viernes, febrero 18, 2011

La tercera dimensión nazi

Mucho antes de Hollywood, los nazis ya se habían adelantado para crear la tercera dimensión.

La historia no es nueva pero tampoco es tan conocida, pero ahora salió de nuevo a la luz en estos días en la Berlinale gracias a los planes de filmación del cineasta franco-australiano Philippe Mora.

Él anunció a una revista que circula en el festival, Variety, que está realizando un documental llamado “Cómo fue filmado el Tercer Reich”. Y para ello Mora utilizará extractos de dos cintas grabadas en tercera dimensión por los nazis antes de la Segunda Guerra Mundial.

Las cintas son parte de una tecnología conocida en alemán como Raumfilm o en inglés como Space Film desde los años 1930, por lo que nunca se pudo identificar realmente como la ahora conocida tercerea dimensión, tecnología que comercializó Hollywood hasta los años 1950.

Los nazis usaron cámaras estereoscópicas para experimentar con cintas que jugaran con el espacio simulado. Y según me cuenta una encargada del Archivo Federal de Alemania, donde se encuentran las 10 cintas que cualquiera puede acceder, esta tecnología fue usada principalmente por el ejército alemán para reconocimientos aéreos. Además de ser usada para fines militares, la tecnología también fue aprovechada para hacer dos filmes de propaganda.

Una de ellas fue una especie de musical llamado “Tan real que lo puedes tocar”, en donde se ven acercamientos a salchichas que están siendo asadas en una parrilla. La otra se llama “Seis mujeres llegan al fin de semana”. Ambas fueron filmadas en 35 milímetros y duran cerca de 30 minutos.

 “Los nazis estaban obsesionados con grabar todo, y cada imagen era controlada, era la forma en que podían dominar al país y a su pueblo”, dice Mora a la revista de espectáculos Variety.

Estas cintas ya son conocidas desde 1980, cuando en la misma Berlinale se hizo una retrospectiva que las llevó a la pantalla, y algunos autores han escrito sobre ellas, como Peter A. Hagemann.

La tercera dimensión se puso de moda en esta Berlinale con tres cintas en la competencia principal, Les Contes de la Nuit, de Michel Ocelot; Pina de Wim Wenders; y Cave of Forgotten Dreams, de Werner Herzog. A partir de esta experiencia, el mismo Wim Wenders ha dicho que a partir de ahora sólo piensa filmar en tercera dimensión.

A ver qué pasa.

miércoles, febrero 16, 2011

Nosotros los pobres (periodistas) - Tras bambalinas de la Berlinale

El Berlinale Palast
La Berlinale, el festival de cine de Berlín, es un momento de regocijo. Las familias y los jóvenes se reúnen en torno a la Potsdamer Platz. El invierno, no, no se vuelve cálido, pero sí se vuelve agradable.

Ahí anduvimos jugando a las escondidas con Madonna, que nomás no quería salir al público ahora que estuvo en Berlín. Un clubecito privado por ahí, una sala de cine por acá, un antro por allá. ¿Madonna estás ahí? Muchos nos volvimos locos por encontrarla (yo, profesionalmente, aclaro), pero nunca lo logramos. La actriz llegó para presentar extractos de su segunda película y como directora de cine amateur causa más conmoción que Win Wenders.

En fin... Ese es el trabajo que nosotros periodistas, tras bambalinas –válgame la expresión-, hacemos para que en la mañana siguiente haya algún chisme para leer o escuchar en los medios.

Y el trabajo dentro, uy, ahora sí, el trabajo dentro es un riesgo para la salud física. Y mental. Imagine usted a 1,400 periodistas en una sala de cine viendo, a las 9 de la mañana, una película que hay que reseñar para entregar un par de horas después. El estrés está latente. Y el riesgo de un resfriado también.

La otra vez me senté junto a un chino. ¿Qué cómo sé que un chino? Por los ojos no, claro, el idioma es fácil de distinguir. Estábamos todos viendo la fabulosa película de Pina de Wim Wenders en tercera dimensión (de la que una periodista me dijo después “¿fabulosa? Me sentí como una mujer hecha saco y lanzada de un lado a otro por los bailarines). De repente el compadre chino tose. No pasa nada, dije. Al principio es casi normal. Al llegar con prisa a la función matutina el sistema respiratorio trata de reacomodarse. Pero mi compadre tosía una y otra vez. Luego comenzó a estornudar. En esa oscuridad (¡Y en tercera dimensión!) el pánico me hizo presa. Yo soy muy sensible de las afecciones de la garganta y no quería una en medio del festival. Exploré la posibilidad de cambiarme de lugar (alguno habría estado vacío), pero fue imposible: a mi derecha había unos 10 periodistas, cada uno con sus mochilas y chamarras de invierno a los pies. A la izquierda se vislumbraba igual. Opté por alejarme lo más posible y terminé viendo la película sentado como si saliera de la ventana de un auto para respirar el aire de la playa que se acerca. Un dolor de cadera terrible pero, eso sí, nada de dolor de garganta.

