domingo, septiembre 22, 2013

¿Por qué debe interesar la elección alemana en México?


Mucho se ha dicho que las elecciones alemanas son aburridas. Al menos dentro del país. Pero en los medios de información europeos o de fuera sobre todo Estados Unidos) parece todo menos eso. Alemania como país que funge de líder en solución de problemas, estabilidad política o incluso que influye negativamente en la economía y política de otros países.

Pero, en todo esto, ¿qué tiene que ver México?

Le pregunté a dos investigadores al respecto: a un alemán que está como profesor visitante en el Colegio de México y a un mexicano que está como profesor visitante en la Universidad Libre de Berlín. Me pareció interesante que como nacionales de cada uno de los países, pero de visita en el otro, den su punto de vista internacionalista sobre la relación mexico-alemana de estas elecciones.

Aquí sus cinco puntos.


Günther Maihold, profesor visitante en la Cátedra Guillermo y Alejandro de Humboldt de El Colegio de México, y originalmente encargado de temas bilaterales en Alemania del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de seguridad (SWP).


1.- Alemania y México tienen una "asociación estratégica".
La dimensión estratégica comenzó con el tema del cambio climático, donde los dos países desarrollaron una confluencia de acciones internacionales importante. Dependerá de ambos gobiernos si pueden seguir construyendo la relación sobre esa confianza mutua.

2.- Alemania sigue siendo el socio comercial central de México en la UE.
Sobre todo como proveedor de las importaciones provenientes de Europa. La relación comercial con Alemania es la que determina el curso de la relación comercial general con la UE. Por igual en materia de inversiones Alemania ha repuntado en los años pasados, especialmente con la fábrica que Audi está construyendo en Puebla.

3.- México como "actor con responsabilidad global".
Si México desea seguir desarrollando este concepto necesita tejer alianzas con otros países además Alemania. Quien gane las elecciones el domingo, tendrá que buscar la articulación de la política exterior con países emergentes importantes como México. 

4.- Después de España, Alemania es quien más interés en AL tiene.
Alemania es uno de los pocos países con vocación latinoamericanista por sus relaciones culturales, que van más allá de las comerciales.

5. Líderes mexicanos ven a Alemania junto con Brasil como muy importante.
En la encuesta "México, las Américas y el Mundo" del 2012-2013 hecha por el CIDE y COMEXI, los líderes encuestados dicen qué país debería ser modelo de desarrollo, y ponen a Alemania en primer lugar de la lista con 31 por ciento de votos, empatado con Brasil.. Eso indica una relevancia importante de Alemania para los líderes económicos y políticos de México.

***


José Luis Valdés-Ugalde, el experto en relaciones internacionales e investigador de la UNAM, ahora como profesor visitante en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín.  

1.- Alemania como motor europeo.
Alemania marca el parteaguas europeo. No sólo contribuye a una correlación de fuerzas políticas sino que marca el panorama financiero.

2.- Alemania cada vez realiza más inversión en "poder blando" en México. 
La inversion que hace Alemania en valores culturales es cada vez más grande. Las cifras estarían rebasando a las de España y Francia, y serían muy similares a las de Gran Bretaña. Alemania realizará en 2014 el "Año de Alemania en México", un programa para intensificar el intercambio cultural y científico.

3.- Alemania aumenta su interés económico en México.
Con más de mil empresas en México, Alemania mantiene un interés en inversiones económicas en el país. Las áreas de mayor interés son industria automotriz (nueva planta de Audi en Puebla), energías renovables, minería, electrónica y transferencia de tecnología.

4.- Con Alemania, México podría replantear sus relaciones europeas.
Si México quiere reforzar sus relaciones con Europa la puerta de entrada es Alemania. Además de temas de intercambio cultural y de dinamización del sector científico mexicano, México podría establecer mejores alianzas políticas con otros países del continente. México tendría que dejar de pensar en función de Estados Unidos.

5.- México sirve como conexión a Alemania para otras partes.
Alemania siempre ha visto a México como una forma de conectar, sobre todo económicamente, con Estados Unidos, América Central y del Sur e incluso China. En tiempos en que China asume más importancia internacional, México podría de esta conexión como una alianza y una forma de frenar a China.

jueves, septiembre 19, 2013

Nacionalización alemana - Listo para votar

Vista de la sala de sesiones del Bundestag

Acabo de nacionalizarme alemán. Y lo hice por placer… o quizás porque el día en que empecé el trámite no tenía nada más qué hacer. Y al darme mi acta de nacionalización, me sorprendieron con una noticia: “Herr Botello, usted puede ser parte de la política de este país. Hemos mandado un aviso para que lo integren en la lista electoral”.

Cuando comencé el trámite de nacionalización soñé con votar en las elecciones al Bundestag este 22 de septiembre. Votar es una de las dos ventajas que uno tiene con un pasaporte alemán. La otra es viajar a Disneylandia sin tener que tramitar visa.

La política alemana parece aburrida. No hay políticos que aparezcan con máscaras de cerdo en el parlamento, con pancartas o que se duerman en su curul. No. Hay discursos, hay debates ordenados y respetuosos. Muy respetuosos. Y si uno quiere parecer ofensivo sólo levanta la voz. El idioma alemán se presta bien para ello. Estuve hablando con un analista de esta campaña electoral (Raúl Gil) y cuando le pregunté qué le faltaba a los políticos alemanes, me dijo “hablar menos, usar videos cortos, con uno o dos datos cuando mucho, usar las redes sociales para comentarios personales y no para poner links a discursos”.

Sí, los alemanes tienen una gran virtud que en las campañas electorales se convierte en una especie de defecto: son muy intelectuales.

Aún así la política alemana me fue infectando. Me parece un gran juego de ajedrez. Uno tiene dos votos en la papeleta electoral, uno para un parlamentario y otro para un partido. Puedes votar a un tipo candidato del partido negro y después a por el partido rojo completo y esperar a ver cómo discutirán para mover piezas y hacer coalición, y así conformar la mayoría para nombrar a un canciller. Y si no te gustó, pues son sólo cuatro años de sufrimiento.

Yo soñaba con ser parte de este juego.

Tuve una cita en la oficina donde tramitaban mi nacionalización. Debía entregar unos últimos documentos para completar el papeleo de los trámites. Era julio, el sol brillaba y hacía calor, esto pone a los alemanes de muy buen humor. Y la funcionaria que me atendía, lo estaba. El que estaba de malhumor fui yo cuando me dijo que el proceso finalizaría por ahí de octubre. “Noviembre quizás. Tenemos falta de personal”, me dijo. Entonces me acordé de unas buenas amigas mexicanas y de su regla ante situaciones de burocracia extrema en instituciones públicas. Todas son iguales en todo el mundo. Así que acerqué mi silla, me llevé la mano a la barba acomodando el codo en el escritorio y miré hacia el techo: “ay Frau B. pues creo que me quedaré con las ganas de votar. Yo pensé que para el 22 ya tendría mi nacionalidad. He estado soñando con ser parte de este gran sistema democrático”. Y le mencioné –seguro que hasta se me salió un guiño- si la burocracia alemana no me haría un buen regalo de cumpleaños dándome este derecho. “Cumplo a mediados de agosto, habría buen tiempo todavía”, le dije.

