martes, octubre 23, 2007

El cristal de la Friedrichstraße.

Podría ser como el escaparate de cualquier tienda, salvo que éste no muestra moda ni maniquíes. A través de este cristal se ven las verdaderas prendas de gente normal. Se ve la puritita realidad. Y es que no se ve de afuera hacia adentro, sino al revés. Se trata de una ventana que está en la Friedrichsttraße y que está colocada justo donde hay un negocio llamado Starbucks.

Casi cada semana vengo aquí. La ausencia de humo de cigarro fue el gancho que me llevó a sentarme aquí a leer y reflexionar sobre la vida en Berlín. Es un lugar cómodo, pero pronto lo dejaré, y no me da nada de pesadumbre. El próximo año, cuando se aplique la ley antifumadores en Alemania, podré tener decenas, no, cientos de opciones para elegir uno de los preciosos cafés temáticos que hay en cada esquina de la ciudad. Pero, claro, mientras tanto el Starbucks me ha servido como un lugar para terminar mis libros de Fernando Vallejo, Pamuk, hojear incansablemente las páginas de El País e incluso para mandar algunos textos para mi periódico. Pero también para encontrar una realidad desdichada de Berlín.

La gran ventana que da hacia una de las calles más famosas de Berlín hace las veces de una pantalla de cine surrealista. Por ahí circulan hombres y mujeres espigados con sus trajes y abrigos sin arrugar, con sus peinados indestructibles. Hacen zigzags o aceleran el paso para hacer lo que todo ser humano moderno hace, ignorar lo que pasa en la realidad, se saltan a los pordioseros que están vendiendo sus revistas para ganarse unos centavos, desprecian a los inmigrantes arrodillados y dejan con la palabra en la boca a las personas que levantan una protesta contra la guerra de Irak, contra los envíos de tropas militares alemanas o para armar un mejor frente contra el cambio climático. En Berlín las aceras en el centro de la ciudad todavía son grandes y permiten este tipo de manifestaciones humanas, aunque las horas de pausa de mediodía de los alemanes todavía son de media hora o una hora cuando mucho y no permiten hacer más caso que al reloj.

Pero hay algunos tranquilos que se dan el tiempo de tomar un café y observar Berlín desde dentro. Bueno, desde dentro de un Starbucks, porque para verlo verdaderamente desde dentro hay que salirse, primero, de esta zona. Sino hubiera estos clientes, la cadena de cafés ya hubiera quebrado. Aquí sólo sobrevive por los turistas y los alemanes del Oeste, que están acostumbrados a las cosas de marca. Yo no creo que ellos se crean que vienen a comprar un café que supuestamente apoya el comercio justo. De eso se enteran con un folleto cuando recogen la cucharita para echarle más calorías al café que está cubierto por una torre de leche, crema y jarabe de chocolate.

No tengo porqué describir a la gente que entra, si es parte del caudal que se ve por esta ventanita de la Friedriechstraße. Pasa una pordiosera y a los comensales les pide dinero. Se me acerca y me vuelve a pedir, parece que no recuerda mi cara. Nadie más le da y se queda adentro del establecimiento. Al menos nadie la corre, eso ya sería el colmo del imperialismo en una ciudad como Berlín. A mi lado hay una mujer que llora. Ya lleva tiempo así. Su forma desesperada de hacer llamadas por el celular ya me estaba distrayendo de la mirada hacia afuera. Con sus lágrimas lo logró. Yo la veía de reojo y no pude aguantar sólo presenciar su sufrimiento, así que le pregnté s la podía ayudar en algo.

La verdad es que en esta sociedad donde uno no se habla espontáneamente en un espacio público, pensé tres veces si debía de preguntarle algo y si, sobre todo, debía preguntarle si podía ayudarla, porque yo mismo no conocía ninguna de las posibles formas de ayuda. Pero lo hice. Rompí con todas las reglas y recuperé un poco de mis reacciones espontáneas. La mujer, Lydia, una chica como de 24 años, estaba destrozada porque su cita la había dejado plantada y no le había llamado por el ceular. Tampoco le había escrito un mensaje. No parecía tan grave, pero me pidió platicar con ella para ayudarla a aliviar su mal. Nos tomaríamos un café y fue cuando empezó algo extraño.