¿Y qué tal cuando la sique queda maltratada? En otra función, Margin Call, una cinta sobre la crisis financiera, saqué mi iPod. Yo, como periodista de nueva generación, hago apuntes en esa cosa. En una sala de cine, así como mi anterior Palm, me permite ver lo que escribo y no dejar una hoja de papel llena de telarañas. Pero esta vez al escribir la primera palabra el tipo de a mi lado, un jovenazo como yo, me dijo “¡apaga eso por favor!”. “Pero si estoy viendo la película para hacer apuntes”, le dije. “No, no estás viendo la película. Estás haciendo apuntes”, me replicó. “Bueno, las películas son para hacer apuntes, ¿no?”, le dije. “¡Apágalo, me molesta!”, volvió a decir. Yo me prendí. Nunca nadie en 7 años de cubrir Berlinales me había dicho que debía apagara mi aparato luminoso. Antes los críticos, o todavía algunos, hacían apuntes con una lamparita. Lo que yo hago es el mismo principio, sólo más moderno. “Maestro”, le dije, “somos periodistas y todos tenemos que hacer apuntes. Y esto es una función de prensa”. Pero ya no me contestó. Lo pensé y decidí respetarlo. No volví a sacar mi cuaderno electrónico. Pero entonces a los pocos minutos comencé a escuchar, scratch, scratch, scratch, scratch: este vecino estaba haciendo apuntes en un bloc de notas enorme, como tamaño pizarrón. El sonido del arrastre de su mano me volvió loco. Pero creo que me volvió más loco que él sí hacía apuntes y yo no. “Oye caón (eso lo dije en inglés y aunque no suena igual era la misma idea), ¿no crees que el sonido de tus apuntes es molesto?”, le dije. Se voltea como de latigazo y me dice, con la mirada anclada en mí: “FUCK OFF”, o sea algo como ve y chinga a tu puta madre.

Terminar una función de cine puede ser un precioso fin. Después de dos horas de absorber las aventuras de algún extraño salen, en algunas funciones, los actores, guionistas y director a hablar con el público. En los eternos aplausos, el pobre periodista prepara sus preguntas. Después fija los ojos en la persona con quien quiere hacer una entrevista “de banqueta” y busca la mejor forma de llegar a él o ella. Todo se ve como los documentales de animales hambrientos del discovery channel. Al final, el famoso actor o la sensual actriz, se convierten en presas de una grabadora por 5 minutos, una eternidad para ellos dado que en ese tiempo pueden inflar su ego con autógrafos y fotos con juanita o amaprita.

Y ya no menciono a los directores que te hacen estar sentados por dos horas o más para seguir una historia a la que uno no le encuentra ni pies ni cabeza, ni puntos de tensión o hilarantes. Es como encontrarse en el bar a aquella persona que, con unas cervezas encima, te cuenta un drama familiar sin comenzar por el encabezado y sin llegar a algo que nunca fue un drama. Primero te venden una película algo como “la historia de los 18 días que calló el gobierno después de la explosión de Chernóbil”, y al final termina siendo una borrachera rusa e t e r n a con la humareda de Chernóbil de fondo. ¿Cómo, apreciable público, se reporta sobre ello sin caer en juicios que lastimen al creador de ello?

En fin, ya no me extiendo. Entre todos los “yo acuso” el más memorable de este festival es el que hizo el director alemán Uwe Boll. Como el festival no escogió su cinta para mostrarla, una que se llama “Auschwitz”, decidió querer demandar. “La Berlinale no quiere mostrar Auschwitz como verdaderamente fue”, dice. Y agrega: “sólo les interesan películas como La Lista de Schindler o El Pianista porque hay héroes que mostrar”. Según Boll en Auschwitz no hay héroes. La realidad es más cruda. Y aquí los dejo con el tráiler de su película, para la que él mismo financió su exhibición en el Babylon Mitte de Berlín.


sábado, febrero 12, 2011

El Holy Wood de Berlín

'Madera sagrada'

Esta foto que se ve aquí remite inmediatamente a un lugar en California. Pero no es California. Se trata del Tiergarten, un parque real ubicado en el mero centro de Berlín.