Prontitud alemana, verano caliente, coquetería, diosesgrande, #ComoSeaQueSeLlame, pero la carta que confirmó mi nacionalización llegó tres días después de mi cumpleaños, citándome para ese ya mencionado 2 de septiembre. Inmediatamente verifiqué las fechas límite de empadronamiento y, uy, sorpresa, el último día rezaba así: 01.09., uno de septiembre.

Scheisse!
En Alemania somos 12 mil 520 mexicanos, en Berlín mil 325. Las estimaciones se elevan al triple en cada una de las dos cifras oficiales, esto lo delatan la cantidad de negocios que en derredor de lo mexicano se han abierto. Tiendas de piñatas, mezcalerías, taquerías, mayoreos y menudeos de productos y bebidas por internet, y recientemente hasta una zapatería de San Miguel Allende. ¿Cuántos de estos tienen pasaporte alemán, ergo derecho a votar? Ni idea, pero entre las decenas que conozco, muchos lo tienen y quieren ejercer su voto.

Argentinos, chilenos, venezolanos o colombianos, que nos rebasan por mucho en número de inmigrantes, son todas colonias muy politizadas en Alemania y no dudaría yo ni un momento en que también estarían interesados en influir en la política de este país. Prometo ponerme a investigar más sobre este aspecto para continuar desarrollando esta idea del voto latino en Alemania (en una de esas el buen Wilbert Torre me cede medios derechos y me hago un “Merkel latina”, con la diferencia de que el ángulo sería “De cómo los latinos ayudaron a propagar las políticas de austeridad en Europa”).

“Herr Botello, usted puede ser parte de la política de este país. Hemos mandado un aviso para que lo integren en la lista electoral” —> Ese 2 de septiembre que me dijeron eso fui feliz, tanto como una señora de un barrio acomodado en México que recibe el crédito para comprarse una camioneta de 8 plazas. Pronto me imaginé a un canciller del Partido de los Piratas sentado en la silla de Merkel. También me imaginé a diputados de ese partido afuera del Bundestag fumando mariguana (un día que entrevisté a los de Berlín me dieron un ejemplo de lo flexible que es fumar mariguana enfrente del parlamento berlinés).

Los funcionarios alemanes habían hecho una excepción con los nuevos nacionalizados. Quizás están interesados en más votos, en votos fáciles. Como sea. Pero ahora, además de trabajar en la desmitificación de Alemania y reportar sobre estas cosas de actualidad y acercar al país y a sus ciudadanos a una visión más realista y menos teutona, yo mismo me metí en el sistema.

Ahora yo, un mexicano cualquiera, estoy a punto de contribuir a decidir el futuro de este país.  Y de Angela Merkel, la mujer más poderosa del mundo y que vi subir al poder.

Algún día alguien tendrá que desmitificarme.

sábado, septiembre 14, 2013

100 años de puro baile: Clärchens Ballhaus


La primera vez que fui al Clärchens Ballhaus fue hace 11 años, durante mi primera visita a Berlín. Una colega que me quería mostrar Berlín me invitó a bailar tango. Yo no bailaba y mucho menos tango, pero estaba ávido de conocer Berlín en cada esquina.

Al llegar, lo primero que vi fue un edificio en ruinas. Era de noche, pero estaba iluminado. Podría haber parecido más un monumento a un edificio derruido que otra cosa. Ahí íbamos. Al entrar había vida. Se veía como un restaurante viejo con una pista de baile al centro. Música de tango. La gente estaba bailando, los meseros sirviendo comida y cervezas. Mi amiga traía una maleta como las que llevan futbolistas o basquetbolistas. De adentro sacó zapatos de tacón y unas prendas que se fue a poner al baño. “Observa”, me dijo.

De pronto estaba ella bailando con una pareja. Era una clase de tango. Cada quien ya sabía con quién debía bailar. Yo me quedé probando la cerveza oscura del lugar. Muy buena, por cierto. La cerveza o lo aburrido del tango de principiantes me hizo observar el lugar. Una bola de baile colgando al centro del techo. Mesas viejas de madera, cuadros con ilustraciones del caricaturista alemán Heinrich Zille y tiras de papel metálico colgando de las paredes. Viejo, kitsch, pero con mucha vida.

El Clärchens Ballhaus cumplió el 13 de septiembre 100 años de crear un ambiente de baile en el barrio de Mitte, al mero centro de Berlín. Creado cuando estaba comenzando la Primera Guerra Mundial, el Clärchens Ballhaus sobrevivió la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y, hasta ahora, los embates del capitalismo. En 2005 tuvo que cambiar de dueños por el alza de las rentas, que justo en esa época empezaban su auge en el centro de la capital alemana.

Pero el ambiente de baile se mantiene vivo. Cada día de la semana se ofrecen distintos bailes: un día es swing, otro es salsa, otro es chachachá, otro es tango y otro vals. Una hora primero como clases, luego con pista abierta para los que acaban de tomar su clase y para quien quiera. Todo esto mientras los meseros corren y corren llevando pizzas, Schnitzel (milanesas) y litros de cerveza espumosa.

El gran amigo y colega Enrique G de la G tuvo el acierto de describir este lugar como una “gran boda mexicana”, donde viejos y jóvenes, clases bajas y altas, bien y mal vestidos, se juntan mientras las mesas están llenas de comida y bebidas. Los domingos por la tarde también está la gente con sus zapatos de charol.

En definitiva, un lugar para no perderse. Aquí abajo dejo un extracto de una entrevista que hizo el diario FAZ con uno de los empleados más viejos del lugar, Günter Schmidjte, quien trabaja en el guardarropa, le ha dado trancazos a los que se pasan de listos y piensa seguir trabajando hasta que “tenga culo boca arriba”. Aquí la liga en alemán: Artículo en alemán.

-Qué tal señor Schmidtke, qué bueno que pudimos hacer la entrevista.
-‘pera, contigo no hablo.

-¿Por qué?
-Me llamo Günter o “Piernita“, nada de “usted”.

-Desde hace 46 años que estás en el guardarropa del Clärchens Ballhaus, ¿nunca te pareció aburrido?
-En tiempos de la RDA era aburrido, la música y todo lo demás. Pero ahora tá bien. No me caen bien los gringos, pero la música en inglés como AC/DC, Shakira, y la abuela Cher sí. Sólo Madonna me parece muy ordinaria. Se rasca ái el chisme en el escenario, sabe qué es lo que quieres. Eso no lo aguanto.

-Pues en cuanto a la etiqueta, antes también era mejor en el salón de baile, ¿no?
-Antes todos estaban bien vestido. Hasta los años 80 todos llegaban en traje y corbata. Después también con Jeans, pero no rasgados como ahora. Eran faltas de valores después de la guerra haber dejado pasear a sus hijos con hoyos en los pantalones. Y ahora la gente se compra Jeans ya rotos, sólo porque está “in”. Eso no es normal, es enfermo.

-¿Le pones tache a la gente que viene ahora?
-Vienen a bailar tango en shorts, tatuados, cosas en las mejillas y cabellos como de orangután. No puedo ver eso. Yo aprendo tango así: camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos oscuros. Debe de haber un poco de estética, también entre los jóvenes.

-Aun cuando la gente se vestía bien en tiempos de la RDA, siempre hubo tiempos salvajes. Los berlineses del Oeste decían que el Clärchens Ballhaus era la “cueva de la gonorrea”.
-No es cierto. Nunca lo fue. Claro que había mujeres fáciles, pero nada de putas. Aquí siempre hubo buena administración. Lo demás son tonterías. En el Oeste siempre dijeron mierda del Este, como si fuéramos subdesarrollados. Y eso sigue sin cambiar.

