martes, junio 04, 2013

Nacionalización alemana - Burocracia desteutonada


Siempre me ha llamado la atención la rectitud alemana, esa formalidad que hay en las citas privadas y las profesionales. Hay tan pocas cosas coordinadas en el mundo como esa puerta del funcionario que se abre al momento de la cita o la llegada de los amigos a un bar o a una cena casera.

Mi cita con una funcionaria del Standesamt (lo que yo llamo “registro civil”), apuntaba para ser así.

En mi proceso de nacionalización, una persona del Registro Civil debía revisar que mis papeles estuvieran en orden para, una vez hecho eso, asignarme a un examen de alemán y a uno de nacionalización, con preguntas que van desde el osito de Berlín hasta las estrellas de la Unión Europea. El destino me asignó a una funcionaria del Registro Civil del barrio de Kreuzberg, y me dio una cita que estaba a un mes de distancia.

¡Un mes!

Este alejamiento temporal entre el momento de acordar una cita y su ejecución, causa temor. Es como decirle a un beduino que en las coordenadas 23° 11′ 37.33″ N 39° 32′ 41.18″ E del desierto del Sahara encontrará un vaso de agua. Lleno. Pensar que hay algo más allá del alcance de mi mano es increíble y creo que se lo debo a mi cultura, donde el mañana no existe o, como brujos, provocamos que no exista.

Llegó el momento de la cita. Fue un día a las 8:30 de la mañana. Los nervios o la incredulidad de que esa cita existiera me hicieron despertarme como dos horas antes. Era un día de marzo, había sol y los pajarillos trinaban (quizás de frío, todavía había). La oficina estaba a 10 minutos a pie desde casa. Yo salí 30 minutos antes.

***

Antes de llegar a la oficina sucedió algo extraño. En el camino al Registro Civil me detuve a hacer una fotocopia de mi pasaporte. Es un local administrado por turcos que refleja los cambios en Berlín: hace tres años era un centro de internet, hace dos una gran parte del espacio fue convertida en restaurante bar (más bar que restaurante, pero para el caso es lo mismo), y hace uno el espacio de las computadoras se redujo a cuatro mesas y todo el resto es una dulcería y expendio de no sé cuántos tipos de cerveza. Entre los dulces y las cervezas hay una fotocopiadora.

“¿Una fotocopia?”, me respondió en español la joven mujer que estaba cubierta con velo. Había corto circuito: ¿una turca hablando español en Kreuzberg? En Berlín aparecen hispanohablantes hasta por las coladeras pero que los turcos ya hablaran ese idioma para recibirlos me parecía una exageración.

María Dilek, por decirle, había vivido seis años en España y al reconocer la nacionalidad en mi pasaporte comenzó a contarme su vida. Amigable para estas horas de la mañana. No, demasiado amigable. De repente sentí que el tiempo se venía como tsunami. Y todavía más cuando vi que de la fotocopiadora sacó un tapete blanco con la imagen de mi pasaporte al centro.

“¿Así la puedes entregar en el Registro Civil, no? ¿o prefieres otra?”, me dijo María Dilek sobre la hoja tamaño A3 que servía más bien para colgar un anuncio espectacular en la azotea de un edificio.

“No, prefiero otra por favor”, le dije, con una mirada que traía de posdata PorFavorYaNoTeTardesTantoPorqueTengoUnaCitaAhoritaYA.

Las mil y una noches en español continuaron.

La fotocopiadora tuvo que ser apagada. Parecía carro cubano. Había que hacerle un conjuro para que terminara de arrancar. Yo tomé mis cosas y me fui. Mi cita era más importante que una fotocopia.

Me fui al Registro Civil corriendo. Fueron cinco minutos de paso veloz. En ese tiempo crecía un miedo en mí: ver que otra persona pasaba en mi lugar después de que me llamaron y yo no respondía. Peor: me imaginaba a la funcionaria diciéndome, ¿se quiere nacionalizar y lo primero que hace es no llegar puntual a su cita? Y, zaz, que tachaba mi solicitud y usaba sus 20 sellos del escritorio para cancelarme mis sueños.

***

La entrada del Registro Civil estaba cerrada. Había una fila de gente formada. Me pareció muy raro. Era justo la hora de la cita. Las 8:30 en punto, con algunos segundos. ¿Podría haber salido la Frau Funcionaria y al no encontrarme haberse ido? No. No puede ser. Sería demasiado. Toqué en las puertas. Nadie. Toqué de nuevo. Nadie, nada. Llamé por teléfono. Nada.

Entonces vi los horarios de atención al público y decía nueve de la mañana. Creí en mi error. Yo soy el que debió de haber estado mal. Cómo podía ser. Revisé calendario, no había error. Recordé la llamada por teléfono, memoria fresca, todo estaba en orden, 8:30 de este día. Revisé pedacitos de papel que me había apuntado, 8:30. ¿Por qué no está la Frau Funcionaria? ¿se podía haber equivocado?

Con un dejo de esperanza me fui a caminar por las calles del barrio. Cerca por si sonaba el celular. Encontré otra fotocopiadora y aproveché para reproducir mi pasaporte. Habían pasado unos 20 minutos. Llamé de nuevo. “¿Hola?”, se escuchó del otro lado. “¿Frau Funcionaria?, soy el de la nacionalización”.

La mujer se disculpó. Primero dijo que estaba ahí, luego que no sabía que la puerta estaba cerrada, luego que por qué no le llamé, y luego que si todavía tenía tiempo para pasar. Me podría recibir de nuevo, ya sin cita ni formalidades.

La funcionaria me revisó mis papales en segundos. Contrato de trabajo, comprobantes de ingresos, seguros, cartas, formularios, impuestos, contrato de renta… Toda mi vida pasó en segundos por los ojos de la funcionaria. Y dijo OK. Que si me faltaban copias, “me las pasas luego, no tienes que hacer cita”. Que si me faltaban otros documentos de los que no se hubiera percatado, “igual, me los pasas luego, al fin que el proceso tarda”.

Un alemán se diría completamente decepcionado de la burocracia alemana.

Pero yo no soy alemán.

Todavía no.

1 comentario:

preferenciasracionales dijo...

jeje.
Mi experiencia fue parecida en cuanto a la Einbürgerung, sin muchas complicaciones. Incluso el chavo funcionario me contaba de sus bares favoritos en Kreuzberg.
Saludos!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...