lunes, enero 23, 2006

* Cigarros bajo cero.

En la entrada de la estación Warschauer Straße está siempre un chico. Tendrá unos 20 años, quizás un poco más. Es de ojos rasgados, bajito y flaquito. Yo lo he bautizado como el asiático, sin querer sonar despectivo.

Siempre está en el mismo lugar. Llueva, truene o nieve. Si voy hacia Mitte en el tren suburbano, lo veo. Si regreso tres horas más tarde de mi cita, ahí sigue. Nos vemos y, de alguna forma, nos identificamos. Él ya debió de haberme bautizado como el latino, o algo así.

El asiático no tiene puesto de flores ni nada por el estilo. Está ahí, en la escalera que lleva al andén, como esperando. Sentado si es verano, bailando si es invierno. Tampoco es guardia de seguridad ni inspector del sistema de transporte público de Berlín. No pide los boletos usados ni vende piratas. Está ahí por algo más, y sólo pocos saben a lo que se dedica.

El asiático vende cigarros. Cajetillas o cartones de 10 cajetillas. Los que lo conocen, llegan directamente con él, le piden su paquete y se van. Los que no, no dan ni un céntimo por él. Bueno, a decir verdad, creo que la otra vez vi que alguien sí le daba unas monedas, como si se tratara de un pordiosero. Aunque si alguien ha tratado de sacar conclusiones después de verlo tantas veces, se podría decir que es un mafioso. Y lo es, vaya.

En verano guarda las cajetillas en un escondite de la escalera, y en invierno en una mochila que carga consigo. No sé por qué es la diferencia. La otra vez yo le compré una cajetilla, dos euros, qué ganga, por unos Pall Mall. Casi no fumo, pero tenía que empezar a establecer un contacto "más formal" con él. Habla alemán de una forma muy barrida, pero suficiente para su "negocio". Los cigarros son rusos y se ven y saben originales. He visto algunas copias y estos de verdad no parecen copias.

Y así como él, hay otros colegas suyos, quizás de la misma nacionalidad, o al menos del mismo continente, que están en otras estaciones de tren suburbano. Y parece que les va muy bien.

Durante el verano el asiático cambió de ropa muy seguido, tenía sus lentes para sol e iba cuando quería. Ah, porque claro, si uno quiere mantener un negocio tiene que ganarse a su clientela estableciendo ciertos horarios. Y el asiático no lo hacía así. Aunque, bueno, también podría estar involucrado en alguna otra actividad.

No sé si me da mucha pena por él o si debo de estar contrariado porque el asiático pertenece a una mafia. No sé si está de ilegal o si es ya una generación de hijo extranjero nacido en Alemania que no puede triunfar. No sé si apoyarlo comprándole o entrevistarlo para un reportaje. Pero para estar vendiendo cigarros en estas temperaturas que tenemos por el momento, menos 10, menos 15, ¡y hasta menos 20! el asiático debe de estar muy necesitado. Y ya fuma en la escalera, aunque tampoco sé si es para pasar el frío o para hacer publicidad de su negocio.

Ya veremos.

Yaotzin.

lunes, enero 09, 2006

* Castro mató a Kennedy... y el periodismo del futuro.

El viernes 6 de enero ocurrió un gran fenómeno periodístico, la proyección del documental por televisión "Rendezvous mit dem Tod", Cita con la Muerte, del alemán Wilfried Huismann, con el que Huismann culmina tres años de investigación para afirmar que Fidel Castro fue quien ordenó matar a John F. Kennedy.

Bien, pues la muerte de Kennedy no tiene mayores consecuencias políticas ahora, al menos despertó mucho más interés en los medios, que son un gran termómetro para decirlo. Pero la investigación sí deja muchas cuestiones abiertas en términos periodísticos.

Huismann habla con ex agentes del servicio secreto cubano, unos viejitos a los que apenas se les entiende lo que dicen en pantalla. Sus declaraciones son reveladoras por la forma en que las hacen, pero ninguno muestra pruebas contundentes del involucramiento de Cuba en el asesinato de Kennedy. Sí, uno, un diario que escribió entonces y donde anotó que Oswald, el asesino, pasó a la embajada a entrevistarse con alguien. Si mi diario en internet después es utilizado como una prueba periodística para corroborar cuánto tiempo dejé de trabajar para mi periódico por escribir mis notillas sobre la transformación de Berlín en los albores del Siglo 21, iré con seguridad a la cárcel. Y vaya que no apunto mi situación fiscal, que si sí ya estaría precoupado de la gran memoria caché de la red mundial.

