martes, julio 27, 2004

Desesperación (diferencias entre el Primer Mundo y el Tercero, parte 1)

Hace unos 10 minutos recibí una llamada del Bundespresseamt (Ministerio de Prensa): "¿Sr. Botello? Ah, sólo llamo para decirle que su pasaporte está listo para recogerlo. Puede pasar por él en la tarde, eso sí, antes de las 16:00 horas por favor". Parece una cita cualquiera, un trámite burocrático cumplido, pero significa más que eso.

Hace dos semanas dejé mi pasaporte en esa institución con un linda señora latinoamericana encargada de la prensa extranjera, Marion Smith. Ella me tramitaría mi residencia como corresponsal en Alemania y para ello necesitaba algunos documentos, entre ellos mi pasaporte. La semana pasada que la encontré para otro trámite, me dijo que hoy estaría listo: "Yaotzin, ya sólo te debo tu pasaporte, con tu permiso de residencia en él. Te lo doy, mmmm, déjame pensar, ah sí, el próximo martes 27".

Parecía empero que Marion (porque ya hay un poco de confianza, por eso la llamo por el primer nombre) me lo decía con palabras que podría llevarse el viento o, tan sencillo, sin estar segura de si ese día estaría listo. No importaba mucho, la verdad, pues aunque necesito mi pasaporte para abrir una cuenta de banco, la verdad es que no es una gran urgencia. De hecho estaba yo más tranquilo con el hecho que ellos lo tuvieran antes de imaginar que en casa se podría perder más fácil. Con esa frase tan sencilla de Marion imaginé que quizás podría abrir mi cuenta de banco esta semana. Claro, después de ese dicho martes, es decir, de hoy. Así que le comenté a Wiebke de la posibilidad de que ella me podría acompañar porque mi alemán no es lo suficiente burocrático como para hacer esos trámites. Ella lo consideró y me dijo que el miércoles por la mañana podríamos ir al Berliner Volksbank. Bah, era sólo un pequeño plan. Pero con esta llamada veo que se volvió realidad. Quizás Wiebke lo vio de verdad de una forma seria y ella sí estaba haciendo un plan real, no como yo.

La historia no queda ahí. Esa llamada detonó una serie de malestares que me llevaron a un viaje de ira y del que hasta estas líneas no regreso todavía.

Desde hace dos semanas, casi cuando yo fui a hacer mi trámite de residencia al Bundespresseamt, he estado mandando correos a México a diferentes personas para que:

  1. me paguen un artículo en una revista de turismo I,
  2. me paguen dos artículos en otra revista de turismo II,
  3. me contesten si necesito un recibo de honorarios en la revista de turismo II,
  4. me digan cuánto me van a pagar en la sección de turismo de un periódico,
  5. me acepten una propuesta de artículo en la misma sección,
  6. me acepten dos propuestas de artículos en otra editorial, y
  7. para que me den razones de porqué no han publicado un artículo en otra sección del mismo periódico.

¿Cuántas respuestas he recibido? Ninguna. Bueno, sí, he recibido correos pero sin respuestas específicas. Típico de México.

Creo que por eso la Real Academia de la Lengua aceptó en su haber el verbo cantinflear.

No me gusta hacer quedar mal a mi país sobre todo por la confianza que me ha dado a través de diversas empresas para poder hacer un trabajo desde acá, pero estas diferencias van más allá de todo pensamiento positivo que yo pueda tener por México y su trabajo institucional. Sí, lo vuelvo a admitir, ha habido mensajes constantes pero no una comunicación, de esa que es retroactiva y que me permita estar en calma o satisfecho por lo que necesito saber. Wiebke me ve con una actitud pasiva ante eso. Me dice que nada tiene que ver con las diferencias culturales y que la presión, la insistencia y, sobre todo, la presencia son valores esenciales de toda persona que trabaje de libre (como 'freelance'), como estoy yo ahora. Si bien he estado preguntando por medio de diferentes correos a esas diferentes personas, parece que no ha sido suficiente porque me quedo preocupado yo mismo. Y al fin y al cabo no he obtenido lo que deseo y lo que debería ser natural: una razón de porqué o porqué no se hacen las cosas.

