lunes, julio 18, 2005

* El fantasma de este país.


Es un mito, es un miedo, es un fantasma. Está por todos lados como una sombra. No se habla de él, pero está en muchos discursos. Acompaña a la gente. Se aparece en los libros, en el cine, en los carteles. Ha pasado a formar parte de la conciencia social. las nuevas generaciones no lo conocen, pero ya lo satirizan.

Él no se olvidará nunca en este país.

Yaotzin.

sábado, julio 16, 2005

* Flor de calabaza en Berlín

Esto es un asunto de mexicanos.

Este sábado encontré por cuestiones de azar una flor muy peculiar. Una flor que, hasta donde yo sé, sólo los mexicanos la comen. La flor de calabaza. Se come en quesadillas, soufflés, pescados y sopas de agua o crema. Tiene un sabor suave pero muy peculiar.

No es que me haya desvivido por encontrarlas en Berlín, pero sí fue raro llegar a un puesto ambulante en las calles del barrio de Kreuzberg y ver un cesto con las flores de calabaza. No era un turco (habitante común del barrio), ni mucho menos un mexicano, sino un alemán que traía los productos de su granja. Para mi sorpresa, además, la granja estaba certificada como "orgánica", así que con esto compruebo y concluyo esta investigación sobre la comida orgánica en Alemania.

Las quesadillas de flor de calabaza serán algo pequeño, un antojito como las llamamos, pero fue lo que me ocupó toda esta mañana para poder tener un rico desayuno y un poco de saborcito de México, que ya después de un año de autoexilio hace falta de vez en cuando.

Yaotzin.

Masa + flor = ricas quesadillas.

lunes, julio 11, 2005

* Por el arco del triunfo (diferencias entre el Primer Mundo y el Tercero, parte 3)

Arco del Triunfo.- bio. dícese de la parte que, en el cuerpo humano, une a los muslos con la parte baja del abdomen. Pasarse algo por el Arco del Triunfo, quiere decir que algo le importa a uno un cacahuate.

Bien, pues si esta frase existiera en Alemania, no se usaría; aunque mejor es decir que esta frase no existe porque no ha lugar.

En México se usa para decir cuando nuestros legisladores o demás personajes de la política hacen con una ley lo que quieren. Se la pasan por el arco del triunfo, es decir, por ese lugar por donde sólo pasa --y lamento la falta de tacto en esto-- el papel de baño. Pero así es la política, ¿qué decir?

Y lo lamento también por los alemanes, pero su gobierno está atrapado en leyes de antaño que no fácilmente se puede pasar por el arco del triunfo. En esta época de elecciones anticipadas y atentados terroristas hay dos claros ejemplos.

La gente quiere elecciones. El gobierno actual también. La oposición también. ¿Qué lo impide? sólo una reforma en la Constitución que dice que para llegar a las nuevas elecciones hay que disolver el Parlamento (nada nuevo para cualquier democracia parlamentaria, pero para disolver el Parlamento hay que convocar a un llamado voto de confianza. Gerhard Schröder lo convocó y, tal y como lo esperaba, lo perdió. Sólo falta que el presidente alemán valore el procedimiento para que sí haya elecciones. La disolución del Parlamento no se puede lograr gracias a una reforma constitucional hecha después de la caída del Tercer Reich para evitar que un tipo como Hitler tome el poder y haga con él lo que quiera.

Y es desde esos mismos tiempos que otro artículo de la Constitución fue reformado para evitar que el ejército patrulle las calles. Pero ahora con los problemas del terrorismo existen algunas propuestas para reformarlo y, en casos de urgencia, poner a los soldados a vigilar el orden público.

Pero quizás antes tendremos que hacer un voto de confianza porque no se podrán pasar la Constitución por... Sí, ya saben por dónde.

Yaotzin.

domingo, julio 10, 2005

* ¿Cuándo?

Al salir de la casa, no sólo está una de las tantas tiendas de productos biológicos que ya antes mencioné. Antes se ve el río que pasa al lado, bueno, no que "pasa" porque no es un río que se mueva. Sus aguas están estancadas como en un lago, pero a lo largo de toda Berlín. También está la mayor empresa de ruidos para celulares y un club de turcos.

