martes, junio 27, 2006

* Señoras y señores, con ustedes ¡El camaleóooon!

Mesa del vagón comedor. Tren de Leipzig a Berlín. Cruda de la pérdida de México contra Argentina. Llega un tipo pintado de verde y pide permiso para sentarse. Habla conmigo y se entiende con los dos hombres del otro lado de la mesa, uno de Trinidad y Tobago, "tenía que seguir a mi equipo en su primer Mundial", dice, y de un alemán risueño que alaba todas sus bromas. Se trata deeeee El Camaleón.

Habla como cien palabras por minuto. Entona la voz, la engruesa, se ríe, todos lo voltean a ver, a todos les sonríe. Es un conquistador. Cambia de personalidad, cambia de humor y hace que todo su alrededor cambie. Ese día era verde, ayer que lo vi era negro y estoy seguro que hoy saldrá a las calles de Berlín con unos shorts moteados. Pero siempre con su teléfono celular y su libreta: "esto lo cuido como oro".

Él es locutor y tiene su programa de radio en la ciudad de Guadalajara, allá en las bellas tierras del tequila. Está en el Mundial transmitiendo cuatro veces al día. Un momento es El Camaleón y en otro momento se convierte en el Chachachá. Uno presenta a Berlín de una forma decente, mete sonidos de los bares, de la gente que camina en las calles; el otro, el Chachachá es un tipo de arrabal. Es naco. Es cutre. Tiene voz de un ser malviviente que convierte el mismo Berlín que presentó hace cinco minutos en una ciudad diferente, en un Berlín donde sólo otros tipos de arrabal tienen lugar. Le roba palabras a las personas de la calle y las usa para su transmisión.

Estábamos afuera del Pfefferberg en Prenzlauer Berg, sí, parece trabalenguas, pero así es este idioma, qué puedo hacer. La zona es chic, es lo más de moda en Berlín y ahí vimos una parte del partido de Australia contra Italia. Apenas llegamos a encontrar un lugar para sentarnos y ver el comienzo del partido, y El Camaleón ya había hecho de las suyas. Tomó a dos bellas australianas de la mano para besárselas y les dijo, ¿Australia, verdad? ellas asintieron, y les dice entonces ¿saben de dónde viene la palabra canguro? y en cinco minutos las conquista. Las chicas no quisieron creer que la palabra es de origen nativo para decir "no sé qué es (ese animal)", pero ya habían sido marcadas por El Camaleón.

Al medio tiempo se transformó en el Chachachá e hicimos de la zona chic de Berlín un arrabal. Nos salimos del jardín cervecero en el que estábamos para ir a comprar cervezas al súper más cercano y tirarnos en una banqueta en la calle. Teníamos nuestro "six pack" caliente por los 30 grados de temperatura que había y nos colocamos en un lugar donde se podía ver, gratis, la pantalla de otro restaurante. El Chachachá estaba fascinado. Escuchó historias del Muro, de la RDA, de la tasa de mujeres embarazadas en esa zona y desde entonces empezó a ver sólo a mujeres con panzota que pasaban frente a él. Les hablaba, decente, para desearles felicidades por su próximo hijo o hija. Nadie le entendía las palabras, pero apreciaba el gesto.

El Chachachá se cansó de estar conmigo y se levantó para conocer a otra mujer. Logró hacer que nos sentáramos con ella en la terraza del restaurante en la que estaba.

Ayer le comenté de las playas de Berlín y no me quería creer, pero estoy seguro de que hoy anda buscándolas con sus shorts moteados, tratando de conquistarlas como El Camaleón para después poseerlas como el Chachachá.

Así es Berlíiiiinnn señoras y señoreeeees.

Yaotzin.

lunes, junio 26, 2006

* De regreso a la gran capital: dignidad en el vagón.

Ya estoy de nuevo en Berlín, después de estar viajando atrás de mi selección. México se fue del Mundial y yo me quedé agotado. Ahora sólo pienso en irme a una playa al lado del canal Spree a tirarme a un camastro y disfrutar del sol y de los 30 grados que hoy nos regala.

Pienso en la playa pero todavía no estoy ahí. Apenas voy en camino. Primero escribo, luego soy. ¿O al revés? No sé. Primero quiero contar una situación que viví hace unos momentos.

