viernes, septiembre 28, 2007

¿Cómo saber cuando pasa el autobús?

Las paradas de autobús en Berlín tienen siempre colgados los horarios. Eso hace muy cómodo y práctico tomar el autobús.... para muchos, no para mí.

Como buen ciudadano mexicano, yo siempre llego corriendo a las paradas. Tengo una fascinación por ocupar hasta el último minuto en internet antes de salir de casa. Salgo justo al minuto en el que pasa el autobús. A veces me falla y llego unos segundos tarde y ya se fue. A veces el cabrón del chofer pasa un minuto antes y se va porque no hay nadie más en la parada (al wey no se le ocurre que en ese momento hay un individuo bajando las escaleras de su edificio como estampida de toros tratando de llegar a tiempo a la parada), y se arranca.

Pero he descubierto algo que me puede ayudar a no correr. Es un patrón que se ha repetido muchas veces y ahora lo considero de valor cuasi científico: cuando hay una viejita en la parada ya no hay necesidad de correr. Eso significa que el autobús no ha pasado y que pasará en cualquier momento. Así que apenas ver a los sexagenarios ya no hay que correr.



Las viejitas, o viejitos, llegan justo un par de minutos antes de que pase el autobús. No les gusta esperar y no llegan antes. No les gusta correr por obvias razones y no llegan retrasados.

Y yo algún dia seré como ellos, pero mientras los ocuparé de señal.

Y.

jueves, septiembre 27, 2007

Los obreros de Krauschwitz

Son como 10. Trabajan ocho horas exactas y están en prácticamente cada departamento, violando nuestras intimidades: son los obreros de Krauschwitz.

No, no se trata de un eufemismo para nombrar a los herederos nazis. No están tratando de ocultar el nombre de una ciudad anteponiendo dos letras en Auschwitz. Son unos albañiles contratados de una empresa de una ciudad alemana llamada Krauschwitz que están indefinidamente asentados en la fachada de mi edificio.

Ellos viven afuera y yo adentro.

Pero estando afuera no es ningún impedimento para acceder al valor menos concientizado y más preciado del ser humano, la intimidad. Los obreros de Krauschwitz instalaron un andamio que cubre la fachada de cuatro pisos de mi edificio en Kreuzberg. Trepan una escalera y están frente a mi ventana. Dan tres pasos a la izquierda y están viendo a los vecinos. Ellos saben más que cualquier persona sobre nosotros. Incluso me han visto desnudo.

A pesar de que tengo cortinas, hay un huequito por donde se puede ver hacia mi cuarto. Justo el primer día que llegaron yo estaba escogiendo unos calzones del cajón que está al lado de la ventana. Estaba desnudo y estaba frente a ese huequito que se hace en la cortina. Ese momento fue suficiente para que uno de los obreros de Krauschwitz asomara la cabeza por azar y me viera mi gran intimidad (lo de 'gran' es por el valor que le tengo a mi intimidad).

Los pobres gatos que todavía no recoge mi amigo gringo andan todo el día con los ojos negros del susto con estos hombres que aparecen de cuando en cuando. Para ellos debe ser una buena función de teatro.

Confrontar intimidades es un poco difícil porque a ellos tampoco les gusta que yo los vea trabajar. Nunca se ponen en la ventana que da a mi oficina mientras yo trabajo. Pasan y ven de reojo pero no hacen nada más. Yo también los veo de reojo y trato de no mirarlos más. Pero ellos son los que están, literalmente, en la calle y son por lo tanto hombres públicos. Yo debería de quedarme viéndolos. Pero, mmm, no me interesa.

Me jor me quedo junto con los gatos con los ojos negros, negros, negros.

Y.

sábado, septiembre 08, 2007

Destino: los campos de terror.

- Señor.

- ¿Si?

- ¿Le puedo hacer unas preguntas de seguridad?

- Claro, adelante. Pero le adelanto que empaqué mi maleta yo solito.

- Ah, sí, eso no es problema, lo que me interesa es saber a dónde viaja usted este día.

- Mm, ah, sí. Voy a Paquistán, a los campos de terror.

- Bien (anotando en una hoja de datos), pues ¿sabe qué? tendrá que cancelar su viaje porque en este momento está usted arrestado.

Yo supongo que esta conversación tendrá lugar pronto en los principales aeropuertos de Alemania. Un futuro muy cercano. Y muy surrealista.

Desde que arrestaron a tres hombres en Alemania hace un par de días porque se sospechó que harían un atentado de exacerbadas dimensiones, peor que Madrid o Londres, eso sí menor que Nueva York, el gobierno alemán ha comenzado una discusión sin igual: castigar la visita a los campos de terror.

A mí me queda una duda, un poco al margen de qué es un campo de terror, de su verdadera definición y de su certera existencia, ¿cómo chingaos se sabe que alguien viaja a un campo de terror?

Esos campos de terror son los campamentos de formación para terroristas que tanto se ha contado que hay en Paquistán. Nadie se ha atrevido a ubicarlos y detenerlos, o nadie ha querido, pero sí se prevé que al menos los alemanes serán castigados por ir ahí. Si es antes de ir o después de haber disfrutado de un largo periodo vacacional ahí, no queda claro.

