martes, diciembre 28, 2004

Lo pequeño del ser humano

"Hoy creemos los humanos que dominamos el mundo en que vivimos. Podemos volar, viajar kilómetros en el espacio. Sabemos de las partículas que hay dentro de los núcleos de los átomos, sabemos de las galaxias más lejanas, creemos que conocemos el universo.

"Pero aunque viajamos hasta el interior de esos núcleos, no somos capaces de entrar dentro de nuestro propio planeta más que una decena de kilómetros. No podemos predecir cuando y cómo se producen las fracturas de su corteza. Desconocemos como predecir terremotos, tsunamis, huracanes. Somos grandes, pero somos muy pequeños frente a la naturaleza. Nos queda aún mucho por aprender."

Fragmento tomado de 'Tsunami: una ola a 700 por hora' de Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, en la edición de El País del 28 de diciembre del 2004.

lunes, diciembre 27, 2004

La familia de gansos

La tradición navideña de Alemania es comer ganso rostizado. La carne es más dura que la de cualquier ave, pero cocinada bien puede saber a un delicioso pichón. Se acompaña con col roja y albóndigas de papa con harina.

Este 24 y 26 comimos ganso. Así como nosotros, debió de haber unas 14 millones de familias que comieron uno en estos días, tomando en cuenta que Alemania es un país de 80 millones de habitantes y que las familias se reúnen para la cena de Navidad en conjuntos de unas cinco personas. Unos 14 millones de gansos.

Mi suegra compró uno en una tienda 'bio' y el 26 el tío de mi novia compró otro, también en una tienda 'bio'. Bueno, de hecho, era la misma tienda 'bio'. Los gansos sabían rico, no tenían mucha grasa como normalmente acostumbran tener (quizás por lo 'bio' de las tiendas, ya que seguramente fueron dos aves vegetarianas. Que contradcción, dos aves vegetarianas que son devoradas por carnívoros ávidos de tradiciones navideñas) y los disfruté.

Sigo pensando, bueno, seguimos pensando los que comimos ese ganso, que quizás ambos eran primos, o hermanos. De 14 millones, quizás nos tocó una familia de gansos. Qué terrible coincidencia.

Creo que hay algo que me molesta de ser carnívoro, y es pensar en los sentimientos de una familia, aunque sean unas pobres aves que alguien más se habría comido.

martes, diciembre 21, 2004

Siempre hay una primera vez

Después de seis meses de estar aquí y por primera vez después de dos años y medio de contacto con Alemania, alguien en la calle me habló en turco.

Mis amigos mexicanos y otros me habían preguntado ya si no me han confudido frecuentemente con turco, sobre todo ahora que estoy viviendo en el barrio turco de Berlín, Kreuzberg, pero yo les había contestado que no. Mis rasgos, aunque con cejas gruesas, piel morena y barba tupida podrían parecer de un turco, no lo son por dos sencillas razones, el cabello largo y lacio y los ojos más pequeños que los de los turcos.

Pero aún así pasó. Y en la calle un tipo me habló en turco y no entendí nada. Me preguntó si era de Turquía, Irán o de algún país árabe, y cuando le dije que hablo español se dio la media vuelta y se fue.

Chingueasu...

martes, diciembre 14, 2004

Las delicias del invierno alemán

Quarkkeulchen, kandierte Äpfel, Glühwein o Stollen, son palabras que cuesta mucho trabajo pronunciar, pero es algo que viene a menos cuando se descubre que más allá de su morfología se encuentra el rico olor que flota en los mercados navideños de Alemania.

Estos mercados se instalan a finales de noviembre y desaparecen hasta dos días antes de Navidad, a veces el mismo 24 de diciembre, y es cuando las semanas del Adviento se convierten en días de fiesta para salir entre familia o con amigos.

En las calles hay temperaturas de cero grados, a veces menos si un pequeño viento resopla, pero con los olores de la comida el tiritar del cuerpo empieza a desvanecerse.

Los Mercados Navideños se parecen mucho a las ferias de México, hay puestos de comida y artesanías típicamente alemanas o de otros países, hay locales del imposible tiro al blanco para ganarse muñecotes de peluche, y juegos mecánicos que van desde la casa de los espantos hasta la tranquila y romántica rueda de la fortuna.

La gente anda de arriba abajo divirtiéndose durante horas, sin dejar de visitar siempre alguno de los puestos de comida, y es ahí donde están las filas, el calor y, por supuesto, unas cuantas calorías. Pero, ¿quién se puede negar a comer lo que ya empieza a conquistar los ojos y la nariz?
Así, los impronunciables Quarkkeulchen (kuvark-koilshien), kandierte Äpfel (candirte epfel), Glühwein (gluvain) o Stollen (eshtolen) se transforman de repente en una bolitas de masa de requesón bañadas en azúcar glas, manzanas acarameladas, vino tinto caliente con especias y pan de frutas, respectivamente.

