sábado, agosto 14, 2010

La ¿maldición? del backpack.

Desde que no tengo apéndice estoy más ligero. Casi 10 kilos más ligero. Cuando salgo a la calle ahora vuelo como una pluma.

Así salí la otra vez de mi edificio en el barrio de Kreuzberg. El Spree soltaba su brisa de la mañana. El sol alumbraba a los pajaritos chifladores. El cartero comenzaba la entrega de las epístolas que vienen a emocionar un día. Hasta que llegué a la esquina de la calle y lo vi. Fue como si de repente hubiera llegado una nube con rayos y truenos. El peso pluma se transformó en peso plomo.

Ahí estaba ese símbolo de la decadencia. Ese concepto de la contradicción. Ese personaje provocador: el turista. Un tipo sujetado a un backpack y con un mapa de la ciudad extendido al aire. A su lado un amigo desesperado por tener la siguiente coordenada.

Rayos y centellas.

¿Qué ha pasado en el barrio para merecer esta especie humana depredadora? Entre los visitantes de una ciudad el turista es el más salvaje de ellos. Llega como manada a donde le dicen que hay comida. Devora para satisfacer un instinto precario de satisfacción, en lugar de planear el terreno de caza haciendo simbiosis con él descubriendo cautelosa y sigilosamente lo que necesita para alimentarse. El turista como animal depredador y cadena ulterior del capitalismo salvaje.

Ahí estaban los dos seres en la esquina de mi calle, una calle que en un tiempo no lejano fuera un recoveco de paz, incluso en el ya de por sí revoltoso barrio.

Muchos me dirán que los dos podrían haber estado perdidos y que en realidad no habría que encontrar una quinta pata al gato. Que no habría problema alguno ahí. Pero no. Quien vio el Berlín de hace 10 años y puede ver el de ahora podrá distinguir que el turismo ha tomado la ciudad como un fenómeno de masas y que ha transformado la economía de la ciudad. Por un lado le hace bien a la ciudad, pero por otro lado los productos de esta nueva economía, los hoteles baratos; los hoteles uno encima del otro; las 'bier bikes'; el 'Muro de Berlín para rascar, oler y llevar'; los empleos baratos; los restaurantes 'nice' que fomentan la división de clases y disparan las rentas de los barrios otrora humildes y baratos; etc., son conceptos de decadencia tan pesados como los backpacks de los dos turistas en la esquina de mi casa.

A la vuelta de mi casa, hacia el otro lado de los turistas, abrió un nuevo restaurante. Un restaurante 'nice'. Ocupa el espacio que antes tenía un muelle público. Uno podía pasearse por ahí gratis respirando la brisa del Spree y apreciando el Muro de Berlín del otro lado. Hoy se sientan ahí personas con trajes bien planchados y corbatas hasta el pescuezo. ¡En Kreuzberg! En lo que fuera el corazón de un barrio industrial, luego de migrantes y luego de luchas izquierdistas. Ahí está el editor de una famosa revista, de traje y corbata, quien a la pregunta de si ahora 'su gente' por fin osará venir a este barrio contesta "sí, aquí pronto estará todo Mitte y Prenzlauer Berg".

En otras palabras: gentrificación, wessi y backpackera, por ponerle adjetivos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hace rato que estoy pensando en visitar el Kreuzberg y hasta tengo una lista en mi cabeza de los sitios que debería visitar (entiéndase pubs y demás antros - no museos-) de ese barrio. Y sí, hasta tengo un mapa enorme de Berlín pegado en la pared de mi cuarto... y si, soy medio friky. El caso es que estudio traducción de alemán aquí en Argentina, y leo todos los blogs de Berlín, (como si Alemania fuera eso: Berlín) Pero es que no he encontrado blogs de otras ciudades!. Me Imagino que uno de estos días llevare el mapa y seré uno de esos que buscan la siguiente coordenada en alguna esquina de la pequeña Estambul.
Tú blog esta en el Top 10, y hace años que te sigo, semana a semana esperando las nuevas de Berlín. Y tengo que decir que nunca has defraudado con la calidad de tus textos, ese toque de humor y sinceridad al describir la realidad berlinesa; pero solo una queja: ¿Porque diablos no publicas más seguido?.
Andy

Yāōtzin Botelho dijo...

Entiendo la situación. Y yo no quiero terminar siendo un espantaturistas. Es sólo que la idea del turismo masivo y de verme rodeado de todos ellos me asusta de una forma. Pero, claro, quién soy yo para decidir cómo uno debe, puede o quiere visitar una ciudad como Berlín. Esta discusión, así como la de la gentrificación, es interesante y es muy difícil tomar una posición. Sólo espero que tu mapa no esté desactualizado para cuando vengas.

Andy dijo...

Leyendo tu ultimo post y con la definición de la wikipedia de gentrificación, se me hizo todo bastante claro. Solo que me pregunto a donde ira a parar toda la gente desplazada de su antiguo barrio.
Habría que mal informar al turismo y decirle que el barrio de moda en realidad es... y allí te piensas una zona de Berlín que no te guste y que este bastante lejos... (pero aun le seguiríamos echando el problema a otro, claro).
La urbanización de Berlín cambia tan rápido que deberían imprimir los mapas con fecha de caducidad programada a 12 meses. Seguramente el mío ya caduco hace un par de años y yo ni enterado.
Saludos!
Andy

Yaotzin Botello dijo...

Suena como buena solución malinformar al turista, pero antes que eso creo más bien habría que informar de otra forma. Cada 'berlinés' podría hablaar de diferentes lugares. Cada quien podría descubrir nuevas experiencias en diferentes barrios y escribir otras cosas que ayuden, por decirlo así, a distribuir de manera más equitativa, ergo inteligente, a los turistas. Hacerlos visitantes y no sólo 'turistas'.

Por ejemplo: una colega me pide que le dé tips de mi barrio para que ella publique una guía. Yo le digo 'cuernos', si quieres tips, visitamos juntos el barrio y tú me dices que te llama la atención, qué te gustaría comunicar a tus lectores. El punto es no repetir las cosas que a otros les gustan y que por un 'azar' comunicativo se han vuelto de moda.

Y al final pasa como con el cambio climático, la pobreza, las cosas orgánicas y todos esos grandes contra-movimientos: lo mejor es que cada quien empiece consigo mismo. Así que a mis visitantes yo trato de mostrarles cosas diferentes y que vayan más allá, o que de plano ni toquen las guías.

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