jueves, abril 30, 2009

De cuando mandé el virus al caño

Thomas no lo supo, pero después de despedirme de él me fui a lavar las manos durante cinco minutos.

Estaba en el aeropuerto de Berlín, Tegel. Uno de mis empleadores me mandó a una misión kamikaze: entrevistar a viajeros provenientes de México. Buuuaa. Nunca me dieron la corresponsalía de guerra que alguna vez pedí pero ahora sí me envían a buscar y entrevistar a gente proveniente de México. ¿Qué habrá pasado por las cabezas de los editores al momento de asignarnos esta tarea?

Primero traté de zafarme de esta tarea por una cuestión de logística, pues a Berlín no llegan vuelos directos de México. Cualquier pasajero que venga del país de la gripe puerca tiene que llegar con una conexión de París, Madrid, Barcelona, Londres o Ámsterdam. De cada una de estas ciudades hay más de un vuelo de conexión. En teoría yo tenía unos 20 vuelos para examinar.

En el primero de los vuelos no vi a nadie. Me pasé a la otra llegada. De París. Vi salir a un tipo alto como una torre y moreno. No cuadraba mucho con la definición de un mexicano, pero al ver la pirámide de maletotas que traía estuve casi seguro (si era como yo, una de esas maletotas estaba llena de latas, tlacoyos, tortillas y todas esas cosas que a una madre le gusta que su hijo se lleve de viaje). "¿Hablas español?", le pregunté. "Sí, claro", me dijo, con el tono de "a güevo". No había duda, era un compatriota. Me había sacado la lotería con el segundo vuelo. Lo vi de reojo para ver si no se notaba enfermo y le pregunté directamente, antes que su nombre, "¿cómo sé que no estás enfermo?". "Pus qué no me ves?", me dijo, "¿acaso me veo enfermo?". No, pus no.

¿Cómo se distingue el virus de la influenza porcina? Mi amigo Eduardo tendrá que hacer un manual de instrucciones.

Tons le hice las preguntas y me fui.

Todo parecía normal y me dejó con el gusanito de saber más. ¿Qué carajos puede pasar en un vuelo trasatlántico donde mucha gente usa tapabocas? Son unas 10 horas de vuelo. ¿No se hablan los unos a los otros o qué? Quería saber un poco más y me fui a buscar a otro. En el mismo vuelo había llegado otro tipo de México. Era güero, traía tatuajes por todos lados, pero sombrero y botas texanas. No podía venir solo de París.

Se llama Thomas y es alemán. Me dijo que todo era todavía más normal que lo que me había contado el colega mexicano. Thomas no usó ni siquiera un tapabocas en el avión y me reprochó que los medios dan miedo. Ese es el verdadero pánico. Así fue con el SARS, me dijo. Así que detuve la entrevista. Se relajó y me platicó de sus tres meses en México. En la Costa del Golfo (el epicentro del virus puerco, pensé), el norte (donde se han descubierto otros casos, volví a pensar), el Pacífico y hasta la Península de Yucatán. Me hizo entrar en su plática diciéndome cuánto amaba a mi país y que regresaría en cualquier momento. Pero yo tenía que reportar la situación en el aeropuerto y me despedí de él. Le estreché la mano y me fui.

Le estreché la mano, me quedé pensando.

¡Le estreché la mano!

Me descontrolé, no lo pensé, me cayó bien y me quise despedir de él.

Thomas no creía en el virus, pero yo sí. Corrí al Starbucks con la mano colgando, como si me la hubiera lastimado (simplemente quería evitar contacto con el resto de mi cuerpo. Si me da el virus puerco, que sea en la manita nomás). Me quedé en el lavabo unos cinco minutos. El cliente que llegó después habrá pensado que estuve haciendo otra cosa.

Me sequé y me volví a lavar.

Si alguna vez hubo un virus en Tegel, yo lo mandé a la cañería.

Ojalá que Thomas no haga noticia.

miércoles, abril 29, 2009

No achú, pero como si achú

Siempre he sido como un bicho raro.

Hoy más.

Estoy sentado a mi escritorio y pronto debo salir a una entrevista con varios colegas. Antes tuve que reportar sobre el primer caso de la gripe puerca en Alemania. Ya nos llegó. Y antes de que nos llegara, nos llegó un pánico como el que no se vive en cualquier otro lado.

