domingo, octubre 05, 2008

El brochazo del olvido

Cuando trabajé para la agencia de noticias EFE en Berlín teníamos una forma curiosa de pedir la comida.

A la una de la tarde los colegas comenzaban a preguntar lo que queríamos pedir. Nos pasaban una hoja con el menú y después de decidir debíamos rellenar un formulario. Ese formulario se enviaba por fax y 30 minutos después teníamos nuestra comida caliente en la oficina.
Era raro porque de Berlín, yo como latino, me hubiera esperado una cafetería formal o una hora de comida en algún restaurante, pero no fue así. De hecho esta orden por fax se me hacía lo más caluroso y latino, por simplificarlo de una forma, que podía yo tener durante mi primera y muy corta estancia en esta capital europea. Y el hecho de que se ordenara por fax era como un proceso entre el atraso y adelanto tecnológicos de México y Alemania. Nuestra comida la traía un inmigrante árabe. Ahora lamento mucho nunca haber preguntado quién era ni de dónde era, sólo recuerdo a un señor de piel oscura con rasgos finos y un bigote negro como de utilería. Yo veía en él a una persona que con las idas y venidas de los pedidos de comida, con su correspondiente propina, se ganaba el poco dinero que una ciudad europea, ergo rica, le podía ofrecer.
Era raro, pues.
Alguna vez vi de dónde venía la comida. No era lejos de la Bundespressehaus, la Casa Federal de la Prensa. Un pequeño local como de cocina económica, como los llamamos en México, con grandes ollas y cazuelas donde se preparaba, seguro, la comida de todos los burócratas de la zona. Y ahí estaba nuestro inmigrante del fax.
Hoy domingo que salgo de visitar la Colección Boros, justo en contraesquna, lo primero que veo es un Subway, una de esas cadenas comerciales de sandwiches. Y me quedé pensando en el inmigrante del fax. O consiguió un mejor trabajo, o se regresó de donde vino, o por querer quedarse en esta ciudad y ganar un poco de dinero, se hizo criminal. Pienso en eso y en cómo parece fácil dar litros de brochazos blancos a un búnker de la Segunda Guerra Mundial, donde se encuentra esta colección de arte privada, para olvidar donde estamos parados.

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