Eso último es lo que define al barrio de Kreuzberg, los turcos. Yo no tengo nada contra ellos, de hecho, tendría que agradecerles mucho porque gracias a ellos yo tengo tiendas, panaderías y otros servicios que si no están abiertos las 24 horas, están abiertos después de las 14:00 horas del sábado o durante el domingo, algo que va enc ontra de las leyes alemanas. Yo llegué a este lugar para vivir por voluntad propia, porque tiene color, vida y sabor. Y creo que se debe mucho a los turcos.

Y quizás serán ellos quienes terminen pagando las consecuencias de lo que pasa en nuestro mundo.

Nueva York, Madrid, Londres, ¿y luego? ¿Roma? ¿Berlín? Los atentados terroristas tienen un denominador común, los musulmanes. Si en los aeropuertos o en las ciudades que ya sufrieron el terror a uno ya lo ven raro por ser musulmán o parecer árabe, ¿qué pasará cuando se adopten esas medidas en Alemania, más propiamente en Berlín? ¿esculcarán a todos los musulmanes en cada estación de metro? ¿les impedirán llevar mochilas al hombro? ¿los mantendrán en un ghetto para no sufrir los acosos del "mundo occidental"?

En Berlín viven más de 800 mil turcos. En Alemania más de 2 millones. Y otro país que más presencia de inmigrantes tiene es Irán. Yo soy mexicano pero en la calle me han confundido con árabe, paquistaní, indio, turco, y me han hablado en cualquier idioma que no podría identificar.

¿Qué vamos a hacer para impedir un atentado en el metro, en la calle, en cualquier lado? ¿qué va a pasar con estas personas que, por unas cuantas, tienen que pagar el precio entero por ser de una religión o raza en particular?

Vivimos en un constante peligro en Berlín, y no sólo el de un atentado explosivo, sino uno psicológico.

No todos somos londinenses, pero sí partícipes.

Yaotzin.

jueves, julio 07, 2005

* El lado biológico de Alemania

Los alemanes están cambiando su régimen alimenticio: en sus canastas meten cada vez más productos en cuya etiqueta se puede leer la palabra ‘bio’. No se trata de ninguna marca comercial asiática que esté robando espacios en las tiendas, sino de un sello gubernamental con el que se clasifica a los productos alimenticios como orgánicos.

Con ese sello verde sobre fondo blanco que cualquiera puede ver en los supermercados, los alemanes esperan que sus compras contengan ciertos controles de calidad, que para ellos se traduce simplemente en salud y bienestar.

De acuerdo con el Programa Federal de Agricultura Ecológica (Ökolandbau), cada año en Alemania aumentan un 15 por ciento en promedio la cantidad de mercados y la cifra de ingresos por la agricultura orgánica, lo que genera unos 20 mil empleos por año dentro del país. Ahora es común que la tiendita de la esquina se haya transformado en un negocio ‘bio’, o que un día a la semana en algún barrio se instale un mercadito sobre ruedas ‘bio’ o bien que grandes empresarios inauguren un supermercado que juega con el mismo monosílabo.

Todo se ve casi igual, las tienditas con sus anaqueles y refrigeradores de carne o quesos, los mercados con puestos donde le gritan a uno la oferta del día y los supermercados con una variedad inmensa de productos. Los alimentos son los mismos que todos conocemos, leche, huevos, legumbres, jugos, cereales, carnes, quesos, condimentos y hasta golosinas y botanas crujientes; no tienen empaques muy diferentes, sólo el sello ‘bio’ que los distingue o están en un huacal donde se indica el lugar de procedencia y la fecha de empaque.

Tradición añeja, ‘boom’ reciente
La comida orgánica ya era popular entre los alemanes desde los años 70, pero hasta hace un par de años sólo se vendía en pequeños negocios o directamente en las granjas porque había todavía menos producción y los precios eran altos.