-Ya llevas mucho tiempo aquí, aunque el Clärchens Ballhaus es un poco más viejo que tú. ¿Cuáles son tus primeros recuerdos?
-En 1945 la guerra estaba acabando. Yo crecí aquí a la vuelta y en un ataque quedé entre los escombros. Después de seis horas me sacaron y desde entonces no soporto ver a mujeres y niños gritar. Una parte del Clärchens también fue bombardeada. Aquí sólo había ruinas alrededor y los rusos tenían a sus caballos aquí en el patio. Dormían en el piso de arriba. A los niños nos daban de comer, ellos eran buenos con nosotros. Sólo cuando estaban borrachos uno tenía que huir. Al día siguiente había de nuevo tocino y pan con hongos. No había nada, pues.



El resto de la entrevista está buena, y los que no hablen alemán, pues con el Google translator: Artículo en alemán.

miércoles, agosto 28, 2013

Lugares secretos - Dinosaurios en el parque de diversiones

El Spreepark de Berlín
Muchos parques de diversiones son temáticos. Eso es lo que atrae a niños y familias enteras. Los juegos mecánicos también. Pero este, el Spreepark en el viejo Berlín del Este, no tiene ni juegos mecánicos ni es temático, es un parque que vive de su pasado.

La hija de los dueños, Sabrina Witte, da la bienvenida. La llovizna de este día de verano hace parecer como si fuera un bosque lluvioso.

El caer de las gotas corta el eco de la voz de Witte. Ella explica que a diferencia de otros parques de diversiones, éste se visita de manera guiada. No hay otra forma.

El Spreepark está cerrado desde hace poco más de una década. Su decadencia comenzó con la caída del Muro de Berlín.

Ubicado en el lado Este de Berlín, lo que en tiempos del Muro era la vieja República Democrática Alemana, el Spreepark era el único centro de diversiones por excelencia de los berlineses socialistas.

Era simple. Tenía de base lo que casi cualquier parque de diversiones: una rueda de la fortuna, montaña rusa, un río salvaje con sus lanchas enrieladas, ratón loco y hectáreas de áreas verdes, entre otras cosas. El Spreepark llegó a ser el parque más grande y moderno de Europa, incluso. Pero de unas semanas a otras se convirtió en lo que es hoy, un lugar que se está comiendo la naturaleza.

Estamos parados en la cabaña que albergaba las lanchas que salían para el río salvaje. Sabrina Witte habla: “este fue uno de los juegos más modernos. Lo hicieron en Francia. Ahora es una de nuestras mayores atracciones por cómo se ve con el lago que lo rodea”.

Dentro de la cabaña, entre los tubos que señalaban la fila de espera de los siguientes aventureros, se ven algunas lanchas volcadas. Están en la penumbra, el detalle se desvanece.

El canal por el que salían las lanchas está seco. Se ve como un tobogán que serpentea entre árboles y sobre el estanque que antes le daba un ambiente de lago, hoy se ve como un pantano.

“Reconstruir todo tomaría años y requeriría millones de euros, y no hay quien los quiera invertir”, dice Witte.
De acuerdo con los planes de inversión, que durante años se han presentado y ningún inversionista se ha animado a hacerlos, el parque requiere más que de poner nuevos juegos.

Las decenas de kilómetros de cables tendrían que hacerse subterráneas. Los tubos de agua y desagüe también deberían ser cambiados. Se requeriría de un estacionamiento más grande que, al menos en la superficie, no se podría hacer porque el parque natural del derredor es área protegida.

“No nos queda más que vivir de los tours que hacemos”, dice Witte.

En la actualidad el Spreepark sólo hace deudas. Cada año se tienen que pagar cientos de miles de en seguridad (no menciona la cifra exacta) y la única forma en que se amortiza es con las visitas guiadas y una feria instalada a la entrada al parque. No atrae a hordas de gente pero cada fin de semana tiene sus visitantes.

Algunos conciertos como el festival “Night + Day” que organizó el 18 de mayo pasado el grupo británico The xx, podrían ser una solución. Una especie de mini Woodstock con varios escenarios (esta vez hubo uno de DJ), pero por alguna razón no hubo más en este verano.

Sabrina Witte es la hija de Norbert Witte, el dueño del Spreepark. Ella, junto con la mamá Pia y la abuela son las que están sacando adelante el parque. Sabrina hace visitas guiadas, la mamá y la abuela atienden puestos de comida en una pequeña feria instalada ahí para atender a los visitantes que van de tour.

La familia Witte ya había comenzado a hacer deudas con la caída del Muro de Berlín. El parque de diversiones en Berlín Oriental ya no era una atracción más. Un mundo occidental se había abierto por completo.

El papá y el hijo Marcel, intentaron comenzar a traficar cocaína. ¿Su método? Transportarla en los juegos mecánicos.

Un día varios de los juegos mecánicos fueron enviados en contenedores a Perú. Empleados y otras personas pensaron que sería para reparación. Pero uno de ellos regresó con unos 167 kilos de cocaína. Marcel, el hijo, fue arrestado en Perú y se encuentra en una cárcel purgando una condena de 20 años por delitos contra la salud. Norbert Witte fue arrestado en Alemania y cumplió su condena de 7 años en presión. Ahora se dedica a la administración de las deudas.

Esta historia la cuenta Sabrina Witte de manera histriónica frente a la gran rueda de la fortuna que corona el parque, con la que mezcla la historia: “La vida de los Witte es como la de la rueda, estuvieron arriba y ahora les toca estar abajo”.

La rueda de la fortuna ya no se mueve. Y a su lado hay tres dinosaurios de fibra de vidrio caídos. Se ve como el fin del mundo. Pero los Witte quizás lo ven de otra forma.


jueves, agosto 22, 2013

Mujeres, sexo y el búnker de Hitler


Llevo casi 10 años haciendo este blog y hasta ahora ha sido una gran experiencia. Es un escape a otros mundos: lugares, personas, ideas.

Empezó como un ejercicio personal para hablar de las cosas que me encuentro en un nuevo entorno. Y se ha convertido en una especie de diálogo entre varias personas que buscan saber algo de Alemania.

Estamos en el mismo canal.

Y gracias a las estadísticas que ofrece Google, el monstruo donde se aloja el lenguaje binario de este blog, puedo ver de dónde vienen las personas que me visitan, qué buscan, cuánto se quedan, a qué hora van al baño, qué pan comen, qué piensan, qué otras páginas visitan, y hasta puedo ver la cara que estás haciendo ahora.

No, no es cierto.

Broma.

Mala broma, sobre todo ahora que estamos en tiempos de PRISM y GCHQ. Las estadísticas me permiten ver sólo el país de procedencia y las palabras de búsqueda por las que las personas “caen” en las páginas de este blog. Y esto último es muy interesante.

A lo largo de estos casi 10 años, las palabras que traen más visitantes a este blog son “búnker de Hitler”. Es decir, una persona escribe eso en el buscador de Google y cae en mi blog. Después viene “sexo en Berlín”, luego “señales de tránsito en Berlín”, pero también “FKK”, “mujeres en Berlín”, o incluso más específico como “qué les gusta a las mujeres alemanas”, o “a las mujeres les gustan los dildos”, y “quién construyó el Muro de Berlín”.

Tenemos una mezcla histórico-sexual-vial.

