jueves, mayo 27, 2010

Donaciones informales, donaciones oficiales

Músicos en el pasaje de correspondencia
del metro Hallesches Tor
Hacer donaciones en Berlín se ha convertido como un pago por derecho de piso.
Vivir en Alemania me ha cambiado. Todavía no soy calvo y sigo siendo muy impuntual. Es más bien que pienso en cosas que no pensaba antes. Ahora es en la ayuda a terceros.

Este país, como muchos otros industrializados, se han aprovechado de las riquezas del otrora Tercer Mundo. Estos países son industrializados gracias, en gran parte, a lo que tienen las riquezas del trópico, desde fuerza laboral, pasando por materia prima, y hasta idiotez de consumismo. Cuántos de nosotros no preferimos siempre comprar lo que venía de Estados Unidos o de Alemania porque por alguna razón parecía ser mejor.
En fin… El sistema ha causado víctimas. Y el mismo sistema ha reconocido de alguna forma a estas víctimas. Hay algunas que se lanzan tal cual a las calles a pedir dinero, migrantes, músicos, desamparados, de todo.
Y el que vive, ya no digamos bien, sino en el Establishment, adquiere una cierta relación con esa víctima que, algunas veces, se materializa en una donación. Aquí es donde entro.

Me ha pasado que al llegar a mi lugar de destino, llego sin cambio. Todas mis monedas se quedaron a lo largo de mi camino. Ya no recorro kilómetros o estaciones de metro, paso por puestos de donación. Casi que uno tiene salir a la calle preparado para ello y apartar un poco de cambio en una bolsa para las donaciones.

Pero ¿hay que donar? No, uno no está obligado. Yo no me siento obligado, definitivamente, pero sí nace una relación entre mi persona y la víctima en cuestión. ¿Quién es esa persona rubia y bien cuidada que toca celestialmente el arpa? ¿Por qué una banda de cinco rumanos irrumpen el silencio sagrado de los vagones del metro para tocar, sin ritmo, sus acordeones y trompeta? ¿qué hay que creerle al tipo que, con aliento a borracho y una bebida en la mano, desaliñado, se te acerca a pedirte unos centavos? ¿o aquél alemán alternativo que, a todas luces saludable, se tira al piso con un letrero de "necesito ayuda"? ¿o qué tal la señora que muestra 10 centímetros de su carne viva por un tumor que no se ha podido operar? ¿quién se merece y quién no? ¿quién se lleva la moneda de dos euros y quién la de 10 centavos?
A veces me he sentido tan agredido por peticiones de donaciones que tengo ganas de gritarle al potencial recibidor de mis donaciones que no mame, que yo soy más pobre que muchos de ellos, especialmente si son alemanes. Yo no tengo derecho de estadía en Alemania si no es por trabajo, yo no tengo derecho a seguro médico, yo no tengo derecho a casa ni a prestaciones sociales.

Pero estoy en el Establishment.

Y a veces ese sistema me involucra también en la ayuda oficial.
Llego al supermercado y quiero comprar café y me pasa lo mismo que con los huevos, la selección es variada. Pero aquí es fácil decidir porque cualquier café que se tome, el de México, el de Venezuela o el de Somalia siempre serán buenos y los símbolos de comercio justo me hacen pensar que un pequeño campesino podrá llevarse mis centavos.

Eso quiero pensar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Será porque todavía tengo poco tiempo en este lado del charco, pero no puedo evitar que me den coraje estas personas, cuando en mi maltratado Juaritos los que piden si que están en pésimas condiciones. Esto me hizo recordar: hace unos días me asomé a la ventana del depa y que en eso veo a dos niños tirando de una bomba de agua pública, mojándose los pies, jugando (obvio, con los papis a un lado), y otra vez me dio coraje. Pensé: agua disponible para regar plantitas, para que los niños jueguen, para emergencias... ¡gratis! ¡Qué daríamos en Chihuahua por una bombita así, caray!

Saluditos!

Claudia

Anónimo dijo...

Este post mi estimado me hace pensar en dos cosas que, si bien son contradictorias, no me propongo resolver y sí echarlas al aire.
En primer lugar creo que el mismo fenómeno ocurre en México. Desde que sales de tu casa y hasta llegar a tu destino siempre hay alguien en la esquina, en el metro, autobús, a mitad de la acera, extendiendo la mano por unas monedas. Claro que hay los que te dan un servicio, muchas veces sin que se los pidas o en contra de tu voluntad (limpia parabrisas), y otros que apelan a tu "alma caritativa" para comprar las medicinas que el SS no le pude dar (claro que cuando te asomas a la receta esta expiró hace dos años con lo que piensas que el enfermo ya chupó faros hace rato). Sin embargo, al vivir en México toda tu vida, compartir prejuicios y complejos de clase, hemos invisibilizado a estas personas. Esto es que ya no nos causa admiración ver a un niño de cinco años vendiendo flores en la calle, a un discapacitádo rasgando una botella fe Fanta y cantando, o tantos personajes que en el mejor de los casos los convertimos en parte de la fauna urbana. El proceso de volver invisible a un tipo de gente, la que pide dinero, solamente lo confrontamos cuando regresamos a México y conscientemente vemos la cantidad de personas que piden, mientras tanto no.
Ahora bien, el ver ese mismo fenómeno en Alemania, USA, UK, en los llamados países del primer mundo lleva a comparar y decir en mi país sí piden por necesidad. Sin embargo, considero que tenemos que admitir que la miseria no se mide igual en todos lados, que un pobre en Londres muchas veces tiene más que un clase media en Am Latina, pero en su contexto es pobre, en ese contexto es en el que ha vivido y se ha desarrollado como persona. Comparar las condiciones de los pobres de mex, de usa, de alemania es como comparar peras con ardillas...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...