lunes, febrero 20, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 6, Alemania para los alemanes.

Lo siento mucho, pero esta idea de limpiar el pasado con un nacionalismo escondido es un poco pesada.

El mundo, y sobre todo Alemania, están cansados de ver/mostrar películas con un contenido nazista. La exageración llegó con Der Untergang al querer mostrar "otra cara" de Hilter. Llegó esa época en que cualquier persona escarbó en su pasado familiar para enctrar otras caras del nazismo, tratando de enfocarse en rescatar los sentimientos de los tíos, abuelos, papás o hermanos, incluso los de Hitler. Fue por eso principalmente que se filmó Der Untergang, La Caída, para mostrar al dictador con su temblorosa mano de alzheimer o derramando una lágrima o felicitando a su secretaria. Pero, bueno, al fin y al cabo nazismo, hitlerismo, guerra.

La Berlinale del 2005 estuvo inundada de documentales de ese tipo. Había unos que parecían incluso hechos en casa. Pero como el 2005 fue el año en que se cumplieron 60 del fin de la Segunda Guerra Mundial, el tema debería de haber sido abordado por cualquier medio. Libros había decenas, especiales en revistas había centenares y artículos de periódico miles. Solamente yo escribí una decena.

Fue suficiente. Nadie quería nada más. Y ya desde antes se había empezado con la producción de otras películas, de otros temas. Quizás por eso la Berlinale del 2006 estuvo ahora inundada de filmes alemanes en los que se exploran desde el exorcismo hasta los problemas de la violación sexual, pasando por asesinatos y documentales donde se busca hacer una campaña política en contra de la reelección de Silvio Berlusconi.

Pero también es mucho. ¿Por qué llenar un festival internacional con películas alemanas, sobre todo si no son todas de mucha calidad? El festival tuvo más de 150 producciones alemanas, incluidas las de todas las secciones y las coproducciones. En la sección de Competencia, la principal, fueron cuatro de las 19 en total. ¿De verdad es necesario incluir una amplia selección de películas alemanas? ¿dónde se quedan las buenas películas asiáticas o las latinoamericanas? De esas sólo se escogen dos o tres fuertes (o aburridas) y no se da más oportunidad a más. Europa para los europeos, Alemania para los alemanes.

¿Dónde se queda la internacionalidad de un festival que quiere ganar el paso a Cannes o a Venecia? ¿incluso a Sundance? ¿dónde se queda la no parcialidad de un jurado?

Ya se anunció que los mejores directores decidieron estrenar sus películas en Cannes porque Alemania sólo privilegia las películas alemanas. Y yo añadiría que porque nadie se divierte en ninguna fiesta porque nadie entiende este complicado idioma.

En la gala de los premios hablaron los productores de la película ganadora, Grbavica. Los productores hablan alemán como lengua materna y a mí me sorprendió cuando uno de ellos dijo que hubiera querido dirigir sus palabras en inglés pero que le fue prohibido. ¿De qué se trata? ¿por qué Roberto Benigni, presente, tiene que quedarse sin entender el mensaje de los ganadores? ¿por qué los chicos paquistaníes-británicos en quienes se basó la expectante The Road to Guantanamo se tuvieron que quedar sin saber lo que pasa? ¿por qué no ofrecen siquiera un traductor simultáneo?

Y por si fuera poco, aunque yo no cuestiono mucho las decisiones de un jurado siempre variado en género, nacionalidad, edad y profesión, en realidad los ganadores de la noche fueron los alemanes porque todas las mejores actuaciones se los llevaron ellos, incluido el premio de la Creatividad.

¿Es necesario hacer un mercadeo innecesario y decadente de la imagen de Alemania? Alemania está bien así, que no le metan mano.

Yaotzin.

sábado, febrero 18, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 5, ¿quién se ganará el premio?

Este texto lo escribo unas horas antes de que se otorge el Oso de Oro, ese premio que se lleva la mejor película de la Berlinale.

Ya, por fin, es el final. Traigo los ojos marcados por tantas películas. Funciones a las once de la noche, funciones a las nuevede la mañana. En medio, textos, pláticas con periodistas, cervezas, comidas, entrevistas, llamadas por teléfono... mi vida es un caos.