Yo nunca me había planteado hacer un blog con ese corte, pero sí son temas que he tratado a lo largo de este tiempo. Y eso ha llevado a que mi blog aparezca de cuando en cuando en el índice de Google.

Si yo fuera un hombre de negocios, después de haber analizado esto: 1.- abriría un centro de información histórica que, bajo previo pago de suscripción, sería accesible a las personas que quieran saber más de Alemania; 2.- instalaría una tienda online de dildos y de las cosas que les gustan a las mujeres alemanas (con entrevistas --fotos y videos-- con mujeres alemanas para que los lectores se sientan más cerca de su objetivo). Es más, hasta haría una especie de “Parship latino-alemán” (muchos visitantes son de América Latina y España, aunque por ahí hay algunos perdidos de Rusia y Polonia) para que las personas encuentren a su pareja deseada online. Y 3.- ofrecería consultoría sobre las leyes de tránsito de Alemania y el procedimiento para sacar una licencia de manejo.

Sería una tienda un poco rara, pero un buen negocio.

Lo único es que no soy hombre de negocios. Soy un pobre periodista (¿o cómo era, periodista pobre?) que todavía cree en el sentido de informar y entretener a la gente con las historias de otro mundo.

No, no te rías.

Espero poder seguir con este no-negocio muchos años más y espero, sobre todo, que algunas palabras de búsqueda cambien.

lunes, julio 29, 2013

Personajes de barrio – Taquero de ley

Joaquín Robredo - Tá Cabrón
El barrio de Kreuzberg se ha multiculturalizado. De haber sido el lugar de residencia de la comunidad turca en Berlín cuando la ciudad, por medio de un programa federal, acogió a los inmigrantes turcos como “trabajadores invitados”, ahora es un hervidero de culturas.

Galerías, bares, clubes, salas de conciertos, granjeros alemanes que venden sus productos orgánicos o restaurantes de toda índole es lo que se encuentra. Entre estos últimos también entra la oferta de decenas de turcos, paquistaníes o vietnamitas que imitan las delicias italianas, mexicanas y asiáticas con tal de atraer a los cientos de turistas que cada día pasan por aquí.

Y que me ven en piyamas cuando voy a comprar pan.

Entre todos estos asentamientos está el restaurante de Joaquín Robredo, el Tá Cabrón.

El Tá Cabrón es todo movimiento. La cocina se escucha siempre como si la canciller Merkel estuviera ahí ordenando tortillas. En las mesas si no es el grupo de alemanes indeciso entre unos nachos o unos tacos, son los españoles que hablan como si discutieran, o los mexicanos que llegan como si fuera un club turco. “Aquí la gente se siente como en casa”, dice Joaquín.

Joaquín Robredo, 37 años de edad, mexicano de Sinaloa, está cumpliendo poco más de tres años con su Tá Cabrón, una frase mexicana que quiere decir “está muy difícil”, o “está muy bueno” (es ist verdammt schwer, en alemán). Él nunca imaginó abrir un restaurante en Berlín, pero el negocio va tan bien que ya abrió el segundo en un barrio aledaño, Friedrichshain, y que justo el fin de semana pasado cumplió un año de abierto.

El idioma alemán, como a muchos inmigrantes, no se le dio al principio a Joaquín: “Hay un don para los idiomas, y yo no lo tengo”, dice abiertamente. Eso le impidió estudiar una maestría en leyes en Alemania, la cual tenía en mente cuando llegó en septiembre del 2003.

Pero en realidad la única ley que necesitó entender Joaquín fue la del buen comer.

Identificó que faltaba un buen lugar para comida mexicana y se empeñó en encontrarlo. A diferencia de su vieja competencia mexicana, no se instaló en el viejo y ricachón Berlín Occidental. Ahí es donde estaban los primeros restaurantes mexicanos de Berlín, lugares abultados de muebles coloniales con platillos a precios incomibles para cualquiera que quisiera aventurarse en la comida mexicana.

Por eso no hizo un pretensioso restaurante, sino una taquería, algo chico, sencillo, barato y en un barrio donde la gente joven y de diferentes lugares (incluso alemanes de otras partes del país) era el público adecuado. “Y si todavía hubiera permisos, pondría un puesto en la calle, así como verdaderamente comen los mexicanos”, comenta.

Para la decoración rechazó lo que los paquistaníes tex-mex buscan reinventar como restaurante mexicano: palmeras en el interior, “tacos mexicana” y cocteles al dos por uno, de esos que tienen un azul fluorescente que uno preferiría usar para decoración de una lámpara de galería. Joaquín se fue por la variante decoradora de la casa de su abuela, luces cálidas, una cocina con azulejos y mesas de madera sencilla.

El Tá Cabrón quizás se quedará para toda la vida, pero Joaquín no. De eso está seguro. Y su esposa alemana y sus dos hijitas ya lo saben. Joaquín viene de una ciudad cerca de la playa en México. Y ahí es a donde tiene el sueño de regresar. Las playas del río Spree que cruza Berlín sólo le provocan carcajadas: “Yo necesito cocos que caigan de las palmeras y que haya langostas recién salidas del mar”.

Claro, y 45 grados a la sombra, algo muy difícil en una ciudad donde los climas otoñales e invernales son los que reinan.

“¿Cómo uno va a vivir en Berlín? si es la capital del país más poderoso del mundo. Aquí la vida pasa como un ciclón”, dice.

Eso, Berlín como una ciudad pasajera.

lunes, julio 22, 2013

Lugares secretos - Teufelsberg, las ruinas de la NSA en Berlín


“Desde aquí se podía escuchar todo lo que los rusos hacían, absolutamente todo”, dice Mehmet, el guía que hace el recorrido por la Teufelsberg.

Mehmet está en la azotea de uno de los edificios de la Teufelsberg, la vieja central de espionaje de los estadounidenses y británicos durante la Guerra Fría que está a las afueras de Berlín, sobre una colina.

Con toda la perspectiva de Berlín desde aquí, Mehmet señala el centro de la capital alemana, distinguible por la Torre de Televisión de Alexanderplatz. Su mano hace círculos en el aire para indicar el más allá.

“Los estadounidenses podían escuchar todo lo que los comandantes rusos planeaban en Berlín. Se podía escuchar hasta Rusia”, cuenta Mehmet con la fascinación de un niño que repite historias epopéyicas.

Lo cierto es que tanto no se podía escuchar. La central de espionaje de Teufelsberg tenía cinco torres de radar que podían tener un alcance de hasta 500 kilómetros a la redonda. La entonces frontera soviética estaba a 700 kilómetros, Moscú a 2 mil.

Teufelsberg era una de las centrales más modernas de la época, entre los años 1950 y 1990, ya con equipo digital que podía hacer escuchas a teléfonos satelitales, facsímiles e incluso internet.

“La gente sabía lo que era este complejo, sabían que se espiaba, pero no sabían cuán moderno era”, explica Mehmet.

***
Teufelsberg es en realidad una colina al suroeste de Berlín, ya casi saliendo de la capital.

Su nombre en español significa la “colina del diablo”, un nombre que le queda bien para su pasado histórico pero que en realidad lo tomó del lago avecinado llamado Teufelssee.

Es el punto más alto de Berlín con 115 metros de altura, una colina creada artificialmente con los escombros que dejó la devastadora Segunda Guerra Mundial. Está en medio del bosque de Grunewald y la colina misma, en su plan de construcción, fue naturalizada sembrándole más de un millón de árboles. Ahora se ve como una colina natural.

