martes, diciembre 06, 2005

* Pide al tiempo que vuelva

No sé cuántas discusiones he escuchado sobre la impuntualidad de los trenes en Alemania. Quizás cinco, quizás diez. Quién sabe. Pero yo puedo atestiguar que eso no es cierto y por eso puedo decir:

Lo que se siente perder un tren.

Esta es una situación un poco avergonzante de contar porque he dejado a algunas personas esperando y porque ya estoy revelando que una de mis debilidades es la desorganización. Espero que alguien después todavía pueda confiar en mí.

Bien, pues debido a estas experiencias puedo definir tres tipos de sentimientos por perder un tren. Primero, dejo en claro que se trata de un tren que me lleva de una ciudad a otra, no de esos trenes suburbanos o de cercanías como dicen nuestros colegas españoles (que a mi parecer para ambos casos tendría que denominarse interurbano, pero bueno, esto es harina de otro costal). Segundo, nada de lo que se cuente aquí debe ser practicado en casa, puede tener efectos terribles para la salud de uno y de la pareja, familia o involucrados cercanos.

Para definir los sentimientos de los que hablé, es necesario enmarcarlos en estas tres situaciones: perder un tren desde la casa, estando en camino y ¡¡en las narices!! Si alguien después quiere agregar otra situación, bienvenido.

--> Vorwort: abordar un tren no es como un avión, un barco o un autobús. No hay que pasar registradoras electrónicas o scanners (en México se usan para los autobuses incluso), no hay que pasar otros filtros de seguridad, no hay que formarse en una sola puerta y no hay que observar maniobras de seguridad antes de partir. El tren llega, abre las puertas, deja abordar y, en no más de cinco minutos, se va. Y lo hace a tiempo, insisto. Punto.

+ desde la casa. Es el más cómodo de los sentimientos. Se llama resignación temprana y aprovechamiento del tiempo. Es cuando, lleno de racionalidad, alguna vez que iba a Hannover me di cuenta que no me alcanzaría el tiempo de llegar a la estación de trenes. Estaba en casa y, para colmo, en mi computadora. Fue un gran paso de la presión por tener que hacer algo a la inmediata tranquilidad y resignación. Y creí que en este proceso había una actitud madura al aceptar que ya no podía hacer nada más. Después de todo aceptar algo es muy difícil de hacer. Pero ¡ay que estúpido de mí! de verdad habría podido ser el paso hacia una actitud madura si no hubiera pasado más veces, tanto la pérdida del tren como el proceso de resignación.

+ en camino. Me subí al taxi y le dije, como en las películas, necesito estar en la estación en 15 minutos, ¿cree poder hacerlo? Qué cabrón yo, además. Toda mi responsabilidad y desorganización las pasé en un segundo, en una frase, al taxista. Él también se sintió en un set de cine, porque inmediatamente me dijo que lo intentaría aunque en el camino iba murmurando que no era posible. Si el chofer hubiera sido alemán, con toda certeza me habría dicho primero que no entiende la pregunta (porque el concepto de una pregunta que tiene una respuesta negativa obvia no puede ser computado por las neuronas cerebrales alemanas); o habría recibido la pregunta, la medita y con toda certeza me habría dicho un rotundo no, aunque después se habría quedado meditando en el viaje y en que salirse un poco de las reglas morales y de tránsito le hubiera dado un poco de dinero para estos tiempos en que en Berlín hay casi 20 por ciento de desempleo; o me habría dicho, si hubiera sido un poco atrevido, que estoy loco y que eso es imposible en Alemania, con toda la razón de su experiencia y de las reglas que lo amparaban.

La verdad es que es, era, ha sido mi culpa y si en mi aventura quiere entrar alguien más, ese fue por obra y gracia del oso de Berlín mi chofer de origen turco que me llevó como hacha de indio hasta la estación Zoo. ¡Recorrer desde el barrio de Kreuzberg hasta el Zoo en 15 minutos! a la salida de las escuelas y los trabajos, por las avenidas más transitadas de la ciudad, vaya locura. Pero debo de admitir que casi lo logra. Mi chofer se pasó dos luces rojas, algo que sólo yo había visto en México, se balanceaba de carril izquierdo a derecho sin importarle una amonestación policíaca y hasta le gritó a una mujer que iba manejando, "viejas, ¿qué hacen al volante?" se permitió decir. Y todo esto lo hizo por mí, por sentirse en la misma aventura. ¿Qué más iba a ganar él por hacer todo esto? ¿una buena propina que regularmente no se acostumbra en este país? ¿o simplemente probar que en un lugar de reglas y de definiciones sociales prediseñadas siempre se puede remar por la tangente o a contracorriente? Quizás esto último.

Pero, bueno, el punto es que dos minutos antes de llegar al Zoo, después de haber jugado 10 minutos con la esperanza de llegar a tiempo, tuve que resignarme a perder ya mi tren. Y aunque corrí al andén para ver si lo atrapaba, en mi mente ya corrían las llamadas de disculpas, de avisos, y la investigación sobre el tren más próximo.

+ en las narices. Esta podría ser la más dolorosa de todas. El silbato del guardatren sonó, aquella persona que da la señal ulterior al conductor para poder partir. Ese silbatazo era mi sprint final. Yo estaba todavía en los pasillos que llevan al andén. Tomé las escaleras eléctricas. Ahí estaba la única persona que subía hacia el andén. Me bloqueó accidentalmente el paso. Brinqué su maleta. El timbre de las puertas se escuchó. Bip, bip, bip. Alcancé a correr hacia la única puerta abierta, la del guardatren. Un oficial en el andén me gritaba 'zu Spät', 'zu Spät', muy tarde, muy tarde. Pero me valió madres. Mi cuerpo y mi mente todavía se imaginaban en uno de esos asientos, tranquilos, descansando, respirando, después de haber corrido. El guardatren se subió, su puerta estaba a medio cerrar. 'zu Späääät'. Yo tenía que estar adentro. Qué va a decir Luis, qué va a decir Wiebke, cuándo podré llegar a tiempo a una terminal, ya sea de tren, autobús o avión. Por qué fui a hacer las compras, por qué no corrí desde antes. Por qué no pedí un taxi. Por qué no salí caminando y en calma de la casa, como hace la gente común y corriente, como sólo saben hacer los alemanes. Yo a ellos nunca los he visto corriendo para alcanzar su tren, bueno sí, a una señora una vez, desesperada, casi llorando porque no iba a llegar a la hora que indicaba su tarjeta de embarque, cuando realmente es un tiempo ficticio y siempre hay hasta 30 minutos más para abordar el avión. Traté de asirme a la puerta del tren para jalarla y abrirla, como he hecho con el metro y los trenes interurbanos. Ya no me importaba nada, sabía que tenía que hacerlo. Pero la puerta selló enfrente de mí. El tren todavía no se movía y pensé que me dejarían subir. Ingenuo de mí. El oficial del andén se acercó y me repitió, como si no hubiera sido ya suficiente: zu Spät, y me preguntó a dónde quería ir. ¿Qué importa? ya todo está hecho.



Yaotzin.

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