martes, octubre 25, 2005

* El rey de chocolate (o religión para principiantes)

ROMA.- A mí me cuesta mucho trabajo entender la religión. Y me cuesta mucho más trabajo entender sus aposentos.

Yo no entiendo por qué el Vaticano es un gran palacio más grande que el Castillo de Chapultepec, que cualquier castillo en Berlín o que los mismos palacios de gobierno de cualquier país. ¿El que vive ahí dentro es un rey o tiene las funciones de uno?

Mi conclusión, después de haber estado ahí unos 10 minutos, fue que el Vaticano es el negocio de la fe. No es un descubrimiento, creo que muchos lo saben, pero nadie habla de ello. Los creyentes le han dado tanto poder a la Iglesia que ya nadie la puede parar tan fácil.

Un colega periodista de Italia, corresponsal, me comentaba que el Vaticano controla a cada uno de los reporteros adscritos a esa institución. ¿Cómo?, le pregunté, pues al final hay millares de escritores y reporteros sobre religión en Italia para todo el mundo y en todo el mundo. Sencillo, me contestó, tienen empleados en todo el mundo.

No extraña que haya católicos en todo el mundo, pero el término "empleados" es el que aquí destaca. Ellos son la censura. Ellos son los que, como la Stasi de la extinta República Democrática Alemana, vigilan que los "reporteros vaticanistas" hagan bien su trabajo. Y de no hacerlo bien, según mi colega, son expulsados del paraíso, así como Adán y Eva durante "la creación". Los expulsan tres meses, y si reinciden, un año, y si reinciden, dos, y si otra vez, de por vida.

Me queda claro que la consigna de Ratzinger es mantener floreciente el negocio en América Latina y en África, aunque claro, también en su natal y protestante Alemania.

Y todo se resume a lo que vi en una playera en las calles de Italia: "El Papa será alemán (o de cualquier nación), pero Dios es argentino".

Que viva el fut y que viva Diego.

Yaotzin.

domingo, octubre 23, 2005

* Por las huellas de Goethe

ROMA.- Parece algo intelectual, pero he de decir que seguir las huellas de Goethe en su viaje a Italia es poco original y podría estar lleno de lugares comunes. Sobre todo para lo que es Italia hoy en día.

Es como decir que se sigue la huella de Cristóbal Colón cuando sólo se viaja a Cancún para servirse unas margaritas bien frías, o como intentar ver la flora diez-mil-veces-vista de Ecuador que hace siglos descubrió Humboldt y que ahora no tiene mucho más que un valor turístico.

Hoy Pompeya, Capri, Ischia, Nápoles y Roma ya están más descubiertas que hace un par de siglos, pero cada vez se entierran más de turistas, y de fotos de turistas. ¿Dónde hay espacio en el mundo para guardar tantas imágenes de la Fuente de Trevi? ¿acaso la teoría de la relatividad no ha propuesto una ecuación para esto? ¿todo ese espacio virtual, digital, y repetitivo no causaría una ruptura en los archivos de la memoria?

Una plática con el carnicero de la esquina en una calle de Nápoles; hospedarse en un hotel para viejitos con agua termal en Ischia; comer todas las noches pizza hecha en horno de leña o contemplar simplemente el Coliseo romano con el Foro que lo circunda, pensando sobre lo que pudo haber sido y lo que ahora representa, sin fotos-postal, ha sido más que suficiente.

Quizás a Goethe y a mí nos ha faltado montarnos en una Vespa.

Yaotzin.

miércoles, octubre 12, 2005

* El verdadero teatro de lágrimas de Berlín

Cuando entré, no lo dudé un instante: aquí se vierten muchos lamentos en Berlín. Se trata del edificio de la BVG, la empresa que administra el sistema de transporte público de la ciudad.

En Berlín todo mundo usa el tranvía, tren metropolitano o de cercanías como lo llaman en España, metro y autobús, y sus versiones nocturnas que, a pesar de ser lo mismo, cambian de rutas y usan otros nombres. Pocos tienen auto y otros tantos bicicleta. Los que tienen bicicletas también terminan utilizando los sistemas de transporte porque a veces quieren salir a un lago o parque para andar en las vías designadas. El transporte público es v-i-t-a-l.

Y confirmo además que es bueno: durante invierno, hay calefacción; durante verano, aire acondicionado; ya había mencionado en el texto del Opi Exprés que los autobuses se agachan para recibir a los chicos de la tercera edad; y, por si fuera poco, por internet uno puede ver a qué hora uno tiene que abordar y qué conexiones rápidas se pueden encontrar.

Pero, claro, todo lo bueno tiene su precio. Y parece que con los medios de transporte de la BVG se nos quiere cargar el precio del costo de la Reunificación Alemana. Un boleto del día cuesta 6 euros, uno del mes unos 60 euros y uno del año más de 610 euros. Así que mucha gente, turistas, estudiantes o desempleados han "preferido" viajar de negro, de a grapa, de a gratis. Y vaya que es fácil hacerlo porque no hay torniquetes para pasar a ninguno de los medio de transporte. Sólo en el autobús hay que mostrar al chofer el boleto que, en el 90 por ciento de los casos, apenas ve de reojo. Podría ser un boleto vencido recogido en la calle.