Estaba camino a mi casa, hacia Kreuzberg. El tren suburbano que viene desde el centro hacia el Este berlinés estaba medio vacío. Era hora en que todos deberían de haber estado en sus trabajos, no podía haber otra razón. Yo regresaba de dejar a un amigo que me visitó unos días y venía pensando ya en mi playa cuando, en Alexander Platz, el tren abrió sus puertas. Esta vez sólo se subió una persona. En lugar de buscar un asiento se quedó parada al lado de la puerta. Tan pronto el tren arranca, este hombre empierza a decir en voz alta, "disculpen las molestias, estoy vendiendo la nueva revista de los desamparados...". No terminó de hablar cuando al fondo del vagón alguien lo interrumpió gritándole que se callara el hocico, "Schnauze!" en alemán. El hombre de la puerta siguió hablando. El otro, gritándole. Que se callara, que si tenía un boleto legal para viajar, que dejara de vender esas mierdas, que dejara de hacer ruido.

El hombre de la puerta, un desamparado, siguió hablando sin que le importara aparentemente la situación. Pero ya estaba con la vista perdida. Terminó su discurso y se fue a pedir unos centavos hacia el lado del vagón donde no estaba aquella voz que lo agredía. "¿Me compra una revista? ¿o tiene alguna donación?" se fue diciendo. Algunos continuamos observándolo al tiempo que volteábamos a ver aquella voz agresora. Era un joven de no más de 35 años de edad. Delgado, cabello semi rapado, vestido de una forma deportiva. Podría parecer alguien que al menos tiene un buen trabajo. Estaba sentado hasta un extremo del vagón junto con su bicicleta.

El tren se detuvo en otra estación, Jannowitzbrücke. Abrió y cerró sus puertas, pero el pordiosero seguía adentro. Y no sólo se quedó adentro. Comenzó a avanzar hacia nosotros, la parte del vagón donde no había pedido dinero, ahí donde estaba su verdugo. Valor, coraje, provocación, burla, apoyo, no sé qué nombre darle, pero siguió. Y me ganó. Quería darle unas monedas, pero no tuve ninguna. Me quedé con el corazón apretado. Sólo pude darle una sonrisa. También hubiera querido decirle algo, pero las palabras me abandonaron. Creo que mis sentimientos todavía están configurados en español, me da mucha pena decirlo.

Cuanto más se acercó, su verdugo más le gritó. "¡Deja de malgastar así mis impuestos!", "¡ponte a trabajar!", "¡muéstrame tu boleto de viaje, a ver!". Era un exceso. Yo seguía sin poder decir nada, pero otras personas sí lo hicieron, empezaron a gritar, la chica de ojos verdes en ropa veraniega y con sandalias que estaba a mi lado, la señora fachosa sentada frente a mí y otro joven bien vestido que estaba justo al lado del verdugo. Pero fueron gritos en vano porque este tipo creía tener la razón. Estaba, cual director capitalista de alguna empresa cerrando un contrato, sentado detrás de su escritorio y ejerciendo un poder inmesurable. Él ya tenía una concepción de lo que quería decir y defender, y lo que dijeran otros no contaba, no era objeto de razonamiento. El tren se detuvo en otra estación, Ostbahnhof. Se abren las puertas, y el mismo pordiosero, antes de abandonar el tren, le empezó a gritar que tenía que vender sus revistas para poder comer algo. Y lo defendió hasta que se cerraron las puertas. Alcanzó a entrar en el vagón de atrás y desde la ventana que permite ver entre vagones le enseñó el dedo medio con los ojos completamente abiertos y la nariz recogida.

Yaotzin.

PS 1. En mi vagón, la discusión siguió con la chica veraniega de mi lado. El joven verdugo parecía no entender de pobreza. Este hombre sin techo no existía o no debía de existir para él. "¿Cómo puede ser que haya una escoria así cuando yo pago impuestos, cuando existe un Estado?", este era el nivel de su discusión.

PS 2. En México somos un poco más animales y una discusión así habría terminado, en cuestión de segundos, en empujones o golpes.

PS 3. Estos hombres sin techo son de verdad pobres. Y es impensable de Alemania, donde existe por tradición un Estado de derecho y de igualdad que es extremamente social o paternalista para mi gusto. Aún así hay pobres. Y de acuerdo con una doctora y trabajadora social que una vez entrevisté, Jenny de la Torre, estos pobres tienen tantos problemas sicológicos y sociales que ya les es imposible trabajar en algo. Vender las revistas es una especie de rehabilitación que, de acuerdo con lo que he podido observar, también se puede convertir en tortura con casos como el de hoy. Sin embargo, nuestro pordiosero mostró una dignidad vapuleante que pocas veces se ve.

PS 4. Y casi como esa escena chistosa futbolística de ayer, en la que se vio conversando los últimos momentos del partido a los expulsados Giovanni van Bronckhorst de Holanda y Deco de Portugal, en el tren la chica veraniega y nuestro joven verdugo se sentaron uno al lado del otro, intercambiando sus puntos de vista sobre la pobreza pero ya aligerándolos con unas sonrisas.

domingo, junio 25, 2006

* Hasta los polis acompañan a los mexicanos en sus penas (Siguiendo a México en el Mundial. Punto final).