La diferencia es prácticamente clara: este letrero lleva un espacio donde, originalmente, en California digo, debería de haber una “l”. En Berlín son dos palabras. Dos palabras que le dan otro sentido.

“Holy Wood” traducido literalmente quiere decir en español “madera sagrada”, y es justamente con eso con lo que juegan estas letras. Se trata de una intervención urbana del cineasta y artista alemán Ralf Schmerberg, quien busca iniciar una iniciativa de conciencia medio ambiental. De hecho, el nombre completo del proyecto es ‘Holy Wood, 10 mil árboles para Berlín’.

El artista dice que se trata de hacer reflexionar a la gente de la problemática de la falta de árboles en la ciudad. De esta forma se podrían plantar más y así se podría ayudar a compensar el CO2. O sea, mejorar el medio ambiente. Por cierto, el proyecto es apoyado por una empresa de energías renovables, Entega, que además dota de esas energías a todo el festival de cine.

También juega de una forma pueril con la Berlinale, el festival de cine de Berlín, que se realiza en estos momentos. Y aunque de alguna forma se evoca el mundo del cine, la fábrica de los sueños, ese lugar donde sólo brillan las estrellas, la referencia a Hollywood es también una burla: evoca, según el artista, “la decadencia, el gasto excesivo y la opulencia” que se vive en California.

Ya lo dijo el señorón Kevin Spacey ayer en una conferencia de prensa al presentar Margin Call, una cinta sobre la crisis financiera, que no importa cuán bueno sea el director, los actores o la historia: “si el cine no hace dinero con la película, a las dos semanas las retira de la cartelera y se busca otra para hacer dinero”.

Las ocho letras ocupan un espacio de 53 metros de largo y 13 metros de altura estarán ahí mientras el festival dure, es decir, entre el 10 y el 20 de febrero. Pero la conciencia por mejorar el medio ambiente deberá seguir ahí. El objetivo es que los ciudadanos empiecen a adoptar árboles. Que los compren, que los planten, que los cuiden, que piensen en ellos.

De acuerdo con estadísticas de la Asociación Alemana para el Medio Ambiente y la Protección de la Naturaleza (BUND), en Berlín hacen falta 10 mil árboles para compensar los efectos negativos del dióxido de carbono, el CO2.

¿Quién se apunta?

lunes, febrero 07, 2011

La Venganza Pornográfica (de Israel)



Este es un texto mío publicado originalmente en El Ángel, la revista cultural del periódico Reforma de México, pero la historia vale la pena y por eso la pongo ahora en el blog.


BERLÍN.- No había nada raro en cómo llegaron al llamado y levantaron la cabeza; nada en especial, sólo un detalle: estos soldados eran en realidad mujeres. Dos columnas de tropas de mujeres de la SS. Pantalones ajustados, botas relucientes y chaquetas que cedían a grandes bustos. Bajo sus cachuchas se les veía el cabello corto; el cabello era fino y su cuello suave y femenino. "Santo Jesús", murmuró un prisionero, "mujeres de verdad".

Esta descripción figura en uno de los Stalags, historietas publicadas en el Israel de los años 60.

Los Stalags eran pequeños libros de bolsillo, comparables a lo que en México sería el Libro Vaquero, y que fueron publicados justo después del juicio de Adolf Eichmann, uno de los nazis de mayor rango sometido a proceso.

La publicación de estas historietas implicó un extraño fenómeno, que dio paso a la cultura pop en Israel: la Pornografía del Holocausto, una literatura hecha por autores judíos y dirigida a un público judío.

En dichas historietas, se plasmaban las fantasías sadomasoquistas de prisioneros de guerra con sus verdugos, encarnados en mujeres nazis, oficiales del SS, las tropas del ejército de Adolf Hitler.

Desde la aparición del primero, llamado Stalag 13, tuvo un éxito enorme y, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en un fenómeno de masas, que al mismo tiempo rompió con dos tabúes, el de la pornografía en la entonces sociedad conservadora de Israel, y el del discurso sobre el Holocausto.