Me parece.

Ya había dicho yo en algún post que los alemanes son re-temerosos. Compran seguros de todo tipo. La vida se asegura, literalmente. Y desde que está la gripe puerca aquí se han estado elevando los niveles de alerta desde mucho tiempo antes que los decrete la Organización Mundial de la Salud. Alemania podría hacer buena defensa al virus (en la foto se ve que los alemanes no sólo usan tapabocas, sino unos trapitos de más).

Sin embargo, por ahí un medio de información hizo ya hasta el cálculo de cuántos muertos habría en Alemania en caso de una pandemia: unos 100 mil. Matemática pura. Sigo sin entender cómo se llegó a este resultado.

Mientras tanto, hay pánico. Me da incluso temor decir que soy mexicano. Se corrió el rumor de que uno de los probables casos de virus puerco en Alemania era un tipo que había estado hace mucho más de un mes en México. Yo no sé si alguien pueda incubar el virus por tanto tiempo. Y ahora me puse a pensar que YO estuve en México también 

hace poco más de un mes. Oficialmente, antes de que se descubriera el virus.

Y me puse a pensar: ¿será bueno que vaya a la entrevista que tengo planeada? Mis colegas saben que soy mexicano y la gente de protocolo también. Y muchos saben que acabo de estar en mi país de vacaciones.

Pero lo he decidido: iré a ver qué cara ponen. A ver qué tan hipocondriacos son. Después de todo yo estoy seguro que no estoy enfermo.

miércoles, abril 15, 2009

Mesjenet al manubrio y Baco subterráneo

O… ¿cómo chingaos le hago para no caerme de la bicicleta?

Voy caminando por la banqueta. El día está otra vez muy iluminado. Los pájaros cantan como para quedarse afónicos y las calles están llenas de prisas. Gente que va al trabajo. Yo iba por una leche para el desayuno. En eso escucho como una mujer que viene detrás de mí saluda a alguien más. Me llamó la atención porque me pareció escuchar un saludo jaloneado: ella iba en bicicleta.

¿Cómo le hizo para dar los buenos días a los turcos que estaban ya en la esquina tomando su té?Es algo que me sigue intrigando.

La mujer, una alemana a primeras luces, iba haciendo eses con su bicla después del saludo. Y no era para menos. En su vehículo rodante llevaba consigo a un niño en la canasta del frente y a otro niño medio dormido en la sillita de infantes adaptada para la parte trasera. Pero eso no era todo: cuando me rebasó vi que traía un morral de lap-top colgando del hombro derecho (y debió haber sido un monstruo de lap-top, porque en ese morral estoy seguro que cabía hasta una Remington); y su bolsa del hombro izquierdo (estoy también seguro que por la noche iba a hacer yoga porque de otra forma no me explico toooodo lo que pudo haber metido en esa bolsita de mujer).

¡Esta mujer estaba encarnando a la diosa Mesjenet!

No pude evitar lamentar el trabajo de sastrería al que tendría que enfrentarse después porque su saco no saldría vivo de esta. Al menos no para las primeras horas de la mañana.

La volví a alcanzar en el alto antes de cruzar la calle y le sonreí: "¿mucho equilibrio, no?" Me devolvió la sonrisa y sólo eso, porque ipso facto se puso el verde y tenía que concentrarse en poner todo su peso en un solo pie para arrancar de nuevo.

Cajón de sobras.

El otro día estuve en el metro. Para no variar. Y me tocó ver un encontronazo.

Tal cual.

El metro se frena de golpe. El hombre que estaba preparando su salida, entrega su ser a una linda joven que estaba en el tubo que da a la puerta de salida. Si no hubiera habido enfrenón, la veleidad de ese ser viejo podría haber sido interpretada como un arrimón. Arrimón de camarón, como se dice en México. La chica ya hubo sentido algo porque, para ella, el enfrenón duró un par de milésimas de segundo de más. Y se escabulló haciendo caras.

Se abren las puertas y el hombre se escapa con todo y su vergüenza.

Me enajeno de nuevo con mi música.

Suena el timbre del metro, se van a cerrar las puertas y, ¡zas!, de un brinco entra de nuevo ese viejo. Me ve y me dice algo. Me quito los audífonos y le pido que repita. "Esta no era mi estación, jeje", me dice.