LEIPZIG.- A los mexicanos que llegaron a Leipzig poco les duró el luto de la derrota contra Argentina porque pronto ya estaban festejando como si nada hubiera pasado.

Los que no entraron al estadio, lo vieron en diferentes plazas. La ciudad fue tomada por los fans, casi unos 60 mil. Se me hace exagerado, pero al menos es la cifra oficial. Y no lo dudo porque muchos laipziguianos me dijeron que en ninguno de los partidos anteriores habían visto tantos fans. Sólo con Holanda la ciudad se veía naranja, pero es que ellos se ponen hasta los calzones de color naranja.

Esta vez sólo fueron argentinos y mexicanos. Todo un ambiente latino. Todo fue fiesta antes del encuentro, a la que se sumaron los alemanes después de su victoria ante Suecia.

La derrota se sufrió, y algunos sí lloraron. Estaban muy dolidos. Otros no dejaron de discutir profesionalmente sobre los cambios que debió de hacer el entrenador de la selección mexicana. Pero este luto se olvidó pronto. Los mexicanos decidieron dedicarse a la fiesta. De alguna forma ya sabían que podrían perder y estaban preparados. Apenas se dio el silbatazo final, en las plazas salieron los DJ alemanes a tratar de mejorar el ambiente. Pronto los mexicanos estaban ya bailando quebraditas en el centro de Leipzig. Los alemanes que seguían gallardos por su triunfo no cesaron de decir “México, aún así los queremos mucho”, aunque creo que lo decían más porque ya sabían qué equipo sería su próxima víctima.

En una esquina salía la música de José Alfredo Jiménez de un auto a todo volumen y en otra estaba la fila de los que querían comprarse una Bratwurst o salchicha asada para disminuir los efectos del alcohol. Unos policías alemanes que estaban muy al pendiente de los porristas argentinos y mexicanos para que no hubiera encontronazos, terminaron aderezados con sombreros con la leyenda de México. “Foto, foto, foto. Pónganle el sombrero, que vea lo que es ser mexicano”, gritaban algunos. Para las fotos de consolación, hubo otros mexicanos que prefirieron agarrar de la cintura a cualquier güera alemana que pasaba por ahí.

Y aunque había argentinos que salían bailando y ondeando banderas, nunca fueron provocadores quizás por la poca cantidad en que estaban.

“No manches, ¿a quién le interesa el futbol ahora? Vamos a emborracharnos, a eso vinimos a Alemania”, dice un grupo de michoacanos que venía de sacar la tercera botella de tequila de su auto rentado.

sábado, junio 24, 2006

* Los corazones no ruedan (Siguiendo a México en el Mundial).

ESSEN A BERLÍN.- Cualquiera que haya venido a Alemania en este mes diría que el país está contagiado de futbol. No es una enfermedad ni mucho menos una epidemia, pero actúa como tal. Está por doquier, se expande, es fuerte, se hace odioso.

En los trenes de Alemania se pueden ver los primeros síntomas. Si se viaja mientras se lleva al cabo un juego, el jefe de turno toma el micrófono y anuncia que gracias a un patrocinio de la Deutsche Telecom, la empresa de comunicaciones alemana, la Deutsche Bahn, o empresa de trenes de Alemania, puede informar en vivo los resultados de los juegos. Después, por si no fuera poco, el jefe de turno hace el anuncio con el inglés que aprendió en dos semanas de cursos. Suena igualito al alemán.

El viaje comienza. El jefe de turno vuelve a tomar el micrófono y saluda a todos los fanáticos del futbol que se han subido a este tren, “les agradecemos que viajen con nosotros”, ¿pues si no, cómo? Es como si en México el PRI, cuando gobernaba, hubiera dicho “gracias por votar por nosotros”. ¿Había otra opción?

Y los fans cruzan los pasillos del tren con las playeras de los países que apoyan. Aquí pasa Francia, luego Japón, tres Alemanes y, bueno, aunque no traen playera, pasan tres sombrerotes. Deben de ser los mexicanos.

A mi lado se sientan tres mujeres alemanas. Permanecen mucho tiempo calladas hasta que rompen el silencio del vagón. “México la va a tener muy difícil con Argentina, pero el partido estará muy bueno”, dice una, “¿Italia se quedará en primer lugar de su grupo sin duda”, dice otra, “no, pero Argentina juega mejor al futbol, yo creo que si hay algún favorito para ganar el campeonato son ellos”, dice la más grande de ellas.

