miércoles, abril 08, 2009

El sheriff del metro de Berlín

Después de estar en México unos días y toparme con personajes extraños, regresé a Berlín y me quedé en un estado límbico: me imaginé una vida prusiana donde nada se sale de las reglas, ergo sin personajes extraños.

A mi cabeza llegaba una y otra vez la imagen de ese taxista que usaba un casco de minero. Amarillo. Ya era demasiado largo para el vochito que manejaba, como una tarántula gigante al volante, y además traía ese casco que ya había dejado huella en el techo. Su explicación fue sencilla: "lo traigo para evitar romper el parabrisas", dijo. Hace más de 30 años que manejaba taxi y al principio el cinturón de seguridad no era necesario. Una vez, él dice que por ahí de los años 70, chocó y su cabeza fue a dar contra el parabrisas. Lo rompió. ¿La solución? Un casco de minero, el cual porta desde entonces.

Me imaginé a los taxistas de Berlín y no recuerdo haber encontrado a uno así. Además, platicar con un taxista en Berlín es una odisea: o no les entiendo porque muchos son extranjeros, o son 150 por ciento berlineses y hablan con un acento enraizado en la localidad que todavía me es difícil de comprender.

Pero, bueno, ayer iba en el metro haciendo unos apuntes. De pronto alzo la vista y en el asiento de enfrente había un sheriff. O algo que se le parecía. Traía un sombrero de ala ondulada y de copa pinzada que le sombreaba su cara rosada. Al frente de éste una insignia de sheriff. En su chaleco de piel negra también traía una insignia de sheriff. Y decía así "Sheriff". Por su pantalón de piel, negra también, pensé que podría ir a una fiesta de pieles, de esas donde la gente se pone bozales, usa látigos y, buaj, mejor ahí le paro. Pero ayer era martes, eran las 2 de la tarde y nos bajamos en el barrio turco de Kreuzberg. Nada cuadraba para una fiesta.

Pero nada cuadraba en el metro tampoco.

En una estación se subió guitarrista amateur a pedir dinero. Era alemán. A diferencia de muchos, alemanes o extranjeros, éste no traía harapos ni olía mal. Parecía un joven que quería financiarse algún viaje de verano. Yo no le di dinero. Una alemana a mi lado sí le dio un par de monedas y una señora turca de enfrente de mí, y sentada al lado del sheriff, le tronó la boca y le dio una pincelada con los ojos. Dejé de sentirme en Alemania.

Nomás faltaba el gigante de la U1.

La señora turca se bajó y debajo de su gran cabuz descubrió una revista de mujeres. Parece que ya estaba cuando ella se sentó. La dejó ahí. El sheriff la oteó, la tomó y la hojeó. ¡Mi dios!, con ese sombrero y esa revista en mano ya podría haber completado el trío para Brokeback Mountain.

Nos bajamos en la misma estación y como no podía terminar de aprehender esa imagen, me quedé viendo al sheriff alejarse. Se fue en dirección de los puestos de döner kebabs. Iba caminando como vaquero con los huevos hinchados y sólo alcancé a ver cómo su trenza bifurcada de cabello gris se meneaba de un lado al otro. Anagnórisis pura.

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