El conteo oficial dice que hay unos 26 millones de metros cúbicos de escombros, una tercera parte de las casas y departamentos de Berlín que quedaron destruidos por la guerra. A eso se añaden los restos de complejos industriales, calles y diversos objetos.

Era un sitio ideal para dejar los escombros. Aquí Hitler estaba planeando la Facultad de Defensa Tecnológica del Tercer Reich. La idea era que, junto con el arquitecto Albert Speer, la facultad fuera parte de la ciudad imperial que Hitler estaba planeando, Germania.

Pero los costos de la Segunda Guerra Mundial se elevaron y la construcción de la facultad tuvo que ser interrumpida. Columnas gigantes, bloques de concreto enormes, como todavía se puede apreciar en el Estadio Olímpico de Berlín, el Ministerio de Finanzas o el cerrado aeropuerto de Tempelhof, todas construcciones de esa Germania, tuvieron que ser empleados en cosas que los nazis consideraron en ese momento más útiles. Lo poco que quedó de la facultad fue demolido. Así comenzó el depósito de historia de la Teufelsberg.

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Mehmet es uno de los cuidadores del lugar. Trabaja para el dueño del lugar, un inversionista privado que tiene planes turísticos a futuro. Él es uno de los varios que realizan las guías turísticas dentro del complejo, que hoy en día está en ruinas. Sin las visitas guiadas, uno no puede entrar al lugar.

“Los gringos se llevaron todo. Cada tornillo, cada cable, cada computadora, no dejaron nada cuando abandonaron el lugar. No querían que nadie supiera sus secretos”, dice Mehmet.

Las visitas guiadas se realizan cada día y casi a cada hora. El interés de los locales y de turistas, sobre todo durante el verano, es muy alto. Y ahora más que en estos días de julio está un gran debate en Alemania por la revelación de los programas de espionaje de Estados Unidos y Gran Bretaña.

El complejo consta de unos cinco edificios y de cinco torres radar que parecen grandes micrófonos blancos al aire libre.

Algunos edificios están llenos de escombro y con techos resquebrajados, por eso uno necesita los consejos de un guía para no correr ningún riesgo.

“Hay habido casos de muertos y lastimados por no respetar las condiciones de seguridad”, acota Mehmet.

La visita guiada sólo permite entrar a un edificio y a la torre más alta. El edificio, de unos cuatro pisos, ha sido tomado –con permiso del dueño- por artistas graffiteros “de Berlín y toda Europa” que han pintado piezas que tienen hasta un valor de 20 mil euros. Y todo está ahí al aire libre para goce de los visitantes.

La torre que está sobre el edificio de los graffiteros, otrora el principal de las escuchas, se eleva otros cinco pisos para alcanzar los 115 metros que le dan el reconocimiento de ser el punto más elevado de Berlín. Tanto en la azotea del edificio como en la torre se pueden apreciar las estructuras que quedaron de los radares, forrados con tela blanca y que le dan una acústica nítida a cada sonido que ahí se presenta.

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Ubicada en el viejo Berlín Occidental, la parte que ocuparon algunos de los países aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) después de vencer en la Segunda Guerra Mundial, la central de Teufelsberg comenzó a funcionar como tal en 1957, en el clímax de la Guerra Fría.

Occidente temía que la URSS y los países orientales y comunistas estuvieran desarrollando secretamente planes para otra guerra mundial. 

Las grandes trituradoras de papel,
para no dejar huellas
Así que estadounidenses y británicos decidieron transformar una recién inaugurada central de monitoreo del tráfico aéreo entre Berlín y Alemania Occidental. Berlín Occidental estaba entonces inmersa como una isla dentro del territorio ocupado por los soviéticos.

Desde 1957 se instalaron ahí agencias de servicios secretos de Estados Unidos y Gran Bretaña. La Agencia de Seguridad de Estados Unidos, la NSA, fue una de ellas. El programa se espionaje que realizaban se identificó con el nombre de ECHELON, del que sólo se supo oficialmente algo hasta mediados de los años 1980.

El complejo de Teufelsberg estaba equipado con un edificio donde sólo se encontraban –y todavía se pueden ver- dos grandes trituradoras de papel. Un edificio contiguo era para uso exclusivo de la incineración de todo ese papel triturado.

“No se podía tener ni una sola huella de lo que hacían los espías aquí pero sí queda la gran huella de esa gran red de espionaje, y estamos parados en ella”, dice Mehmet.

En octubre de 1992, tres años después de la caída del Muro de Berlín, estadounidenses y británicos abandonaron el área, que ahora se conoce como las “ruinas de la NSA”.




jueves, julio 11, 2013

Personajes de barrio – Tendero turco

Bahattin U.
Empezaré ahora con el proyecto de perfilar a los personajes que habitan en mi barrio o en las cercanías de éste. Son las personas que lo hacen y que me han llevado a entenderlo de una forma, también a arraigarme en él. No sé cada cuándo pueda entregar una nueva historia, pero ni yo me voy esta gente dejará de moldear el barrio.


Se trata de Kreuzberg, un barrio que durante la Guerra Fría hacía frontera con Berlín Oriental. En los años 1960 la situación económica de Alemania Occidental era tan buena que faltaba personal para continuar con el modelo. Una solución fue traer a los llamados “Gastarbeiter”, trabajadores invitados, turcos que venían con permisos temporales. Y el barrio de Kreuzberg, que entonces tenía espacio que ofrecer, se convirtió en la casa de muchos de ellos.

Hoy ya hay hasta tres generaciones de esos turcos y algunos de nueva generación que siguen llegando, como Bahattin U., un tendero turco que trabaja cerca de mi casa.

Bahattin proviene de un pueblito cerca de Anatolia, Turquía. Llegó como inmigrante a Berlín en el 2001, quería lograr lo que en su país se ve como “el sueño alemán”. Quería dinero, dinero, dinero.

A sus 45 años de edad, Bahattin trabaja en una tienda de abarrotes en Berlín, justo a la salida del metro Schlesisches Tor, una parada recurrente de muchos jóvenes y turistas que buscan diversión y comida en el barrio. Bahattin nunca supo lo que iba a hacer en Alemania, pero quiso salirse de Turquía porque su trabajo como chofer de camiones no le dejaba dinero para vivir.

“Le hacemos como los mexicanos, cruzamos la frontera para ganar más dinero. Veo esas historias muy seguido en la tele”, comenta.

La diferencia es que Turquía no está en la frontera con Alemania y para llegar aquí se necesitan varios días en tren. O dinero para abordar un vuelo directo de avión. Y también a diferencia de México, no hay un río que cruzar para estar ya “del otro lado”. Tuvo que solicitar una visa de trabajo que le costó mucho trabajo obtener. Era algo temporal. Pero cuando llegó a Alemania se casó con una mujer alemana y ahora ostenta un permiso permanente de residencia con el que puede trabajar sin problemas.

Su alemán es básico. Dice que lo aprendió en la calle, en el negocio de la venta de abarrotes. En Berlín no fue difícil encontrar trabajo. Simplemente se paseó por Kreuzberg y preguntó en los diferentes negocios de turcos por un puesto.

“No podía buscar un trabajo que no fuera de vendedor porque (para otros trabajos) siempre te piden alguna formación”, dice.

En Alemania viven cerca de un millón 600 mil turcos, de los cuales cerca de la mitad ya nació aquí (aunque conservan su pasaporte turco, por eso no se los reconoce como alemanes). En Berlín son unos 110 mil. En la capital de Alemania es la minoría más grande.