Trato de leer el periódico. Abro uno, de tiraje nacional, unas cuantas notas políticas y dos secciones del Mundial, una para análisis de los grupos y otra para fans. La de fans reporta que los sin techo de Alemania se han hecho de un par de televisores chatarra y miran el futbol. Apoyan a Alemania. Abro el otro periódico que compré, uno de tiraje nacional también pero semanal. Su nota de portada es la felicidad por el nacionalismo que brota en los alemanes. Futbol otra vez.

Me llega un mensaje de texto a mi celular, “¿si vamos a ver el partido juntos, verdad?”. Hablo con mi novia, quien se ha convertido en una corresponsal de Brasil y Argentina y es un ejemplo de mezclar feminidad, sabiduría futbolística y pasión futbolera. Platicamos sobre futbol y las posibilidades de calificar de los japoneses, que a estas horas todavía las tienen.

Volteo a ver hacia fuera de mi ventana. Creo que los campos de cultivo tienen el potencial de convertirse estadios de futbol. El pasto está verde, verde. Si yo fuera Carlos Slim ya hubiera invertido en ellos. Veo las vías que van hacia el otro lado y sólo espero ver pasar algún tren disfrazado de balón de futbol, o cuando menos con una imagen gigantesca de Oliver Kahn pegada a lo largo.

Pero de repente escucho una conversación a mi lado. Es inevitable. Una mujer en sus 35 años habla por su teléfono celular y su timbre de voz es irremediablemente evitable. Podría hablar lo más bajo posible pero hasta lo que dice desconcierta. “Esta es la última vez que intento hablar contigo, tienes que darme una cita para tratar de arreglar las cosas”, dice.

Su llamada se corta dos o tres veces. Intenta de nuevo. Habla fuerte. Está desesperada por que del otro lado la escuchen. Quizás es su novio. Menciona que ha cuidado a su hijo sin pedirle nada a cambio. Dice que no entiende porqué ha pasado lo que ha pasado. Quiere justicia, nadie nunca le ha dado oportunidad de expresar lo que quiere ni de obtener las respuestas que quiere. “Por favor, sólo quiero que nos veamos para hablar, esto no puede terminar así”. Parece que la llamada se corta de nuevo, pero ahora creo que más bien alguien la termina a propósito. Toma el libro que ya tenía en sus piernas y lo abre. Su mirada está empero hacia el suelo del pasillo del vagón. Pasan más fanáticos y la mirada no cambia. A ella ya ni le llama la atención que un mexicano que trae el olor de haber dormido en una estación de tren le pegue con su mochila al pasar.

Vuelve a intentar marcar el mismo teléfono de antes. “Por favor, una cita”. Nada de lágrimas, sólo un reclamo temperamental a su derecho de ser atendida. Las llamada se vuelve a truncar. Esta vez no alza el libro. Su teléfono permanece en mano, listo para ser contestado. La mirada igual, hacia nada. ¿A quién le interesa el futbol cuando los asuntos del corazón no están resueltos? Ni aunque gane Alemania tres partidos seguidos detonando una ola de nacionalismo sin igual, tampoco aunque pasen a Octavos los guapos argentinos contra los apasionados mexicanos.

Hannover, Wolfsburg, Berlín Spandau… Italia contra República Checa, Estados Unidos contra Ghana. Las ruedas giran, los balones ruedan. La vida parece avanzar para muchos pero para otros sigue estancada. ¿Qué son mil caras alegres contra una desolada? Quizás su amado ha sido raptado por esa loca y exagerada onda de nacionalismo alemán. Si no regresa, Klinsmann será el culpable.

Yaotzin.

jueves, junio 22, 2006

Rescoldos de una no derrota (siguiendo a México en el Mundial).

ESSEN.- Bueno, primero, el partido de México no fue tanto así como una derrota. Pasamos a Octavos de Final. Sí, pasamos, el verbo lo usamos en primera persona del plural cuando ganamos. Cuando pierden se convierte en tercera persona del plural. Así es México.

Y aunque pasamos a Octavos, la verdad es que todavía no sabe a victoria. Sabemos cómo pueden maltratarnos los argentinos. Su excelente futbol y algunas que otras patadas terminarán de dar el mensaje que México viene recibiendo desde su primer partido contra Irán: no basta con jugar bonito y hacer buenas jugadas, hay que meter un gol, hasta los de penalties.

En fin, las caras largas salieron de Gelsenkirchen y se repartieron en todo el Ruhrgebiet, esta zona industrial del Oeste Alemán que será capital de la cultura de Europa en el 2010. Se fueron hasta Colonia, Mühlheim, Düsseldorf, Frankfurt, Freiburg y Essen, entre muchas otras. Algunos niñitos mexicanos estaban pateando la bola en las zonas peatonales de Essen después del partido. Se estaban desahogando de la pérdida. "Así debió de haber jugado Márquez", una patada, "así debió de haber tirado el penal Bravo", otra patada, "así debió de haber ganado la selección", otra patada. "Juan, ya deja de patear el balón así", dice su papá.

