miércoles, febrero 16, 2011

Nosotros los pobres (periodistas) - Tras bambalinas de la Berlinale

El Berlinale Palast
La Berlinale, el festival de cine de Berlín, es un momento de regocijo. Las familias y los jóvenes se reúnen en torno a la Potsdamer Platz. El invierno, no, no se vuelve cálido, pero sí se vuelve agradable.

Ahí anduvimos jugando a las escondidas con Madonna, que nomás no quería salir al público ahora que estuvo en Berlín. Un clubecito privado por ahí, una sala de cine por acá, un antro por allá. ¿Madonna estás ahí? Muchos nos volvimos locos por encontrarla (yo, profesionalmente, aclaro), pero nunca lo logramos. La actriz llegó para presentar extractos de su segunda película y como directora de cine amateur causa más conmoción que Win Wenders.

En fin... Ese es el trabajo que nosotros periodistas, tras bambalinas –válgame la expresión-, hacemos para que en la mañana siguiente haya algún chisme para leer o escuchar en los medios.

Y el trabajo dentro, uy, ahora sí, el trabajo dentro es un riesgo para la salud física. Y mental. Imagine usted a 1,400 periodistas en una sala de cine viendo, a las 9 de la mañana, una película que hay que reseñar para entregar un par de horas después. El estrés está latente. Y el riesgo de un resfriado también.

La otra vez me senté junto a un chino. ¿Qué cómo sé que un chino? Por los ojos no, claro, el idioma es fácil de distinguir. Estábamos todos viendo la fabulosa película de Pina de Wim Wenders en tercera dimensión (de la que una periodista me dijo después “¿fabulosa? Me sentí como una mujer hecha saco y lanzada de un lado a otro por los bailarines). De repente el compadre chino tose. No pasa nada, dije. Al principio es casi normal. Al llegar con prisa a la función matutina el sistema respiratorio trata de reacomodarse. Pero mi compadre tosía una y otra vez. Luego comenzó a estornudar. En esa oscuridad (¡Y en tercera dimensión!) el pánico me hizo presa. Yo soy muy sensible de las afecciones de la garganta y no quería una en medio del festival. Exploré la posibilidad de cambiarme de lugar (alguno habría estado vacío), pero fue imposible: a mi derecha había unos 10 periodistas, cada uno con sus mochilas y chamarras de invierno a los pies. A la izquierda se vislumbraba igual. Opté por alejarme lo más posible y terminé viendo la película sentado como si saliera de la ventana de un auto para respirar el aire de la playa que se acerca. Un dolor de cadera terrible pero, eso sí, nada de dolor de garganta.

¿Y qué tal cuando la sique queda maltratada? En otra función, Margin Call, una cinta sobre la crisis financiera, saqué mi iPod. Yo, como periodista de nueva generación, hago apuntes en esa cosa. En una sala de cine, así como mi anterior Palm, me permite ver lo que escribo y no dejar una hoja de papel llena de telarañas. Pero esta vez al escribir la primera palabra el tipo de a mi lado, un jovenazo como yo, me dijo “¡apaga eso por favor!”. “Pero si estoy viendo la película para hacer apuntes”, le dije. “No, no estás viendo la película. Estás haciendo apuntes”, me replicó. “Bueno, las películas son para hacer apuntes, ¿no?”, le dije. “¡Apágalo, me molesta!”, volvió a decir. Yo me prendí. Nunca nadie en 7 años de cubrir Berlinales me había dicho que debía apagara mi aparato luminoso. Antes los críticos, o todavía algunos, hacían apuntes con una lamparita. Lo que yo hago es el mismo principio, sólo más moderno. “Maestro”, le dije, “somos periodistas y todos tenemos que hacer apuntes. Y esto es una función de prensa”. Pero ya no me contestó. Lo pensé y decidí respetarlo. No volví a sacar mi cuaderno electrónico. Pero entonces a los pocos minutos comencé a escuchar, scratch, scratch, scratch, scratch: este vecino estaba haciendo apuntes en un bloc de notas enorme, como tamaño pizarrón. El sonido del arrastre de su mano me volvió loco. Pero creo que me volvió más loco que él sí hacía apuntes y yo no. “Oye caón (eso lo dije en inglés y aunque no suena igual era la misma idea), ¿no crees que el sonido de tus apuntes es molesto?”, le dije. Se voltea como de latigazo y me dice, con la mirada anclada en mí: “FUCK OFF”, o sea algo como ve y chinga a tu puta madre.