Eso sí, la memoria todavía no me traiciona y creo que tengo la información suficiente, y el juicio, para pensar en la película que se podría llevar el premio principal.

Hay que retomar sólo que las películas de competencia de este festival estuvieron aderezadas de personajes deprimentes, con unas pizcas de planos poco activos y con otro poco de excesos de tiempo.

Las cintas alemanas son las preferidas por los críticos. Creo que están ávidos de dar el Oso de Oro a una producción de su país para marcar el climax en que se encuentra el cine alemán. Y no están muy alejados de la realidad porque ciertamente hay muy buenas historias y excelentes actuaciones en Sehnsucht de Valeska Grisebach, Requiem de Hans-Christian Schmid y en Der freie Wille de Matthias Glasner, pero sin el empuje necesario que, según yo, las haría ganadoras.

Yo voy más por una película que desde que salí del cine le he dado un estado de perfección. Offside, de Jafar Panahi, un drama sobre la discriminación de las mujeres iraníes en su propio país. Tiene una buena historia, habla de una situación político-social y tiene un elemento que, aunque banal, es clave: habla de futbol y la película misma transmite emociones como si uno viera un partido de futbol, sin ver una sóla escena con balón.

En la terna está también The Road to Guantánamo, que no dejo de reconocer como otra gran contendiente al Oso de Oro, aunque estoy con la idea de la diversidad. Y esta diversidad significa que el director Michael Winterbottom ya ganó un premio hace tres años y ahora se podría reconocer una película de un país que está, además, en la mira de todo el mundo por sus controversiales posiciones respecto a los caricaturistas de Mahoma, su programa nuclear y su desconocimiento del Holocausto.

Para cualquiera de los casos, estoy a favor de un mensaje político que ha encontrado su nacimiento en gobiernos totalitaristas, inhumanos e intolerantes.

Yaotzin.

lunes, febrero 13, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 4, un Berlín inexistente.

Durante la Berlinale se juntan cientos, no, miento, miles de personas en la Potsdamer Platz. Ahí donde está el Sony Center, el Marriott, el Ritz Carlton, sí, al lado del McDonald's o del Subway.

Cualquiera que haya llegado de otro país y esté ahora ahí pensaría que ese es EL centro de Berlín, donde ocurren las cosas y donde se cita la gente. Hay demasiado movimiento. Hay un centro comercial, hay más de 20 salas de cine, como cuatro hoteles, un centro de espectáculos y hasta dos museos. Todo en ese lugar que hace 16 años no existía.

Muchos de estos visitantes deben de estar al tanto de que la Potsdamer Platz era conocida antes como la "Franja de la Muerte", ese espacio que había entre el Muro de Berlín y el alambrado, donde había perros de ataque y francotiradores para evitar que la gente se escapara al Occidente. Para mucho es obvio.

Pero hay otros que no tienen idea de ello. O muy poca.

La otra vez entrevisté a una pareja de actores mexicano-estadounidenses. Ella tenía 17 años y él unos 21. Son una generación que nació casi con la caída del Muro y, además, son jóvenes que apenas toman el avión por segunda ocasión en su vida. Ellos salen de la entrevista en el Berlinale Palast y tienen tres opciones para comer o tomar algo inmediatamente: McDonald's, Tony Roma's y Starbucks, tres cadenas estadounidenses. Y si quieren comprar algo, se van al centro comercial. Si quieren usar internet gratis o comprar más se van al Sony Center, esa majestuosa obra de cristal de Renzo Piano. Y a los 20 minutos tienen que regresar a otra entrevista. Su mundo está en esa zona. No podrán conocer más. Ese Berlín es el de ellos. Ese Berlín que cada berlinés, no sólo desconoce, sino aborrece, es la impresión que muchos extranjeros se llevan a casa de regreso.

Yo mismo adquiero una fascinación por el lugar. Se ha convertido un centro para ver películas, no sólo en la Berlinale, sino cuando llegan en versión original, porque es el único lugar en donde no se doblan las cintas.

