miércoles, enero 16, 2008

Los inmigrantes, la segunda clase

“El extranjero que no se ajuste a nuestras reglas no tiene lugar aquí (…) ¿Hasta qué punto vamos a aceptar a los jóvenes violentos, la mayoría de ellos con raíces extranjeras?”, podría ser una frase fabricada en Estados Unidos pero no, está patentada en Alemania, la Alemania de hoy, y es de un político del partido de la canciller Angela Merkel.

Este político se llama Roland Koch, es el jefe de Gobierno del estado de Hesse y está en celo: se encuentra haciendo campaña electoral.

Así como en Estados Unidos, a Koch se le ocurrió utilizar a los inmigrantes para ganarse los votos conservadores, la forma más barata de ganarse votos.

Su campaña está basada en un brutal ataque de dos jóvenes inmigrantes a un jubilado alemán de 76 años en el metro de Munich durante las vacaciones decembrinas. Se trata de este ataque que ya mencioné en un pasado post sobre fumar que, además de pensar sobre la controvertida ley antitabaco, nos ha hecho pensar sobre la cuestión de inmigrantes.

El político alemán en cuestión salió entonces a las calles y usó foros para decir que uno de cada dos ataques (asaltos, robos, agresiones) proviene de jóvenes extranjeros o con raíces extranjeras. Aplauso de los conservadores alemanes. Que sería necesario darles más años de cárcel y a los que no tienen nacionalidad alemana expulsarlos del país. Aplauso. Que incluso hay que castigar a los adolescentes de 14 a 18 y no sólo de 18 a 21 años. Aplauso. Pero que también se podría meter a la cárcel a aquellos de 12 y 13 años.

Roland Koch gobierna el estado de Hesse, donde se encuentra Francfort del Meno y más cerca de la frontera con Francia, desde hace ya ocho años. Cuando hizo su primera campaña para gobernar el estado hizo la misma campaña, es lo que me cuentan las asociaciones de migrantes. La pregunta es ¿en ocho años no pudo Roland Koch bajar la criminalidad de jóvenes? ¿en estos ocho años no pudo Roland Koch idear métodos para integrar a los extranjeros y evitar así que sean violentos?

Hoy salió en las estadísticas que el estado de Hesse es el que más tarda en procesar los delitos cometidos por jóvenes. Aplauso de las élites sociodemócrata e izquierdista. Que en realidad los extranjeros no hacen uno de cada dos ataques, sino un tercio o menos, si se dividen en grupos de los que siguen siendo extranjeros y de los que ya tienen nacionalidad alemana. Aplauso. Que la cúpula del CDU, el partido de Koch y de la canciller Merkel, no ve que sea necesario mandar a los niños y adolescentes a la cárcel. Aplauso. Y que el ex ministro de Exteriores de los Verdes, Joschka Fischer, y el ex canciller sociodemócrata Gerhard Schröder, harán campaña con sus respectivos partidos para desbancar a Koch. Aplauso.

Calificar a los inmigrantes jóvenes de violentos y querer castigarlos duramente sin haber hecho nada contra neonazis o contra los ataques de la extrema derecha, es una de las más grandes irresponsabilidades que puede cometer un político alemán en estos días. Calificar que cualquier joven, extranjero, con raíces o completamente alemán, es violento, deja una pregunta muy abierta y muy difícil de contestar: ¿cuál es el papel de la familia en una Alemania donde algún grupo de mamás mata a sus hijos en serie, donde la gente se suicida? ¿cuál es el papel del Estado en la educación y la integración?

Para colmo, el líder del partido de extrema derecha, el NPD, Udo Voigt, salió a las cámaras a decir que justo se necesitan políticos como Roland Koch, que pertenezcan a los grandes partidos validados de Alemania (el NPD vive en el limbo de la invalidez), para poder demostrar a la gente el verdadero ideal nacional de una Alemania actual.

¡Oh mi dios!