No sé si soy demasiado 'pasivo' o si de verdad creo que a los mexicanos se los debe tratar de otra forma. "Hay que esperar", "no quiero cacerles mal preguntando tanto", "prefiero tenerlos de mi bando y tratar de entenderlos con los pocos mensajes que me dan". Claro que ahora tengo la duda de si debo insistir más, y creo que no pierdo nada con eso.

Y las diferencias son muchas porque ante preguntas claras no hay respuesas del mismo tipo. "Oye Pepe --uno de los editores a quien le llegó uno de mis correos--, ¿cuáles artículos me van a pagar? ¿cuánto me van a pagar? ¿y cuándo necesito mandarles el recibo de honorarios, si es que debo hacerlo?". La respuesta no pudo ser más incorrecta: "Tu artículo de la Tarahumara apenas lo cerré hoy (ayer lunes). Y sí aceptamos los recibos de honorarios de otra persona". Es obvio que a la distancia y con correos que me contestan después de cuatro o cinco días de la misma forma que explico aquí arriba no puedo llegar a estar tranquilo con nada.

Apenas llevo aquí seis semanas. Hoy exactamente seis semanas. Creo que no tengo que alarmarme. Todavía no veo ningún pago por los siete textos que he mandado ni tengo una respuesta para las otras dos propuestas que hice, pero al menos ya tengo mi credencial de periodista de la Asociación Alemana de Periodistas, tenemos el contrato de una nueva casa a donde nos mudaremos en septiembre, la policía me acreditó como ciudadano berlinés, conozco a otro corresponsal mexicano que ya casi podría ser mi cuate y tengo mi residencia por al menos un año más en esta ciudad de Primer Mundo, la cual, por cierto, debo salir volado a recoger antes de que me den las 4 de la tarde.

martes, julio 20, 2004

Cine al aire libre

No todos los días se va al cine, y mucho menos cuando es al aire libre.

Antes en México y en otros países existían los autocinemas, lugares donde uno podía ir en familia o con su nuevo ligue a disfrutar de una película. Palomitas y bebidas al auto. Silencio por favor.

Unas pequeñas bocinas o altoparlantes estaban al lado de cada cajón de estacionamiento para no tener alguna distorsión entre tanto auto. Asimismo, en cada cajón había un pequeño techo por si llovía.

Tratar de recrear la escena ahora resulta un poco absurdo. Cuántos autos estaban ahí parados como en un oleaje de tráfico ordenado y expectantes a lo que hiciera King Kong o Flash Gordon con sus princesas.

Los nuevos empresarios mexicanos seguramente exclamaron algo como "Cuánto espacio desperdiciado", así que construyeron hasta 20 salas de cine más un centro comercial en lo que antes era un autocinema. No es un dato correcto este que acabo de dar, pero sólo hay que hacer cuentas sobre el número de personas sentadas en butacas que caben en el espacio de un Ford Malibú de los años 70. Antes no había mini Chevy ni Smart.

La versión moderna y sin embargo humana de estos autocinemas son los cines al aire libre que hay en Berlín durante el verano. Esto podría pasar en México casi en cualquier época del año, menos en la época de lluvias, pero no hay ningún empresario tan humano que se atreverá a soñarlo siquiera. Algunos jardines de instituciones son revestidos con camastros y sillas, además de una mega pantalla dotada de bocinas que garantizan un sonido espectacular. Algunas películas son nuevas pero regularmente se presentan las que ya estuvieron en cartelera.

Los centros de reunión son Kreuzberg o Friedrichshain, dos barrios populares y de moda en Berlín. La gente llega en bicicletas o en metro, casi nadie lleva auto, así que no hay problemas de congestionamiento en las calles aledañas. Al pasar, cada quien toma un camastro y lo instala donde quiere. De entrada podría paracer una playa porque todos los camastros apuntan a un solo lugar, pero en este caso es la pantalla a donde miran no hacia el sol. Y esto puede ser igual o mejor que estar en casa, porque estás en medio de más gente pero al aire libre, con algunos árboles encima o al lado, y pasto en todo el piso. La gente fuma mota, otros toman cerveza, otros se pasan una botella de vino para tomar directamente y otros degustan las deliciosas y tradicionales palomitas de maíz. En Berlín se habitúa comerlas dulces, aunque yo sigo con las saladas, porque también las venden.

