jueves, septiembre 19, 2013

Nacionalización alemana - Listo para votar

Vista de la sala de sesiones del Bundestag

Acabo de nacionalizarme alemán. Y lo hice por placer… o quizás porque el día en que empecé el trámite no tenía nada más qué hacer. Y al darme mi acta de nacionalización, me sorprendieron con una noticia: “Herr Botello, usted puede ser parte de la política de este país. Hemos mandado un aviso para que lo integren en la lista electoral”.

Cuando comencé el trámite de nacionalización soñé con votar en las elecciones al Bundestag este 22 de septiembre. Votar es una de las dos ventajas que uno tiene con un pasaporte alemán. La otra es viajar a Disneylandia sin tener que tramitar visa.

La política alemana parece aburrida. No hay políticos que aparezcan con máscaras de cerdo en el parlamento, con pancartas o que se duerman en su curul. No. Hay discursos, hay debates ordenados y respetuosos. Muy respetuosos. Y si uno quiere parecer ofensivo sólo levanta la voz. El idioma alemán se presta bien para ello. Estuve hablando con un analista de esta campaña electoral (Raúl Gil) y cuando le pregunté qué le faltaba a los políticos alemanes, me dijo “hablar menos, usar videos cortos, con uno o dos datos cuando mucho, usar las redes sociales para comentarios personales y no para poner links a discursos”.

Sí, los alemanes tienen una gran virtud que en las campañas electorales se convierte en una especie de defecto: son muy intelectuales.

Aún así la política alemana me fue infectando. Me parece un gran juego de ajedrez. Uno tiene dos votos en la papeleta electoral, uno para un parlamentario y otro para un partido. Puedes votar a un tipo candidato del partido negro y después a por el partido rojo completo y esperar a ver cómo discutirán para mover piezas y hacer coalición, y así conformar la mayoría para nombrar a un canciller. Y si no te gustó, pues son sólo cuatro años de sufrimiento.

Yo soñaba con ser parte de este juego.

Tuve una cita en la oficina donde tramitaban mi nacionalización. Debía entregar unos últimos documentos para completar el papeleo de los trámites. Era julio, el sol brillaba y hacía calor, esto pone a los alemanes de muy buen humor. Y la funcionaria que me atendía, lo estaba. El que estaba de malhumor fui yo cuando me dijo que el proceso finalizaría por ahí de octubre. “Noviembre quizás. Tenemos falta de personal”, me dijo. Entonces me acordé de unas buenas amigas mexicanas y de su regla ante situaciones de burocracia extrema en instituciones públicas. Todas son iguales en todo el mundo. Así que acerqué mi silla, me llevé la mano a la barba acomodando el codo en el escritorio y miré hacia el techo: “ay Frau B. pues creo que me quedaré con las ganas de votar. Yo pensé que para el 22 ya tendría mi nacionalidad. He estado soñando con ser parte de este gran sistema democrático”. Y le mencioné –seguro que hasta se me salió un guiño- si la burocracia alemana no me haría un buen regalo de cumpleaños dándome este derecho. “Cumplo a mediados de agosto, habría buen tiempo todavía”, le dije.

Prontitud alemana, verano caliente, coquetería, diosesgrande, #ComoSeaQueSeLlame, pero la carta que confirmó mi nacionalización llegó tres días después de mi cumpleaños, citándome para ese ya mencionado 2 de septiembre. Inmediatamente verifiqué las fechas límite de empadronamiento y, uy, sorpresa, el último día rezaba así: 01.09., uno de septiembre.

Scheisse!
En Alemania somos 12 mil 520 mexicanos, en Berlín mil 325. Las estimaciones se elevan al triple en cada una de las dos cifras oficiales, esto lo delatan la cantidad de negocios que en derredor de lo mexicano se han abierto. Tiendas de piñatas, mezcalerías, taquerías, mayoreos y menudeos de productos y bebidas por internet, y recientemente hasta una zapatería de San Miguel Allende. ¿Cuántos de estos tienen pasaporte alemán, ergo derecho a votar? Ni idea, pero entre las decenas que conozco, muchos lo tienen y quieren ejercer su voto.

Argentinos, chilenos, venezolanos o colombianos, que nos rebasan por mucho en número de inmigrantes, son todas colonias muy politizadas en Alemania y no dudaría yo ni un momento en que también estarían interesados en influir en la política de este país. Prometo ponerme a investigar más sobre este aspecto para continuar desarrollando esta idea del voto latino en Alemania (en una de esas el buen Wilbert Torre me cede medios derechos y me hago un “Merkel latina”, con la diferencia de que el ángulo sería “De cómo los latinos ayudaron a propagar las políticas de austeridad en Europa”).

“Herr Botello, usted puede ser parte de la política de este país. Hemos mandado un aviso para que lo integren en la lista electoral” —> Ese 2 de septiembre que me dijeron eso fui feliz, tanto como una señora de un barrio acomodado en México que recibe el crédito para comprarse una camioneta de 8 plazas. Pronto me imaginé a un canciller del Partido de los Piratas sentado en la silla de Merkel. También me imaginé a diputados de ese partido afuera del Bundestag fumando mariguana (un día que entrevisté a los de Berlín me dieron un ejemplo de lo flexible que es fumar mariguana enfrente del parlamento berlinés).

Los funcionarios alemanes habían hecho una excepción con los nuevos nacionalizados. Quizás están interesados en más votos, en votos fáciles. Como sea. Pero ahora, además de trabajar en la desmitificación de Alemania y reportar sobre estas cosas de actualidad y acercar al país y a sus ciudadanos a una visión más realista y menos teutona, yo mismo me metí en el sistema.

Ahora yo, un mexicano cualquiera, estoy a punto de contribuir a decidir el futuro de este país.  Y de Angela Merkel, la mujer más poderosa del mundo y que vi subir al poder.

Algún día alguien tendrá que desmitificarme.

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