jueves, septiembre 27, 2007

Los obreros de Krauschwitz

Son como 10. Trabajan ocho horas exactas y están en prácticamente cada departamento, violando nuestras intimidades: son los obreros de Krauschwitz.

No, no se trata de un eufemismo para nombrar a los herederos nazis. No están tratando de ocultar el nombre de una ciudad anteponiendo dos letras en Auschwitz. Son unos albañiles contratados de una empresa de una ciudad alemana llamada Krauschwitz que están indefinidamente asentados en la fachada de mi edificio.

Ellos viven afuera y yo adentro.

Pero estando afuera no es ningún impedimento para acceder al valor menos concientizado y más preciado del ser humano, la intimidad. Los obreros de Krauschwitz instalaron un andamio que cubre la fachada de cuatro pisos de mi edificio en Kreuzberg. Trepan una escalera y están frente a mi ventana. Dan tres pasos a la izquierda y están viendo a los vecinos. Ellos saben más que cualquier persona sobre nosotros. Incluso me han visto desnudo.

A pesar de que tengo cortinas, hay un huequito por donde se puede ver hacia mi cuarto. Justo el primer día que llegaron yo estaba escogiendo unos calzones del cajón que está al lado de la ventana. Estaba desnudo y estaba frente a ese huequito que se hace en la cortina. Ese momento fue suficiente para que uno de los obreros de Krauschwitz asomara la cabeza por azar y me viera mi gran intimidad (lo de 'gran' es por el valor que le tengo a mi intimidad).

Los pobres gatos que todavía no recoge mi amigo gringo andan todo el día con los ojos negros del susto con estos hombres que aparecen de cuando en cuando. Para ellos debe ser una buena función de teatro.

Confrontar intimidades es un poco difícil porque a ellos tampoco les gusta que yo los vea trabajar. Nunca se ponen en la ventana que da a mi oficina mientras yo trabajo. Pasan y ven de reojo pero no hacen nada más. Yo también los veo de reojo y trato de no mirarlos más. Pero ellos son los que están, literalmente, en la calle y son por lo tanto hombres públicos. Yo debería de quedarme viéndolos. Pero, mmm, no me interesa.

Me jor me quedo junto con los gatos con los ojos negros, negros, negros.

Y.

1 comentario:

Marta Salazar dijo...

qué raros son los alemanes, no?

yo conversaría con ellos, les preguntaría de todo, les contaría de todo y les ofrecería Coca Cola (o perdón, estamos en Kreuzberg), agua, café o pancitos...

ya lo hice con los de la construcción de al lado, pero eran, en su mayoría, extranjeros: turcos, espanoles, croatas y algunos alemanes simples y por eso, más simpáticos,

hasta les presté un taladro que no se les había olvidado!

un abrazo Yaotzin!

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