“No tengo familia aquí, ya me divorcié, pero la vida es mejor aquí y hacemos trabajos que los alemanes no hacen normalmente”, dice Bahattin.

En algo coincidimos este hombre y yo.

viernes, julio 05, 2013

Nacionalización alemana - La farsa del examen


Pasé mi examen de nacionalización, pero que no haya confusión: todavía no soy alemán.

El nombre en alemán, Einbürgerungstest, dice mucho: “examen de nacionalización”. Las palabras llevan a pensar que es la prueba más importante y definitiva para volverse alemán. Y la intención es buena: la condensación del conocimiento político, cultural y social acerca de Alemania sometido a una prueba tipo escolar –con solemnidad, puntualidad, presión de tiempo, etc.- que, de ser aprobada, podría dar el derecho de declararse propio del país.

Asumo que esa fue la idea del tintero. Buena. Pero esa prueba no es más que otro procedimiento burocrático que no vale mucho más que otros documentos a mostrar, como las declaraciones de impuestos. Y lo siento si decepciono a algún burócrata alemán pero –explicit lyrics- el examen para la licencia alemana de manejo fue todavía más difícil.

El Einbürgerungstest consta de 33 preguntas de opción múltiple. Para poder responderlas hay que estudiar un cuadernillo de 300 preguntas. Después de repasar el cuadernillo dos o tres veces, uno se convierte en un autómata. El bolígrafo dirige. El examen de la licencia de manejo constó de 30 preguntas para las cuales hubo que estudiar un cuadernillo de 790, mucho más del doble. Una gran diferencia. Pero también hay otra diferencia mucho más grande: para aprobar el examen de nacionalización basta contestar correctamente 17 preguntas (¡¡DIECISIETE!!), mientras que en el examen de la licencia si uno contesta mal tres preguntas de gran puntaje ya está fuera.

El Einbürgerungstest es una farsa de examen. Está más bien dirigido a personas que han sido convertidas en el símbolo de una mala política de integración en el país: musulmanes, árabes, gente de una cultura de cercano, medio y lejano Oriente. Y eso se puede ver en las preguntas que se plantean. Pongo abajo unos ejemplos.

- En Alemania las personas pueden decir públicamente algo contra el Gobierno, porque... A) aquí vale la libertad de religión B) las personas pagan impuestos C) las personas tienen derecho de voto D) aquí vale la libertad de expresión.

Otro excelente ejemplo, mi favorito:

- ¿Cuál de estos derechos pertenece a los derechos básicos en Alemania? A) posesión de armas B) derecho de puño C) liberad de expresión D) justicia por la propia mano.

O este:

- Una joven mujer en Alemania, 22 años de edad, vive junto con su novio. A los papás de la mujer no les gusta porque el novio no les cae bien. ¿Qué pueden hacer los papás? A) deben respetar la decisión de su hija mayor de edad B) tienen el derecho de traer a su hija a vivir con ellos C) pueden ir a la Policía y denunciar a la hija D) buscan otro hombre para la mujer.

Las preguntas podrían estar bien formuladas para dejar en claro el pensamiento libre y democrático de este país, pero en las opciones de respuestas se puede leer entre líneas lo que este país no quiere: personas que se han criado en países donde las tradiciones familiares y religiosas imperan sobre el respeto a la ley es común. Es decir: no salvajes, bitte

Si hubiera una traducción del examen a varios idiomas, podría servir para saber a qué tipo de país se va a enfrentar uno: Alemania es un Estado de Derecho, ¿qué significa eso?, o: ¿Con qué financia el Estado alemán la seguridad social?, o: Maik y Sybille quieren junto con sus amigos hacer una manifestación, ¿qué deben hacer antes?, o: ¿A qué hora comienza la reglamentada paz nocturna (hasta la frase en alemán es difícil de traducir a un lenguaje amistosamente comunicativo, gesetzliche Nachtruhe)?

Hay otras preguntas de historia alemana, de política alemana actual, pero también de la ciudad donde uno está viviendo (nombres de alcaldes o escudos), y de la Unión Europea.

El encargado de aplicar el examen dice que uno no debe tomar más de 60 minutos para resolver todo. Los primeros postulantes entregan sus exámenes a los 12 minutos. La prueba es fácil. Y los que no lleguen a pasarla no serán deportados ni metidos a cursos especiales, tan sólo tendrán que esperar más tiempo hasta poder volver a inscribirse.

Mientras tanto a entender la forma de pensar alemana.

martes, junio 04, 2013

Nacionalización alemana - Burocracia desteutonada


Siempre me ha llamado la atención la rectitud alemana, esa formalidad que hay en las citas privadas y las profesionales. Hay tan pocas cosas coordinadas en el mundo como esa puerta del funcionario que se abre al momento de la cita o la llegada de los amigos a un bar o a una cena casera.

Mi cita con una funcionaria del Standesamt (lo que yo llamo “registro civil”), apuntaba para ser así.

En mi proceso de nacionalización, una persona del Registro Civil debía revisar que mis papeles estuvieran en orden para, una vez hecho eso, asignarme a un examen de alemán y a uno de nacionalización, con preguntas que van desde el osito de Berlín hasta las estrellas de la Unión Europea. El destino me asignó a una funcionaria del Registro Civil del barrio de Kreuzberg, y me dio una cita que estaba a un mes de distancia.

¡Un mes!

Este alejamiento temporal entre el momento de acordar una cita y su ejecución, causa temor. Es como decirle a un beduino que en las coordenadas 23° 11′ 37.33″ N 39° 32′ 41.18″ E del desierto del Sahara encontrará un vaso de agua. Lleno. Pensar que hay algo más allá del alcance de mi mano es increíble y creo que se lo debo a mi cultura, donde el mañana no existe o, como brujos, provocamos que no exista.

Llegó el momento de la cita. Fue un día a las 8:30 de la mañana. Los nervios o la incredulidad de que esa cita existiera me hicieron despertarme como dos horas antes. Era un día de marzo, había sol y los pajarillos trinaban (quizás de frío, todavía había). La oficina estaba a 10 minutos a pie desde casa. Yo salí 30 minutos antes.

***

Antes de llegar a la oficina sucedió algo extraño. En el camino al Registro Civil me detuve a hacer una fotocopia de mi pasaporte. Es un local administrado por turcos que refleja los cambios en Berlín: hace tres años era un centro de internet, hace dos una gran parte del espacio fue convertida en restaurante bar (más bar que restaurante, pero para el caso es lo mismo), y hace uno el espacio de las computadoras se redujo a cuatro mesas y todo el resto es una dulcería y expendio de no sé cuántos tipos de cerveza. Entre los dulces y las cervezas hay una fotocopiadora.

“¿Una fotocopia?”, me respondió en español la joven mujer que estaba cubierta con velo. Había corto circuito: ¿una turca hablando español en Kreuzberg? En Berlín aparecen hispanohablantes hasta por las coladeras pero que los turcos ya hablaran ese idioma para recibirlos me parecía una exageración.

María Dilek, por decirle, había vivido seis años en España y al reconocer la nacionalidad en mi pasaporte comenzó a contarme su vida. Amigable para estas horas de la mañana. No, demasiado amigable. De repente sentí que el tiempo se venía como tsunami. Y todavía más cuando vi que de la fotocopiadora sacó un tapete blanco con la imagen de mi pasaporte al centro.