Una de las grandes preguntas que queda pendiente es por qué estos viejos ex agentes hablan hasta ahora y no antes. Son 40 años de diferencia y si ellos tenían algo que decir, lo habrían hecho en el momento que dejan el servicio secreto, hace ya 30 años.

Tampoco se muestran las facturas del supuesto pago que recibió Oswald de seis mil dólares por funcionarios de la embajadade Cuba en México.

Esta visión senil recuerda más bien los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, en donde siempre aparecen viejitos que protagonizan su parte de la verdad, una parte influenciada por cierto por el fugaz protagonismo de los hechos 60 años después, además de las deficiencias cerebrales que la misma vejez lleva consigo.

¿Quién dice que los ex agentes cubanos están diciendo la verdad?

Con esta tesis, ya especulada antes y por muchos factores interesante, y hasta cierto punto factible, Huismann sigue las huellas de Oswald en México, Cuba y Estados Unidos durante tres años. La producción, no sobra decirlo, cuesta más de 800 mil euros, una fortuna que tampoco esperó de otra coyuntura para la proyección del documental, transmitido sólo por la televisión alemana.

De alguna forma llegó a hacer tanto ruido que despierta el interés de los periodistas. Una información filtrada de la agencia de noticias alemana DPA hace parecer que la nueva teoría del asesinato de Kennedy es mucho más importante de lo que en realidad es. Ellos juegan conla información como los especuladores en la bolsa de valores, y se enteran de una proyección privada a periodistas que habrá dos días antes de la proyección pública para largar un boletín que llega a todo el mundo. En México fue noticia de portada de dos periódicos y en Alemania no sabíamos todavía nada. Los periodistas en Alemania que asistieron al documental trataron el tema un día antes de la proyección o el mismo día, quizás para escribirlo mejor, quizás porque no había prisa en publicarlo, lo cual se me hace razonable.

Pero mi periódico me mandó un mensaje el jueves por la tarde (de acá, la mañana de México): "ojalá nos hubieras mandado algo de este tema, eso nos interesaba mucho. Otros periódicos ya lo llevaron". Primero, aclaro, mi periódico no tiene suscripción a la DPA, como yo tampoco, así que se nos pasó. Segundo, la frase, por demás escrita en un precioso pluscuamperfecto del subjuntivo que indicaba de forma cortés que no debería de atreverme a proponer ya el tema y que la competencia ya me lo había ganado descaradamente. Tercero, estamos hablando del reporte de un hecho que no ha pasado, del verdadero hecho, la transmisión del documental y la opinión que pudicera generar en Alemania, no del anuncio de su transmisión ni de los pocos detalles que en él se tratarían.

Aunque la teoría estaba mal argumentada, era de sumo interés para América Latina. Un periódico, con agencia, reportero o lo que sea, debería de dedicado un espacio para discutir esta información. Al menos para presentarla. Mi periódico no lo hizo porque otros ya lo habían hecho. La gran cuestión es ¿cuál es el periodismo de ahora, el de la noticia competitiva, aquella que gana en tiempo, o el de reportar información con más profundidad, ergo calidad?

¿Qué quieren saber los lectores?

Y si el documental era bueno o malo, bien, pues podremos medirlo con el termómetro de los medios: poco ruido hizo después de su transmisión, pero los temas todavía se pueden debatir por más tiempo. La teoría de los disparos, así como la del asesino solitario. Las teorías del un mejor periodismo las dejamos para la gente que hace documentales, los que trabajan en una agencia y los periodistas libres que debemos reaccionar a la coacción de los dos primeros.

Yaotzin.

sábado, enero 07, 2006

* Una ciudad de contrastes.

Berlín es el primer mundo europeo pero también hay pobres y mendigos, y curiosamente, no extranjeros en su mayoría como en otras ciudades europeas, sino alemanes.

Las estaciones de metro y los vagones son las zonas más frecuentadas. Ahí es donde se encuentra a los 'sin techo'. Ellos entran a los vagones a vender una revista que hacen especialmente para los pobres. Si no la quieren, dicen a los pasajeros, podrían aceptar unas cuantas monedas. "Las que les sobren", dicen unos, "aunque sea comida", dicen otros, "hago esto en lugar de robar", según otros más.

