miércoles, agosto 15, 2007

En busca de una licencia de manejo alemana. Capítulo 8. El hoyo veraniego.

En alemán se habla del Sommerloch, hoyo veraniego, que es ese vacío que uno puede encontrar en la vida laboral durante julio y agosto. El mejor ejemplo pasó estos días con la huelga de los maquinistas: los medios informativos no hacían otra cosa que poner en portada durante unos 10 días seguidos algo sobre la huelga. Vaya, hasta el mundialmente famoso oso Knut estuvo de descanso porque nunca lo vi en las noticias.

Mi hoyo veraniego es la espera de mi licencia. Estos días se cumple un mes que espero la respuesta de la Oficina de Licencias. Ellos me dijeron que como un mes y tenían razón, pero pudo haber sido más rápido si estuviéramos en días laborales normales. Las burócratas que deberían de estar verificando mis documentos están de vacaciones en Mallorca o a las orillas de un lago berlinés haciendo nudismo y quitándose el paludísimo color de piel.

Yo mientras espero, buscando información que reportar a México, el Muro Descarapelado, la nueva forma de vivir de las familias alemanas, la búsqueda de establecer oficialmente la siesta en Alemania, etc. y con algunos destellos de Orhan Pamuk, Me llamo rojo, o de Fernando Vallejo, El desbarrancadero.

Haré de cuenta que nunca quise una licencia.

Capítulo 1. Una verdadera prueba de alemanidad.
Capítulo 2. La ¿aceptación?
Capítulo 3. La carta.
Capítulo 4. Un rescate de discoteca.
Capítulo 5. El temor de los lentes.
Capítulo 6. La terapia de los lentes.
Capítulo 7. El último trámite de la primera etapa.

Los turistas derrumban el Muro de Berlín



El Muro de Berlín va a caer por segunda vez. Esta vez serán los turistas quienes lo tirarán.

Cada día que me despierto, ahí está. Siempre lo veo de lejos. El Muro de Berlín parece inamovible. Abro la ventana de mi terraza para airear la casa y me asomo para ver qué pasa en la calle. Nada. Todavía no vienen los turcos a poner tiendas ni algún alemán aletrnativo a instalar una tienda de productos orgánicos. Calma pura. Veo el río Spree del lado derecho y, del otro lado, el Muro, esa parte que se conoce como la East Side Gallery.

Lo veo desde el lado Occidental, Kreuzberg, desde donde todo parece normal, pero la realidad es otra. En el lado Oriental, el lado turístico kitsch, el Muro se está cayendo. Las masas de turistas son un peligro más grande que la euforia de los berlineses festejando la caída del Muro en el 89, o que incluso el adverso clima. Los turistas son una plaga por doquier y están acabando con el único gran símbolo de Berlín.

Ayer estuve del lado Oriental viendo lo que queda de las pinturas que fueron hechas justo después de la caída de los comunistas. El beso de Honecker, el Trabi rompiendo el Muro, la paloma de la paz, las diferentes y coloridas caras raciales, etc. Todas están destrozadas. No sólo la pintura está descarapelada, sino que sobre cada una de las pinturas que todavía se pueden apreciar hay rayones de todo tipo. Graffiteros berlineses y turistas ávidos de poner consignas similares al "¡Viva México, cabrones!" dejan sus huellas cual perros meando cada poste. Pero además los más insatisfechos van con un picahielos o un cincel y sacan pedazos del Muro haciendo ver como si una acción rara del clima estuviera erosionando las grandes piezas de concreto.









Supuestamente hay un fondo de unos cuantos millones de euros para hacer una segunda restauración de estos 1.3 kilómetros de Muro, pero algún problema burocrático ha retrasado la firma que autorizaría la utilización de esos recursos.

El Muro de Berlín ya se cayó una vez para bien, pero si se cae una segunda vez podríamos dejar de recordar cuál fue ese bien. ¿No haremos nada para evitarlo?

Y.

jueves, agosto 02, 2007

¿Alemania sólo para los güeritos?

En lugar de hacer mi siesta del mediodía (estoy experimentando un método científico para comprobar que con 20 minutos de una 'pestañita' se sube la productividad) decidí ir a jugar básquet. Jugué y jugué y me cansé.