He pensado que ir a estos cines puede ser muy relajante, pero todavía quedan días en los que llueve por la noche, así que habrá que atinarle para ir a la próxima función.

viernes, julio 16, 2004

Carta a mi mejor amigo

Amigo mío:

Hoy viernes es mi mañana. No es mi último día de trabajo porque debo de hacer algunas cosas para mañana sábado, así que no puedo empezar a oler el fin de semana como cualquier persona haría después de levantarse. Escucho la radio, una combinación de noticias con música contemporánea: "Radio Eins, 95.80, nur für Erwachsene (sólo para adultos)". No sé si sentirme viejo o agradecido porque es exactamente el tipo de radio que anhelaba escuchar. Cuando empecé a escribir este correo, dijeron que viene un grupo del lejano Canadá, así que no lo dudé más y me imaginé que ése era el momento de la conexión para escribirte.

Por mi escritorio definitivamente no pasan mujeres ni gays como por el tuyo en Montreal. Trabajando en casa estoy lejos del contacto personal que podría hacerme sentir más vivo. No me siento extraño como tú, pero sí creo que estoy en unas largas vacaciones. A veces creo que tantos viajes que hice por trabajo me quitaron la emoción de estar en un nuevo lugar, con otra gente, con otro idioma. Si fuéramos de un país del Primer Mundo, o loco como Estados Unidos, podría poner una demanda contra daños psicológicos por haber expuesto mi sistema nervioso a un trabajo de explotación que le suprimió la capacidad de sentir. Pero no, ni somos del Primer Mundo ni estamos locos.

Esta mañana ha sido como las demás, y como las de Canadá, según he escuchado: Nublada y con lluvia. Mi desayuno con Schoko Müsli y un plátano me hicieron sentir apenas un poco mejor. Pero fue tu correo el que me levantó por completo. Todas las noches le preguntaba al aire si habrías llegado bien o si, incluso, habrías llegado ya a Canadá. Marqué una vez tu celular en México pero entró el buzón, estaba apagado al parecer, y no quise dejar un mensaje a algo que yo identifiqué como un vacío.

¿Cómo han sido tus sueños desde que duermes en Montreal? De las cuatro semanas que yo llevo aquí, la mayor parte de los días sueño algo relacionado con México, con su estrés, con su comida, con mis amigos, con mi familia, con mi casa, con la casa de mis papás, etc. El sueño más loco fue cuando me desperté sacudiendo la cabeza porque tenía todavía el estrés de alcanzar el avión que salía de México a Berlín. En mi sueño yo me había permitido viajar un fin de semana a México y después estaba pagando las consecuencias con tanto tráfico, lluvia y el delirio de alcanzar el avión que salía a una hora exacta, como todo el transporte público aquí en Berlín. ¿No te ha pasado que has tenido que correr para alcanzar un autobús porque pasa a una hora exacta? Yo lo he tenido que hacer en un par de ocasiones.

Mi casa está al extremo oriente de Berlín. En una zona que tiene un parque del tamaño de Chapultepec al lado y algunos grupos neonazistas, revoltosos y extranjeros por la calle. No hay pobres tirados en las banquetas, pero sí gente que por su forma de vestir podrías decir que llevan una semana con la misma ropa y que no quieren nada de la vida. De vez en cuando pasa alguien con su auto con la música a todo volumen. En la esquina de mi cuadra hay un restaurante que se llama Veracruz y que siempre tiene mucha gente. No sé exactamente qué se vende, pero algún día lo averiguaré. La estación del metro, más tren que metro, está enfrente del restaurante, y siempre hay horarios para tomarlo hacia el centro de Berlín, el pedo es que a mí algunas veces me falla y los dos tranquilos minutos que me tomaría llegar caminando los transformo en 30 segundos para llegar cuando la voz grabada dice "zurückbleiben bitte (retroceda por favor)" justo antes de cerrar las puertas.