Los alemanes que se habían puesto la playera verde de México cambiarán pronto a la albiceleste de Argentina o a la amarilla de Ecuador, después de que Alemania les dio una revolcada. Los pocos mexicanos que pasaban por el andador del centro de Essen ya no saludaban con estruendosos gritos, ya sólo alzaban la mirada a un compatriota y le decían "qué mal, verdad? qué vergüenza!" Los mexicanos timados por las agencias de viajes tienen menos razones para regresar a votar el 2 de julio en las federales. "Hijos de su puta madre, 5 mil dólares por el paquete para Alemania por dos semanas y un día antes nos dicen que no nos pueden entregar los boletos del Mundial, ahora hay que comprarlos en la reventa de a mil euros cada uno", no cesan de decir.

60 de una agencia de viajes, 240 de otra, 67 de otra, 5 mil de una más. Sólo a los mexicanos les pudieron haber hecho esto. Ninguna otra persona del mundo puede ser tan débil y al mismo tiempo pagar precios tan altos por la reventa. Los que hicieron este timo, presumiblemente gente de la Federación Mexicana de Futbol, saben que los mexicanos no van a demandar y que si lo hacen la justicia mexicana no va a hacer nunca nada en contra. Los dueños de esas agencias de viajes, coludidos con los directivos del futbol de México, ya deben de estar hinchados de billetes. Qué fácil negar un boleto de 45 euros y revenderlo en mil. Lo más curioso es que el valor de la reventa en partidos como Croacia contra Brasil o Alemania contra Ecuador, o la misma inauguración variaron entre los 150 y los 350 euros. Sólo México se va arriba de los 700.

Y no todos los que compraron paquetes son esos riquillos de México que siempre tienen dinero para viajar a las ruinas de Europa o a los spas de Asia, no, hay tantas familias humildes que hicieron años de ahorro para vivir un Mundial. Querían aprovechar estar en Europa para viajar más pero también quieren seguir a su selección de futbol, y por pagar esos boletos de reventa tienen que dejar de pensar en los canales de Venecia, en las Ramblas de Barcelona, en el Muro de Berlín o en los palacios de Viena.

Al mexicano lo pueden pisar, pero sigue adelante. El sábado que será el partido contra Argentina ya verán cuántas playeras verdes hay en el estadio. Ah, y Chapulines Colorados también.

Ojalá que México pueda hacer algo más que un futbol bonito. Los seleccionados representan la única institución en México que se puede ganar toda la confianza fanaticada de los mexicanos. Ni la política y la religión juntas.

Los mexicanos no son políticos ni católicos. Los mexicanos son futboleros.

miércoles, junio 21, 2006

Mucho ruido (siguiendo a México en el Mundial)


GELSENKIRCHEN.- Uno pensaría que la selección mexicana es muy buena jugando porque atrae a miles de aficionados a Alemania.

Sombreros con patas, Panchos Villas resucitados, chinas poblanas, chapulines colorados y hasta chapulines coloradas llegan como marabunta a donde juega su selección.

Los pocos fans de los contrincantes sólo ven aterrorizados de dónde pudieron salir tantos mexicanos. Y más. Y más. Alemania parece vecino de México.

Suenan las cornetas, se cantan los olés y el Cielito Lindo al derecho y al revés, las porras resuenan y el olor a tequila se esparce horas antes de que comience el partido.

Las patrullas son toreadas con los enormes sombreros, las mujeres policías, unas güeras delgadas de 1.80 metros, son fotografiadas, vitupereadas y accidentalmente manoseadas.

México está presente. En Núremberg, el día que se enfrentó a Irán, el monumento donde HItler daba sus discursos nacionalsocialistas estaba sitiado para el piste. En Hannover, 15 minutos antes del comienzo del partido había en las calles más mexicanos que en un desfile del 16 de septiembre.

Y ahora en Gelsenkirchen no fue menos. El personal de información de la estación de trenes está obligado a hablar en español porque el mexicano lo sentencia, “¿ya ves? Sí se puede, ya lograste decirme donde es”.

Todos los caminos que llevaban a la Arena AufSchalke estaban pintados de verde. De los 52 mil asistentes, quizás poco más de la mitad eran mexicanos. Afuera se quedaron otros dos mil y en la pantalla gigante pública las cifras oficiales indicaron 15 mil, de los 20 mil que cabían.

Pero apenas terminó el partido contra Portugal y todo se hizo un cementerio. Lo mismo pasó con Angola, y los que para ese partido pagaron mil 200 euros por la reventa seguro se callaron más.