Se levantó e iba por su café cuando inmediatamente regresó y me dijo que no tenía dinero. Accedí a comprarle uno. Doble moka machiato. Va. Comenzamos a platicar. Dice que es artista, pintora, pero ya no podía trabajar en nada más. Tiene una enfermedad del corazón. Schwaches Hertz, dice, algo como un corazón débil. Tendrá un seguro del Estado de por vida. Ella dice que no le alcanza para nada, pero la verdad es que con ese dinero puede rentar un departamento para ella solita, comer y citarse con alguien en el Starbucks, donde el café del comercio justo vale lo justo para alimentar a los pobres jornaleros zapatistas y a los gordos imperialistas, a los dos al mismo tiempo. Quizás eso no es nada en la mente de una alemana pero para un latino es una vida resuelta. Le dije que la gente enferma en mi país de verdad no puede hacer nada. Ella no se inmutó ni pensó más al respecto. Dejó de hacer preguntas y empezó a sacar otras lágrimas por la persona que lo dejó plantado. "Es que lo esperé una hora y ni me avisó", repitió. Su maquillaje empezaba a correrse, su preciosa gabardina negra estaba a punto de mancharse, y nada de lo que yo le decía parecía ayudarle. Sólo estaba concentrada en dar los últimos sorbos de su café. Parecía que la plática no daba más frutos, al menos su desesperación se había desvanecido parcialmente.

Me despedí pero entonces ella disparó una respuesta surrealista: "yo pensé que nos íbamos a tomar otro café y a platicar más". La cruda realidad de Berlín me estaba acechando. Lo que se mira usualmente por el cristal de la Friedrichstraße hacia afuera ahora se estaba viendo hacia adentro. Yo me estaba viendo preguntándole "¿ah sí? ¿y ahora cómo lo quieres?", y ella contestándome, "igual, doble moka machiato con leche light y crema, pero ahora que sea venti, por favor". Me disculpé y le dije que hay ciertos límites y que ella estaba sobrepasando muchos, de entrada el del respeto a su corazón. La pobreza de la gente en Berlín parece que ya no sólo es de dinero, sino cultural y de autoestima.

Por fortuna existe el Starbucks que podrá seguir alimentando a la gente en la Friedrichstraße, sobre todo si un café como el descrito arriba, en tamaño Venti, como se denomina al más grande, cuesta 5.40 euros, el dinero con el que uno se puede comprar una comida al mediodía.

Y.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Yao

me sigue encantando tu blog, ¿cuando lo hacés libro???, espero verte en agosto en Berlín.

Marco desde Buenos Aires

Leonardo dijo...

Si creo que haya sido artista... pero teatral. Cómo que ya tenía bien dominada toda la escena y seguramente esas dotes histriónicas son lo que le permite vivir en el mundo al que gustaría pertencer.

En Alemania no hay que luchar por la supervivencia como en otros paises. Con el dinero de desempleo aquí se podría vivir como clasemediero en México. La preocupación no es sobrevivir si no ascender en calidad de vida, dando por hecho que las necesidade básicas las cubre el estado.

Muchos saludos señor Botello.

L.

patyan dijo...

En cogera de perro y lágrimas de mujer no hay que creer.!! Tu abuela nos tenia prohibido hablar con desconocidos .Hace algunas semanas aparecio nuestro caníval mex.Jose Luis Calva zepeda enamoraba a las empleadas de tres distintas farmacias de similares las enamoraba y luego las hacia moverse despues de muertas ....las freía en su sartén mmmmm .moraleja no ser curioso y menos hablar con desconocidos . Bye Yaus

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...