El sistema está, por decirlo de una forma simple, basado en la confianza. Sólo que uno nunca sabe cuándo le tocará un control de boleto. Puede ser en la mañana, en la tarde o en la noche, y en cualquier línea. Los controladores no se visten con uniforme, así que tampoco se puede prevenir el hecho. Ellos se disfrazan de pasajeros cualquiera y, en cuanto cierran las puertas de algún transporte, cantan en coro: "qué tal, buen día, sus boletos por favor". Ahí es cuando ya se alcanzan a escuchar los "Scheisse" o "mierda" de la gente que, por supuesto, no trae su boleto.

A mí me pasó. Y he de decir que lo olvidé en casa por un descuido. Ahora sé que no me volverá a pasar. Uno tiene una multa de 40 euros por no cargar con su boleto. Mi amigo Virgilio logró de alguna forma en su periodo como visitante, escaparse a los controladores diciendo que era un turista. Todavía me impresiona cómo lo pudo lograr.

Yo tuve que ir a la oficina de la BVG y ver las filas de las personas que van a pelearse con cajeros para que les hagan un descuento en la multa. Extranjeros, desempleados, borrachos, chicos, grandes, de todo. Lloran con el o la de la ventanilla para que no les quiten 40 euros esenciales en Berlín, una ciudad sumida en la pobreza. Al decirle a una amiga que estuve en el verdadero teatro de lágrimas de Berlín, inmediatamente me contestó "¿estuviste en la oficina de desempleo?" Y es que en estos momentos donde casi 200 mil personas en la ciudad, casi el 10 por ciento del total, están viviendo de la ayuda social que les paga hasta el departamento, se puede decir que cualquier centavo que le quiten a la gente es una mina de esperanza.

Espero que mis 40 euros sirvan para algo bueno.

Yaotzin.

lunes, octubre 03, 2005

* Una rodada al pasado comunista de Berlín



Hay dos formas de viajar al pasado en Berlín, una es caminando simplemente por los reconstruidos barrios de esta ciudad y la otra es hacer eso mismo, pero conduciendo un Trabant, el auto emblemático de la ex RDA.

Para quienes no lo conocen, este podría ser el carrito más feo, incómodo, vulnerable y todo un enemigo del medio ambiente en la historia moderna del automóvil. Así de llano.
Sin embargo, ahora se ha convertido en un símbolo de mucho valor de la extinta República Democrática Alemana.

Quizás la imagen más memorable con la que empieza su valor sentimental es aquella en donde los alemanes del Este hacen filas en sus Trabant la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando se abren las fronteras del Muro de Berlín, para salir a circular libremente a los territorios de occidente.

A 15 años de la declarada la Reunificación de Alemania, el 3 de octubre de 1990, el Trabant sigue humeante por las calles de Berlín porque algunos alemanes todavía lo conservan como un clásico y, mejor aún, porque una empresa de turismo lo pone a disposición de los visitantes para que disfruten un tour por la ciudad.

El salvaje Salvaje-Este
Los autos están formados a un costado del Gendarmenmarkt, una plaza ubicada en el centro histórico de Berlín. Para los alemanes que pasan casualmente por ahí es como un imán. Los edificios neoclásicos de Karl Friedrich Schinkel dejan de existir y se acercan a comprobar que en verdad ese auto sigue en vida. Los turistas que conocen el símbolo lo inmortalizan ipso facto con sus cámaras.

El tour del Salvaje Este comienza ahí. La empresa Trabi-Safari ha logrado mantener 50 de estos ejemplares y los ha adaptado con ciertos detalles para efectos del negocio. Ahora existen Trabis convertibles equipados con radios y bocinas, y algunos están incluso pintados con colores más brillantes, algo que en la RDA era poco imaginable.

Para un tour grupal deben de ir cuatro personas en cada auto, así se paga menos. Adelante caben muy bien dos, conductor y copiloto, el problema es para quienes le toca ir atrás porque deberán tomar en cuenta los siguientes consejos: tener las piernas muy cortitas, ir con su pareja para poder abrazarla muy bien o de plano exigir que les den el Trabi Combi, una edición que tiene más espacio atrás.

La fila de Trabis encuentra por las calles de Berlín sonrisas. Ahí están los nostálgicos que se encuentran con el emblema de su desaparecida sociedad totalitaria y también las nuevas generaciones de alemanes que se ríen más que nada de ver a cuatro personas enlatadas con las rodillas asomando por las ventanas.

“Antes en la RDA nos arremolinábamos a fotografiar los autos del Occidente, ahora es completamente al revés”, señala el chofer del Trabant que lidera al grupo, quien ya cumple su cuarto tour del día y cuyos cambios de velocidades hacen rechinar las llantas y ganarle el paso a los autobuses de turismo.