Terminar una función de cine puede ser un precioso fin. Después de dos horas de absorber las aventuras de algún extraño salen, en algunas funciones, los actores, guionistas y director a hablar con el público. En los eternos aplausos, el pobre periodista prepara sus preguntas. Después fija los ojos en la persona con quien quiere hacer una entrevista “de banqueta” y busca la mejor forma de llegar a él o ella. Todo se ve como los documentales de animales hambrientos del discovery channel. Al final, el famoso actor o la sensual actriz, se convierten en presas de una grabadora por 5 minutos, una eternidad para ellos dado que en ese tiempo pueden inflar su ego con autógrafos y fotos con juanita o amaprita.

Y ya no menciono a los directores que te hacen estar sentados por dos horas o más para seguir una historia a la que uno no le encuentra ni pies ni cabeza, ni puntos de tensión o hilarantes. Es como encontrarse en el bar a aquella persona que, con unas cervezas encima, te cuenta un drama familiar sin comenzar por el encabezado y sin llegar a algo que nunca fue un drama. Primero te venden una película algo como “la historia de los 18 días que calló el gobierno después de la explosión de Chernóbil”, y al final termina siendo una borrachera rusa e t e r n a con la humareda de Chernóbil de fondo. ¿Cómo, apreciable público, se reporta sobre ello sin caer en juicios que lastimen al creador de ello?

En fin, ya no me extiendo. Entre todos los “yo acuso” el más memorable de este festival es el que hizo el director alemán Uwe Boll. Como el festival no escogió su cinta para mostrarla, una que se llama “Auschwitz”, decidió querer demandar. “La Berlinale no quiere mostrar Auschwitz como verdaderamente fue”, dice. Y agrega: “sólo les interesan películas como La Lista de Schindler o El Pianista porque hay héroes que mostrar”. Según Boll en Auschwitz no hay héroes. La realidad es más cruda. Y aquí los dejo con el tráiler de su película, para la que él mismo financió su exhibición en el Babylon Mitte de Berlín.


5 comentarios:

Dante Busquets dijo...

Felicidades Maestro, por tus interesantes comentarios y puntuales e hilarantes interpretaciones sobre la verdadera vida berlinesa de un ausländer.

Si me prermites, yo añadiría la que me parece una exagerada y hasta odiosa "fiebre" de berlinale que contagia a muchos en esta ciudad. Quienes vamos como todo mortal a las funciones (sin ser prensa) muchas veces experimentamos el horroroso brote de puntualidad alemana que vuelcan los ciudadanos sobre boletos y butacas de cines, que para mi asemeja a ratas devorando el único saco de papas restante en el barco trasatlántico. No puede ser que uno llegue 30 minutos antes al inicio de una función y ya no haya lugar decente para sentarse, a menos que uno quiera sufrir una tortícolis espantosa.

Un comentario mas: opino que a tu página -que no a su contenido- le urge un facelift. ¡por el amor de dios quítale ese horroroso tapiz!

Yaotzin Botello dijo...

Jeje, sí, tienes razón. Eso de los lugares podrá ser otra parte del post. U otro post. Justo a nosotros también nos pasa: 20 minutos antes de una función de prensa (y eso que ni hay tiempo para estar 20 minutos antes), muchos lugares tienen las chamarras encima, como si fueran toallas encima de los camastros en un 'all inclusive'. Si sólo son alemanes, no podría asegurarlo.

Y gracias por lo del 'facelift', pero después de mucho tiempo fue justo Berlín, y los lugares que en la ciudad hay, los que me llevaron a escoger este tapiz, que sinceramente es el que me más me ha gustado. Ya habrá otro momento, otro sentimiento, que me haga cambiarlo.

Gracias.

Donovan Landa dijo...

Sin embargo, qué envidia.
Pero tendrás que enfatizar al máximo tu capacidad de tolerancia.
Un abrazo.

Luna dijo...

Yaotzin, cuando fui a Berlin estuve en un sitio que se llama Café Burger que me dijeron que era donde iba Madonna cuando estaba en la ciudad.
Otra cosa, cuando conoci Postdamer Platz me quedé con las ganas de saber donde se celebraba exactamente la Berlinale.
Pues nada, es la primera vez que te comento, pero llevo años leyendo tu interesante blog.

Yaotzin Botello dijo...

Sí, efectivamente, estuvo en el Kaffee Burger, pero lo rentó todo para ella. Los terrestres no teníamos paso. Ahora llegó a otro club donde un amigo, por coincidencia, terminó bailando con ella.

Y pues la próxima vez que pases por Potsdamer Platz no busques un sólo sitio: en cada esquina se celebra el festival. Sí hay una sala central, pero hasta la embajada de Canadá (que está por ahí) se hacen eventos.

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