“¿Así la puedes entregar en el Registro Civil, no? ¿o prefieres otra?”, me dijo María Dilek sobre la hoja tamaño A3 que servía más bien para colgar un anuncio espectacular en la azotea de un edificio.

“No, prefiero otra por favor”, le dije, con una mirada que traía de posdata PorFavorYaNoTeTardesTantoPorqueTengoUnaCitaAhoritaYA.

Las mil y una noches en español continuaron.

La fotocopiadora tuvo que ser apagada. Parecía carro cubano. Había que hacerle un conjuro para que terminara de arrancar. Yo tomé mis cosas y me fui. Mi cita era más importante que una fotocopia.

Me fui al Registro Civil corriendo. Fueron cinco minutos de paso veloz. En ese tiempo crecía un miedo en mí: ver que otra persona pasaba en mi lugar después de que me llamaron y yo no respondía. Peor: me imaginaba a la funcionaria diciéndome, ¿se quiere nacionalizar y lo primero que hace es no llegar puntual a su cita? Y, zaz, que tachaba mi solicitud y usaba sus 20 sellos del escritorio para cancelarme mis sueños.

***

La entrada del Registro Civil estaba cerrada. Había una fila de gente formada. Me pareció muy raro. Era justo la hora de la cita. Las 8:30 en punto, con algunos segundos. ¿Podría haber salido la Frau Funcionaria y al no encontrarme haberse ido? No. No puede ser. Sería demasiado. Toqué en las puertas. Nadie. Toqué de nuevo. Nadie, nada. Llamé por teléfono. Nada.

Entonces vi los horarios de atención al público y decía nueve de la mañana. Creí en mi error. Yo soy el que debió de haber estado mal. Cómo podía ser. Revisé calendario, no había error. Recordé la llamada por teléfono, memoria fresca, todo estaba en orden, 8:30 de este día. Revisé pedacitos de papel que me había apuntado, 8:30. ¿Por qué no está la Frau Funcionaria? ¿se podía haber equivocado?

Con un dejo de esperanza me fui a caminar por las calles del barrio. Cerca por si sonaba el celular. Encontré otra fotocopiadora y aproveché para reproducir mi pasaporte. Habían pasado unos 20 minutos. Llamé de nuevo. “¿Hola?”, se escuchó del otro lado. “¿Frau Funcionaria?, soy el de la nacionalización”.

La mujer se disculpó. Primero dijo que estaba ahí, luego que no sabía que la puerta estaba cerrada, luego que por qué no le llamé, y luego que si todavía tenía tiempo para pasar. Me podría recibir de nuevo, ya sin cita ni formalidades.

La funcionaria me revisó mis papales en segundos. Contrato de trabajo, comprobantes de ingresos, seguros, cartas, formularios, impuestos, contrato de renta… Toda mi vida pasó en segundos por los ojos de la funcionaria. Y dijo OK. Que si me faltaban copias, “me las pasas luego, no tienes que hacer cita”. Que si me faltaban otros documentos de los que no se hubiera percatado, “igual, me los pasas luego, al fin que el proceso tarda”.

Un alemán se diría completamente decepcionado de la burocracia alemana.

Pero yo no soy alemán.

Todavía no.

viernes, abril 26, 2013

Nacionalización alemana (o de cómo ver el Tatort con placer)

Still de la cinta Almanya, Bienvenido a Alemania

Empecé mi proceso de nacionalización alemana hace unas semanas. Fue voluntario. No tengo presión de visa, no soy refugiado, no necesito mi pensión, no quiero dejar de ser mexicano… Nada urgente, pues. Simplemente vi que es fácil hacerlo.

Lo que no ha sido fácil es resolver algunos cuestionamientos.

Mi familia, amigos, colegas de trabajo me preguntan sin más ¿para qué hacerse alemán? ¿de qué te sirve ese papelito de primer mundo? ¿cuáles son las ventajas? En muchos casos entiendo la pregunta. Varias personas tienen que renunciar a su nacionalidad de origen para obtener la alemana. Los mexicanos no.

De ahí que mi visión de la nacionalidad alemana sea como un trámite más. El empadronamiento en Berlín fue el primer gran trámite burocrático al que me enfrenté; luego la cuenta de banco; la tarjeta de crédito; el teléfono celular; la licencia de conducir; el permiso de residencia permanente; y ahora el pasaporte y la tarjeta de identificación nacional.

Las ventajas que veo: si el mánager de algún hotel me impide dejar mi toalla a las 6 de la mañana en el mejor lugar de una alberca, le diré “ich bin Deutscher!”.

No, ya en serio, a mí me interesa mucho poder votar en elecciones locales y federales, y eso sólo lo puedo hacer en tanto que alemán. Quiero hacer trámites burocráticos más rápido y quiero poder viajar a otros países sin que como mexicano me pidan una visa. Y ni se hable de las oportunidades de trabajo que podría aprovechar, tanto en Alemania como en la Unión Europea. Además, como bien me dice una amiga que se nacionalizó, si me quedo sólo con la residencia permanente ésta podría llegar a perderse después de seis meses de estar fuera de Alemania.

Otra pregunta a la que me enfrenté (a los mexicanos nos gusta el “hubiera”) fue: ¿me nacionalizaría alemán si, al contrario de como pasa, tuviera que renunciar a mi ciudadanía mexicana?
 
La respuesta es sí.
 
Son papeles, no sistemas operativos que se cargan en uno para cambiarle su configuración de origen. Ni me haré rubio, ni grandote, ni dejaré de comer tacos ni de chupar tequila.
 
Pero hay personas que esto se lo toman en serio. ¿Tu nacionalidad por la alemana? Nooooooo, para nada, me dijeron algunos. Pero de todos, mi padre es quien más afectado parecía. Él y mi madre estaban de visita en mi país adoptivo. Esa noche justo estábamos en una taberna de Núremberg. Hablé sobre mi entonces todavía deseo de querer nacionalizarme. Todo bien. Y entonces mencioné que si tuviera que renunciar a la nacionalidad mexicana, lo haría. Uy, cara larga. El resto de mi conversación, unos 10 minutos más, se convirtió en sonido de ambiente. Los oídos de mi padre quedaron dañados con mi lapidaria frase. Al final, cuando regresó en sí, sólo fue para decir, “tú siempre serás embajador mexicano donde quiera que estés”. O algo así.
 
¿Qué tan mexicano es uno? ¿qué tanto lo debe ser uno? ¿qué tan mal es que uno, con o sin propósito, no lo sea? O incluso estas preguntas más adaptadas a mi situación: Si me hago alemán, ¿qué pasa cuando alguien vea que no hablo bien el idioma? ¿o que no soy puntual? ¿o que no tengo tantos ahorros como ellos? ¿o que al caminar no como salchichas que voy embarrando en la mostaza del cartón que llevo en una mano?

Todavía no sé jugar Skat ni tengo un auto que cuidar, pero tomo cerveza como los campeones, grito a todo volumen por las victorias del Dortmund y me gusta el Tatort. Bueno, no, no tanto, me gustan los comentarios en Twitter sobre lo absurdo del Tatort (una serie tipo CSI a la alemana).
 
La nacionalidad alemana es sólo un reto a poder cuadrarse a un sistema de reglas. Ya la palabra original lo dice: “Einbürgerung”, ciudadanizarse, entrar en el concepto de ciudadano, y no --como en México o en otros países-- nacionalizarse o naturalizarse.
 