¿Qué pensarán las nuevas generaciones de alemanes?

Y.

domingo, febrero 12, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 3, fuera del reflector.

En la noche del tercer día de la Berlinale, el sábado, todo mundo se fue de fiesta. Había que festejar los contratos entre productoras y distribuidoras, había que festejar los aplausos del público y había que festejar, claro, que a las 2:00 horas se puede mandar de última hora un texto a mi periódico en México por una computadora conectada sin cables en un bar.

Todo mundo bebía cervezas o vino. Yo, mi computadora. Era el único lugar abierto que disponía de una conexión a internet sin cables. La gente me rodeaba, se me quedaba viendo, me hacía caras de "hallooo", como diciendo "hey nerd, es un baaar".

Al final lo logré, sobre tiempo, pero lo logré. Así que me fui a beber mi cerveza. Por supuesto que nadie me hizo compañía después. Dejé de llamar la atención en cuanto cerré mi computadora. Todos se volvieron a ensimismar en sus pláticas de pareja o de grupo. Un bar típico. Pero en una esquina, sentado a la mesa, había un hombre solo como yo. Él visiblemente con más años que yo, la única diferencia que nos separaba. Quizás llevaba más tiempo ahí solo y nadie lo había notado. Es diferente estar solo con una computadora que solo con una cerveza nomás. Yo creo que aunque se tratara de algún personaje famoso, el hecho de estar solo ya es repulsivo y nadie lo acepta. La gente no da un céntimo por eso.

Y él tenía eso en la cara. Cabizbajo, tomando para hacer tiempo para algo, observando poco. La gente no se metía con él y él tampoco con su entorno. Parecía que esperaba algo. Y cuando por fin pidió la cuenta, lo hizo de una forma como si fuera extranjero. Hizo que la mesera se acercara más a su boca como repitiendo su consumo una y dos veces. Eso me pareció. Después de que recibió su cambio se quedó todavía ahí, ligeramente impaciente, debo decir. Se acercó la mesera una vez más. Él la estaba llamando con su mirada desde la silla. Tomó el florero de centro de la mesa y se lo dio a la mesera, una chica rubia de cabello largo. El florero era una pequeña botella de coca cola vacía con una rosa erguida y con pétalos explosionando. La mujer no lo creía, no sabía que hacer con el florero de la mesa que ella tenía que atender. El hombre sólo le sonrió, encogió los hombros como para dar una explicación, se levantó y se fue a paso rápido. La mesera se llevó su simbólica rosa a otro lado.

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Media hora después en el metro, ya de regreso a casa, me encontré con un hombre de raza negra. En Berlín ya no es raro ver a hombres negros, chinos, latinos o, mucho menos, turcos. Están por todos lados.

Pero ahora eran las 2:30 horas y muchos estábamos abordando el metro en la Potsdamer Platz, donde ocurre la Berlinale. Esos muchos tenían ojos de cerveza y sacos de cigarro. Él hombre que yo veía tenía un overall azul, como el que usan los trabajadores de limpieza o los obreros de Alemania, y sólo observaba el reloj. Quería llegar a casa lo más rápido posible.

No me dijo su nombre, pero sí que su trabajo es de todo el día, limpiando constantemente las áreas públicas que los periodistas o los visitantes usan durante el evento de cine. Nosotros estamos en los reflectores y este hombre, como muchos otros, están dentro en bodegas cambiando el agua de las cubetas y preparando sus instrumentos de limpieza todo el día, desde que empieza la primera película a las 9:00 horas, hasta las últimas, que terminan más tarde de las 00:00 horas. Ellos salen cuando se desocupa un lugar o cuando, en las sobre horas de trabajo, hay que llegar ya desesperadamente a la cama, de otra forma no se los ve.

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Y esto pasa con todos. Las güeritas, como yo las llamo, con el nombre que aprendí en México, "rubias" en Español Alto, son también otras personas que están ahí detrás sin que nadie realmente las note. Ellas son las edecanes que hacen de todo: abren las puertas de las salas de cine, revisan las mochilas para que uno no introduzca bebidas ni cámaras fotográficas, ordenan las hordas de periodistas que quieren entrar a tomar el mejor lugar cicno minutos antes del comienzo del filme.