Así como en Estados Unidos, los inmigrantes somos carne de cañón. Un día los demócratas allá, o los conservadores acá, nos quieren integrar y nos toman en cuenta para sus grandes proyectos de crecimiento, pero al otro día nos retoman en las campañas para ganarse sin muchos trabajos los votos de esa gente conservadora que ya pagó sus impuestos y ya sólo se gasta su dinero de sus pensiones.

miércoles, enero 09, 2008

Vivencias de un fumador en la nueva Berlín Antitabaco - 1

Primero, digo que soy fumador porque me fumo involuntariamente el humo de otros aficionados al tabaco.

Y segundo, sí, también porque después de tres cervezas yo me echo un cigarrito... que le he pedido al primer cristiano que se me cruzó.

Lo importante: Berlín se declaró ciudad antitabaco.

El contexto: la salud pública paga muchos millones de euros para tratar enfermedades relacionadas con el cáncer supuestamente provocado por el humo del tabaco, inhalado voluntaria o involuntariamente.

El contexto 2: otras ciudades han entrado con leyes antitabaco y una capital europea como Berlín no podía quedarse atrás.

Personajes: el bueno es el Estado, que quiere salvar a todos los inocentes de enfermarse de cáncer pulmonar y de gastar miles de euros en cajetillas de cigarros; los malos son los fumadores, quienes tienen un vicio incontrolable; y los más malos son los dueños de restaurantes, quienes quieren demandar al Estado por crear semejantes leyes abusadoras.

Posibles consecuencias: asepsia total, aire limpio y puro en una ciudad donde los restaurantes --según los dueños de restaurantes-- estarían vacíos y en quiebra por falta de clientes.

En fin, aquí estoy yo, paseándome por la Berlin Antitabaco desde el 1 de enero que entró en vigor la Ley. Entro a mi primer bar. Llevaba puesto el suéter que me regaló Santa Clos porque estaba seguro que no habría humo de cigarro que lo ensuciaría. Pero inmediatamente me di cuenta que la gente fumaba. Me sorprendió pero no me enojé. Aún así pasé porque yo quería conocer ese bar nuevo. En Berlín cada nuevo bar es un proyecto artístico y vale la pena el golpe, así sea entre borrachos de cerveza de trigo, fumadores de cigarro o competencias de Jägermeister. Algún día tendré que escribir del Gallo Dorado en Kreuzberg.

Después de un rato me percaté que no era broma y que la gente de verdad encendía un cigarrillo tras otro. Había cenciceros en cada mesa y ningún apartado para no fumadores. Le pregunté al dueño y me dijo que las revisiones entrarían en vigor seis meses después. Y con las revisiones vienen las multas, así que cualquiera podía fumar.

Eso sí, la Ley está en vigor y si yo me hubiera querido enojar, habría podido hacerlo y pedir a modo de berrinches que saquen a los no fumadores. Pero yo crecí en una sociedad y en una ciudad donde siempre ha sido normal ir a un bar o restaurante lleno de humo. Quitarse la costumbre de oler humo y oler luego a humo no es tan fácil.

Fui a otro bar un día después. Nadie fumaba hasta que el dueño encendió un cigarro. Entonces una compañera mía se ajustó su cinturón, agarró un encededor y encendió el suyo. No había ceniceros en las mesas pero no importó. Después las otras mesas comenzaron a fumar y todos cantaron al unísono que las multas comienzan seis meses después.

Un par de dueños de cafés sin embargo sí se han amparado en la ley y han prohibido terminantemente fumar en sus negocios. Y dicen que sus clientes lo respetan y que se han estado acostumbrando.

"Hoy puedes fumar pero en seis meses yo pago mil euros y tú 100 euros", me dijo el dueño turco del último bar que visité y que para entonces creará zonas de fumadores y no fumadores para satisfacer a sus clientes.

Mientras tanto Berlín está de prueba. Esta idea de que los chicos todavía más malos de la historia, los ponedores de multas, se presentan hasta seis meses después, es uno de los huecos de la Ley que al menos están permitiendo experimentar sobre el funcionamiento de la misma.

Y.
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