“Poca gente quería comprar porque ve lo orgánico como artículo de lujo, pero cada vez hay menos de esos ‘compradores clásicos’ gracias al ‘boom’ de supermercados y de membresías que fomentan su adquisición”, señala el consultor en comida saludable Christoph Spahn.

Una encuesta realizada por Ökolandbau a principios de junio del 2005, arroja como resultados que tres cuartas partes de los ciudadanos alemanes comen o han comido productos orgánicos y que el 84 por ciento de ellos quiere comprar algo orgánico en cualquier momento.

Pero no sólo la demanda está en aumento, la oferta también pues hoy en día existen más de 200 supermercados en toda Alemania y el consultor Spahn vaticina que el número irá en aumento.
La gente ha comprado más gracias a los supermercados que lo ofrecen más barato, pero aún así los precios no permiten a cualquiera hacer las compras de toda la alacena para cada semana.
La agricultura orgánica no emplea pesticidas, herbicidas, hormonas ni otras sustancias que dañen el medio ambiente, lo que obliga a una baja producción y, ergo, a un precio más alto. Por eso las tiendas pequeñas también han establecido un sistema de membresía por el cual uno puede comprar hasta un 30 por ciento por debajo del precio normal. Por ejemplo, el precio normal de un limón en cualquier tienda de Berlín es de 60 centavos de euro (8 pesos) por pieza. En una tienda ‘bio’ se vende en 1.80 euros (24 pesos), pero si se es miembro se consigue en 1.40 euros (19 pesos).

Con los animales ocurre algo similar: se les debe de procurar un espacio, luz y aire fresco, y evitar que acumulen dos tratamientos antibióticos, de lo contrario se le retira la condición de ‘biológico’, por contradictorio que puede leerse.

Sin importar los precios, las tiendas reportan cada vez más miembros y los supermercados ‘bio’ ya captan una quinta parte de los ingresos por la venta de estos productos.
En las estadísticas se decía que el alemán que consumía lo orgánico ganaba más dos mil 500 euros al mes, unos 600 euros más que un sueldo promedio, y que pertenecía a una familia grande, pero ya se ve a jóvenes estudiantes que compran al menos uno o dos productos a la semana.

Por sabor y salud
Algunos consumidores han optado por comprar productos orgánicos porque tienen un mejor sabor, pero detrás hay también un deseo por cuidar el futuro propio, el de los hijos y dar un mejor trato a los animales.

Cuando era niña, la alemana Ivett Pfeiffer, de 30 años, creció en un pueblo que era surtido por los cultivos de las granjas aledañas. Como adolescente siguió comprándolos por su sabor y contenido nutricional, y hace siete meses se asoció con una amiga para abrir un minisúper en Berlín.

Barbara Schulz es una señora que lleva 20 años con su régimen orgánico. Ella empezó desde que se enteró que a los cultivos se les rociaban pesticidas y hace algunos años compró una tienda en Berlín.

“Tengo desde cerveza alemana hasta café de Perú que, aunque cuesta el doble que en una tienda normal, es mucho más rico. A veces me llega miel y amaranto de México, pero no siempre“, dice.
“Los productos orgánicos se hacen a partir de materias primas de alta calidad, por eso tienen un sabor particularmente intensivo. Con la calidad orgánica se ofrecen algunos alimentos que de otra forma no se encuentran. Es como redescubrir aquellas verduras de antaño”, explica la ecotropóloga Stephanie Wetzel, una profesión que estudia la relación entre ser humano y su entorno ecológico.

Bioquímicos aseguran que el consumo de estos alimentos disminuye el riesgo de sufrir infartos, embolias y algunos cánceres; por ejemplo, algunas sopas elaboradas con vegetales ‘bio'’ contienen seis veces más ácido salicílico (precursor de la aspirina) que las vendidas en los mercados, y también que son más ricas en vitamina c, hierro, magnesio y fósforo.

Ricos, saludables o una forma de respeto hacia el medio ambiente, los alimentos orgánicos son parte de la vida diaria de los alemanes.
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