domingo, agosto 21, 2005

* El martirio (Marienfeld 3)

Son casi las doce de la noche del domingo. Y ya no estoy en el Marienfeld, sino en Berlín después de un largo peregrinar.

Yo quería estar informando de lo que pasaba ahí en tiempo real, pero me perdí. Las multitudes me comieron. Un millón de personas se dice fácil, pero son muchos kilómetros a la redonda. Son 8 mil 500 autobuses de turismo, son 250 estadios de futbol juntos llenos hasta el nivel de la cancha, son, son, son un mundo de gente.

Los autobuses terminaron por desquiciarse. ¿Cómo pueden ir tantos autobuses en la misma dirección? ¿cómo se los puede abordar con calma? Todos íban en son de paz, menos yo que tenía que trabajar. Pero aún así, en paz o en guerra, los humanos somos unas bestias al hacer todo en bola. Y eso fue lo que pasó al tratar de alcanzar Colonia, al tratar de hacerlo en autobuses.

Todo empezó con la misa, esa famosa misa del domingo. La conexión a internet se acabó en ese momento. El blog perdió su actualidad por eso. Había que escuchar a Benedicto, Benedikt, Benoît, Benedetto, decir misa en todos los idiomas posibles. Al mismo tiempo tuve que estarme aproximando a la salida con cada amén que daba. Y la salida estaba como a dos kilómetros de distancia dentro del campo. Poco a poco, paso a paso, oración tras oración. La señal de la cruz final fue la marca de la salida a galope. El Papa terminaba, pero lo nuestro comenzaba, y vaya que fue la peregrinación más larga.

Ahí me perdí. No llegué a Colonia sino en tres horas y sólo para trabajar. Llegué a Berlín a lo mismo y ya me dio la hora de dormir.

Benedicto XVI es un cabrón. Lo supo hacer desde el principio. Pero, ¿qué es realmente en lo que la gente cree?

Yaotzin.

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