viernes, julio 02, 2004

Ciudadano de papel, berlinés de corazón.

Este día me convertí, oficialmente, en berlinés.

Aunque esa fue la frase que dijo el burócrata alemán, se queda muy lejos de ser verdad porque no soy ni rubio, ni hablo buen alemán, ni, para colmo de males, nací aquí como muchos extranjeros hoy en día. Cierto es que quedé registrado en la delegación de la policía y tanto mi nombre como mi dirección aparecen ahora en un padrón ciudadano y electoral que me ubica perfectamente en el espacio geográfico e informático de Berlín.

En otras palabras, si cometo un delito soy perfectamente identificable. No sé si me gusta ser berlinés.

El otro lado es, claro, la ciudadanía de corazón. Mi amigo, el periodista escritor, bueno, más hisoriador y cuentista que lo anterior, Andrés, me hizo un señalamiento obvio pero entonces cegado para mí por el papelito sellado que yo traía:

"Querido amigo, -escribe desde México- te felicito por la oficialización de tu ciudadanía, pero es menester que sepas que más importante que el sello que estampan los hombres, es la marca que deja una ciudad en el corazón. Luego entonces, quiero que sepas que yo también soy berlinés y siempre lo seré."

Y es cierto. ¡Cuántos hombres y mujeres no hemos caído enamorados de esta ciudad desde la primera vez que la visitamos!

Berlín se queda impregnado en muchas personas, primero, por la diferencia cultural que representa ante la mente latinoamericana, muchas veces fascinada por el encuentro del Primer Mundo y desarrollada con una ideología y teoría de la libreación y opresión de dictaduras y subdesarrollo humano. Segundo, por las vivencias que a cada quien le hayan tocado durante la estancia vacacional, de trabajo o de estudio por un tiempo 'x' en esta ciudad.

Saber donde se come la mejor salchicha asada en la calle (y disfrutarla), estar en el metro y entender el matemático y poético lenguaje de Goethe para llegar a la parada correcta, o encontrar el más recóndito café o bar para observar como extranjero local el mundo alemán al natural, son cosas que sólo a uno se le quedan en el corazón. Y aunque haya ciertos peligros en las calles como encontrarse con neonazis o lidiar con los punks dizque socialistas, uno siempre se puede sentir tan aceptado socialmente como retado para tratar de entender lo que pasa en este Estado de bientestar social.

Así como Andrés, yo también tengo mis propias experiencias y me ha gustado mucho ser aceptado por la familia de mi novia, salir solo al cine, entender cómo lograr el mejor descuento al pagar un boleto del metro o caminar de la mano del amor al lado de las zonas más desconocidas como los canales de Treptow.

Y aunque este burócrata de Alemania del Este no sabía exactamente dónde se encontraba mi país, su sonrisa fue más fuerte que el sello que estampó para hacerme sentir un ciudadano más de esta metrópolis que vive en constante reconstrucción económica y social.

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