Hasta el momento yo sólo las había visto, pero no observado, después de todo sólo pasamos frente a ellas cinco segundos a lo mucho, y lo más que alcanzamos a tener en ese tiempo es un "Buen día", "por aquí por favor", "su mochila por favor", "espérese, a ver, ya, ahora sí, pásale", y todo con sonrisas radiantes. Alemanas que ya mimetizan el tipo de atención al cliente que sucede en América, mi continente.

Pero ayer me tocó ver a una que, después de 12 horas de trabajo continuo en una sala de prensa, apenas dieron las 21:00 horas del cierre y ella no perdió un segundo en quitarse los tacones y salir casi corriendo para hacer algo de su vida.

Y una mujer que me abrió la puerta de la sala del cine a las 00:30 horas para entrar a ver los agradecimientos de Gael García en su película de presentación, y que estaba cayéndose de muerta. También 12 horas de trabajo, pero a mi me tocó verla en el final y cada vez que se dirigía a mí para darme una nueva indicación trataba de hacer una sonrisa, pero ya parecía un juguete al que se le están acabando las baterías. La postura la perdió por completo y estaba recargada en la puerta. Si hubiera sido mediodía yo habría interpretado esa posición como la de una superheroína que quería evitar que la puerta sea abierta por un monstruo terrible. Era la decadencia total.

Las mismas mujeres que unas horas antes me habían tratado como en las aduanas de Estados Unidos por tener una cámara de fotos en mi mochila y un termo de café en la mano, ahora eran unos espaguetis aguados.

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Y yo, sinceramente, yo ya no sé si pertenezco a este movimiento de los reflectores o de tras bambalinas. Yo estoy donde todos intercambian conocimientos snobs sobre las películas y donde ocurren las bacanales nocturnas, pero la verdad es que me siento como todos los de arriba.

Yaotzin.

sábado, febrero 11, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 2, Vargas Llosa es la nueva estrella del festival.

George Clooney dejó perplejos a los periodistas. No, especifico, a LAS periodistas.

En la conferencia de prensa que sucedió a la presentación de su película en el Festival de Berlín, Syriana, estuvo tanto Clooney como otros miembros de la producción a los que, obvio, nadie les hizo caso. Clooney era el objetivo. Las preguntas dejaron de ser periodísticas. Se levantó una chica que le dijo "yo sé que te gustan los martinis. Aquí tengo una botella, dime donde nos vemos al rato para poder bebérnosla".

Otra más, una lanzada latinoamericana, le dijo que le enseñaría la ciudad. "Bueno pues llévame a América Latina", todavía dijo Clooney, y entonces ella dijo, no, yo no vivo allá aunque soy de allá, vivo en París, y con gusto te muestro la ciudad.

Ayayayay, hasta donde ha llegado la decencia.

Yo no sé qué le habría preguntado... Y no sé qué me habría contestado.

Mientras me fui con unos colegas a entrevistar a Mario Vargas Llosa. Él presentará este sábado la película que adapta su novela, La Fiesta del Chivo, filmada por su primo, Luis Llosa. Y parece que causa gran expectación. "Hay que ver esa historia del dictador latinoamericano", dijo un periodista alemán, como si no hubiera tenido ya suficiente acá con Hitler, Stalin y Mussolini.

Bien, pues es más bien un homenaje a la literatura latinoamericana hecha película y presentada en festivales de gran envergadura, como lo es la Berlinale.

Vargas Llosa está feliz y tiene también a una fila de periodistas esperándole. Y si no fuera porque Clooney es coqueto y simpático, Vargas Llosa ya se lo habría llevado de calle.

Yaotzin.

viernes, febrero 10, 2006

* Tras las cortinas de la Berlinale 1, ¿cómo evaluar una película?

Bien, probando, probando.

Luces, cámara, acción:

Pocas personas me creerían la forma en que los periodistas juzgan las películas en la Berlinale, el Festival de Cine de Berlín. Y hablo de esas películas que luego se convierten en majestuosos títulos taquilleros, que ganan millones de euros en entradas y publicidad, y que tienen premios por doquier, hasta ese que da el tío de la prima de la audiencia del público. Palmarés. Vale.