Me quedé pensando en el arrimón. Me pareció que se buscó una excusa para tratar de acercarse a la chica. La chica también se percata que el viejo entró de nuevo y lo ve frunciendo el ceño.

Me llega un olor a licor y hago hablar de nuevo al viejo para cerciorarme. ¿Dónde se quería bajar?, le pregunto. En la que sigue, me contesta. Entonces se hizo evidente que el viejo estaba tomado. Seguro por eso no pudo contener el camaronazo.

Entonces me pregunta que de dónde soy. Ajá, viejo pederasta, hasta se quiere meter conmigo. Bueno, ya no soy tan niño. Pero le seguí el juego. Teníamos una estación de duración, no más. Yo no me bajaría donde él. Así que le digo: "soy de Berlín", "¿De Berlín, Berlín?", me repite, y me ve mis pelos negros y, seguramente, mi tez de sol, mis cejas paraguas y mi boca de come tacos. "Sí, de Berlín, ciento por ciento", le contesté. En realidad no le estaba mintiendo porque me siento parte de esta ciudad y un documento de la Policía me registra como berlinés. Entonces le pregunté de dónde venía y me dijo que de Pankow: "Paaancob, Pancob", repitió. Pankow es un viejo barrio del Este, donde una minoría alemana se resguarda todavía en una bandera de purificación de nacionalista.

Las puertas del metro se abren, el viejo murmura 'cuánto han cambiado las cosas', y se va.

Se cierran las puertas.

Me sonrío y me pongo los audífonos.

miércoles, abril 08, 2009

El sheriff del metro de Berlín

Después de estar en México unos días y toparme con personajes extraños, regresé a Berlín y me quedé en un estado límbico: me imaginé una vida prusiana donde nada se sale de las reglas, ergo sin personajes extraños.

A mi cabeza llegaba una y otra vez la imagen de ese taxista que usaba un casco de minero. Amarillo. Ya era demasiado largo para el vochito que manejaba, como una tarántula gigante al volante, y además traía ese casco que ya había dejado huella en el techo. Su explicación fue sencilla: "lo traigo para evitar romper el parabrisas", dijo. Hace más de 30 años que manejaba taxi y al principio el cinturón de seguridad no era necesario. Una vez, él dice que por ahí de los años 70, chocó y su cabeza fue a dar contra el parabrisas. Lo rompió. ¿La solución? Un casco de minero, el cual porta desde entonces.

Me imaginé a los taxistas de Berlín y no recuerdo haber encontrado a uno así. Además, platicar con un taxista en Berlín es una odisea: o no les entiendo porque muchos son extranjeros, o son 150 por ciento berlineses y hablan con un acento enraizado en la localidad que todavía me es difícil de comprender.

Pero, bueno, ayer iba en el metro haciendo unos apuntes. De pronto alzo la vista y en el asiento de enfrente había un sheriff. O algo que se le parecía. Traía un sombrero de ala ondulada y de copa pinzada que le sombreaba su cara rosada. Al frente de éste una insignia de sheriff. En su chaleco de piel negra también traía una insignia de sheriff. Y decía así "Sheriff". Por su pantalón de piel, negra también, pensé que podría ir a una fiesta de pieles, de esas donde la gente se pone bozales, usa látigos y, buaj, mejor ahí le paro. Pero ayer era martes, eran las 2 de la tarde y nos bajamos en el barrio turco de Kreuzberg. Nada cuadraba para una fiesta.

Pero nada cuadraba en el metro tampoco.

En una estación se subió guitarrista amateur a pedir dinero. Era alemán. A diferencia de muchos, alemanes o extranjeros, éste no traía harapos ni olía mal. Parecía un joven que quería financiarse algún viaje de verano. Yo no le di dinero. Una alemana a mi lado sí le dio un par de monedas y una señora turca de enfrente de mí, y sentada al lado del sheriff, le tronó la boca y le dio una pincelada con los ojos. Dejé de sentirme en Alemania.

Nomás faltaba el gigante de la U1.

La señora turca se bajó y debajo de su gran cabuz descubrió una revista de mujeres. Parece que ya estaba cuando ella se sentó. La dejó ahí. El sheriff la oteó, la tomó y la hojeó. ¡Mi dios!, con ese sombrero y esa revista en mano ya podría haber completado el trío para Brokeback Mountain.