“¿Y ahora qué? ¿no van a gritar?” gritó un mexicano que llegaba a la estación de trenes de Gelsenkirchen para tomar el camino de regreso a su hotel. A lo lejos se escuchó un suspirado ayayayay que parecía invertir la canción. Llora y no Cantes.

“¿Por qué no metieron al Guille antes? ¿por qué dejan tirar un penalti al más joven de todos?”, se queja Jorge Calderón, refiriéndose al cambio tardío de Guillermo Franco y a la falla de Omar Bravo.

Las caras están largas, pero el espíritu mexicano es imbatible.

“Mira, para Argentina u Holanda estaremos igual de enjundiosos aunque después perdamos. Y ya ni importa, míralos, aquí andamos comprando y dejando toda nuestra lana. Vinimos a chupar, a comer, a comprar y a viajar, eso nadie nos lo va a quitar”, dijo otro por ahí.

domingo, junio 18, 2006

* Ay, los paisanitos (Siguiendo a México en el Mundial).

HANNOVER.- Ya no sólo Göttingen, sino Hannover están plagadas de Mexicanos. Es una sensación rara estar en trenes de alta velocidad, ver las calles limpias y a policías altos y delgados pero escuchar por doquier hablar español. No, español no, ¡mexicano!

"Órale wey", "no empujes cabrón", " a ver, no hay que dejar que esos cabrones bajen del tren", "¡apérrenseee!", es lo que se escuchaba en los andenes de la estación de trenes de Hannover, justo cuando un tren estaba llegando.

Dos grupitos de "weyes", o sea machos cabríos provenientes de los Estados Unidos Mexicanos, están a las afueras de la estación de Hannover. Observan cómo llegan más personas y se dirigen al centro, pero apenas pasa una "güerita", una chica rubia proveniente de Alemania, y les empiezan a tronar las bocas como si echaran a la sartén caliente un pescado fresquecito: "sssssssss, mi reinaaaaa, ¿no te dijeron que estás bien buena? y yo aquí tan pobreeee". La chica lanzó una sonrisa.

Debe ser rico para una linda mujer recibir algunos piropos después de nunca haber recibido ninguno en su vida. Yo nunca he visto que los alemanes lo hagan. Los turcos sí, pero se desbordan en lo grosero. Los mexicanos también pero ahora estamos "zu Gast bei Freunden", o bien acobijaditos entre amigos teutones.

Pero, bueno, las masas también llegan al exceso. ¿Qué fue de la mujer policía que se atrevió a pararse justo antes de que abrieran el estadio para el partido México-Angola? Sepa la bola. La pobre se baja de la camioneta de la policía, camina hacia la banda de mexicanos, decenas, no, cientos, y se hace el silencio. Debe ser un silencio comparable al que se hizo cuando llegó la ola del Tsunami. Los mexicanos estaban con botellas de tequila en la mano, desesperados por conseguir boletos en reventa a más de mil euros o ansiosos por entrar al partido, los que tenían boletos. Era una jauría. Entonces llegó la ola: "fiu-fiuuuuuuu, ahí va la güeritaaaa", "güera, güera, güera". Y que la detienen y le ponen un sombrero de charro. Más no pude ver.

Después apareció el camión de la policía tocando el claxon y la sirena. Aventándosele a las masas. Y si así no lograba hacer nada, mucho menos cuando de su altavoz sale el siguiente anuncio: "en buena onda, los que tengan boletos que se vayan formando ¿noooo?". Los polis alemanes contrataron a un mexicano para que dé instrucciones a sus paisanos. Pus claro, nadie de ahí podía entenderlas en alemán. Pero el resultado fue que todo mundo se echó a reír. Dieron de manazos al camión de la policía, lo torearon con sombreros y hasta les aventaron las cámaras para hacer fotos hacia adentro por si había más güeritas.

En el tren de regreso a Göttingen, donde se hospeda la selección de México, mis camaradas abordaron como yo recuerdo que se abordan los camiones de segunda clase en México. O el metro en las estaciones del Centro Histórico: por la Ley de Herodes, o te chingas o te jodes. ¿A quién le respetaron las reservaciones que estaban hechas, pregúuuuuuntenme.

"No mames, que se aguanten, al fin que estamos en un cachito de México ¿no?", dijo uno.

Rico vivir mi patria en Alemania por unos días.

Yaotzin.

jueves, junio 15, 2006

* ¿Por qué nos ponen el muro de Berlín? (Siguiendo a México en el Mundial).

GÖTTINGEN.- Un autobús de turismo se detiene enfrente del lobby del hotel Freizeit In. Bajan unas 35 personas. Se hacen fotos frente a la puerta y alguien les dice en voz alta: ‘aquí es donde se está quedando el equipo mexicano’.

