miércoles, enero 29, 2014

Scarlett y las burbujas


Una de mis pasiones en Alemania es el agua con gas. No es que no haya en ninguna otra parte del mundo, pero el acercamiento al agua con gas en Alemania es diferente.

En todos los lugares está disponible. Así como la cerveza, el agua simple, o los jugos, el agua con gas nunca puede faltar en los días de campo, en las fiestas, o en otros lugares.

Y como todas las pasiones, uno se las quiere llevar hasta los lugares más privados y cómodos. Para mí uno de esos lugares es la cocina. Así que un buen día empecé a cargar litros y litros de agua con gas. Alguna vez llegué del supermercado como con 12 botellas de litro y medio. Quería tener reservas para no cargar más durante mucho tiempo… hasta que descubrí una gran invención del ser humano.

Se trata de la adaptación casera de un proceso industrial: la máquina para hacer gas. Así cada quien puede tener agua con gas en casa, en cada momento. Primero pensé que era la típica máquina que sólo existe en las familias cuadradas. Luego me quité prejuicios: el ahorro de esfuerzos, de dinero y de uso de plástico sería mucho mayor.

Lo que no pensé es las cuestiones políticas del asunto, como mi querida Scarlett Johansson tampoco.

Yo me compré una máquina de la marca SodaStream. Preciosa la cosa esa, te deja las bebidas burbujeantes o extremamente burbujeantes, dependiendo de cuánto tiempo te quedes prendado del botón. La marca es conocida, pero en los últimos días lo es más. Scarlett Johansson firmó un contrato para promocionarla y ya hay videos y fotos circulando en internet.

Con la promoción que hace esta actriz salió a la luz, por lo menos para mí, que SodaStream produce sus máquinas en los territorios ocupados por Israel y con obreros palestinos. Organizaciones internacionales como Oxfam se han posicionado manifestando su rechazo a todo tipo de comercio en los asentamientos israelíes que son ilegales bajo la ley internacional.

Mi querida Scarlett dice en su defensa que la empresa está ayudando a construir un puente entre israelíes y palestinos.

Y yo, yo me siento cada vez peor: mi ropa de H&M hecha con gente explotada en Bangladesh, mi celular con cobalto trabajado por niños del Congo, y mis viajes a México a costa de la vida del planeta.

viernes, enero 03, 2014

Bilingüismo, o transtornos de la personalidad

Ilustración: Luis Parejo en El Mundo

Las ausencias en internet a veces pueden ser interpretadas como silencios. Y esos silencios tienen tantos significados como horas tiene el día. El mío ha sido uno de esos momentos negros en que una persona se ve alguna vez en la vida pero, como dirían los autores de esos libros de que se venden como pan caliente: hay luz al final del túnel.
Y mi silencio pasó a ser un momento de reflexión, ergo de iluminación.
Ahora lo rompo porque un querido colega en Berlín me dejó pensando con un tema que me pareció prudente compartir.
Mi querido colega lleva viviendo algunos años en Alemania. Tiene dos hijos ya grandes. Ambos nacieron y crecieron aquí. Y los decidió educar de una forma peculiar: en un solo idioma: el alemán. ¿Dónde vivimos? En Alemania. ¿Qué idioma hablamos? Alemán. Me dijo. Mi colega es hispanohablante, uno de los mejores que he conocido que, con tantos años en Alemania, domina muy bien su idioma materno. Pero que también habla el alemán mejor que algunos alemanohablantes (yo lo he visto corregir a alemanes que luego le han dado la razón).
Él llegó a hablarme sobre la importancia de crecer a sus hijos en un solo idioma. No es la primera vez que lo hablamos. Crecer en un solo idioma evitaría conflictos sicológicos. Transtornos, vaya. Daría una mejor idea de identidad y pertenencia, y facilitaría la concentración. En otras palabras, sería como tener los pies en la tierra. Para fundamentar su argumento, mi colega cita estudios de sicólogos.
Encontré en internet los estudios a los que se refiere. Son todos de entre los años 1950 y 1970, es decir del siglo pasado.
Pero ¿quién no ha querido crecer bilingüe? ¿quién no envidia a esos hijos de migrantes o parejas binacionales que crecen hablando dos, tres o hasta cuatro idiomas? ¿quién, sobre todo, quién ha visto que las personas que hablen más de un idioma desde el principio tengan algún problema sicológico y, de tenerlo, que éste sea significativamente perjudicial?
De ser así, los québécois deben de estar sufriendo montones. Los catalanes también. O quizás por eso quieren sus independencias. Pero también están los suizos o muchas otras regiones donde se llegan a hablar al menos dos idiomas. Y yo creo que para este caso los dialectos también se pueden tomar de ejemplo: esos alemanes que vienen de Suabia (por poner una región de ejemplo) y que cuando se desplazan a otras partes del país tienen que hablar “bien” alemán.
Si en México habláramos alguna, tan sólo una, de las lenguas indígenas que se hablan, quizás podríamos alcanzar otro nivel de pensamiento que nos haga cuestionarnos nuestra identidad como los locos de los québécois, los catalanes, los suizos, o de los alemanes con dialecto. Cuestionarse, y tener más elementos lingüísticos y culturales para hacerlo, creo, es una forma de avance.
Es cierto que tratar de ser bilingüe a una edad tardía, como yo, puede traer ciertos conflictos. E incluso creo que conflictos de identidad todavía mucho más fuertes que los estudiados el siglo pasado. Pero también trae muchas satisfacciones. Yo hubiera querido no usar 20 años de mi vida en aprender otros idiomas y haberlos dedicado a leer más libros o ver más películas.
Por eso me cuesta trabajo entender cómo había académicos que trataban de demostrar el siglo pasado que una educación unilingual era la base de una buena personalidad.
Hoy en día, y esto me lo dijo mi colega, su hija adolescente le recrimina no haber aprendido el idioma materno de su padre.
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