Siempre es difícil tomar una decisión sobre qué comer, porque cuando ya se tiene en mano una salchicha asada y aderezada con mostaza, aparece el puesto donde se ofrecen las papas fritas por 2 euros, o un pequeño tazón con hongos cocinados con algunas especias y gotitas de salsa Tabasco por la misma cantidad.

Cada puesto tiene un sabor diferente, cada uno seduce a su manera. En unos se ve cómo se asan las salchichas a la leña y en otros al carbón acompañadas de sendos trozos de carne de res o de cerdo que están desprendiendo su jugo.

A la hora del postre, la selección no deja de ser difícil. Por la mente empiezan a desfilar las imágenes de todos los puestos que se han recorrido, desde unas escondidas frutas secas, dulces y caramelos que se venden por gramos, hasta unas inevitables crepas de Nutella, frutas bañadas de chocolate, manzanas acarameladas o almendras garapiñadas que, indudablemente, atraen por su olor.

Los postres no se detienen ahí, pues faltan las típicas galletas de jengibre, el pan de frutas de diversas regiones de Alemania que en sabor podría asemejarse a una rosca de reyes mexicana o, finalmente, las bolitas de masa de requesón con azúcar glas, unas auténticas bombas al estómago que salen directamente de una olla de aceite y de las que es imposible degustar sólo una, claro, sin dejar de acompañarlas de un chocolate o vino caliente.

La tertulia alrededor de un vino caliente es otra de las paradas importantes en el mercado, pues aquí es donde uno se puede entusiasmar un poco más si el vino se pide con ‘piquete’.
Aparte de los juegos mecánicos o las artesanías, algunas traídas incluso de América Latina, hay que estar dispuesto a gastar entre 5 y 20 euros en promedio para poder disfrutar la variedad de alimentos de un mercado navideño. Y quizás esa cuota está corta, depende de los antojos, las calorías necesitadas o de lo que digan otras personas.

“Usted tiene las mejores castañas que yo haya probado jamás”, le dice a lo lejos una marchante a la joven atiende un pequeño puesto a la salida de uno de los mercados navideños de Berlín. Ella sonríe, da las gracias y explica que la única diferencia entre otras castañas y las de ella radica en saber tostarlas. “Hay que dejarlas suavecitas por dentro, se comprueba con este pequeño cuchillo y después adquieren un sabor como de nuez”, dice. ¿Y cómo saber si es cierto? Hay que hacer una última compra y probarlas.

viernes, diciembre 10, 2004

El sol.

Después de casi cuatro semanas, salió el sol.

Ese gran astro que estaba detrás del cielo de acero logró franquear por un día la barrera. Todos, alemanes y extraños estábamos en las calles. Hace más frío, pero había luz. Salimos de nuestras cuevas para hacer algo para recibir en la cara esa luz que las plantas utilizan para crecer.

Quién sabe si mañana lo veremos.

lunes, diciembre 06, 2004

Sin rayos de esperanza.

El único lugar donde no se puede saber dónde está el sol es en Berlín. O, bueno, en los países nórdicos. Amanece y el cielo está gris. Llega el mediodía y sigue gris. Y, para hacerlo peor, anochece a las 16:00. Y nunca vimos dónde quedó el astro rey.

Una fotografía de la ciudad de Berlín, y seguramente de Londres, París, Ámsterdam y las demás, sería con seguridad la misma a cualquier hora del día, así que no hay que apresurarse a salir con la cámara.

Es verdad, las nubes no se mueven, parece que vivimos dentro de una pintura. No hay sombras, no hay contrastes fuertes, no hay vida. Si tan sólo los árboles conservaran sus hojas para salpicar con tonos diferentes el ambiente...

La luz artificial de la casa no basta, es sólo una forma de acentuar que afuera está gris.

No hay energías para hacer nada.

Contradicción: los países del trópico y donde está el sol, sobre todo en África, no tienen que comer, aunque sus tierras son fértiles. Ahí se podrían aprovechar las bondades del clima. Y en los países europeos, en los nórdicos, ésos que están en los primeros lugares del Índice de Desarrollo Humano de la ONU, ésos que se llaman Primer Mundo, donde no hay sol durante seis meses, donde está esa falta de vida, siempre hay que comer, siempre hay trabajo.

Parece que hay que aprender a vivir con lo que sabemos que nos hace falta.

El mundo está lleno de injusticias.

Yaotzin (desde la camita).
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