El hotel Freizeit In no es cualquier hotel. Desde hace casi dos semanas se ha convertido cada día en una atracción más.

Después de que ese autobús de turismo se fue, llegó un pequeño camper de donde se bajaron otras 30 personas.

“Vinimos de San Diego. Otros de Yucatán y otros de Michoacán. Nos dijeron que aquí estaba la selección y queríamos ver si salían a darnos un autógrafo”, comenta Ramón, originario de San Diego.

Pero aunque ese pequeño hotel a las afueras de Goettingen se ha convertido en un icono de la ciudad, donde hasta los taxistas apagan su auto mientras dejan pasaje para buscar a algún jugador mexicano, también se ha convertido en una pequeña fortaleza.

Los dos guardas de seguridad que asignó la FIFA son tan altos y anchos como la entrada al lobby. Impiden el paso a cualquier extraño y tapan la vista si alguien intenta ver más allá.

“La Volpeeeeeeeeeeeee”, grita Alex, un niño de 13 años originario de Cancún, justo cuando alcanza a ver el bigote de La Volpe a lo lejos, “sal a firmarnos un autóoografoooooo".

Cuando el tumulto se vuelve insoportable, los centinelas alemanes deciden poner dos mamparas en la entrada para que nadie pueda ver hacia adentro, y entonces es cuando los mexicanos se hacen más mexicanos: “chale, ¿que no habían quitado el Muro de Berlín? ¿por qué nos lo ponen otra vez? Qué mala onda, no les estamos haciendo nada, no somos peligrosos, sólo queremos un autógrafo”.

lunes, junio 12, 2006

* Ahhh, el Ángel.


Para celebrar el triunfo de México contra Irán, los mexicanos que estaban en Berlín no se quedaron sin su Ángel. Y es que en la capital alemana existe una columna similar al Ángel de la Independencia de México, donde los paisanos siempre celebran ahí los triunfos de la selección de futbol.

La de Berlín se llama Siegessäule y tiene un ángel dorado en la punta.

Pero este domingo, la Siegessäule dejó de ser alemana. Sus áreas de pasto y sus andadores de concreto, también en forma de glorieta como el de México, fueron tomados por un grupo de unos 60 eufóricos mexicanos.

La gente fue llegando poco a poco y se cruzaba con desesperación y ‘a la mexicana’ la glorieta para sumarse a los cánticos de “olé-olé-oléee” y de “Cielito Lindo”.

El ondeo de las banderas y los gritos ininterrumpidos fueron escuchados por los automovilistas alemanes que daban la vuelta a la glorieta y no pudieron evitar formar parte del escándalo tocando sus cláxones.

Sólo un taxista iraní, quien traía ondeando la bandera de su país en la antena de su auto, se acercó lentamente al grupo de los aztecas, sacó su mano izquierda por la ventana del conductor y les enseñó un largo y tardado dedo medio.

Algo que hubiera podido hacer enojar más al taxista y a los casi 10 mil iranías que habitan en Berlín fue el grito de “Irán probó el chile nacional”.

Durante la Copa Confederaciones del 2005 ya habían intentado algunos grupos de mexicanos celebrar en la Siegessäule de Berlín, pero por el pequeño tamaño del evento la celebración no tuvo mucho éxito.

Para el Mundial de Futbol una de las calles que sale justo de la glorieta de la Columna de la Victoria fue cerrada al tráfico vehicular y fueron instaladas pantallas gigantes, lo que facilita el uso de la glorieta como lugar de festejo.

La columna conmemora las tres grandes victorias prusianas de 1864 contra Dinamarca, 1866 contra Austria y de 1870-71 contra Francia.

domingo, junio 11, 2006

* De vuelta al nacionalismo

“¡Ese león está feo y desnudo!, ¿cómo se les ocurre hacer algo así?”, dice un vendedor en una tienda de recuerditos de Berlín, “no he vendido casi ninguno, hubieran comercializado mejor un Teddy Bear o un águila”.

Ese león desnudo es Goleo VI, la mascota para el Mundial de Alemania 2006, y no ha logrado salir de los aparadores, es más, la empresa que lo fabricó se fue a la quiebra y el león salió acusado por estar fabricado con material dañino para la salud.

Pero ese leonzote de playera extra grande y sin calzoncillos tuvo algo bueno: detonó el reclamo de los alemanes por un símbolo nacionalista, ya no sólo por un Teddy Bear típico de Berlín, sino incluso por el águila heráldica alemana.