Deseos prohibidos

El tema del Stalag cobra actualidad gracias al director israelí Ari Libsker, quien en su película documental Pornografie & Holocaust narra la creación e impacto de esa historieta en la cultura pop.

Filmada en 2008, pero estrenada por estos días en los cines de Alemania, Pornografie & Holocaust mezcla imágenes de las coloridas portadas de los Stalags con una serie de entrevistas en blanco y negro.

"Con este filme trato de cuestionar las experiencias de violencia de aquel entonces, la estereotipación del recuerdo y el deseo de lo prohibido", comenta Libsker en entrevista.

El guión de estos libros de bolsillo es básicamente el mismo: un soldado de los aliados, comúnmente estadounidense, es hecho prisionero en algún campo de concentración y sometido por bellas y curvilíneas oficiales nazis.

El prisionero es humillado y abusado sexualmente con violencia, pero a pesar de ello las historias siempre tienen un final feliz, pues el soldado logra liberarse y él mismo termina explotando sexualmente a las damas de las tropas de la SS.

"La acumulación de aficiones sexuales o perversiones pasa entre los primeros años de la niñez, y si en este tiempo también sucede algo traumático es posible que estas personas lo liguen con un sentimiento erótico para escapar de la situación", señala Libsker.

Estos momentos traumáticos fueron los que muchos judíos vivieron durante su encierro en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Los sobrevivientes israelíes vieron entonces en estos Stalags una forma de catarsis por lo que habían vivido.

En el documental de Libsker, esto se hace patente en una de las entrevistas, en la cual un israelí de unos 75 años de edad ofrece su testimonio de forma anónima.

"Esos libros eran un fuerte estímulo sexual. Al leer el Stalag 217 yo quería estar ahí, con la vigilante, con la oficial. Sentirla como mujer", comenta este lector.

Otro testimonio, esta vez de un hombre más joven, quien no vivió el fenómeno, pero que conoce los acontecimientos, opina abiertamente sobre el tema.

"Si tuviera a una mujer alemana en mis brazos, que sé que tuvo un abuelo nazi, tendría sexo con ella, tan sólo para demostrar a ese abuelo nazi que mató a muchos judíos que yo tuve a su nieta".

La terapeuta sexual Helen Singer-Kaplan señala esto como la erotización de un trauma infantil.

Atiende al hecho de liberar el alma con fantasías sadomasoquistas después de haber sufrido, como niño, violencia física, describe Singer-Kaplan.

"Una paciente judía europea confesó que le excitaba imaginar el poder haberse acostado con un vigilante de la SS. Ella seguía horrorizada y enojada por haber perdido a toda su familia en un campo de concentración", cuenta.

El éxito de la historieta

El primer Stalag, el Stalag 13, fue publicado en 1961 por Eli Keidar. Entonces él tenía 23 años de edad. Había fracasado como periodista y un editor le envió la portada de una revista de Estados Unidos en la cual se veía a dos mujeres oficiales nazis.

Las mujeres oficiales nazis en realidad nunca existieron, pero ya se les veía como parte de algunos cómics estadounidenses.

Keidar tuvo la ocurrencia de hacerlas sensuales y crear el guión de la sumisión y el sadomasoquismo. El resultado fueron libros que se vendían como pan caliente en las estaciones de autobuses o en cualquier puesto de la calle. El Stalag 13 tuvo un tiraje de 80 mil ejemplares.

Entonces surgieron varios autores, cada uno creando diferentes tipos de Stalag. Incluso, hacían creer que eran traducciones para darles mayor atractivo.

"Usaron a propósito palabras mal traducidas y conjunciones que hacían parecer que se trataba de traducciones, aunque no lo eran", comenta la traductora Nitsa Ben-Ari.

Los autores usaban seudónimos en inglés como Mike Longshot, Ralph Butcher o Mike Baden, este último usado por Eli Keidar, y muchos eran hijos de sobrevivientes del Holocausto, aunque escribían desde la perspectiva del "yo".

Muchos jóvenes entrevistados entonces por los editores en encuestas callejeras decían que de esta literatura les interesaban mucho las escenas donde los soldados eran descubiertos en escenas de sexo con una oficial nazi.

Los libros eran hojeados también por quienes no tenían ni la más mínima idea del Holocausto, tan sólo para erotizarse.

"Uno era joven, 14, 15, 16 años y empezaba la pubertad, y como no había ninguna revista con desnudos, estos libros eran usados para cumplir ese fin", señala un entrevistado en el documental.
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