Aunque el carrito no alcanza más de 100 kilómetros por hora, así pasan los destacados monumentos del Berlín del Este: la Casa de Conciertos de Schinkel y la casa de los Hugonotes en el Gendarmenmarkt, la grandiosa Isla de los Museos donde está el Pérgamo y el Museo Antiguo, y el casi desaparecido Castillo de Berlín, del que queda una fachada y donde se encuentra el Palacio de la República, una construcción de cristales opacos que sirviera como el parlamento del gobierno de la RDA.

De la RDA al cielo
El Trabi dejó de producirse en abril de 1991. Desde entonces las casi 3 millones 700 mil unidades que estuvieron en circulación quedan registradas 67 mil, con tendencia a reducirse más porque ya no hay piezas para repararlos.

Los 10 autos que llegaron a ir a la Cuba de Fidel Castro como parte del material del cuerpo diplomático son ahora carretas arrastradas por caballos. Cuando en Alemania se descompone uno, hay que hurgar en los mercados de pulgas o intercambiar piezas a un valor estratosférico con el dueño de alguna unidad descompuesta.

El valor de las piezas no es lo único. El presidente del Trabant Car Club en la ciudad de Muehlhausen, Chris Jenak, confirma que las sumas que se han llegado a pagar por internet por un auto de estos alcanzan los estratosféricos 17 mil 500 euros, unos 229 mil pesos.
Para conseguir un Trabant en tiempos de la RDA había que, primero, tener edad de conducir, 18 años, y luego inscribirse a una lista de espera que podría tardar hasta 12 años. En todo ese tiempo se podía ahorrar los hasta 12 mil marcos del Este que llegaba a costar, es decir, unos mil 533 euros de hoy o 20 mil pesos.

“Eso equivalía casi al salario de un año”, gruñe el chofer durante la pausa de 15 minutos que se toma para estirar las piernas y dejar a la ciudad descansar del humeante escape del Trabant.
Este delincuente ambiental tiene un motor de 26 caballos de fuerza que truena como la motocicleta de un repartidor de periódicos en México y que, por si fuera poco, emite cinco veces más monóxido de carbono que un auto estándar.

Fue concebido para ser un auto normal en la RDA, por supuesto, pero entonces había una crisis metalúrgica y no se podían desarrollar mejores motores ni buenas carrocerías. De ahí que también se le conoce como el Pappe, o sea el Cartón, por lo frágil y ligero del Duraplast, la aleación de resina con algodón ruso con que se hacía la carrocería.

La pausa del tour sirve también para medir la gasolina, algo que se tiene que hacer manualmente porque no hay un medidor en el tablero. Se abre el cofre, se pide un voluntario y se introduce la regla que indica cuántos litros quedan: “todavía podríamos seguir unos 250 kilómetros”, dice el chofer con una pequeña sonrisa.

Con el claxon en cada esquina y la máquina tronadora, la serpenteante línea de Trabants pasa por la Alexander Platz, los edificios de concreto prefabricado que están enfrente, y la monumental avenida Karl Marx Allee, otrora Stalin Allee, cuyos edificios de más de ocho pisos y simétricos de cada lado eran ideales para glorificar los desfiles comunistas. Adelante está la Puerta de Francfort y en una pequeña desviación por el gran tráfico de la ciudad se recurre al Puente Oberbaum, el enlace con el barrio de los turcos Kreuzberg y un pequeño escape por el Berlín Occidental.

Ostalgie sobre ruedas
Cruzar antes la frontera entre Berlín no era fácil. Hoy es cosa de pisar el acelerador. Los Trabis siguen en el safari y llegan hasta el Distrito Gubernamental, una combinación de edificios neoclasicistas, imperialistas y modernistas.

Pasan por el Reichstag y la cancillería que están a punto de cambiar gobierno, rebotan con las vibraciones del Tren Suburbano que corre a un lado cerca y cruzan de nuevo el río Spree para estar otra vez en el lado oriental.

Trabi-Safari fue creada en 1999 para jugar con la nostalgia que sienten los alemanes por el pasado pero también para mostrar a los turistas una forma más real de cómo se vivía en el pasado.

Para completar esta ostalgie, como se dice en alemán por el juego de palabras que forman Ost (Este), y Nostalgie (Nostalgia), en la página de internet Osthits.de se puede comprar una lata con olor al humo del Trabant por tan sólo cuatro euros.

“Una vez que los invitados han experimentado la tramposa transmisión y el interior espartano de un Trabant, apreciarán de nueva cuenta las características de su propio auto, de la vida del Oeste”, señala el fundador de Trabi-Safari, Rico Heinzig.

El chofer ve su reloj, frunce el ceño por el tráfico y toma otra salvaje desviación: “no podemos llegar tarde, nos espera otro tour”. Y otra vez a 90 kilómetros por hora la Puerta de Brandeburgo, el Monumento a los Judíos Asesinados recién inaugurado, la Potsdamer Platz, que era tierra de nadie durante el Muro de Berlín y ahora un vidrioso centro comercial; y los restos del Muro en el centro Topografía del Terror.

Atrás se queda la nube de humo.

Yaotzin (publicado en Reforma el 2 de octubre).
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