A ver qué sorpresas me depara este proceso.

jueves, marzo 28, 2013

El Muro Bauhaus


 
Este miércoles 27 de marzo el Muro de Berlín se quedó chimuelo. Bueno, ya es como el cuarto diente que pierde. Si sigue las leyes de la naturaleza a las que los seres humanos estamos atados, en unos años más perderá toda su dentadura de concreto.
Se trata de la East Side Gallery, el tramo de Muro de Berlín más largo –1.3 kilómetros-- que se mantuvo en pie desde la caída de éste, en noviembre de 1989. Ahora es una galería al aire libre que con sus pinturas y grafitos habla sobre la paz de los pueblos y la libertad. Es un objeto de terror que se convirtió en símbolo de la libertad.
Y ahora lo están desapareciendo. Los mismos berlineses, hay que decirlo.
Hace 24 años, todo mundo estaba desesperado por derrumbar ese muro. “¡Tire este muro!”, le gritaba Ronald Reagan desde Berlín a Mijaíl Gorbachov en el clímax de la Guerra Fría. El Muro de Berlín representaba la parte física de la Cortina de Hierro que dividía al mundo en blanco y rojo, en bueno y malo, en occidente y oriente.
Hoy en día muchos luchan por erigirlo. Eso sí, como monumento, como pieza de arte.
“Ahora nos llegan peticiones de que lo volvamos a levantar”, me había dicho en una entrevista el alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, hace ya unos cinco años.
Pero a Wowereit y a muchos berlineses les da igual. El Muro de Berlín tenía que caerse y quedarse en el piso. Además ya hay por lo menos otros dos amplios museos sobre el Muro de Berlín en lugares históricos. ¿Y la East Side Gallery? Qué más da. Son 1.3 kilómetros de East Side NoSéQué que poco importan y pasan al olvido.
El artista iraní que preside la Asociación de Artistas de la EasT Side Gallery, Kani Alavi, y encargado de cuidar este monumento –hágame el favor, un iraní y no un berlinés, ya desde ahí hay algo mal--, me contó que si no es por los artistas nadie se ocupa de este tramo. También me dijo que antes el descuido era tal que no sólo llegaba gente con cincel y martillo a quitar trozos de Muro y venderlos, sino que una vez llegaron tipos con grúas a llevarse partes del Muro (cada una de 2.6 toneladas). 
Después llegó el inversionista de la sala multiusos O2 World y quitó 50 metros de East Side Gallery. Nadie dijo nada entonces. Era 2006. Siete años después el inversionista berlinés Maik Uwe Hinkel, no tiene reparo en quitar 22 metros de Muro. “El permiso de construir ahí, quitando pedazos de Muro, me los dio el Senado de Berlín”, ha dicho en entrevistas. 
Él le echa la culpa a las autoridades, pero las autoridades duermen a gusto porque los manifestantes se van contra Hinkel como símbolo del capitalismo depredador que está logrando (volver a) derrumbar el Muro. Y Hinkel, quien además vivió del lado socialista de Berlín, tiene que aguantar hasta a un David Hasselhoff que se trepa en un armatoste amarillo con altavoces y cantar “Looking for freedom”, alborotando a toda la fauna izquierdista muy particular del barrio donde está la East Side Gallery. 
Michael Knight y su Auto Increíble, o Fantástico, habrían hecho un mejor papel. 
O incluso Pamela Anderson. 
Total. El punto es que el ex socialista berlinés Hinkel se madrugó a todos este miércoles al mandar quitar ya unos pedazos de Muro bajo un gran resguardo policial. Ni el Twitter fue demasiado rápido para que los grupos de protesta se organizaran. 
Pronto tendremos un edificio llamado “Living Bauhaus” sobre la otrora “Franja de la Muerte” que se extendía entre el Muro de Berlín y el río Spree. 
Ellos tendrán pesadillas.

viernes, marzo 08, 2013

Sauna en Berlín - Capítulo 5: Encuentros del tercer tipo.

©Deutsche Fotothek
El invierno se nos va en Berlín, y con ello la oportunidad de ir a una sauna y disfrutarla. Se puede ir en todo el año, pero en realidad yo la disfruto mucho más cuando el frío está por debajo de cero.
Quizás muchos más la disfrutan también en esa época. En esos días las saunas parecen transporte público de México, con todo y sudor.

Y aunque en una ciudad tan grande como Berlín uno tiene el velo de la anonimidad para protegerse de inesperados encuentros, no siempre pasa así. Uno siempre está expuesto, y completamente desnudo, si en la misma sauna está tu compañero de trabajo. O tu jefe. O tu flirt. O la amiga de tu mamá.

En fin, a mí no me ha pasado tan fuerte pero sí un par de veces y por eso me he puesto a pensar sobre ello.

¿A quién no te gustaría encontrarte en una sauna? ¿hasta dónde y por qué tendrías la tolerancia de estar con alguien cercano en una sauna?

La primera vez que me encontré a alguien en una sauna fue raro. Era un colega colombiano que había conocido hacía tiempo en Berlín. No somos amigos pero nos conocemos lo suficiente para reconocernos. Desnudos. Yo iba saliendo de una de las cabinas, todavía lleno de sudor, todavía con los pensamientos evaporados. Y él creo que se dirigía a esa cabina, venía de frente. Lo vi, me vio, nos reconocimos. Yo iba con la Wika. Haber desviado la mirada en ese momento hubiera sido obvio y con ello habríamos sellado un paquete de vergüenza, con todo y cera. Pero tampoco hubo mucho tiempo para pensar en evitarse, todo fue relámpago.

- Hey, hola, ¿el artista colombiano, no?
- Hey, sí, ¿tú el periodista mexicano, no?
- ¿Cómo estás? Hace mucho que no te veo en eventos.

Esto fue, creo, el punto que ayudó a ver todo normal. En cuestión de segundos estábamos como en una plática de bar. Nuestra desnudez había dejado de ser una desprotección.

- Pues sí, ando trabajando en otros proyectos que me tienen muy alejado de eventos, me dijo.

Bla, bla, bla.

Cada quien siguió sus actividades saunáticas, sauneras, como si nada. Por ahí nos volvimos a ver en una ocasión. Sonrisa. Otra vez nos vimos. Saludo de rock star.

En otra visita a la sauna, saliendo de la regadera, vi a una chica que me pareció conocida. Por la cara, aclaro. Pronto la reconocí y ella a mí. Era la mesera de un restaurante de al lado de mi casa.

Asumo que cada uno de estos encuentros lleva un código de comportamiento. Yo no escaneo, tú no escaneas. De lo contrario comienza lo incómodo. Pero algo similar ocurre en cualquier otro lugar público. Uno se encuentra a alguien casualmente y, al saludar, no se abalanzan los ojos al pecho o al pubis.

Con la mesera nos preguntamos cómo estamos y ya. Brevemente. Cada quien siguió su camino saunático. Ella se dio la media vuelta y se fue. Y sí, a veces pasa también como en cualquier otro lugar público, regresas la mirada para ver si la persona se fue con bien.

Otros capítulos de la serie "Sauna en Berlín":

Preámbulo: ¡Fuera toallas!

Capítulo 1: Un moreno desnudo en Berlín.

Capítulo 2: Miradas centrífugas.

Capítulo 3: El soplido del dragón.

Nota al pie: ¿Por qué se desnudan los alemanes?

Capítulo 4: La toalla, entre más colorida, mejor.
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