidt podía verlo en el papel que tenía en la mano –asumo— al momento de redactarme el mensaje.

La seriedad del funcionario me hizo actuar. Fui a hablar con gente de la Oficina de Extranjería para tratar de renovar mi permiso. Quería cumplir con los mandamientos alemanes, de los alemanes. Aunque sumisa, esa ha sido una estrategia para integrarme al menos en el mundo de la burocracia alemana. La respuesta que yo recibí a cambio fue “Señor Botello, usted no tiene por qué renovar su permiso ahora. Tiene todavía casi seis meses de validez y si renueva ahora, éstos se desperdiciarán, pues su nuevo permiso tendrá la fecha del proceso de renovación”.

Le escribí de vuelta a Herr Schmidt y le expliqué lo anterior. Me pareció razonable. Inmediatamente aceptó lo que le dije, pero no dejó de insistir: “Por favor, en cuanto tenga una copia de su nuevo permiso, no deje de enviarla”.

Los meses pasaron. Yo me olvidé de Herr Schmidt. Trabajé, viajé, y trabajé más. Después llegó la fecha para tramitar mi permiso y, de hecho, casi se me pasa. A Herr Schmidt no. Mientras yo realizaba el trámite, él estaba apretando la tecla “enter” de su computadora.

Unas complicaciones hicieron que el proceso tardara. Dentro de lo que cabe Herr Schmidt era paciente, pero en cada mensaje recordaba los límites de las reglas y la funcionalidad de su trabajo. Herr Schmidt era un funcionario con letra mayúscula.

Cuando me llegó mi permiso, no lo dudé e inmediatamente le hice una foto con el celular y se la mandé a Herr Schmidt. Diciéndole que todo estaba en orden, que no había habido problema y que puedo estar en una situación legal en Alemania por otro año más. Creo que hasta le dije que la vida era bella y le mandé una carita en el mismo mensaje. Pero unas horas después recibí un mensaje que acabó con toda esa felicidad. Era Herr Schmidt, me decía algo así: “Muchas gracias por su correo de la fecha tal. Pero usted no tiene derecho a recibir pagos por honorarios ni a trabajar hasta que en su permiso diga ‘permiso de trabajo asalariado’”. Herr Schmidt paró el mundo con un dedo.

Mi permiso estaba renovado, cierto, pero decía “permiso de trabajo autónomo”. Era un error de la Oficina de Extranjería porque yo tenía ya el otro estatus, pero en mi caso no hacía, o no debía hacer, una diferencia. El único trabajo que hago en Alemania es como autónomo, freelancer en inglés o freier en alemán. Nada más. Así que me encabroné. Menos no pude. Y sin sacar una cita, fui a ver a Herr Schmidt. Yo necesitaba escuchar explicaciones y, sobre todo, desahogarme con algún cabrón, y él era el indicado. 

Al llegar a su oficina, lo primero que vi fue a un hombre sentado, gordo y barbón, con un acento berlinés como casi todos los funcionarios tienen. “Wat suchen Sie den hier”, me dijo, pidiéndome qué es lo que yo quería ahí. “¿Herr Schmidt?”, le respondí. “No”, me dijo, y me señaló a la computadora de al lado. Volteé la cabeza y sentado a esa computadora vi a un tipo blanco, casi transparente, delgado, mejillas rosadas y anteojos. Si alguien me hubiera dicho que era un practicante lo habría creído. También me imaginé que si terminó una carrera, ésta habría sido técnica y él uno de esos nerds que hacen un año de estudios en seis meses.

“¿Este cabrón es Herr Schmidt?”, pensé. La chingada me llevaba y me recontrallevaba. Este cabrón podría haber ganado el mundial de Nintendo pero no ser ese odiado funcionario burócrata de los estereotipos centenarios. Herr Schmidt pasó en segundos a ser Thorsten, o Thomas, o Juan de las Peras, cualquier cosa menos “señor” y mucho menos un apellido seco e imponedor.

“¿Herr Schmidt?”, le repetí, y él asintió sin querer hacerlo: “Herr Schmidt, le agradezco el seguimiento que ha hecho a mi información. Hace un buen trabajo. Espéreme un par de días más y le consigo lo que necesita”.

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