Nos bajamos en la misma estación y como no podía terminar de aprehender esa imagen, me quedé viendo al sheriff alejarse. Se fue en dirección de los puestos de döner kebabs. Iba caminando como vaquero con los huevos hinchados y sólo alcancé a ver cómo su trenza bifurcada de cabello gris se meneaba de un lado al otro. Anagnórisis pura.

viernes, abril 03, 2009

Gentrificado por el sol

Después de un viaje, traté de retomar mi paso berlinés. Un poco difícil. El clima estaba para llorar. O, no, más bien, el clima lloraba. Creo que los seres humanos estamos para llorar. Pero, bueno, el sol salió y Yaotzin tejió su telaraña.

Destino: Prenzlauer Berg. Sí, ahí viven todos mis amigos. Es el barrio de moda. La comparación con México es La Condesa, un barrio popular que ha cambiado su giro por uno más comercial. Brad Pitt y Angelina Jolie encuentran chido ir a pasear a su prole ahí.

Y ahí yo estaba.

Me vi con un amigo para tomar un café. La verdad es que no lo pensamos mucho. Queríamos tomar los rayos de sol que por esa tarde todavía alumbraban. Él más que yo, pues yo venía de estar en un lugar de sol. Platicamos rico, vimos pasar gente y me encontré amigos en la calle. Ya dije que todos viven ahí y, como en la Condesa, muchos de ellos gozan pasear por ahí, pavoneándose. Yo les jalé una pluma.

Recuerdo que el café estaba muy rico. Esa vez no tenía ganas de café, pues ya era muy tarde, pero no quise cerveza o aperitivo porque la garganta me molestaba. El cambio de climas. Pedí un café y me abrió los ojos. No lo olvido.

Un día después, ayer, me puse a investigar sobre la gentrificación del barrio, Prenzlauer Berg. Desde la caída del Muro, las rentas han subido al doble, los negocios han aumentado y la gente es otra. De las personas que vivían aquí, apenas queda un 17 por ciento, el resto se ha tenido que mudar por las altas rentas y porque, según me dicen algunas personas locales, el estilo de vida es otro. Hay diputados que se quejan en nombre de los vecinos por la cantidad de ruido.

Fui a comprar algo de comer. Camino por el barrio y hablo con una mujer en la calle. Le pregunto por los cambios en su barrio. Se me queda viendo la comida y me dice, bueno, mira lo que comes, un Subway. Mejor ve con los turcos a pedir un döner o con los italianos por una pizza, las cadenas son malas. Los explotan, me dice. Esa cadena acaba de llegar aquí, qué horrible, continúa. Aquí enfrente quieren poner un McDonald's también, agrega. Suficiente. Me hace sentir mal. Pero le debato que los turcos y los italianos no son mejor que los gringos. Ellos también llegaron a instalarse y también pueden pagar malos salarios. Subway son franquicias que administran nuevos empresarios berlineses y ofrecen una comida diferente a las decenas de döner que ya están, y de las que también se duda la procedencia de la carne. ¿Quién tiene la razón?

Al final todo es parte de la gentrificación del barrio. Hace 15 años, después de la caída del Muro, había espacios vacíos y alguien tenía que ocuparlos. Berlín se ha encargado de que sean sobre todo personas pudientes, con dinero, artistas, jóvenes, padres de familia. Y así se ve el barrio ahora.

Esta mujer me dice en la banqueta, después de la confrontación por mi comida, que quería ir a tomar un helado con una amiga, pero que esta amiga la invitaba a Ben & Jerry's. ¿Por qué ahí si hay otros muy buenos y locales, refunfuña. Después recuerdo y era ahí donde yo me había tomado el café con mi amigo. Yo llegué ahí por el sol, pero salí amando el café. Y ya no le dije nada.

Los berlineses me hablan del barrio de Prenzlauer Berg de antaño. Gris, sin áreas verdes, con aire contaminado, sin ganas para salir a caminar. Creo que tampoco me habría gustado estar ahí.

¿Es la gentrificación un fenómeno urbano bueno o malo?

No lo sé, pero yo soy un ser criado en una ciudad y no llegué ayer a este barrio ni sé si estaré mañana en él.
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