domingo, febrero 12, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 3, fuera del reflector.

En la noche del tercer día de la Berlinale, el sábado, todo mundo se fue de fiesta. Había que festejar los contratos entre productoras y distribuidoras, había que festejar los aplausos del público y había que festejar, claro, que a las 2:00 horas se puede mandar de última hora un texto a mi periódico en México por una computadora conectada sin cables en un bar.

Todo mundo bebía cervezas o vino. Yo, mi computadora. Era el único lugar abierto que disponía de una conexión a internet sin cables. La gente me rodeaba, se me quedaba viendo, me hacía caras de "hallooo", como diciendo "hey nerd, es un baaar".

Al final lo logré, sobre tiempo, pero lo logré. Así que me fui a beber mi cerveza. Por supuesto que nadie me hizo compañía después. Dejé de llamar la atención en cuanto cerré mi computadora. Todos se volvieron a ensimismar en sus pláticas de pareja o de grupo. Un bar típico. Pero en una esquina, sentado a la mesa, había un hombre solo como yo. Él visiblemente con más años que yo, la única diferencia que nos separaba. Quizás llevaba más tiempo ahí solo y nadie lo había notado. Es diferente estar solo con una computadora que solo con una cerveza nomás. Yo creo que aunque se tratara de algún personaje famoso, el hecho de estar solo ya es repulsivo y nadie lo acepta. La gente no da un céntimo por eso.

Y él tenía eso en la cara. Cabizbajo, tomando para hacer tiempo para algo, observando poco. La gente no se metía con él y él tampoco con su entorno. Parecía que esperaba algo. Y cuando por fin pidió la cuenta, lo hizo de una forma como si fuera extranjero. Hizo que la mesera se acercara más a su boca como repitiendo su consumo una y dos veces. Eso me pareció. Después de que recibió su cambio se quedó todavía ahí, ligeramente impaciente, debo decir. Se acercó la mesera una vez más. Él la estaba llamando con su mirada desde la silla. Tomó el florero de centro de la mesa y se lo dio a la mesera, una chica rubia de cabello largo. El florero era una pequeña botella de coca cola vacía con una rosa erguida y con pétalos explosionando. La mujer no lo creía, no sabía que hacer con el florero de la mesa que ella tenía que atender. El hombre sólo le sonrió, encogió los hombros como para dar una explicación, se levantó y se fue a paso rápido. La mesera se llevó su simbólica rosa a otro lado.

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Media hora después en el metro, ya de regreso a casa, me encontré con un hombre de raza negra. En Berlín ya no es raro ver a hombres negros, chinos, latinos o, mucho menos, turcos. Están por todos lados.

Pero ahora eran las 2:30 horas y muchos estábamos abordando el metro en la Potsdamer Platz, donde ocurre la Berlinale. Esos muchos tenían ojos de cerveza y sacos de cigarro. Él hombre que yo veía tenía un overall azul, como el que usan los trabajadores de limpieza o los obreros de Alemania, y sólo observaba el reloj. Quería llegar a casa lo más rápido posible.

No me dijo su nombre, pero sí que su trabajo es de todo el día, limpiando constantemente las áreas públicas que los periodistas o los visitantes usan durante el evento de cine. Nosotros estamos en los reflectores y este hombre, como muchos otros, están dentro en bodegas cambiando el agua de las cubetas y preparando sus instrumentos de limpieza todo el día, desde que empieza la primera película a las 9:00 horas, hasta las últimas, que terminan más tarde de las 00:00 horas. Ellos salen cuando se desocupa un lugar o cuando, en las sobre horas de trabajo, hay que llegar ya desesperadamente a la cama, de otra forma no se los ve.

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Y esto pasa con todos. Las güeritas, como yo las llamo, con el nombre que aprendí en México, "rubias" en Español Alto, son también otras personas que están ahí detrás sin que nadie realmente las note. Ellas son las edecanes que hacen de todo: abren las puertas de las salas de cine, revisan las mochilas para que uno no introduzca bebidas ni cámaras fotográficas, ordenan las hordas de periodistas que quieren entrar a tomar el mejor lugar cicno minutos antes del comienzo del filme.

Hasta el momento yo sólo las había visto, pero no observado, después de todo sólo pasamos frente a ellas cinco segundos a lo mucho, y lo más que alcanzamos a tener en ese tiempo es un "Buen día", "por aquí por favor", "su mochila por favor", "espérese, a ver, ya, ahora sí, pásale", y todo con sonrisas radiantes. Alemanas que ya mimetizan el tipo de atención al cliente que sucede en América, mi continente.

Pero ayer me tocó ver a una que, después de 12 horas de trabajo continuo en una sala de prensa, apenas dieron las 21:00 horas del cierre y ella no perdió un segundo en quitarse los tacones y salir casi corriendo para hacer algo de su vida.

Y una mujer que me abrió la puerta de la sala del cine a las 00:30 horas para entrar a ver los agradecimientos de Gael García en su película de presentación, y que estaba cayéndose de muerta. También 12 horas de trabajo, pero a mi me tocó verla en el final y cada vez que se dirigía a mí para darme una nueva indicación trataba de hacer una sonrisa, pero ya parecía un juguete al que se le están acabando las baterías. La postura la perdió por completo y estaba recargada en la puerta. Si hubiera sido mediodía yo habría interpretado esa posición como la de una superheroína que quería evitar que la puerta sea abierta por un monstruo terrible. Era la decadencia total.

Las mismas mujeres que unas horas antes me habían tratado como en las aduanas de Estados Unidos por tener una cámara de fotos en mi mochila y un termo de café en la mano, ahora eran unos espaguetis aguados.

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Y yo, sinceramente, yo ya no sé si pertenezco a este movimiento de los reflectores o de tras bambalinas. Yo estoy donde todos intercambian conocimientos snobs sobre las películas y donde ocurren las bacanales nocturnas, pero la verdad es que me siento como todos los de arriba.

Yaotzin.

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