Me quedé sentado en la cancha pensando en lo que estarían haciendo los dos gatos que estoy cuidando cuando a la cancha de al lado empezaron a llegar varios chavos. Tenían entre 9 y 15 años de edad. Eran jugadores de soccer y estaban a punto de echarse su cascarita.

Se armaron tres equipos de cinco personas cada uno y lo hiceron rápido: los francófonos dijeron que ellos armaban un equipo, les siguieron los germanófonos y el terecer equipo se armó con lo que quedó, dos italianos, un ruso, un inglés y un español. "¿Pero hablamos en inglés, no, para entendernos bien?", dijo uno. Equipos bastantes multiculturales, parecía un minimundialito cascarero.

Los francófonos estaban compuestos por un par de franceses, un suizo y dos belgas. Y lo sé porque cuando estaban armando los equipos lo dijeron. Cada quien estaba pregonando su país y aunque no lo hubiera hecho, es muy fácil distinguir los idiomas que se hablan en Europa. En Berlín, París, Londres o cualquier gran capital europea se puede escuchar en las calles todo el tiempo alguno de estos idiomas. Incluso ya se puede reconocer el polaco y hasta el checo. de ahí a entenderlos es otra rollo.

El partido comenzó. Uno de los franceses podría ser el heredero de Ribéry, la nueva contratación del Bayern München. Puf, un drible, una pirueta, un disparo y gol. Se hablaban y se daban señales en francés. Les sirvió de algo a todos hablar el mismo idioma. De repente uno de ellos dice "dales el balón a los alemanes, les toca sacar". Me quedé viendo a los "alemanes" y me dije "pero si estos no son alemanes, sí hablan alemán pero no son alemanes". Fue mi primera reacción y creo, aseguro, que hubiera sido la reacción de cualquier berlinés aquí. Yo soy extranjero en Berlín y no debí de haber pensad lo que ahora digo, pero llevo tanto tiempo viviendo aquí entre alemanes que creo que puedo ver alguinas cosas como ellos y, para bien o para mal, mimetizarlas.

Esos "alemanes" eran para mí dos turcos (que se hablaban en turco entre sí), dos paquistaníes (que no puedo jurar que lo hayan sido, pero sí tenían un aire de esa zona, India, Paquistán, Afganistán incluso), un negro con unas piernas larguísimas que le hacían manejar el balón como Robinho y un alemán, uno güerito y con toda la cara de ser el próximo Schweinsteiger de Alemania. Es cierto, todos se hablaban en alemán pero yo veía una clara diferencia ahí. La minipotencia futbolera que se había armado ahí entre Suiza, Francia y Bélgica quizás tiene realidades tan diferentes que están acostumbrados a ver inmigrantes en sus países y nunca cuestionarse si éste es francés o aquél es suizo o aquel otro es belga. Simplemente los tienen y son parte de ellos.

En Alemania no es así. Aunque en Berlín se pueden ver a muchos extranjeros e incluso a muchos alemanes morenitos o con cabello negro, nadie diría que un grupo de diferentes razas que hable alemán es, de facto, alemán.

Estos inmigrantes son nuestra realidad aquí y muchos no lo podemos ver. Rechazamos de primera instancia a Turquía, les ponemos cercas a los africanos y creemos que todos los que vienen de medio oriente son terroristas. Una vez un líder ultraderechista me decía que Alemania no es tierra de inmigrantes como muchos otros. Que tradicionalmente el país se ha creado y asentado con puros alemanes. Bah. Patrañas. Se puede decir cualquier cosa para tratar de sustentar las ideas de una raza pura tan sólo por ser güeritos.

Alemania no es sólo para los güeritos. Sólo hay que recordar que, volviendo al futbol, el equipo de futbol durante el mundial brilló con estrellas que no eran alemanes: Odonkor, Podolski, Klose o Kurani.

Al final los "alemanes" de las canchas callejeras no ganaron pero dieron una batalla feroz. Ahora que crezcan habrá que luchar por meter gol al gobierno alemán que no ha creado una ley de inmigración buena.

Yaotzin.
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