Amigo, hermano: hay muchas semanas que nos separan ya de distancia. Hay mucho tiempo y hay dos culturas muy diferentes, pero nunca nada nos mantendrá unidos como estar en contacto seguido y saber que nos sentimos de alguna forma, telepática, memorial, fotográfica o textual. Aquí estoy para lo que necesites y con miles de historias o pedacitos de historias que contarte. Ya sabrás del día que decidí que las salchichas alemanas debían cocinarse con salsa macha y de cuando me puse a hacer tortillas sin aplanadora.

Hasta la próxima.

martes, julio 06, 2004

Tardanzas

El tiempo de adaptación a una ciudad diferente, con una comida, horarios y gente diferente me ha requerido tiempo que no he podido escribir a gusto.

He estado casi tres semanas fuera de línea, es el tiempo que llevo aquí en Berlín.

He debido dedicarme a atender otros asuntos y no he tenido el tiempo, el placer de escribir como yo quisiera. Ya me lo había dicho Jesús, otro compañero de mis viajes mentales, debo soltarme esta vez que tengo más tiempo para escribir más. Debo dejar de ser güevón y soltar la pluma (bueno, las teclas) en este largo, largo viaje.

viernes, julio 02, 2004

Ciudadano de papel, berlinés de corazón.

Este día me convertí, oficialmente, en berlinés.

Aunque esa fue la frase que dijo el burócrata alemán, se queda muy lejos de ser verdad porque no soy ni rubio, ni hablo buen alemán, ni, para colmo de males, nací aquí como muchos extranjeros hoy en día. Cierto es que quedé registrado en la delegación de la policía y tanto mi nombre como mi dirección aparecen ahora en un padrón ciudadano y electoral que me ubica perfectamente en el espacio geográfico e informático de Berlín.

En otras palabras, si cometo un delito soy perfectamente identificable. No sé si me gusta ser berlinés.

El otro lado es, claro, la ciudadanía de corazón. Mi amigo, el periodista escritor, bueno, más hisoriador y cuentista que lo anterior, Andrés, me hizo un señalamiento obvio pero entonces cegado para mí por el papelito sellado que yo traía:

"Querido amigo, -escribe desde México- te felicito por la oficialización de tu ciudadanía, pero es menester que sepas que más importante que el sello que estampan los hombres, es la marca que deja una ciudad en el corazón. Luego entonces, quiero que sepas que yo también soy berlinés y siempre lo seré."

Y es cierto. ¡Cuántos hombres y mujeres no hemos caído enamorados de esta ciudad desde la primera vez que la visitamos!

Berlín se queda impregnado en muchas personas, primero, por la diferencia cultural que representa ante la mente latinoamericana, muchas veces fascinada por el encuentro del Primer Mundo y desarrollada con una ideología y teoría de la libreación y opresión de dictaduras y subdesarrollo humano. Segundo, por las vivencias que a cada quien le hayan tocado durante la estancia vacacional, de trabajo o de estudio por un tiempo 'x' en esta ciudad.

Saber donde se come la mejor salchicha asada en la calle (y disfrutarla), estar en el metro y entender el matemático y poético lenguaje de Goethe para llegar a la parada correcta, o encontrar el más recóndito café o bar para observar como extranjero local el mundo alemán al natural, son cosas que sólo a uno se le quedan en el corazón. Y aunque haya ciertos peligros en las calles como encontrarse con neonazis o lidiar con los punks dizque socialistas, uno siempre se puede sentir tan aceptado socialmente como retado para tratar de entender lo que pasa en este Estado de bientestar social.

Así como Andrés, yo también tengo mis propias experiencias y me ha gustado mucho ser aceptado por la familia de mi novia, salir solo al cine, entender cómo lograr el mejor descuento al pagar un boleto del metro o caminar de la mano del amor al lado de las zonas más desconocidas como los canales de Treptow.

Y aunque este burócrata de Alemania del Este no sabía exactamente dónde se encontraba mi país, su sonrisa fue más fuerte que el sello que estampó para hacerme sentir un ciudadano más de esta metrópolis que vive en constante reconstrucción económica y social.
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