Lugar: Nueva Estación Central de Trenes, centro de Berlín. Fecha: un fin de semana antes del inicio del Mundial. Grupos de alemanes de la provincia se bajan del tren y corean “We are the champions”, en alemán y en futuro, “Wir werden Weltmeister”. Todos tienen una cerveza en la mano, banderas alemanas y playeras que dicen “Deutschland”. Nadie carga a Goleo VI.

En las calles pasa lo mismo. Los jóvenes compran banderas y playeras con los colores negro, rojo y amarillo en varios locales. Eso en México es una práctica común, en Alemania no. Y ahora están por doquier. Hablar de nacionalismo era referirse al vergonzoso Tercer Reich. La palabra misma no forma parte del vocabulario burócrata y se usa en cambio Federalismo o Estado.

Pero el futbol es el pretexto para cambiarlo. A la gente le emociona Alemania. Los coros “Deutsch-land”, “Deutsch-land” se escuchan en los partidos de preparación. Los alemanes quieren pasar de la primera fase, derrotar a los ingleses y, si se puede, a los holandeses. Quieren llegar a la final a enseñarles a los brasileños cómo se baila samba en las escuelas alemanas.

La Alemania para los alemanes quedó atrás. Hoy ossis y wessis, empleados y desempleados apoyan a un equipo formado por descendientes de inmigrantes como Podolski, Klose, Asamoah, Odonkor o Neuville.

Los papás pasean a sus hijos frente a la Puerta de Brandeburgo con playerotas alemanas. Parece que Goleo VI les sirvió de inspiración... sólo que no les quitan sus calzoncillos.

jueves, junio 08, 2006

* A un día del Mundial.

Fui con la señora de la tienda naturista de la esquina y me dio su consuetudinario saludo: "¿cómo ves el clima hoy?". A veces no me gusta entrar ahí en días nublados porque ya sé que me voy a tener que escuchar todas sus barbaridades, el huracán tiene la culpa, así no se puede vivir, mañana me voy a Mallorca, no hay nada como pasar unos días en Cuba, o necesito ya ir al psiquiátrico para que me quite esta depresión. Admito que esto último también lo podría decir yo. Quizás en unos años más.

Pero hoy brilla el sol. Ya empezó a hacerlo desde ayer. Parece que alguien escuchó las súplicas y lo compuso todo justo para la gran fiesta de futbol.

Y mi barrio se despertó más alegre. Bueno, algunas cosas cambiaron. Hoy hay una construcción en la esquina de mi calle y no hace más que confirmar ese espíritu constructor de Berlín. La ciudad es una Baustelle, una construcción. Y es permanente. Alexander Platz está irreconocible. Ha cambiado pero también sigue cambiando. Quién sabe cuándo terminarán.

Los turcos, sin que su equipo no está en el Mundial, siguen gritando en su club de la esquina. Están sumergidos en nubarrones de cigarro. Y si hace buen clima como hoy, fabrican su nube en la banqueta, justo donde está la Baustelle.

Yo también estoy alegre. Fui a cortarme el cabello a dos estaciones de metro a distancia y me encontré con unas peluqueras también alegres. Tengo que decir que primero pasé a una peluquería y, a pesar de que estaba vacía, la muchacha me miró y me dijo "¿le hago la cita para las 16:00 horas?". Eran las 10 de la mañana.

Me fui con las otras. Son unas chicas que cortan el pelo por 9 euros. Es una ganga. Lo lavan con un rico masaje, lo cortan como si fueran jardineras, te dejan que te lo seques tu mismo y ¡listo! Es lo que se llama Cut & Go en alemán. Pero sólo lo recomiendo a alguien más en casos de emergencia. Yo siempre voy porque el mío es siempre un caso de emergencia. Una vez me dejaron como turco, otra vez me dejaron como si me hubiera mordido unburro y hoy, bueno hoy creo que ha sido la mejor vez. Mi alemán ha mejorado mucho y pude explicar mejor. Aún así es de miedo ver cómo te aplican el oficio de jardinero arriba de las cejas.

Los periódicos ya no traen temas de racismo, aunque los casos siguen existiendo, tampoco hablan de los problemas de Hartz IV, ni más a fondo sobre la misión de los soldados alemanes al Congo. Sólo Klinsmann, Ballack y el resto.

Ya sólo falta un día. La gente ya no quiere ver a Goleo VI ni especulaciones sobre si juega o no Ballack. La gente quiere ver si es verdad que Alemania puede jugar al futbol. Los alemanes quieren gritar por fin y con más libertad Deut-schland, Deutsch-land, y ondear sus banderas a lo alto. El pasado está quedando enterrado. Sólo que Klinsmann tiene que cumplir.

Y por ahí se dice que si Klinsmann cumple, será un ejemplo para que la misma canciller realice más reformas sin miedo.

El futbol cambia todo. Hasta el clima. Unglaublich!

Yaotzin.
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