Lo divertido es que ahora no son sólo árabes, morenos o barbudos los posibles terroristas, sino alemanes que se convierten al islam y que quieren aprender los más grandes secretos de la fabricación de un atentado.

Me da gusto vivir en un Estado como el comunista donde todo está afortunadamente vigilado y se pueden prevenir atentados con seis meses de antelación, como esta gran operación policíaca y de servicios de inteligencia que fue lanzada esta semana pasada.

Algo se aprendió de la Stasi.

Y.

miércoles, septiembre 05, 2007

Los eficientes correos alemanes

Antes fue un desastre, hoy es eficiencia.

Cuando fui a Correos hace tres años, la mujer que me tenía que dar mi paquete no me lo dio. Adujo que yo no era quien debía ser, a pesar de que le enseñé como tres o cuatro identificaciones. Hoy me atendieron como rey y hasta se hizo una fila de alemanes desesperados.

Definitivamente no era la misma mujer detrás del mostrador, porque le habría dado un beso por haber mejorado de esa forma en tres años. La mujer de hoy, máomeno de la misma edad burócrata que la otra, parece que fue a un curso de "Cómo atender a extranjeros y hacer enojar a los colegas alemanes".

Llegué y no había fila. Esta mujer abre su mostrador y me atiende. Me dice que enviar una taza a Chile envuelta así me costaría mucho más y se tardaría mucho más que si la empacaba de una forma cuadrada, es decir con un cartón. Yo había metido la taza en un papel burbuja y a éste le di como 10 vueltas de cinta canela. "Uy, no, es que así, mire, así la taza va a rodar por la banda de la paquetería y esto le causa un problema a la empresa de correos", me dijo a voz alta y poniendo a girar la taza sobre el mostrador.

"El precio es mucho más, a ver, déjeme ver, como un euro más que lo normal. Bueno, usted sabe, un euro es un euro ¿no? además como se enviaría en forma de paquete tendría que pagar un euro más por cuestiones de seguridad", añadió.

Tá bien, le dije, y se me ocurrió preguntar, porque ya me había adelantado, cuánto más duraría enviarla así. La verdad es que ya estaba convencido de enviarla así porque me atrayó esa idea de que rodaría en la banda de paquetería, pero quise saber el resto de los detalles. La mujer se metió a la pantalla de su computadora, buscó y me dijo, mostrándome la pantalla, "pues, mmm, yo creí que sería más, pero aquí dice que son como unos 12 a 14 días hábiles".

Con que esté antes de Navidad, le contesté, y me dijo que con Correos siempre se puede desear algo así.

Volteé y atrás había una fila de como 10 alemanes no sólo esperando, sino escuchando nuestra conversación. Yo no soy blanquito, pero si lo fuera, habría estado del color de un tomate.

Y todavía faltaba que me dijera como llenar la solicitud de envío y que le pusiera escrito, bien notorio, el contenido que estaba adentro. "Ay, no sé cómo decirle cómo se dice taza en español, se me olvidó, pero pues póngale en alemán, así será suficiente", me dijo.

¿Se estarán cambiando las cosas en Alemania?

Y.

sábado, septiembre 01, 2007

En busca de una licencia de manejo alemana. Capítulo 9. Fin de la primera parte.

Hace un par de semanas llegaron por fin los papeles que tanto esperaba. La luz verde para hacer mi examen de manejo en Berlín.

Me llegaron dos cartas justo el día de mi cumpleaños, lo cual consideré un gesto humano de las autoridades alemanas. Creo que me querían hacer feliz y, la verdad ¡lo lograron!

La carta de la Oficina de Licencias me permite ir a una escuela de manejo y me dicta el tiempo en el que debo de hacer mis trámites. Tengo 12 meses para hacer el examen teórico y, una vez aprobado este, tengo otros 12 meses para presentar el de manejo. Si hago un uso extensivo de este tiempo, podría contar con dos años para obtener mi licencia. Después de ese tiempo mi postulación expira y tendría que volver a hacer el tormentoso camino que hasta ahora, a lo largo de estos nueve capítulos, he seguido.

La otra carta es de la escuela de manejo y sólo se remite a decirme que se emocionan de recibirme pronto. Pero, bueno, no creo que les emocione tener un mexicano que les preguntará por qué tienen tantas señalizaciones y reglas, sino creo que les emocionará reprobarme en tantos exámenes como sea posible para hacer más dinero conmigo pagando los reintentos.

Ahora sólo falta si me decido a hacer el examen en alemán o en español, pero de cualquier forma lo que tengo que hacer para la segunda parte del proceso de obtención de mi licencia es meterme de lleno a estudiar.

El tiempo está corriendo.

Capítulo 1. Una verdadera prueba de alemanidad.
Capítulo 2. La ¿aceptación?
Capítulo 3. La carta.
Capítulo 4. Un rescate de discoteca.
Capítulo 5. El temor de los lentes.
Capítulo 6. La terapia de los lentes.
Capítulo 7. El último trámite de la primera etapa.
Capítulo 8. El hoyo veraniego.
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