Hace unos años, esto molestaba más a los pasajeros. Aquellos alemanes se preguntaban, con ceños fruncidos, ¿cómo puede pasar esto en mi ciudad? Pueden adopatr una actitud tan agresiva como decirle en la cara al pordiocero, oye, en la estación anterior ya hubo uno como tú que estaba pidiendo monedas, pero estos ya son los menos. Ya cada vez más hay un sentimiento de dolor, de compasión, de condolencia.

Alemania es un país que también tiene desamparados. En Berlín un cifra inoficial dice que son unos 10 mil. De ellos un 10 por ciento o menos es de origen extranjero. La cifra subre delicadamente cada año y ha sido más fuerte desde que hace cuatro años hay un estancamiento económico. El país no crece, el Este alemán se queda sin jóvenes y sin trabajos, las empresas despiden personal y prefieren mudarse a los baratos países del Este. Y poco a poco la gente toma conciencia de ello.

Si antes se reaccionaba más con muecas a las limosnas, ahora he visto actitudes tan diferentes como al joven rubio fortachón, alto y rapado, estereotipo de un neonazi, que busca en la bolsa de su pantalón unas monedas, llama al pordiosero y se las da, quédese la revista, esa no la necesito, le dice todavía. Un par de jóvenes asiáticos comían pizza en otro tren y le preguntaron al que pedía dinero si no le importaba que le pudieran ayudar con comida, claro que no, me la llevo, dijo el otro.

La gente está tomando coinciencia. Quiere ayudar a la gente y tampoco sabe cómo. Pero, ¿hasta qué grado se puede ayudar a alguien con tan sólo darle unas monedas? ¿hasta cuándo va a dejar ese alguien de vivir en la calle y dejar de pedir dinero?

En Alemania todo mundo tiene, en la teoría, un lugar donde vivir y un seguro de desempleo o de ayuda social. Todo mundo, hasta el más pobre, puede vivir en un hogar calientito de unos 40 metros cuadrados y tratar de hacer algo en la vida. Es una cuestión de voluntad.

Los que están en la calle son una realidad social, y están ahí por los infortunios de la globalización pero también porque quieren. Despiertan caridades y compasiones, pero también despiertan corajes como que el Estado no puede funcionar así, la gente no puede vivir en la miseria, en Alemania no puede pasar esto... etc.

A muchos de ellos los ha estado ayudando una pequeña mujer. Una latinoamericana que se ha convertido en el ángel guardián de Berlín, Jenny de la Torre. Ella lleva más de 20 años viviendo acá porque, primero, quiso estudiar medicina, pero después decidió prestar sus servicios a los pobres de alemania en lugar de a los de su país, o de otro país latinoamericano. La única diferencia en la pobreza, dice, es que en América Latina se nace pobre, se vive pobre y se muere pobre, y hay un ligero estado de bienestar en ello, pero en Alemania uno nace rico en cultura y en una familia abrigadora, y después uno se vuelve pobre. La gente se enfrenta a sentimientos de frustración y de desamparo y de falta de cariño humano y en la pobreza, en el estado de la pobreza, en las calles con los pasajeros y pidiendo dinero, esa gente ve su salvación. ¡A cuántos no ha salvado Jenny que han reincidido!

¿Son parte de la sociedad o debemos de aceptarlos como parte de la sociedad?

La otra vez vi a uno de esos pordioseros en el metro acercándose a una mujer. Ella era bella pero, como todos, tenía una cara larga, sin alma. Y es que muchos en el metro vienen de un trabajo frustrante o son unos de esa cifra del 20 por ciento de desempleo que van camino a buscar un empleo. Bueno, ella empezó a sonreír por algunos comentarios de él. Y los de al lado empezaron a reír también. Al final unos le dieron dinero porque los conquistó con su plática, y otros sólo una sonrisa. Lo segundo vale más. El hombre salió del vagón y todo mundo lo buscó con la mirada. Si hubiera sido un don Juán, habría terminado con el teléfono de la chica.

Y como él hay otros que se conforman con una plática o una sonrisa.

¿Hasta dónde alcanza uno la felicidad en la pobreza? ¿qué es la pobreza, pues?

Yaotzin.
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