Esas películas 'nice' pasan por los ojos de miles de periodistas. El director de la Berlinale me dijo la cifra, pero la verdad es que la olvidé. Pero créanme, somos un chingo. Y para ver las películas somos peor que los fanáticos que quieren entrar a un concierto de rock: abren las puertas de alguna sala de cine, los buenos alemanes nos piden nuestros boletos o acreditaciones de entrada, y nosotros nos pasamos como estampida con el celular en la oreja y corriendo a apartar un lugar para el colega que nos está llamando desde el baño asegurándonos que sí llega. Unos 20 minutos después, ya en la oscuridad, ese lugar es invadido por algún otro colega que fue removido del suelo.

La clasificación: se puede decir que la película es buena si en los primeros 15 minutos de filem no se ha salido ningún periodista. Créanme, me ha tocado ver películas (hablo sobre todo del año pasado) en las que apenas yo estoy tomando lugar y ya hay gente que sale. Y no van a comprar palomitas ni a hacer escalas técnicas. Así funciona esto. Si no captura rápido, el periodista se va.

Otros cabrones más descarados extienden sus paas encima de la butaca de enfrente y, si la película es mala, a la media hora se escucha como si un camión de carga pusiera un cambio de velocidad: ronquidos que vienen desde el séptimo sueño.

Y nos gusten o no, salimos siempre a las conferencias de prensa a ver a los actores que las presentan. Después de la película salimos hablando mierdas de Sigourney Weaver, pero en la conferencia de prensa le decimos "soy del medio "x" y, bueno, antes de hacerte la pregunta, déjame decirte que te veías muy bella en la película y que tuviste una actuación fenomenal..." Patrañas. Qué hipócritas somos.

Y la crítica buena o los chismes detrás de las cortinas se convierten después en notas que hablan sobre superficialidades, como por ejemplo los senos de Sigourney, que hoy, justamente en la noche de estreno de la Berlinale, este jueves 9 de febrero, se veían como dos montañas que fácilmente hubieran podido dejar babeando a cualquier Alien.



Y de eso fue mi texto del día.

Yaotzin.

lunes, febrero 06, 2006

* Sin satisfacción, con todo y Satisfaction, o ¿por qué Lombardi no está aquí? (El Super Bowl en Berlín)

Extracto de un texto difundido previamente a mis amigos. Es una experiencia más en Berlín y por eso la cuelgo aquí.

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El ambiente no fue lo que me hubiera imaginado. La cita fue en un Irish Pub en el barrio más chic de Berlín, el Prenzlauer Berg, ahí donde Angelina Jolie estuvo caminando por la calle como si nada la semana pasada. Quedé de verme con unos gringos, esos que se hacen llamar expats, por expatriados, o aquellos más jóvenes que se han mudado porque es cool man, uh! y no hacen nada más cool que dar clases de inglés. Pero está bien, con eso se puede vivir en una de las capitales más baratas de Europa. Yo vivo de vender textitos miserables a un pasquín mexicano. Ya no sé qué es mejor.

Cuando entré al bar a las 23:00 horas del domingo 5 de febrero, sólo se escuchaba al fondo un grupo en vivo tipo The Chieftains, tocando sus violines, bodranes y flautas. No parecía que fueran a transmitir el Súper Tazón, pero ahí nos citó un amigo que estaba seguro de ello. Había que confiar.

Los gringos fueron llegando poco a poco, hey dude, what's up man, y los irlandeses se fueron saliendo. El bar se quedó para nosotros y aunque todos estábamos emocionados por ver el partido, el ambiente no se encendía. Faltaban 40 minutos para el comienzo del partido y en la televisión había un programa de crítica literaria. Alemanes. Sólo a ellos se les ocurre poner en ese momento (23:50 horas de Alemania, 17:50 tiempo del Este de Estados Unidos) a un tipo que toma los libros de las listas de "los mejor vendidos" para contarnos los finales "ahora matan a la oveja y el pastor es investigado, ¿y qué?" y tirarlos a un bote de basura.

Con esos libros se acabó mi primera Guinness.

De donde nosotros venimos, Estados Unidos, México, América pues, estamos acostumbrados al pre-game, dos horas o más, previas de chelas, estadísticas y recuerdos, "no mames, ¿a poco tiene tanto tiempo que Randall Cunningham se retiró?", "no shit man". Pero los alemanes no se dan cuenta de ello.

Una Guinness, bitte.

La transmisión del partido fue en alemán, por una cadena pública que compró los derechos sólo del Súper Bowl. A los productores les valió madres que nunca transmitieron un solo partido de la temporada regular ni de playoffs. Esto significaba que los canales de cable en inglés no lo pasarían. Los gringos se fueron enterando conforme llegaban al bar. Oh my God, ¿futbol americano en alemán? Toda una experiencia. Los primeros comentarios del partido eran "¡pañuelo! eso significa, meine Damen und Herren, que algo anda mal en el partido, esperemos a ver qué dice el árbitro". Y sí, claro, acá es árbitro porque no existen esos conceptos americomexicanizados de umpire, referee u oficial.

Otra Guinness por favorcito.

Para el medio tiempo creíamos que nos castigarían con la segunda mitad de los libros que faltaban por criticar, pero no, aquí también se quiere y se adora a los Stones. La única duda es, ¿cuándo van a dejar de tocar esos cabrones? Estoy seguro que Vince Lombardi ya había escuchado Satisfaction cuando el primer Súper Tazón, en 1967. La canción fue compuesta dos años antes. ¡Y todavía la seguimos escuchando! Qué lejanas parecen aquellas victorias de los Empacadores.

Otra Guinness.

Al final no ganaron los que tenían que ganar. A la Conferencia Nacional ya le hace falta un título. Y sobre decir que uno que gane algún equipo relacionado con alas, porque ni Atlanta pudo con Denver hace unos ocho años, ni las Águilas con los Pats ni ahora los Halcones con Pittsburgh. Roguemos por ello por favor. Ah, claro y roguemos por que la NFL piense en su expats de Europa para que haga la transmisión un sábado por la noche o un domingo más temprano. Eso de llegar a casa a las 5 de la mañana por ver el futbol... es la muerte.

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Yaotzin.

viernes, febrero 03, 2006

* Evo Morales contra Europa, otro ocaso del periodismo.

Desde hace dos semanas estoy apagado.

Los pantalones de Merkel, la visita de secretarios de Estado de México para comenzar las relaciones políticas con Alemania y Europa, o incluso la escalada en el debate por Mahoma no son temas en los que se interese mi periódico en México. Y eso que mi periódico tiene una de las agendas más "europeizadas" que los demás medios.

Evo Morales es quien se lleva todo. Él es el ganador. Y no lo culpo, al contrario, es un suceso. Pero el pobre corresponsal de mi medio ha tenido seguramente que inhalar coca para poder escribir semejante cantidad de textos sobre Evo Morales. Para mí, ese corresponsal es el héroe. Bueno, claro, y el villano porque a los que estamos en Europa nos deja sin trabajo. Sólo yo de entre las otras grandes capitales me puedo ocupar de algo porque tengo en puertas uno de los festivales de cine más grandes del mundo, la Berlinale, y luego continúo con el Mundial.

Bolivia dejó de ser el país del que menos se reportaba en mi diario. Creo que sólo Uruguay ha estado más abajo. Pero ahora ni siquiera nuestro ex alcalde capitalino existe más, el famoso por su desafuero Andrés Manuel López Obrador.

Y eso que Merkel es tan indígena como Evo Morales. Ella pertenece a estos alemanes que todo mundo mira como en vías de extinción, los ossis, los del Este, esos que todavía sobreviven por ahí y en cuya personalidad se puede distinguir muchas veces que porovienen de una etnia sin igual. Peor, son de una etnia a la que le ha sido desaparecido su país. Digamos, pues, que ya no tienen hábitat. La RDA ya no existe.

Merkel tendría mucho más que dar.

Permisooooooo.

Yaotzin.
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